Lunes, 09 Julio 2018 17:52

Guerra es guerra

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En una guerra militar mueren los soldados. Pero, en una guerra comercial mueren los empleos.

Por Amylkar D. Acosta M

Como es bien sabido China absorbe el 61% de las exportaciones estadounidenses de soja, que representa a su vez más del 30% de su producción. De allí que La Asociación estadounidense de Soja, manifestara “enorme frustración ante la escalada de una guerra comercial con el mayor cliente de la soja de EEUU” y pidió a “la Casa Blanca que reconsidere las tarifas que condujeron a esta represalia”. Como lo señala Edward F. Stuart, profesor emérito de economía de la Universidad de Illinois, “el gobierno chino es muy inteligente y políticamente sofisticado. Están apuntando a productos que se producen en áreas que votaron fuertemente por Trump. Los productores de carne de cerdo en Iowa, los productores de soya en el centro de Illinois. Esto producirá una gran reacción negativa y protesta de los senadores y congresistas de las áreas que simpatizan con Trump. No creo que ni él, ni sus asesores consideraran esta posibilidad inicialmente”. Trump ha metido a los EEUU en camisa de once varas.

Guerra es guerra y así lo ha entendido el Presidente de China, el todopoderoso Xi Jinping, mientras Trump espetó que “el Presidente Xi y yo siempre seremos amigos, sin importar lo que ocurra con nuestra disputa comercial”, cuando él bien sabe que desde siempre, como lo acuñó John Foster Dulles, Secretario de Estado de Dwight Eisenhower en los años 50, en una frase lapidaria, “Estados Unidos no tiene amigos sino intereses”. El analista Ambrose Evans-Pritchard considera que "la pretensión de la convivencia cordial ha terminado" y analiza el riesgo de que estalle una guerra real entre ambas potencias.

Y lo dijo Pascal Lamy, ex comisario Europeo y Director de la OMC, “en una guerra militar mueren los soldados. Pero, en una guerra comercial mueren los empleos” y eso es lo que se ve venir en los EEUU y en el resto del mundo, porque a consecuencia de esta guerra comercial la economía crecerá menos y generará menos empleos. En efecto, China después de 40 años de transformación y de reformas económicas, creciendo su PIB a tasas que llegaron a superar por décadas el 10%, se convirtió en una gran despensa y al mismo tiempo en un mercado muy apetecido por las multinacionales. Lo que facturan en China corporaciones como GM, Nike, Starbucks, Ford, entre otras, según el economista de Aberdeen Standard Investments Alex Wolf, una empresa de gestión de activos domiciliada en Hong Kong, supera de lejos el monto de lo que exporta EEUU a China. Huelga decir que las utilidades de estas empresas son remesadas a los EEUU. Según Wolf, “estas ventas no aparecen en la balanza comercial, pero forman parte de lo que podría llamarse una ´relación económica agregada´”.

Se estima que las subsidiarias de las multinacionales estadounidenses que operan en territorio chino tuvieron ventas en 2015 por la bicoca de US $221.900 millones (¡!). Cabe preguntarse que será de estas multinacionales si la ira de la dirigencia china la condujera a propiciar un boicot contra las empresas estadounidenses y contra sus productos. Pero la miopía de Trump, que no lo deja ver más allá de sus narices, le nubla la razón, impidiéndole dimensionar el daño que le está propinando a su propio país.

Como si lo anterior fuera poco, China, además, tiene un as en la manga que se puede jugar en cualquier momento y pone a tambalear la economía estadounidense. Según datos del Tesoro de los EEUU China, hoy por hoy, es el mayor tenedor extranjero de sus bonos de deuda pública, alcanzando los US $1.19 billones a octubre de 2017, equivalente al 18.7% del monto total de su deuda, que supera el 106% del PIB. Bastaría con “cesar en la compra pública de deuda estadounidense”, como amenazó hacerlo el portavoz de la Cancillería china Huachung Yin, para poner en aprietos a la Reserva Federal de los EEUU. Si ello se llegara a materializar, EEUU tendría que pagar más intereses para hacer atractivos sus bonos de deuda pública, lo cual elevaría el servicio de esta, aumentaría el déficit fiscal y el Gobierno de Trump se vería forzado a aumentar los impuestos, cuando lo que ha hecho es bajarle los impuestos a las grandes corporaciones. O lo que es peor, si China llegara a deshacerse de un momento a otro de los bonos que tiene en su poder, causaría una sobreoferta, su cotización caería, impactando las tasas de interés a nivel global y este efecto dominó encarecería el costo del financiamiento de todos los países.

Este pulso entre los EEUU y China nos lleva, de la mano del experto Evans-Pritchard, a equipararlo con un hecho histórico en el que dos potencias, Atenas y Esparta, se trenzan en una Guerra del Peloponeso por la hegemonía. El profesor de Harvard Graham Allison popularizó el concepto de “la trampa de Tucídides” para describir la dificultad de que una potencia en auge, como lo es China, coexista con la potencia dominante (EEUU). “Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto suscitó en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable”, explica el historiador y militar ateniense Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso.

Evans-Pritchard sostiene que las Administraciones de Bush y de Obama buscaron un 'modus vivendi' con Pekín, intentando evitar la llamada 'trampa de Tucídides': el riesgo de un conflicto militar entre un poder en ascenso y un poder ya dominante. En este sentido, Evans-Pritchard recuerda que Obama buscó atraer a China al sistema internacional a través del G20 y el FMI, tratando a Pekín en pie de igualdad en un condominio global. No obstante, "el gabinete de guerra de Trump no quiere saber nada de eso", se lamenta. A ello estamos abocados!

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