El Dorado no es leyenda, existe en el Bosque Popular Por: Valentina Núñez
Sábado, 02 Abril 2016 09:35

El Dorado no es leyenda, existe en el Bosque Popular

Esta panadería nació en 1976 y desde entonces ha sido generadora de progreso y empleo en una zona que fue puntualmente cuna de la clase media.

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Dice el viejo dicho que al que le van a dar le guardan y todo parece indicar que esta frase aplica en la vida del empresario y comerciante, Ernesto Calderón, quien dejó la casa de sus amados padres en Gacheta, Cundinamarca, desde los once años para iniciar una vida de trabajo, empresa y emprendimiento.

Ernesto Calderón habló con Diariolaeconomia.com y precisó que si bien la vida no fue fácil, pudo demostrar con el correr de los años que en la existencia terrenal no hay nada imposible, tan solo seres humanos incapaces. Calderón nación un 27 de mayo de 1948, un mes después del lamentable Bogotazo que cambió la historia política y económica de Colombia con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán.

Este próspero empresario, de hecho era un muchacho con ganas de salir adelante y crecer a punta de esfuerzo y vaya que lo logró, pues no solamente le dio vida a un negocio emblemático de un barrio sino que le abrió la puerta de las oportunidades a muchos quizás bajo la premisa que la vida, Dios y la patrona le abrieron portones a él.

Hoy Ernesto Calderón, lleno de salud, tranquilidad y hasta bendecido por el espíritu de la eterna juventud les regala a sus clientes que salen de la Panadería y Pastelería El Dorado, su empresa, una sonrisa y un gratísimo “muchas gracias”.

Calderón llega a los once años a Bogotá, puntualmente en 1959 en tiempos de tranquilidad y oportunidad toda vez que las guerrillas liberales habían depuesto las armas. En ese momento se dedica a trabajar en la famosa Plaza España en un almacén de víveres que tenía un nombre mitológico, pero cautivante, El Dorado, como la leyenda de la ciudad pérdida en donde el oro y las piedras preciosas abundaban, esa fue una historia que lo marcó y que finalmente lo llevó en sus sienes para bautizar con él su primer negocio.

Hombre casado, padre de seis hijos y amigo de toda una localidad, Ernesto Calderón, hace parte de los patriarcas de la economía de barrio, de la misma que ofrece productos y servicios de calidad a tiempo que genera empleo y muchas opciones.

Don Ernesto debió ir a trabajar a Corabastos luego de que el almacén en donde laboraba se trasladará a ese punto de la capital colombiana.

Por esos días había contraído nupcias y en su cabeza rondaba la idea de seguir creciendo como emprendedor, como esposo, futuro padre y como ser humano. El asunto en el momento no era fácil porque no se hacía mucho hasta que apareció la voz enviada, esa de tono clerical que ofrecía y vaticinaba un derrotero prometedor.

Un gran amigo le ofreció una oportunidad en el barrio la Estrada, justo en una casa en dónde operaba una panadería cuyo dueño no pagaba arriendo en siete meses. La historia termina con la salida del endeudado hombre quien deja como pago los enseres y herramientas que formaban su alicaído activo.

“Recuerdo que ese amigo entrañable me dijo, Ernesto ¿por qué no ensaya con ese negocio?, y yo le dije, la verdad yo se comer pan, pero no lo sé hacer”, declaró el empresario.

Finalmente Calderón aceptó el ofrecimiento sobre la promesa que si fracasaba entregaba el negocio, pues finalmente no era idóneo en el amasijo y el asunto era todo un reto.

Esta buena persona, amigo incondicional de don Ernesto, le facilitó el local, las herramientas y hasta el panadero que era clave para que el negocio se afianzara. Así empezó este emprendedor hijo de Gachetá con el negocio de la panadería.

“Empecé a trabajar y a conocer el negocio, en ese tiempo se daban seis panes de los que hoy valen 200 pesos cada uno por tan solo un peso, era barato y se daba ñapa o vendaje”, recuerda Calderón.

No todo fue color de rosa y vinieron los primeros inconvenientes en la panadería porque el panadero se dio cuenta que el negocio crecía y era prospectivo lo que lo hizo acudir a reiteradas exigencias de aumento de salario. Lo cierto es que logró sus pretensiones hasta que en un momento difícil escuchó por primera vez un no rotundo que lo mandó con maleta y todo para Paipa en Boyacá.

“Me quedé solo y el negocio estuvo paralizado por unos días, dadas las circunstancias me fui para Paipa y a señas llegué donde el cotizado panadero que vivía en el campo, allí lo convencí de volver y ya en Bogotá de nuevo, me convertí en su mejor alumno y aprendí a hacer el pan, cualquier día se fue definitivamente y yo seguí trabajando en un negocio que pintaba bien, como le cuento ya estaba casado y venía la familia”, comentó.

Después de la Estrada, don Ernesto busca una casa esquinera en el Boque Popular, a unas pocas cuadras y organiza mucho mejor su industria. Calderón se enamoró de los negocios y fue así como incursionó en otras actividades, frente a su panadería había competencia y decidió comprarla para inaugurar un restaurante que operó como vecino propio durante 14 años. Como el punto del restaurante era muy bueno le dijo a la señora propietaria del inmueble que le vendiera la casa, pero esta se disgustó, se negó y optó por pedirle el local.

Como no hay mal que por bien no venga, Ernesto Calderón, logró comprar a mejor precio la casa contigua a la panadería en dónde hoy sigue prestando un inmejorable servicio el restaurante El Trébol, actualmente conectado con la Panificadora El Dorado, el tesoro del barrio el cual lleva en su aviso una figura precolombina de la familia muisca.

Incursionó también con negocios en el sur de Bogotá y en el eje de la 27 sur con Caracas consolidó tres negocios de gran dinámica, un asadero de pollos, otro de comidas rápidas y desde luego una panadería.

Recalcó que en medio de todo, las cosas no han sido fáciles porque en el mundo de la industria y el comercio se mueven muchas coyunturas y vicisitudes que hacen complejo permanecer activo en los negocios. Calderón luchó, se enfrentó a diversas circunstancias y como todo un gladiador salió avante.

Actualmente este empresario al que tantos le reconocen su empuje y su afortunada tozudez genera 18 puestos de trabajo, pero en cinco negocios llegó a ser un gran empleador.

Las dificultades económicas, lo complejo de ser empresario y hasta las distancias que mueve Bogotá hicieron que don Ernesto saliera de varios negocios para concentrarse en sus queridos negocios del Bosque Popular, esos que quedan en la frontera con La Estrada en donde han pasado no pocas generaciones. Allí fueron muchos niños y niñas a comprar leche y pan fresco, luego volvieron como hombres y mujeres, avanzaron como padres y hoy son abuelos y abuelas que siguen comprando el rico y humeante pan de El Dorado.

En 1991 con la famosa constituyente viene la apertura económica y con ella una serie de cambios que pusieron al país económico contra la pared, El señor Calderón no fue ajeno a esa situación y fue así como en 1998 debió enfrentar una crisis que logró conjurar con una serie de ventas de propiedades, lo cual le permitió pagar obligaciones y seguir adelante. “Insisto, no ha sido fácil, esto es de lucha, pero logré seguir y demostrar que en medio de todo, lo imposible no existe”.

Hoy Ernesto Calderón es un enamorado de sus negocios, de esa amable esquina del Bosque Popular que le dio los recursos para sacar una bonita familia adelante y para ser feliz tras años de brega y mucha fe.

Hay un asunto para nada menor y es que quienes van a tomar café, aromática, jugo o té entre tantas bebidas en la carta, son muy fieles con el sitio y siguen allí tomando o comiendo postres y amasijos, o lo que más les ha gustado por más de 40 años. Desde la moderna Panadería y Pastelería El Dorado muchos vieron pasar inviernos, o quizás huyeron del sol canicular del verano para buscar el más rico jugo o el encanto del salpicón. Por esas tres ventanas enormes que separan el negocio del andén, se dieron varios saludos al sacudón de la mano, se vieron los buses del otrora paradero de Sidauto con sus rutas, centro, Avenida 68 o Carrera 30 hasta Bosa y Carlos Albán. También sirvió de balcón para ver la procesión en Semana Santa, para ver los niños correr a los colegios del sector o para ver bandas, desfiles o los lúgubres acompañamientos de quienes nunca jamás volvieron a tomar ese aromático café, toda vez que se les acabó la vida.

Cuando arranca la próspera era de El Dorado era muy común ver un barrio incipiente que tenía como característica estar bordeado por humedales y un camino angosto y difícil en momentos de lluvia que llevaba al parque El Salitre, pasando la avenida 68.

No había mucho local con comercio, todo era complicado, tan solo estaba la cigarrería de la esquina oriental frente a El Dorado, la carnicería de don Roque y una que otra sala de belleza.

Este negocio fue el punto de encuentro de los trabajadores de Icollantas o de Colcurtidos, empresas que le dieron una buena mano al barrio y que permitieron esas inmensas compras de pan, leche y tantas delicias.

Cuando se edifica la urbanización El Gualí lo que era bueno mejora porque fueron muchos más los clientes que llenaban la sala de onces o los que llevaban las tortas y los amasijos del negocio.

La devaluación pega

El fenómeno de devaluación que fortaleció el dólar y encareció las importaciones no fue ajeno a la industria panificadora y actualmente el negocio debió analizarse porque aumentaron los costos de las materias primas esenciales para la fabricación del pan y otros productos.

“Los insumos para la panadería están costosos en este momento. Un saco de harina pasó de costar entre 50 y 55 mil pesos a 80 mil pesos de hoy, lo cual castiga el ejercicio económico sin contar que hay grasas y otros productos”, explicó el propietario de la Panadería y Pastelería El Dorado.

A pesar de las circunstancias que se van presentando, unas buenas y otras malas, el negocio sigue creciendo, entre otras cosas porque es un patrimonio del barrio Bosque Popular. Los productos de panadería son muy famosos porque para Semana Santa, San Pedro y Navidad la oferta de esa joya de trigo tostada en hornos con un amasijo especial convoca compradores de todos los lugares porque sencillamente El Dorado tiene el mejor pan de ocasión o temporada, asunto en el que se especializó.

Igual de reconocida es su pastelería y toda una oferta gastronómica que va desde un delicioso y cremoso capuchino hasta postres, ensaladas de frutas, avena y bizcochos con crema de leche y arequipe así como sus apetitosos brazos de reina.

El Dorado vende valor agregado y es por eso que la oferta de productos es amplia, factor que le ha permitido ser de larga duración en el mercado de las buenas panaderías.

Ernesto Calderón es un hombre bueno, todo un paradigma de empresario y de buen ciudadano. Igual que muchos piensa que Colombia es un país de enormes posibilidades, pero tristemente mal administrado. Considera que durante décadas han faltado ideas y todo un liderazgo que haga de la institucionalidad un ítem más férreo y amable.

Lamentó el olvido en el que está sumido el campesino y el mismo espíritu empresarial de las muchas personas que desean surgir.

“Hay mucho que hacer en Colombia, pero el estado no tiene en cuenta a las personas para nada, hay un desperdicio de capital humano y de personas que quieren trabajar”, anotó.

Hoy muy orgullosos deben estar don Pedro Calderón y doña Patrocinia Bojacá que vieron a su hijo, un niño de 11 años salir del campo para demostrar que con trabajo y constancia todo es viable en esta pasajera vida.

El sitio en donde funciona la panadería El Dorado es muy amable porque allí convergen todos los colores, de un lado los de las paredes de tono naranja pastel con los pisos de color habano brillante. El inmobiliario es moderno y muy cómodo. Una entretención es sin duda ver las amables meseras atendiendo con una sonrisa plena que ilumina el local, regalando así momentos gratos a los muchos clientes que allí llegan.

Cómo no acordarnos de Rosita Martín, la risueña y siempre buena persona detrás de la caja que nos da la bienvenida y nos acoge con un carisma único ya desde hace varios años. Cómo no disfrutar de un sitio lleno de aromas y tonalidades. Allí en unas impecables vitrinas se mezclan de manera ordenada manzanas, piñas, lulos, guanábanas, papayas, melones, maracuyás y bananos los cuales comparten entorno con dulces, quesos, jugos y todo tipo de refrescos.

Esta panadería es un punto ideal para platicar, allí llegan los pensionados que traen el tema del día para el debate con sabor a café fresco preparado en la nueva cafetera Magister. Los pocillos blancos y las cucharitas del postre están debidamente aseados y prestos a ir a una boca habida de cafeína, de té o del jugo más exquisito.

En la Panadería y Pastelería El Dorado, todo está muy en su sitio desde las más de doce mesas hasta los frascos de gaseosa y los panes de sal y dulce. Encanta ver a Ángela preparar con esmero el mejor café tostado o las más naturales aromáticas que saca y envía con un humo delgadito que se funde poco a poco en la atmosfera.

Todo el equipo es profesional en la consolidada Panadería El Dorado, las señoritas que atienden las mesas con su pantalón negro y delantal del mismo tono con estampado blanco y verde, tienen muy definido el concepto de servicio, amabilidad y respeto. No menos los caballeros de panadería y otros oficios los cuales no niegan jamás un amable saludo.

Mientras se degusta un yogurt, un jugo o el delicioso café, es muy apacible escuchar una música tranquila y amena que sale por unos pequeños bafles deleitando a muchos. Es una familia la que labora en esta empresa, son personas amables que bien hacen juego con ese cuadro hermoso de la última cena, repujado en plata o aluminio con bordes finos y de buen gusto. Sin duda Dios está en este representativo lugar del Bosque Popular, el barrio que acogió en la década de los setenta a los colombianos de clase media, a las buenas personas que hoy le agradecen a la familia Calderón el haberle apostado a un sector capitalino que ve en El Dorado recordación, amor y crecimiento.

El Dorado, el primero y gran referente de negocio en el sector, es hoy patrimonio sentimental de muchos, allí llegan padres e hijos a disfrutar de un rico desayuno con huevos en cacerola, tamal o caldo con costilla acompañados de un caliente y humeante pan fresco. Ese escenario familiar se fortalece con una atención ideal y con las sonrisas amables de don Ernesto y su respetabilísima señora.

El horno enorme ocupa gran espacio en la parte de preparación, pero una vez abierto deja escapar un aroma a trigo amasado que huele a encanto caliente con mantequilla y sabores atávicos.

La Panadería y Pastelería El Dorado es el sitio ideal y casi que mandado hacer para calmar antojos, tomar café colombiano de la mejor calidad para quitar el frío o el sitio para beber el más fresco y rico jugo de frutas.

Allí por esos espacios aromáticos de El Dorado pasan recuerdos hermosos de la infancia, de los momentos en que de la mano de la abuela se compraba el presente para las tías o para la visita de turno. En ese tranquilo espacio hay un ambiente más que ideal para remembrar y hablar con algo de nostalgia que la primera novia o la compañera actual fue posible por esa bendita servilleta. Allí entre tantos colores y olores de antaño se ven galletas de colores y como todo lo macondiano, el sitio permite ver volar mariposas de fino hojaldre con alas de chocolate.