Sábado, 11 Marzo 2017 02:05

“Ventaquemada Linda”, una historia de vida, emprendimiento, amor y sabor

Detrás de cada negocio hay una historia y en este caso una mujer demostró que con ganas y sentido de responsabilidad todo es posible más cuando en su vida hay ángeles de por medio.

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Hace 45 años, cuando Colombia empezaba a salir de una primera etapa complicada de violencia y en momentos en que iba a ser clausurado ese leonino acuerdo político que para muchos fue la tragedia del país, el terrible Frente Nacional, una niña en Ventaquemada miraba por las lóbregas ventanas de su humilde vivienda en la zona rural de ese frío, pero próspero municipio de Boyacá y pensaba que ya con 14 años era tiempo para abandonar su entorno bucólico y luego de ver las líneas o flotas que pasaban como saetas por la autopista que conducía a la capital del país, supuso que no era descabellado buscar futuro en esa ciudad para ella ignota e innegablemente complicada.

A los catorce años de edad, siendo una adolescente sana a quien sus padres le cultivaron principios y moral, a la incipiente Isabel Naranjo le picó ese bicho del “Sueño Bogotano”, ese que invadía la cabeza de muchos jóvenes porque en la gran metrópoli estaban las oportunidades.

Logró salir de su casa ilusionada con dos opciones que le pintaron, estudio y trabajo y con ello todo un futuro que se empezaba a labrar como las tierras negras y productivas de su tierra de donde brotaba papa, hortalizas, tallos y frutales sin contar con esas verdes y frescas pasturas que engordaban ganado de leche y que mostraba una insuperable conversión de la pastura al blanco y humeante alimento que manaba de los pezones de las enormes vacas Holstein y Normandas.

Posterior a su arribo a Bogotá, por allá en 1983 llega al barrio La Estrada, un sitio que la marcó de por vida y de qué manera porque fue en ese suburbio capitalino en donde la vida le puso todas las pruebas que terminaron devolviéndole la vida que por un instante perdió.

Siendo una mujer trabajadora, joven, bonita y llena de encanto le tocó el corazón a un hombre dedicado al transporte que fue su alegría pasajera y su gran dolor de cabeza, pero al fin y al cabo el padre de sus hijos porque en la vida de esta egregia mujer no hay retazos ni aventuras que trastoquen la moral, la decencia o la dignidad.

Su vida de casada inició en esa casalote sin paredes laterales en dónde solo había dos alcobas, una cocina y un baño, de pronto lo suficiente para vivir con su primer retoño, su nena de seis meses que le movía el corazón y la hacía soñar con una mejor vida.

De esa unión hay tres hijas y un hijo, el varoncito, el consentido de la mami y de las mismas hermanas que lo han visto crecer ayudando a su mamá con los negocios porque aun siendo muy chico llevaba gaseosas o cervezas en un pequeño canasto de la nevera al reducido local.

Su vida conyugal no duró mucho pues su esposo resultó amigo de la bebida, de las mujeres y para rematar de los malos negocios, mixtura que finalmente lo llevaron a declararse en banca rota y a dejar a su familia muy cerca de la tragedia. El asunto pasó de castaño a oscuro porque no había ingreso y la cosa ya era crítica.

La señora Isabel no sabía de derrotas y por fortuna sacó ese espíritu boyacense y vaya que le sacó provecho. Sin experiencia en el mundo de los negocios un día de esos en los que la situación era más apremiante pensó que vender arepas y chorizos era una opción de renta y ayuda para la familia que ya crecía.

Sin pensarlo dos veces salió para la chatarrería Tolima en el barrio El Tabora de Bogotá, muy cerca de La Estrada y compró su primer activo, se trataba de un brasero que ya con soldadura y todo costó 7.000 pesos. Era un 18 de septiembre de 1999 y ésta desesperada mujer avanzaba de a poco para abrir el pequeño negocio para solventar así las terribles vicisitudes.

Ya había comprado el maíz peto, tan solo alcanzo para un kilo y le faltaba algo muy esencial, los chorizos, algo de carne y de combustible financiero que demanda todo negocio por pequeño que este sea. Al revisar y repasar los números se dio cuenta que faltaban 30.000 pesos y corrió a pedir ayuda a propios y extraños, pero lamentablemente, o de pronto de manera afortunada, nadie le dio la mano, las puertas que tocó hasta las de su familia se cerraron y al caminar desilusionada rumbo a su vivienda a tiempo que secaba las lágrimas que brotaban del manantial de tristeza que eran sus oscuros, pero brillantes ojos, apareció un compadre, un señor buena persona y generoso que le indagó por ese estado de lamento, al final de su relato salieron de su bolsillo los anhelados 30.000 pesos, era dos billetes uno de 20.000 y otro de 10.000 pesos, ese día los vio con especial aprecio.

Parecía mentira pero el compadre Eduardo le había solucionado ese déficit y lo potenció con una frase de nunca olvidar. “Vaya y trabaje que usted sabe de eso y muy seguramente le va a ir muy bien”.

En efecto doña Isabel tenía todo listo para abrir, pero faltaba algo vital, las gaseosas y las cervezas para la clientela pues a palo seco la arepa no sabe muy bien y dadas esas circunstancias acudió al depósito de cerveza de don Israel, un hombre serio de mirada ascética y fija que no daba mayor ilusión, pero que sorprendió cuando la emprendedora Isabel le pidió que le fiara una canasta de gaseosa y otra de cerveza con una increíble condición, que lo que no se vendiera se lo recibiera porque plata no había.

Tajantemente este serio hombre dejó escapar una sonrisa y le dijo mirándola a los ojos: “lleve las canastas que me pide, pero le aseguro una cosa, usted va a venir a comprar mucho más porque le va a ir supremamente bien”, increíble, en la dura Bogotá ya se había aparecido el segundo ángel, y no se equivocó porque después de esa compra que se fue en un carrito esferado, vinieron muchas compras más.

”Esa tarde noche, todo se vendió y de hecho me tocó ir por más cervezas y gaseosas. En total saqué veinte arepas y logré asar chorizos y picada, esa noche cerré y la venta total había sido de 270.000 pesos, algo increíble, fue tan bueno que le dije a mi hija mayor vaya y traiga dos pollos asados porque hoy si hay para comer bien. Ese día marcó mi vida y me dio toda la confianza que se necesita para salir adelante”, declaró la señora Isabel Naranjo en Diariolaeconomia.com.

Por recomendación de un cliente y amigo, Isabel empezó a vender chanfaina los fines de semana y resultó un éxito total porque aumentaron los comensales que querían comer diferente el fin de semana. Ya vinieron con el tiempo los huesos de marrano, las mazamorras que tienen sello propio y toda una oferta gastronómica y típica que le hizo pensar que el lugar ya era pequeño.

Si bien la situación mejoraba vino el anuncio de las quiebras con él llegó la venta de casas y vehículos algo inimaginable. En medio de la situación esta mujer de armas tomar le dijo a su esposo que dejara algo para construir o por lo menos mejorar la vivienda que era estrecha e incómoda, la respuesta no se hizo esperar: “Si usted quiere casa trabaje y constrúyala porque yo no le voy a vestir altar para que otros canten misa”.

Esa respuesta le dio más fuerza a Isabel luego de visitar las instalaciones de la Caja Social de Ahorros, en donde pidió una tarjeta de crédito para iniciar su vida crediticia. Ese día pidió la tarjeta y a los tres días le entregaron un plástico con millón y medio de cupo, un sobregiro de dos millones de pesos, una cuenta de ahorros, una cuenta corriente y una chequera con le pudo manejar mejor su negocio a tal punto que podía comprar la cerveza directamente en el camión de Bavaria lo cual se pagaba con un cheque que cubría sin problemas la creciente venta de productos de la afamada cervecera.

“El negocio fue tan bueno que yo pagaba la cerveza con cheque el viernes y el lunes ya consignaba, es decir fui muy disciplinada con los gastos y con las obligaciones. Indiscutiblemente la Caja Social de Ahorros me dio una mano importante que me prestó diez millones de pesos adicionales para la casa, pero no me alcanzo, entonces invertí en mejoras porque cambié el portón, puse paredes laterales, mejoré la fachada de la casa, cubrí el lote en teja y puse tableta en el local. Ahí nació el restaurante porque mi fuerte era la venta de arepas, chorizos, picadas, cocido boyacense, mute santandereano, cuchuco de trigo con espinazo, mazamorra chiquita y cordero entre otras ofertas típicas y de gran demanda los sábados y los domingos. Por la insistencia de la gente abrí el restaurante a diario y esas cuotas de 600.000 pesos del crédito de los diez millones las pagué en tres años. Tuve una situación estable y pude pagar estudio, incluida la universidad de mi hija mayor”, narró la señora Isabel.

Esta boyacense de pura cepa aprendió que todo en la vida es posible con reingeniería financiera y que los bancos bien utilizados son útiles pues la plata que tiene como destino inversión no puede quedarse en gastos diferentes al que pide un negocio o una empresa. Logró financiar el estudio de su hija y al término de su carrera no hubo lío alguno.

Acudió a las cadenas de ahorro y recuerda la primera que fue muy especial porque arrancando con el negocio logró recibir 800.000 pesos que tuvieron el mejor destino. Este mecanismo muy de confianza entre amigos y paisanos siguió dándole una opción de ahorro y financiación.

La vieja casa del barrio Las Ferias logró venderse por 130 millones de pesos con lo cual habría por fin una construcción en la casa del momento, pero su marido se quedó con 30 millones de esa venta porque tenía que cubrir nuevas deudas. Como pudo Isabel compró una casa en Girardot lo cual fue afortunado porque había plata para eso y contaba con el aval de sus hijas, sus mejores consejeras.

De los cien millones, sesenta se fueron para pagar la casa en Girardot, 20 millones cubrieron obligaciones bancarias y quedaron veinte millones que se unieron con un ahorro por el mismo monto con lo cual se arrancaría con la construcción de la hermosa casa que la ampara hoy.

El último empujón

Con un ahorro y un préstamo aprobado por Finamérica, hoy Bancompartir, Isabel recibió un crédito por 86 millones de pesos de los 120 a los que aspiró con la hipoteca de la casa. Con ese dinero le dio inicio a la construcción de su vivienda y con treinta millones tumbó la construcción que había e hizo un local nuevo y toda la estructura del segundo piso. Durante ese tiempo las ventas del viejo negocio cayeron en más del 50 por ciento y vino un lío de liquidez agudo porque estaba sola y su ex marido no puso un centavo aun con un buen ingreso que le dio una camioneta turbo. Escuchando toda la narración es apenas lógico que Isabel sí estuviera acompañada porque en su casa hizo y hace presencia Dios y la misma Virgen quienes le dieron bendiciones, fuerza y coraje a quien estuvo en el cuarto oscuro de la desilusión en donde converge tristeza, desengaño y desespero.

Como pudo aguantó y los maestros de obra aceleraron el paso de la obra hasta que entregaron el local el que fue amoblado con los mejor y dotado con estufas y equipamiento de culinaria para estar a la altura de las exigencias gastronómicas.

Un 26 de agosto de 2011, hace seis años empezó el nuevo negocio y por fortuna las ventas se dieron y los clientes respondieron con lo cual fue posible pagar las cuotas de 2.3 millones mensuales de la hipoteca que se hizo a cinco años. Los pagos se hicieron religiosamente y luego de un esfuerzo mayor logró terminar el segundo piso el cual consta de cinco alcobas, sala, comedor, baños, cocina y acabados de muy buena calidad.

No conforme con este logro, Isabel siguió empujando y logró solucionar el problema de movilidad porque nadie quería transportar el mercado, después de ver carros de segunda y estudiar opciones terminó comprando un KIA cero kilómetros el cual cambió por una camioneta de la misma marca y también “nuevecita”.

El negocio sube y baja

Los restaurantes que venden especial y el llamado “Corrientazo” están experimentando una compleja situación porque la venta de comida es el fiel reflejo de lo que pasa en Colombia, es decir que cada vez, menos personas van al restaurante porque perdieron su empleo o descendió su ingreso.

Hace 12 años un almuerzo corriente o ejecutivo costaba 3.500 pesos hoy ese plato no baja de 7.000 pesos porque todo encareció y la gente ya no puede pagar un almuerzo por económico que sea.

“Mi Ventaquemada” vende en promedio entre 50 y 60 almuerzos por día lo cual muestra una caída porque hace unos años hubo mayor dinámica pues las ventas eran mayores y más constantes. Hoy hay días buenos, regulares y malos, pero todo eso se compensa con el fin de semana porque sábado y domingo solo se vende especial.

El paro camionero fue un caos para la economía y los restaurantes no fueron ajenos a ese impacto toda vez que este restaurante pasó de vender 100 almuerzos a 40, lo cual fue un golpe terrible. En este momento hay días de ventas tacañas de 40 platos y por eso la ecuación de fin de semanada da una mano importante.

La dueña de este restaurante muy visitado en La Estrada aseguró que la reforma tributaria no se hizo esperar porque se reflejó en menores ventas y en productos mucho más costosos que afectan el negocio. En este momento doña Isabel mantiene el empleo de las señoras de la cocina, pero debió prescindir de los meseros, esa tarea la cumple ella y su dinámica hija.

Como si la contracción de la demanda fuera poca, el negocio ahora compite con nuevos restaurantes que a hoy prácticamente conformaron un eje de comidas de todo tipo lo cual hace que nuevos actores coman de la torta que conformaba el negocio. A este asunto se suma la oferta de la Avenida Rojas y los restaurantes del Bosque Popular.

En Corabastos hay mayores precios porque la verdura y la fruta que se compraba con 160.000 pesos esta semana no se compró con 200.000 y ese es un ítem que pesa en el negocio. El kilo de lulo pasó de 1.500 a 2.500 pesos el kilo.

La señora Isabel decidió vender la misma calidad de comida y congelar precios y es por ello que un almuerzo corriente cuesta 7.000 pesos y uno especial 12.000. La amable señora invitó a los colombianos y a los extranjeros que vienen a Bogotá a visitar su negocio en donde se puede decir a qué sabe Colombia y como es que se disfruta con buena gastronomía. Hay cocidos, huesos de marrano, sopas, mondongo, cuchuco, chanfaina y muchas preparaciones más que enamoran el más exigente paladar.

“En este mundo hay que saber hacer las cosas y definir que uno trabaja para dignificar su vida y no para volverse rico porque muchas veces la ambición rompe el saco y de otro lado se puede ganar dinero sin descuidar el hogar y sin perder el horizonte de los valores”, apuntó.

Desde su negocio doña Isabel ha visto evolución e involución social porque muchos están igual y demasiados están peor porque debieron vender su casa, su finca, su carro o sus activos. Narró esta empresaria que hay mucha contracción en las ventas y sostuvo que la gente no quiere comprar bien sea porque todo está caro o porque físicamente no hay. De tres comensales uno come y dos piden calentar un almuerzo, lo que ratifica que el país se ha precarizado y que hay más pobreza.

A este ejemplo de vida la mueve y le llena el corazón cada mirada y cada logro de sus hijos y la entristece que el gobierno castigue tan duro al que más trabaja porque hay una cascada de impuestos que desilusionan más cuando se ve que la plata se va en corrupción. Levantar su casa fue todo un dilema porque pasó de pagar máximo 200.000 pesos de predial en tiempos de la casa-lote a tres millones de hoy.

Actualmente Isabel Naranjo vive feliz porque logró cumplir con sus metas, logró enfrentar la vida y demostró que el perrenque, la tozudez y el amor pueden más que una mala sociedad o una desilusión. Esta digna hija de Boyacá enarbola su género y ratifica que las mujeres son seres humanos con una capacidad superlativa a la hora de cumplir objetivos por más que otrora quisieran prohibirle hasta el derecho al habla por su condición de mujer, pero los tiempos pasan, cambian y los seres humanos como ella, gratamente sorprenden.

Hoy mira su obra, su bonito y rentable negocio y llena esa felicidad, apenas obvia, con las caras sonrientes de Sonia Carolina, Johana Elizabeth, Ruth Alexandra y con la del hombre de la casa, su nene, Julián Ricardo.

Doña Isabel logró hacer de sus hijos grandes profesionales por cuanto en su casa hay una química, una abogada, una administradora de empresas y muy pronto un prometedor arquitecto. Esos logros la hacen cerrar sus ojos y volver a su terruño, a la verde Ventaquemada, allí entre sueños ve su casa, los cultivos y el ganado, quizás siente ese frío penetrante de esta población de la Provincia del centro en Boyacá, conocida por ser un puerto gastronómico en donde el buen comer es el común denominador, sitio en el que es viable y común ver a los propietarios de un Renault 4, de un camión o de un suntuoso Ferrari consumiendo en la misma mesa los mejores platos típicos de Boyacá.

Esta buena señora, respetuosa y amable se encontró en la vida con verdaderos ángeles, pero al terminar la charla y conocer más a esta gran dama, entra una emoción aún más grande en el corazón porque finalmente me di cuenta que terminé entrevistando a uno de ellos, a otro apacible e iluminado ángel.