Domingo, 09 Abril 2017 00:30

El Gordo, una lechona cachaca con reconocimiento nacional e internacional

Esta empresa bogotana logró posicionarse en el mercado como la mejor del ramo gracias a una receta muy particular y a una implementación de portafolio que la llevó a exportar.

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Los emprendimientos por sí mismos suelen ser loables y admirables porque tienen la particularidad de convertir en empresa o en grandes empresas unas ideas llenas de valores agregados y de mucho trabajo. Estas iniciativas, que de manera implícita demandan sacrificio, perseverancia y valor son las que tienen a la economía colombiana creciendo y a muchos devengando un ingreso para dignificar la vida en cada uno de sus hogares.

Es precisamente que la procesadora de alimentos El Gordo puede tomarse como el mejor paradigma de emprendimiento, de esfuerzo y de éxito porque ésta empresa logró llegar tan lejos que inclusive el sabor de la lechona y de los tamales colombianos se conoce fuera del país gracias a la afortunada tozudez de quienes comandan la factoría.

Colombia apenas lograba sacudirse del corrientazo político, económico y social que había suscitado el nefasto nueve de abril de 1948. En medio de ese guayabo y de esa tragedia, Colombia estaba matriculándose en las grandes ligas de la violencia porque muchos afectados por ese bipartidismo acomodado habían resuelto que lo mejor era la venganza y la revancha. Fueron épocas aciagas y mientras unos planeaban asaltos y caos, otros tocados por Dios e iluminados por su gracia le hacían el quite al conflicto y pensaban en hacer empresa.

El señor Fideligno Supelano llegó a Bogotá en 1950, cuando la capital apenas se reponía de la tarde oscura que dejó al doctor, Jorge Eliecer Gaitán, asesinado y con el magnicidio de más de 3.000 muertos y más de 146 edificaciones destruidas. El ambiente era complicado porque desde la provincia llegaban noticias cada vez más espeluznantes que daban cuenta de terribles venganzas, procedimientos execrables y una migración creciente de los campos a las ciudades.

Como es apenas obvio, el entorno no era fácil y don Fideligno solo traía una idea, “ser empresario” aún en medio de las dificultades y darle inicio a un negocio que le diera prospectiva a su familia.

En principio Fideligno Supelano llega de esa frontera grata entre Boyacá y Santander, de Gachantivá, y conoce a Vicenta Casallas, una tolimense de San Luis con quien termina en el altar, pero como no solamente de amor vive el hombre, deciden impulsar una industria panificadora que surtió todas las tiendas de Bogotá. Para esa finalidad el nuevo empresario contaba con unas veinte bicicletas que estaban dotadas de doble canasto, atrás y adelante para llevar el amasado producto.

Supelano logró poner un sello propio con las mogollas chicharronas las cuales eran pedidas en cada rincón capitalino, pero como la dicha no dura, al empezar la década de los sesenta vino una crisis generada por la competencia que era ni más ni menos que con la iglesia que se apropió de un mercado que le dio tranquilidad a don Fideligno por espacio de diez años.

Luego de hacer un favor, vino la gran empresa, un amigo le pidió a don Fideligno asar un cerdo y fue tan grata y tan de buen sabor la experiencia que decide darle comienzo a una nueva empresa, la venta de lechona.

El primer día este emprendedor preparó dos lechonas en los hornos de la otrora panadería, una la llevó a la plaza de El Restrepo y la otra fue a parar a otro sitio del sur de Bogotá conocido como la Zulca. En El Restrepo mientras don Fideligno hacía porciones y servía el exquisito lechón, su hijo Luis Eduardo recibía el dinero de la venta. En la Zulca lo propio hacía su señora madre y su hermano.

El producto fue tan bueno y el sabor tan delicioso que vinieron los encargos de lechona para eventos familiares y luego para empresas y fondos de empleados, el lechón tenía tan buena calidad y era tan confiable que inclusive los eventos de la Policía y el Ejército terminaron haciendo pedidos.

En ese momento la lechona se hacía con toda la mística y las mejores prácticas de preparación. Ese trabajo no fue en vano porque el producto ya tenía un sello propio como lo llegó a tener el señor Supelano con las deliciosas mogollas.

Entre 1970 y 1975 la segunda generación consideró que lo mejor era hacer la empresa más robusta y legal, razón por la cual deciden hacer los registros de Cámara de Comercio, el de marca y el del Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos, Invima, es decir todo quedó al día y al amparo de la legalidad.

En diálogo con Diariolaeconomia.com, el Gerente Comercial de Procesadora El Gordo, Luis Eduardo Supelano, dijo que después de triunfar en el mercado interno con la famosa lechona, a finales de los años ochenta y dándole la bienvenida a los noventa, decidieron desde la empresa desarrollar un nuevo producto, la lechona en lata, el tamal igualmente enlatado así como lechona en bolsas Sachet para las raciones del Ejército. La innovación se dio por completo y la empresa seguía prosperando.

Ante semejante novedad, la promotora de exportaciones Proexport, decidió dar una mano y es así como en un trabajo al unísono con la Universidad de la Sabana se logró abrir mercado en España, Costa Rica y Estados Unidos. En esos destinos el producto tuvo toda la aceptación y logró un tremendo posicionamiento, pero ante la llegada de la pandemia de Gripe A H1N1 en 2009 el mercado se desplomó por prevención sanitaria y El Gordo debe focalizarse con más fuerza en el mercado interno.

“A nosotros los empresarios nos toca hacer desarrollos prácticamente solos y con recursos propios porque particularmente toqué puertas como la de Colciencias y de otras entidades y jamás hubo eco para éstas iniciativas puesto que en ese tiempo buscábamos un aval que nos permitiera canalizar recursos para sostener la producción, pero finalmente acudí al esquema de maquila y allí la empresa resultó afectada porque le fue robada la investigación y el proceso por la sencilla razón que no había en donde enlatar o en donde empacar”, declaró el señor Supelano.

Una salida afortunada para la empresa fue la de atender eventos a nivel nacional y es así como se empieza a distribuir lechona por varias ciudades como en Barranquilla en el estadio Metropolitano, en la fiesta del tendero de Colgate Palmolive y muchos eventos más que hicieron que la lechona de El Gordo viajará en avión de ciudad en ciudad bajo estrictas medidas de salubridad para satisfacer el antojo de un buen plato de este tostado, sabroso y aromático producto del cerdo. Hubo eventos que demandaban entre 12.000 y 15.000 platos de lechona.

La empresa atendió todas las celebraciones del día del constructor que ofrecía la firma Home Center y el reto que parecía imposible se cumplió a cabalidad. El producto del El Gordo llegó cumplidamente a muchas ciudades del país en donde la celebración resultó exitosa de la mano de la procesadora. Luego de ello vino la atención a los profesores y sus familias que obligó la empresa a moverse con mayor dinámica porque la celebración exigía 18.000 platos dobles es decir 36.000 platos corrientes.

“Eso fue como darle lechona a todo el estadio El Campín en su furor, pero cumplimos y afortunadamente hemos pasado por todos los escenarios y hemos superado los retos. Hoy estamos muy agradecidos con Dios y con ésta herencia de mis padres, pero el asunto no ha sido fácil toda vez que siempre estamos expuestos a crisis, a cambios en las reglas de juego y a una economía inestable que no garantiza una demanda permanente o un mercado fácilmente predecible”, indicó Supelano.

El Gordo genera de manera permanente 30 y 35 empleos y en temporada, El Gordo ocupa hasta 120 personas. Esta compañía logró demostrar que si bien hacer empresa en Colombia no es fácil, tampoco es imposible, pues se requiere de perseverancia, disciplina, actualización y mucha dinámica porque la competencia igualmente no para.

Luego de recorrer parte del mundo y de evaluar los potenciales del país, Supelano no vacila en decir que las grandes oportunidades de Colombia de cara a crecer con oferta exportable están por el lado de los alimentos porque hay un potencial definido al que se le debe sacar el máximo de provecho.

La Procesadora tiene productos que deleitan cualquier paladar por exigente que sea y es por ello que la lechona y el tamal compiten con el producto que sea sin aferrarse a los regionalismos. Los clubes de Girardot, Melgar y otras ciudades balneario y los hoteles Almirante, Kualamaná y de otras marcas ofrecen el tamal de El Gordo que es fabricado con todo el protocolo en Bogotá y de allí sale para las mesas de esas exigentes casas turísticas. La empresa trabaja mucho en el frente de inocuidad y por ello garantiza un producto fresco y de muy buen sabor.

Otros buenos clientes son las embajadas en Colombia pues el cuerpo diplomático presente en Bogotá conoce de las bondades de El Gordo y es por eso que cuando de celebración se trata, la lechona o los tamales del gordo hacen la mejor representación gastronómica del país de montañas verdes y café.

“Quien tenga un emprendimiento en mente que no lo piense más y que se atreva, es muy bueno apoyar el producto colombiano porque creyendo en lo nuestro seremos más exitosos. Es bueno sacarle el gusto a las regiones y a esos secretos de antaño en la buena mesa para crecer con marca país. Tenemos que aprender a darnos las mano los empresarios y necesitamos gobiernos que nos incentive, que nos acompañe y no nos deje solos porque los empresarios tan solo generamos dividendos, empleo, aporte al fisco y desarrollo”, aseveró.

Desde El Gordo se hace visible la necesidad de trabajar en cadena para ser más productivos y eso implica un esfuerzo del gobierno con una política de estado para las empresas, más incentivos, mejor trato de la banca y más herramientas para la productividad.

Bogotá, la gran consumidora de lechona

En opinión de Luis Eduardo Supelano, Bogotá es la ciudad que más lechona consume, de un lado por el número de habitantes y porque al bogotano y a quienes habitan la capital les encanta un plato típico que no solo es exclusivo de fiestas y celebraciones.

Asegura que mirando las estadísticas y la dimensión de población es apenas comprensible aseverar que se come más lechona en Bogotá que en el mismo departamento del Tolima, la casa de este platillo único y encantador que se pide por montones en todo el país.

El Gordo operó todo tipo de negocios y por eso llegó a tener salón de recepciones. Con la lechona fueron atendiendo eventos y la empresa llegó a manejar desde un emparedado hasta un bufet, vendió desde un tinto para reuniones hasta un suculento coffee break, de igual manera asumió la alimentación de casinos y petroleras hasta empresas de difícil acceso en el territorio nacional. La lechona de El Gordo se disfrutó en Cerro matoso, en el Cerrejón y en los campos petroleros que tuvo Pacif Rubiales en Puerto Gaitán entre otros destinos o rincones de la geografía. La calidad del producto es tan puesto a toda prueba que hoy grandes firmas multinacionales de todos los sectores prefieren la oferta de El Gordo, factor para nada despreciable pues ello certifica las calidades que maneja la empresa en producto y en servicio.

El Gordo es muy exigente en la compra de los ejemplares que irán a la mesa y por ello absorbe la producción de cerdos de granjas certificadas aunque hay que decir que en un tiempo la empresa manejó su propia granja para hacer de lado los abusos que se presentaban en los precios en alta temporada. La empresa defiende ésta proteína por cuanto asegura que la cría de hoy es muy sana y hecha bajo estándares de inocuidad con la vigilancia de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE). Según explicó Supelano, la carne de cerdo es muy apreciada por su sabor, por la fibra, el bajo contenido en grasa y por su levante en granjas en donde se deben cumplir todos y cada uno de los protocolos de sanidad.

“En Colombia hay una norma internacional que nos rige y que nos obliga a comprarle a criaderos certificados en donde es clave la trazabilidad y todo el historial de los cerdos que van a ser consumidos por la población. Allí sabemos genéticamente de dónde viene, como fue alimentado y qué novedades pudo reportar, de igual manera ese registro nos habla de las bondades, sumatoria que comprueba que el cerdo que compramos es muy sano”, apuntó el Gerente de El Gordo.

Añadió que la empresa se cuida mucho en los procedimientos y en la compra de materias primas de alta calidad porque la idea es vender los mejores lechones, pero preparados con un sabor natural y ancestral que invite a repetir el plato.

Como en muchas firmas que comercializan alimentos, El Gordo tiene su secreto para preparar lechona, secreto que guarda con celo desde hace muchos años. Es tan de buen sabor que inclusive la marca llegó a la meca de la lechona en Colombia, al Espinal, Tolima, y después de habladurías y conjeturas, varios de los críticos resultaron comiendo el producto “rolo” y lo que es mejor repitiendo porción, acto seguido vinieron los halagos, los reconocimientos y el dicho de cajón “Nos pusieron punto”.

La empresa estudia mucho el mercado y dentro de ello ve los riesgos que puede traer consigo la coyuntura y por eso no desestima un plan de expansión de la empresa con lo cual asegurarían más mercado y el mismo afianzamiento del producto. Esta empresa con iniciativa, con desarrollo y con un componente elevado de trabajo, lucha y convicción quiere seguir dando ese buen ejemplo de perseverancia y de creer en lo que da la tierrita lo cual resulta igualmente rentable.

El nombre de El Gordo viene de ese remoquete cariñoso que venía de los amigos y que tenía don Fideligno quien era un gordo buena gente, trabajador y muy respetado por quienes lo conocieron.

La familia Supelano Casallas es numerosa pues de la unión de don Fideligno con la señora Vicenta vinieron diez hijos. El hogar lo adornó igualmente y de manera amorosa la abuela querida y recordada, doña Josefina Torres de Supelano quien también fue artífice en el negocio y que junto a Vicenta lograron crear ese secreto del sabor no solo de la lechona sino del éxito y la gloria empresarial.

“Las mujeres referentes en esta familia fueron un ejemplo para todos porque siempre tuvieron la solución al problema, fueron las que perseveraron, las que jamás se apartaron y las que le pusieron el pecho a la brisa. Mi madre y mi abuela son todo un símbolo familiar porque ayudaron a erigir sobre pilares de valores esta empresa que sigue dando de qué hablar”, manifestó Luis Eduardo Supelano.

De los diez hermanos Supelano Casallas, siete componen la sociedad los cuales tienen una séptima parte en la sociedad y unos roles muy específicos. Por ser una empresa familiar se han sorteado muchas vicisitudes e inclusive se derrotó el argumento aquel que dice que las empresas de familia no son viables.

Hoy sus hijos evocan a su señor padre en el que ven un cúmulo de talento, de visión y de trabajo, aspectos que acompañó de decencia y rectitud porque antes que incomparable empresario fue un gran ser humano al que quisieron, respetaron y le dieron siempre una espectacular bienvenida.

Al igual que muchas empresas, El Gordo también se vio en dificultades y en algún momento pensó en cerrar sus puertas porque no fue ajena a los efectos de la apertura económica que trajo banca rota y bajonazo de la persiana en muchas empresas de todos los sectores. La empresa tenía producción de cerdo en Guaduas y en Sibaté, pero con el tiempo se dio cuenta que era mejor comprar que producir.

La granja experimental de Sibaté en Cundinamarca fue muy exitosa y contó con el espaldarazo de la Gobernación, pero el gobierno nacional no tuvo una mirada para este proyecto que finalmente claudicó siendo un total desperdicio porque había un tratado de generación de energía y de auto-sostenibilidad productiva.

El Gerente Comercial de El Gordo rescata el capital humano de Colombia, de sus trabajadores, de sus empresarios y de sus gentes que están hechos, al parecer de un material diferente porque soportan y caen, pero inmediatamente hay reacción y nada de lo malo se nota. Lamentó el empresario tanta diferencia regional y anhelo que si bien hace parte de la diversidad paisajística y cultural, debería ser un factor que jugara en favor y no en contra.

Sobre la clase política, sostuvo que es una porción del país que vive para aprovecharse del más necesitado y desinformado lo cual no es bueno porque entre más corruptelas y más amaño político haya, más atrasada estará Colombia.

¿La reforma tributaria es una marranada?

Totalmente, expresó, porque en Colombia, en su opinión, le meten la mano a la gente más vulnerable y más jodida sin ningún tipo de consideración, escenario lamentable porque aleja a las personas de los bienes y de los servicios.
“Hoy todo es más costoso, tener acceso a la tierra es más complejo, pero paradójicamente llegar al endeudamiento es mucho más fácil”.

El IVA de 19 por ciento, expuso, hizo mucho daño porque la gente cada vez compra más costoso y por eso compra menos, esa tarifa ya se nota y lo cierto es que hay contracción en la economía porque los que siguieron con un puesto de trabajo ahora deben demandar bienes y servicios con un país 19 por ciento más costoso. Exhortó por un trato adecuado para las empresas por parte del ejecutivo con el fin de hacer uso de mejores favores estatales y de unas herramientas que sean eficaces a la hora de exportar o querer ampliar la planta de trabajadores.

Contrario a lo que se pensaba, la gente hoy come más lechona porque por fortuna hay muchos más puntos de distribución y eso hace que la gente la tenga en el radar de su dieta. En El Gordo se compra lechona por plato o una entera, hay porciones que van desde 6.000 pesos hasta 10.000. La lechona se consigue en presentación para veinte personas o veinte platos hasta la de 250 platos. La lechona más costosa puede costar algo más de 900.000.

La lechona es un plato natural, de exquisito sabor que no contiene aceite porque la lechona va al horno, siendo un producto sano. Hay que tener en cuenta que la alimentación de los cerdos está hecha a base de concentrados de soya, de maíz y otros nutrientes que hacen que el animal ofrezca menos grasa y mucha más fibra.

La venta de lechona va muy atada a la coyuntura económica, es decir que si a la economía le va bien al Gordo le va bien, pero si la situación es al contrario se vive de unas ventas básicas que suelen ser muy importantes.

“Hay una realidad y es que con una economía endeble hay menos dinero y si hay menos plata pues la gente no compra y las cosas se complican para todos en el sector o actividad económica que se tenga”, afirmó Supelano.

A los 65 años de edad falleció don Fideligno dejando todo un legado de empresa y emprendimiento, también muy joven partió para esa instancia de la luz perpetua doña Vicenta. Ellos desde el cielo ven muy ufanos cómo sus hijos lograron sostener una marca y una apuesta productiva que tomó la línea de productos típicos para ser pioneros en Bogotá y en el país. Hoy los hijos de ese buena gente de Fidedigno, el querido Gordo, resaltan con mucho orgullo los sabores nacionales sin parar sus procesos de innovación y desarrollo.

Cabe precisar que el cerdo aparece en el primer periodo de la era terciaria, unos 30 millones de años antes de cristo y en ese momento en que el hombre primitivo ya contemplaba la agricultura, su proteína era de fácil acceso por cuanto éste jabalí ya rondaba los predios humanos. Los registros dicen que el cerdo es domesticado hace 13.000 años en Oriente Próximo muy a la par con la cría de especies menores en China.

Hoy después de tantos millones de años el cerdo se ofrece en su mejor expresión, convertido en la más deliciosa y apreciable lechona que tan solo se disfruta con tanto gusto en el barrio Centenario al sur de Bogotá, en esa sede amarilla con blanco donde nació la Procesadora de Alimentos El Gordo en la década de los sesenta, pero dejando todo un compendio empresarial y de empuje pues de dos lechonas la procesadora pasó de vender dos lechonas en sus albores a despachar 1.500 en un año y luego esa misma cantidad en un mes de temporada.