Sábado, 10 Junio 2017 05:53

¿Desaparecen la modista y el sastre?, “Qué desastre”

Estos expertos en moda crearon vestidos y prendas al gusto y a la medida de muchos colombianos, pero con la globalización de la economía y el fenómeno chino empezaron a decirle adiós a un mercado que generó empleo y crecimiento.

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Hay que decir que en asuntos de moda, cada época ha marcado una pauta y para esos menesteres ha existido el tipo de persona que sugiere maneras de vestir, colores y combinaciones para destacar y enaltecer el poder, pero inclusive para hacer posibles los pueblos con sus identidades.

El tema que nos ocupa tiene que ver con los sastres y las modistas que después de la apertura económica de 1991 fueron viendo inconvenientes los cuales crecieron aceleradamente con el transcurrir del tiempo hasta arrinconarlos y llevarlos a la banca rota. Hoy sastres y modistas están en el baúl de los recuerdos y atrás quedaron esas afables cuitas de la compra de paño, de tiza para marcar, de hilos, botonería, sedas para forrar y muchos insumos que le permitieron a la sociedad colombiana vestirse con mucha finura, sobre medidas y al gusto de cada quien.

Si Bien los sastres modernos llegan al mercado a mediados del siglo 19 cuando los trajes eran diseñados para campesinos y obreros en el Reino Unido pronto vendría un giro en la forma de concebir el vestuario.

En ese tiempo ese traje ocasional era llamado “traje de Campo” y era también posible llevarlo a la playa. El mundo evoluciona y con la revolución industrial las fábricas empiezan a darle un tratamiento de escala a la producción porque el traje moderno pasó a las clases más adineradas y potentadas luego de que Keir Hardie, miembro del parlamento Británico lo institucionalizara para lo más selecto de la sociedad inglesa a comienzos del siglo 20.

Desde ese entonces este oficio ha resultado trascendental para las economías porque nacieron varios y muy representativos talleres de sastrería y modistería que aparte de generar empleo le facilitaban la vida a muchos que estaban a tono con la moda y la elegancia. Las costureras y los sastres conformaban en esos tiempos una masa laboral importante en Europa y lo propio pasaba en el resto del planeta.

Colombia fue siempre un país de buen vestir en tiempos de modernidad y desarrollo pues no en vano en 1925 la moda bogotana logra equipararse con la parisina. Es tal el boom de la sastrería que en 1929 nace la Sociedad Cundinamarquesa de Sastres que buscaba fortalecer un gremio que estaba amenazado con la llegada de los inmigrantes italianos que se afianzaban como la más fuerte competencia. Lamentablemente en 1933 esta agremiación fue liquidada.

En la historia reciente hubo un auge de sastres y de modistas que ocuparon estratégicos locales en el centro de Bogotá o de cada capital. Lo propio pasaba en los barrios, en donde abundaba el trabajo porque siempre en Colombia hubo un motivo de celebración que demandaba atuendos muy bien diseñados y sobre medidas.

El conocido sastre del barrio La Estrada de Bogotá, Gerardo Romero, le dijo a Diariolaeconomia.com, que de sus 65 años de edad lleva 52 años dedicado a la sastrería en donde experimentó momentos muy gratos y bastante felices porque había trabajo, clientela y una clase media y alta que demandaban vestidos de muy alta calidad en donde la confección era vital para acompañar un buen paño.

Aseguró que ese apogeo le duró al sastre de barrio hasta 1995 o 1997 cuando todavía se podía ver la utilidad que en efecto ya era menor por efectos de la apertura económica que le dio todo un giro a la economía y a muchos empresarios pyme que ofrecían salarios y dinero para que hubiese dinamismo.

“Hoy estamos trabajando horas extras porque ya esto se está acabando en vista que la globalización y el comercio chino invadieron los mercados, atacando frontalmente a los sastres y modistas que tuvieron un apogeo de vieja data, pero que fue a pique con el nuevo régimen mundial de los mercados, igual seguimos luchando porque ese es un común denominador de nuestra profesión”, comentó el señor Romero.

En las buenas épocas este emprendedor y muy buscado sastre tenía ocho obreros y de ese promedio cada trabajador hacía ocho vestidos semanales, es decir 64 trajes que se pagan muy bien y dejaba una ganancia que valía la pena.

Romero evocó los tiempos buenos en donde se trabaja en un buen ambiente y con insuperables proyecciones, pero se acuerda igualmente que con la llegada del sistema de satélites y el ingreso de ropa china, los sastres fueron quedando relegados porque los materiales empezaron a encarecerse en Colombia sin la opción de no adquirirlos porque los sastres tienen como condición y valor agregado dar garantía sobre el trabajo que realizan.

“Nosotros hacemos ropa buena, bien manufacturada y al gusto del cliente, pero competimos con unas producciones de escala que sacan trajes en cantidad, pero eso sí, sin la misma calidad que la de los talleres de sastrería”, dijo.

Actualmente un vestido bien diseñado y muy bien hecho cuesta desde 350.000 pesos, pero en el comercio hay vestidos para caballero de 250.000 y hasta de 150.000 pesos, lo cual hace que la competencia sea imposible, dejando en desventaja a los artistas de la buena ropa y la elegancia.

A criterio de Romero, el sector aún subsiste porque hay gente que aprecia el trabajo bien hecho y sigue buscando al sastre del barrio, Aclara que generalmente son personas adultas o de la tercera edad que jamás pudieron con los trajes de fábrica por cuanto les gustó escoger el paño y sentir un vestido cómodo hecho sobre medidas. En medio de la fortuna que implican esos clientes, la situación no deja de ser supremamente difícil.

Agregó que la situación es tan dura que los grandes fabricantes colombianos han salido a reconocer que para poder competir en un comercio por lo general rapaz, tienen que introducir a Colombia materias primas de baja calidad pues esa es la única manera de reducir costos y seguir en el mercado.

El barrio La Estrada llegó a tener más de veinte sastres pues en cada cuadra era normal ver dos o tres sastres los cuales trabajaban felices porque a todos les llegaba mucho trabajo y por consiguiente unas buenas ganancias.

“Ahora quedamos muy pocos y seguimos trabajando bien y con esa tranquilidad de la garantía que de alguna manera nos ayuda a mantener vigentes, pero el asunto es igualmente difícil porque anteriormente contraté entre ocho y diez empleados y hoy estoy solo. La verdad no hay nada más que hacer y eso produce nostalgia ya que no hay nada más gratificante y bonito que vestir a la humanidad, eso lo hace a uno muy feliz”, aseveró el sastre.

El señor, Gerardo Romero, se introdujo en el mundo de la sastrería a la edad de 12 años cuando ingresó a una academia en Girardot, ya con el tiempo logró llegar a Bogotá en donde según él terminó de aprender.

Las temporadas de fin de año fueron muy especiales y eso sí de muchísimo trabajo, a tal punto que en el mes de octubre se ponía el aviso que dejaba frío a más de uno porque se notificaba que no se recibía más encargo porque los trabajadores estaban copados y comprometidos hasta más no poder.

Romero nació en Algeciras, un municipio próspero del Huila y desde allí ya pensaba en medir, cortar y coser buenas prendas para los gustos más exigentes que reconocían el trabajo del sastre.

El asunto ha tocado tanto fondo que inclusive las academias que formaban modistas y sastres tuvieron que cambiar el concepto y dedicarse a vender moldes porque la costura de taller y especializada dejó de ser rentable.

Los sastres cumplían literalmente con el mandato de la excelencia porque le ponían tiza al trabajo y por ese compromiso entregaban vestidos de muy buena costura que producían alegría y sonrisas de satisfacción en cada cliente.

En el tema de materias primas, romero defendió la calidad de los paños nacionales y sostuvo que son los mejores porque muchos llegan del extranjero con deficiencias, razón por la cual en uno o dos meses, un vestido cambia de color. El asunto es tan en serio que hay paños que llegan de tono azul, pero con los días van adoptando un color gris lo cual riñe con una confección buena.

Dentro de las anécdotas de Gerardo Romero está el hecho de dejar de ver clientes por años y al término de un buen tiempo se los encontró con la misma ropa que les había confeccionado lo cual se explicaba por la calidad del paño, pero igualmente por la inmejorable costura. Recuerda que hubo vestidos que duraron diez y hasta doce años, actualmente un vestido hecho en sastrería dura cinco, siete y ocho años, pero los que se compran confeccionados no duran más de 18 meses porque pierden forma y se van degradando.

“Lamentablemente nunca hubo una política de estado para las pymes y puntualmente para nosotros que dimos tanto empleo y tanto empuje, quizás por eso estamos acabados y fracasados porque nunca nos tuvieron en cuenta y para colmo de males no hubo unión ni nada parecido”, apuntó.

Los sastres fueron empresarios florecientes y exitosos que de manera lenta y dolorosa fueron llegando a la ruina porque el trabajo de 15, 30 y más años se vio trastocado con una situación muy dura que obligó a una gran mayoría a vender sus casas pues vinieron las obligaciones y las enfermedades, es decir que lo que consiguieron tuvieron que devolvérselo a la vida para que esta fuera más larga, cuando se pudo.

Los grandes confeccionistas, las grandes marcas, anotó Romero, se acabaron y quedaron los regulares para poder subsistir, pero los buenos fabricantes en su opinión se cancelaron porque la utilidad se marchitó.

Este sastre buena gente que optó por un taller mucho más pequeño en dónde su única compañía es una vieja grabadora negra que le regala música y noticias, sigue enamorado de un trabajo que le dio mucho y que hoy le permite vivir sin esa calidad de los años anteriores, pero sentenció que si no llega más trabajo, su retiro es inminente de un oficio que agradece y quiere con todo el corazón. Tristemente si ese momento llega, este hombre de cabello ya canoso y bigote blanco seña del marchitamiento de muchos almanaques, tendrá que recoger sus aperos y salir de un local en donde muchos le reconocen que tiene calidad y sastrería para rato, pero sin clientes el asunto es imposible porque muchos optaron por el producto chino entre otras cosas porque el colombiano perdió su capacidad de compra y hoy no se viste con lo que quiere sino con lo que le toca, “lo más baratico”.

Los recuerdos de doña Amparo

La señora, Amparo Bautista, es una juiciosa y abnegada modista del barrio El Restrepo de Bogotá, ese en donde el producto insignia es el calzado, pero en el que las confecciones también tuvieron un sitio muy especial porque las modistas de este sector gozaron de fama y buenos momentos.

Al llegar con premura a su sitio de trabajo por el inminente aguacero, esta modista almorzaba en la mesa en la que reposaba el cabezote de su máquina de coser porque estaba terminando una muy bien diseñada blusa de color morado. La hechura de esa blusa cuesta 40.000 pesos aclarando que el cliente pone la tela para que le confeccionen su prenda.

Amparo reconoce que la postración de las modistas y de los sastres empezó desde ese fatídico año 1991 cuando el gobierno de turno impulsó una apertura económica que se parrandeó en el trabajo de muchos por cuanto ingresaron cantidades de productos con bajísimo costo de mano de obra y con facilidades en sus países de origen lo cual golpeó duramente a la sastrería y a la modistería.

En el segundo piso de un vetusto centro comercial, Amparo Bautista, tiene un pequeño taller en el que aún trabaja confeccionando sobre medidas y al gusto de sus clientes, las mismas que siguen la tendencia de la moda en los figurines que todavía existen, pero que al paso en que va el oficio, pueden tener el triste destino del almanaque Bristol.

“Yo tengo buenos recuerdos y la verdad, vivo muy agradecida por el arte que Dios puso en mis manos, pero antagónicamente produce tristeza trabajar en esto porque los clientes en su mayoría se fueron y la rentabilidad del trabajó se desplomó por culpa de China, de unas importaciones y de un comercio que es injusto y nada consecuente porque la fiesta es para unos pocos y la tragedia económica para miles de familias”, enfatizó la modista.

Un vestido para fiesta, diseñado por Amparo cuesta 250.000 pesos lo cual incluye la tela, calidad y la garantía desde luego. Preocupantemente ese vestido traído de China puede costar 150.000 pesos y en ocasiones 80.000 pesos, es decir que no hay manera de competir.

Dijo que lo lamentable de todo es que las personas no saben que compran porque con solo medirse un vestido chino el velo se daña lo cual es inaceptable.

Doña Amparo recuerda que trabajó en una época de muchas buenas modistas que no daban abasto con el trabajo que llegaba y extraña sus tres empleadas que le colaboraban en el otrora boyante negocio.

En una temporada de fin de año esta experimentada modista llegó a confeccionar 50 y hasta 80 vestidos, esa cifra cayó hoy a 10 o 20 trajes lo que habla de la cruda realidad de la modistería. A todo el fenómeno de China se suman el alquiler de ropa que está de moda y los famosos Madrugones que son responsables de las menores creaciones y confecciones de las modistas.

Desde los 22 años Amparo trabaja en modistería tras haberla estudiado con lujo de detalles porque siempre fue una enamorada de la costura. Hoy sigue en este oficio para poder pagar su pensión y su seguridad social por lo menos en diez años más porque es una mujer viuda con cuatro hijos que debe luchar para no colapsar.

Su trabajo afortunadamente ha llevado el pan a la mesa, ha educado hijos y logró comprar una casa, pero no se quiere conformar con eso porque al igual que Gerardo, siente que tiene arte y trabajo para muchos años.

Esta mujer le pidió al gobierno defender la industria nacional porque ve con preocupación que las grandes empresas textileras están cerrando o están pasando a otras manos que no quieren seguir con los parámetros de calidad de las reconocidas hilanderías colombianas.

Recuerda que su aprendizaje fue óptimo porque diferente a lo de hoy, no aprendió una sola línea, por ejemplo, si es sastrería, la enseñanza se queda hoy en la fabricación de chaqueta y pantalón, pero en sus años de estudio aprendió a confeccionar desde ropa para niños hasta vestidos de novia.

Lo que piensa Inexmoda

Sobre este tema se pronunció el Instituto para la Exportación y la Moda, Inexmoda, entidad que reportó que por lo que se observa en la ciudad de Medellín, aún hay una buena cantidad de sastres y modistas que trabajan alrededor de ese tema.

El Director Ejecutivo de Inexmoda, Carlos Eduardo Botero Hoyos, afirmó que hay una experiencia en Colombia muy interesante que no ha sido muy masificada, pero de gran importancia y tiene que ver con la iniciativa del empresario, Carlos Nieto, quien ideó para los sastres un modelo de negocio llamado el Sartorial en donde son fabricados sobre medidas vestidos, camisas y zapatos lo cual es muy interesante porque rescata dos temas que son muy relevantes en las industria de la moda y es la experiencia de cómo funciona la atención y la toma de medidas. Otro gran tema, dijo, es el de la personalización que también es la oportunidad que un empresario tiene de hacer trajes y ropa a la medida y marcados lo cual resulta algo muy interesante.

Para el dirigente gremial y reconocido líder de la moda, los procesos de apertura económica y los nuevos flagelos de comercio impactaron este trabajo porque entró el boom de marcas y centros comerciales.

“Yo siento que esa gran función de los sastres y de las modistas en Colombia sigue siendo muy valiosa y representan un trabajo muy importante para las familias que puedan hacerse ropa a su medida o actualizarla y todo ese tipo de temas, no tengo cifras o estadísticas, pero pienso que conceptualmente es algo bien significativo”, comentó el señor Botero.

Agregó que la obligación de Inexmoda es trabajar por todo lo que se necesite para que este sector sea mucho más competitivo, pero indicó que actualmente no se tiene un programa en la agenda que propenda por especializar ese gremio con tareas ambiciosas que desprendan de iniciativas público-privadas y recalcó que Inexmoda resalta la importancia de estos históricos oficios.

Esta es una síntesis de un sector o subsector de la moda que pasa por un momento complejo, pero que en concepto de expertos y conocedores puede tener un salvavidas importante porque no resulta justo ni mucho menos conveniente que aquellos que vistieron al país de una manera muy particular hoy estén a la deriva, esperando que llegue el tortuoso día del cierre definitivo o cambiando la tarea de confeccionar por la remendar y fundar clínicas de ropa.

Los colombianos de ayer y los de hoy muy seguramente extrañan y valoran a sastres y modistas porque fueron estos artistas capaces de dar alegrías luego de plasmar en finos paños o delicadas telas los imponentes diseños y estilos fotografiados en los aromáticos figurines que solamente hacían posible las manos benditas de quienes dedicaron su vida a confeccionar.
Hoy se extraña la mesa de trazo, las tijeras, la tiza, el metro, las reglas, los alfileres espetando la almohadilla, las agujas de mano, las de máquina, las máquinas de coser, los descosedores, marcadores, lápices y el papel para hacer trazos así como moldes porque esa época de sastre y modista jamás se fue y caso opuesto, quedó en los confines del pensamiento y en un recuerdo bonito de fiestas, matrimonios, navidades y días especiales.

A estos profesionales de la confección hay que impulsarlos y es allí donde gobierno, gremios, cámaras de comercio y consumidores, deben trazar una hoja de ruta para salvar un sector que se ha venido a menos en medio del desdén y que está migrando para la soledad y la inactividad o quizás para otras actividades y como dijo algún anónimo, “El sastre, corte y cosa, y no se meta en otra cosa”.