Sábado, 20 Abril 2019 00:17

Dianita, una dulce historia de emprendimiento con olor a guayaba

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Hay seres humanos que en medio de la adversidad aprendieron que la vida trae consigo muchas enseñanzas y que de introducirlas en el catálogo de la experiencia, aseguran sin duda alguna un rotundo éxito.

En el mundo suelen darse múltiples experiencias que redundan en grandes descubrimientos, así por ejemplo nació el queso cuando al mercader árabe que atravesaba el desierto se le fermentó la leche, la misma que había puesto en una bota fabricada con estomago de cordero, pero luego de exprimir el alimento coagulado encontró que la masa residual era un alimento de gran sabor. Es una referencia entre tantas, y la de hoy no es ajena pues si bien a algunos se les cortó la leche, por curiosidad le pusieron panela, la dejaron hervir en el fuego de leña y del mielmesabe logró darse el paso a la panelita de leche. Lo anterior nos muestra que de súbitos problemas pueden venir grandes soluciones y que la vida nos va regalando un listado enorme de soluciones de la cual van surgiendo empresas, grupos y enormes posibilidades de desarrollo.

Saliéndonos de esos orígenes que datan de 8.000 años antes de Cristo, edad estimada del queso, entremos a la intimidad por demás grata de un empresario colombiano que supo mirar a la cima, y lo mejor, aprendió a llegar a ella. En Colombia hay experiencias empresariales para admirar y la que hoy concita nuestro interés es la de dulces de leche, panelitas y bocadillos de guayaba, una industria que prospera en la espectacular Provincia de Ricaurte en las bravas tierras de Boyacá, ese departamento pletórico de historia que resplandece en las alturas de la cordillera oriental.

En la agradable, cálida y hermosa población de Moniquirá, hay un producto que comparte memorias con el bocadillo veleño. Según lo narra la tradición plasmada en documentos, si bien ese especial y único dulce de guayaba roja y blanca puede tener 200 años en la historia de Colombia, lo cierto es que es de una región en la que los españoles en plena conquista vieron indígenas comiendo una fruta fresca y seca que se conoció en lengua arahuaca como guayaba, un fruto dulce de características silvestres y muy agradable al paladar proveniente del guayabo, un árbol aromático y frondoso.

Moniquirá la bien bautizada “Ciudad Dulce de Colombia” es entre otras cosas una fábrica de sonrisas y felicidad porque sonríen quienes trabajan en la vetusta industria, pero igual quienes acompañan un buen vaso de leche con ese rico producto que sale luego de hervir el jugo espeso de guayaba, panela o azúcar y algo de canela para poner en la mesa el dulce alimento.

El bocadillo, igual es básico en la culinaria porque es utilizado para rellenar postres, panes y para poner tiras de este dulce con queso en los bananos o plátanos maduros. Los que saben de cocina lo tienen en su recetario porque resulta ser un postre solo o en combinación con otros productos lácteos.

En esta capital de provincia hay una empresa que ha vivido su propia historia y que ha servido de referente para otras industrias que salieron del mercado quizás por esa falta de lucha, constancia y tozudez, virtudes que le sobraron a los fundadores y propietarios de la fábrica de panelitas y bocadillos, Dianita, unos seres humanos enormes y trabajadores que con empuje, idea y espíritu emprendedor fueron capaces de fundarse, caer, y como el Ave Fenix, de sus cenizas rehacerse para volver a fundarse y afianzar marca, producto, sostenibilidad, calidad y fidelización, una camándula de exigencias y resultados de mercado que logró la factoría que opera en la bella comarca de Ricaurte. Hoy luego de gloria, tragedia y retorno al éxito, la empresa es paradigma de fabricación sobre pilares de sostenibilidad, inocuidad, confiabilidad y portafolio.

En charla con Diariolaeconomia.com, el Gerente General de la fábrica de panelitas y bocadillos Dianita, Luis Cáceres, narró que todo su caminar empresarial empezó en los albores de la década de los años setenta cuando llegó procedente de su natal Paz del Río en el nororiente de Boyacá. Era muy joven cuando puso sus pies en Moniquirá en compañía de su esposa Melida Espitia, una gran mujer nacida en Puente Nacional, Santander y la escogida por el inquieto Luis para afianzar hogar y erigir empresa. Su cambio era tajante por cuanto pasaba de la provincia de Valderrama a la de Ricaurte en la que iba a encontrar aprendizaje, compromiso, disciplina y futuro.

Su niñez no fue fácil amen de haber nacido en un municipio rico y lleno de opciones por las múltiples riquezas mineras representadas en carbón y hierro entre tantas. La infancia de Cáceres transcurrió entre cultivos de papa, maíz, habas, trigo, cebada y hortalizas, igual caminó por entre ganados de alta productividad lechera que paradójicamente le iban a marcar el derrotero a un buen hijo y a un soñador. Este hombre con más de setenta años de edad lleva algo más de 50 en la actividad dulcera, es decir en la fabricación de bocadillos y panelitas de leche.

Para este curtido empresario, la guayaba y la leche son el alma de una empresa, de un sector productivo y de una región que le puso sello propio con estas materias primas a la provincia por la calidad de sus productos representados en bocadillos, panelitas de leche, tumes, manjares y otros dulces de inmensa calidad y excelente sabor. A juzgar por el sabor de los productos, Cáceres les puso con un toque mágico un sello de exclusividad y delicia que hace parte de ese ADN de la región.

En principio y abrigado por la amable Moniquirá, don Luis Cáceres empezó trabajando en fábricas ya instaladas en el sector de los dulces, pero mientras hacía sus labores, pensaba en su esposa y en un futuro que quería edificar con mayor ambición pues ya estaba en los 18 años, apenas el tiempo para dar saltos osados y muy calculados. Trabajó muy duro durante siete años y en 1977 le dan vida a una fábrica de manjares y dulces de perfil artesanal y familiar. Este fue el bonito comienzo de lo que sería a futuro un imperio dulce, representado en la mejor fábrica de panelitas de leche, bocadillos y dulces típicos de esa floreciente región cruzada por las aguas del río Suárez.

“Nos sentimos muy orgullosos de haber hecho todo esto, de haber trabajado supremamente duro y de darle vida a una empresa muy a pesar de las circunstancias con los bancos, con pagos tributarios y con el poco o nada incentivo para seguir con las pequeñas y medianas empresas, haciendo patria y propendiendo por ese necesario tejido social que finalmente fortalece la razón de existir en el difícil mundo empresarial en donde tanto se sufre”, declaró Cáceres.

Precisó que lamentablemente es muy complicado hacer empresa en Colombia por cuanto no hay apoyo ni del municipio que lo adoptó y al que le ha retribuido su confianza, pero igual, hay desdén del estado que al más mínimo asomo de progreso hace presencia con la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales, Dian, o con el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos, Invima, entidades que cumplen un papel determinante en los fiscal y en salubridad, pero que lamentablemente solamente están para pedir, ordenar y presionar, pero no para brindar apoyos, estímulos y todo lo relacionado a un fomento industrial que lleve más ingresos y empleo a las regiones.

Este país empresarial tiene como particularidad el cobro de impuestos de todo y para todo porque aparte de renta e Impuesto al Valor Agregado, IVA, ésta y otras factorías deben sufrir con sus emprendimientos o con las apuestas tradicionales ya que ayuda desde las altas esferas del ejecutivo no hay, y el fomento dejó de ser una opción, inclusive desde mucho antes que desapareciera el Instituto de Fomento Industrial, IFI, ese ente que pusiera a caminar a través de un decreto el otrora Presidente de la República, Eduardo Santos en 1940, pues había urgencia de desarrollo, industrialización y transformación de materias primas. Eran otros tiempos.

La cúspide que alcanzó Dianita y otras empresas regionales fueron el fruto del esfuerzo, de la planificación y de una apuesta hecha a puro pulso, pero crecimiento con aportes del gobierno como pasa en otras latitudes no se dio y muy seguramente no va a darse. El asunto es a la inversa, pues en lugar de ayudar y empujar con crédito de fomento para las empresas, el estado decidió dedicarse, y con mucho éxito, a hacerles la vida imposible a los empresarios sin medir impactos o consecuencias sociales porque hay una verdad en el sector real de la economía y es que cuando hay que salir de empleados o recortar gastos, la decisión no es empresarial, generalmente parte de las iniciativas del gobierno, y ello muchas veces no alcanza a ser comprendido por el público.

Cualquier persona, explicó el fundador y dueño de la Fábrica de panelitas y Bocadillos, Dianita, no puede crear una empresa porque por citar un ejemplo de los utensilios en cobre que se usaban para la fabricación de dulces, debió pasarse a una industrialización más exigente en donde una máquina o utensilio puede costar más de cuatro, quizás diez o quince millones de pesos para poder operar dentro de las exigencias del Invima.

Este empresario boyacense logró abrirse espacio en el mundo empresarial y para ello debió sacrificar horas de familia, de entretención y acudir a la banca porque de lo contrario hubiese sido imposible que la empresa, hoy afamada y consolidada, existiera. De todas maneras su amor por el hogar y por sus hijos estuvo presente en su biografía empresarial puesto que inspirado en la menor, en su pequeña hija Diana, la traviesa Dianita, logró bautizar la fábrica que ya hace parte importante de la crónica productiva e industrial de Colombia.

En su opinión, el haber fomentado empleo, desarrollo y de contribuir con la región no sirvió de mucho porque su crecimiento fue la consecuencia de trabajar en exceso y de cumplir con los bancos sagradamente sin que hubiese una contundente respuesta en favor de quien se atrevió a fundar factorías. Su gran deuda, por demás moral, es con los verdes y cargados guayabos, esos palos de hojas verdes y flores blancas de cinco pétalos tan del corazón de Luis, al igual con una ganadería de leche que le proporciona lo básico para su industria, nada fácil, pero vital en la marca región.

“Nosotros hemos tenido caídas muy duras, debimos afrontar muchas situaciones complejas, pero nos hemos levantado y ahí sigue vigente Dianita, una marca que fue registrada en 1990. De todo esto lo importante es que trabajamos con la banca y gracias a un trabajo conjunto la empresa logró salvarse”, expuso Cáceres.

Narró que hoy sigue siendo sujeto de crédito y de respeto en vista que en alguna ocasión recibió unos créditos del Banco Agrario de Colombia, entidad a la que no le pudo cumplir por la serie de inconvenientes económicos, ante ese panorama el dueño de Dianita decidió vender sus activos, incluida su vivienda para reunir el dinero y pagarle al ente crediticio. Esa acción significó que al interior del Banco hubiese, aparte de consideración y consternación, solidaridad, y le aprobaron un dinero para que volviera a empezar, es decir que Cáceres fundó y refundó su empresa.

“La verdad esto lo cuento, pero le soy sincero a mí no me gusta acordarme de eso porque vivimos con mi familia momentos duros, de mucha expectativa y en medio de una incertidumbre grande porque volver a empezar era como si no se hubiese trabajado o de pronto como recibir un castigo por haber luchado, en fin, eran muchas preguntas, muchas inquietudes y demasiadas tristezas”, afirmó Luis Cáceres.

En su momento la empresa llegó a tener entre 40 y 50 empleados, pero con la difícil situación y la consecuente contracción en la demanda el empleo bajó a 15 o 20 puestos de trabajo, de todas maneras la empresa hace lo posible por tener gente ocupada y con ingreso por lo que hoy Dianita como empresa y comercializadora tiene en total 40 personas empleadas de manera directa y de forma indirecta más de 200.

Como todo producto, los dulces tienen sus épocas de mercado, posiblemente en diciembre y en fechas especiales, pero últimamente la firma experimenta una caída en la demanda, lo cual logra cubrir con ventas hechas al resto del país, despachos que salvan la papeleta.

Esta empresa gasta más de un millón de pesos en servicios públicos lo cual sumado a la carga impositiva deja ver una pérdida considerable en competitividad y rentabilidad porque mucho de ese esfuerzo termina en las manos del gobierno nacional o municipal.

Anteriormente la empresa compraba la guayaba, pero dadas las condiciones de mercado optó por sembrarla en predios especiales para el cultivo de este esencial insumo. La leche la compra en la región porque es igualmente base de los dulces que Dianita elabora. La firma busca ser más eficiente, pero no hay eco en los gobierno y para completar el tema la Corporación Autónoma de Boyacá no ayuda y caso contrario pone palos en la rueda.

Una empresa nacional que no quiso salir de Colombia

Una de las anécdotas de la Fábrica de Panelitas y Bocadillos Dianita, tiene que ver con ese querer de muchos empresarios colombianos o extranjeros de buscar mejores opciones de renta en el exterior. Por la calidad del producto y por la historia de la empresa, Luis Cáceres recibió una propuesta para abandonar el país y trasladar su empresa a otro país en donde le brindaron todas las garantías, pero optó por quedarse, de un lado porque considera que ya no tiene la edad para explorar o probar, y de otro lado porque siente apego y amor por su patria, pese a todo lo regular o malo que pasa.

“Me dijeron que no me preocupara y que llevará a un país vecino toda la maquinaria porque allí contaba con toda la materia prima requerida y con un mercado dinámico. Me ofrecieron una bodega cerca al ferrocarril y muchas ventajas, fue tan generosa la propuesta que inclusive no me dejaban pagar ni la mudanza de la empresa. La verdad llegan esas ofertas, unos las agradece de corazón, pero por encima de muchas cosas está Colombia y un mercado que igual responde porque se construyó con mucho esfuerzo”, apuntó el empresario.

Si bien Cáceres no es exportador porque tiene el respaldo de un mercado interno de gran dinámica, en otros países conocen el producto porque muchos lo llevan y lo comercializan, y como gusta, no pocos lo quieren tener muy de primera mano.

Al analizar la economía agropecuaria de Colombia, el propietario de Dulces Dianita indicó que los cambios han sido terriblemente drásticos y perjudiciales porque el país hizo una lamentable transición entre la producción primaria y las importaciones. Hoy, expresó, la gente del campo no siembra porque quien tiene un predio pequeño prefiere tener una o dos vacas, pero no cultiva porque productos como el café que también es emblemático en la región está pasando por las duras y las maduras con cargo a un precio miserable que no cubre los costos de producción, lo propio pasa con la caña de azúcar y con muchas siembras como el maíz y otras que las pagan a como al intermediario le parezca.

Es por todo esto, manifestó, que los agricultores están abandonando el campo y deciden irse para la ciudad lo que explica porque hay tanta longevidad en las fincas, pues los jóvenes quieren todo, menos trabajar en la ruralidad en donde todo está imposible, empezando por el costo impresionante de los insumos o medicinas veterinarias.

“Hoy el Instituto Colombiano Agropecuario ICA colabora con las vacunas de control estatal como la aftosa, tuberculosis y brucelosis, pero en otras áreas de la medicina animal, si hay que comprar medicamentos o insumos para recuperar el semoviente, como no hay plata, la vaca, el caballo, el cerdo o la cría que sea, está muy expuesta a la muerte porque sin dinero nada es posible”, aseguró el empresario.

Este admirable fabricante capaz de crear, caer y volver a la vida empresarial va en las noches a su lecho muy cansado, pero con la tranquilidad del deber cumplido, igual sabe que con la llegada del manto oscuro que cubre el firmamento, el reposo para su cuerpo es necesario, pero siempre vive en función de pensar en su empresa, en el mercado y en todo lo que pueda venir. Vive muy angustiado por los enormes líos que hay en el campo como consecuencia del olvido que hay por parte de los gobiernos que igual metieron en el cuarto de San Alejo a los pequeños y medianos empresario y a un país que día a día sigue un proceso de deterioro porque no hay capacidad de compra y las importaciones destruyeron el empleo rural y otras opciones laborales.

Cuestionó que Colombia tenga dos cámaras legislativas de muy poca eficiencia y caso opuesto de grave daño para la nación porque cuestan por sus salarios, por sus viáticos y por sus pensiones. Lo triste es que la gran mayoría en Senado y Cámara no merecen tantas consideraciones, asunto que raya en lo injusto y lamentable porque los que se rompen el lomo a punta de azadón no merecen ni el saludo, a los honorables Senadores y Representantes les pagan por calentar puesto o por dormir, los que hablan, dice se cuentan con los dedos de la mano.

“Las peleas de la clase política perdieron asidero y filosofía política, hoy importa todo menos el pueblo, su desarrollo y su bienestar, las únicas peleas de los congresistas tan solo se dan por puestos o por el control de ministerios o entidades, de ahí no pasa el tema con ellos porque a un lado quedan campesinos, pensionados en dificultad, empresarios y los más pobres”, especificó.

En opinión de Cáceres es bueno que los gobiernos despierten y empiecen a mirar otro tipo de modelo económico que dicho sea de paso no lo tienen las naciones desarrolladas por algún motivo. Estimó urgente que haya una cruzada en favor del campo y de los empresarios pyme porque toda la atención del estado está en las multinacionales, dejando de lado un sector empresarial luchador que paga impuestos, genera riqueza y ofrece empleo.

La inversión, añadió, es bienvenida y es necesaria, pero en igualdad de condiciones, y en un escenario en que todos prosperen, abriendo paso a la armonía e inclusive a unas sinergias que resultarían demasiado útiles, sin embargo no hay una lectura consecuente de la economía y el país se sigue quedando sin activos, con un escenario alarmante de deuda y sin gente que pueda comprar. “El TLC con Estados Unidos si fue pensado para los campesinos, pero para los de ese país”.

Uno de los llamados del empresario al gobierno y a la sociedad civil es a retomar actividades vitales para una Colombia pacífica pues desgraciadamente falló en los últimos treinta o cuarenta años la política de estado para el desarrollo agropecuario e industrial, y de manera grave.

El primer empleo de Luis Cáceres fue con el Ejército en donde le pagaban unos siete pesos mensuales con lo que alcanzaba porque la plata rendía más y era notoria la calidad de vida, hoy todo eso cambio y se gana muy poco con el agravante que la plata no alcanza.

Dentro de los recuerdos están las primeras compras de azúcar que fueron hechas a 111 pesos el bulto hoy esos precios están en 85.000 y 109.000 pesos aproximadamente.

Resultó muy gratificante conocer a este empresario inteligente y terco para las cosas buenas, más allá de su capacidad empresarial no olvida su condición humana pues sabe lo que es no tener ropa o tenerla de calidad como también asegura saber que es tener buenos zapatos o caminar descalzo. Dice orondo que pasó por varias estaciones en la vida y destacó que todo lo logró a fuerza de trabajo, estrategia, ahorro, honestidad y disciplina, desde luego de la mano de Dios y acompañado por su señora esposa quién en los momentos más crudos supo recordarle sus capacidades y conocimientos, ella más que nadie sabía de qué estaba hecho su esposo, el amigo y el empresario, el emprendedor Luis, el padre sus hijos.

Aunque la retrospectiva no permite saber con exactitud los inicios de la industria del bocadillo, es bien sabido que su fabricación empezó en el municipio de Vélez, Santander y luego en Moniquirá, Boyacá. En esos tiempos, incluidos algunos muy recientes, la fabricación de bocadillo era artesanal y se hacía en pailas de cobre, puestas sobre fogones encendidos con leña. Los cronistas anotan que pese a que el bocadillo fue una fabricación familiar, empezó como industria en la segunda mitad del siglo XIX.

Los primeros fabricantes de bocadillo de guayaba fueron las renombradas señoritas Azucarates, mujeres de gran inventiva gastronómica nacidas en Vélez en tiempos en los que había un límite entre la colonia y la independecia. Este rico postre es tan añejo que inclusive hay cartas del “Precursor de la Independencia”, Antonio Nariño, firmadas en noviembre de 1823 que dan cuenta de la existencia del ya famoso bocadillo. Como quiera que sea dicen los cronistas que la jalea de guayaba se fabricaba desde 1610, desde luego de manera casera.

Le siguieron en la fabricación las familias Roa y Becerra. Esta última saga optó por agregarle huevo a la muy rica conserva para darle brillo y mejor aspecto que tomaba mejor sabor al ser envueltos en hojas de plátano o de bijao.

Con el correr del tiempo el bocadillo fue creciendo en consumo y logró hacerse indispensable en la canasta familiar por sus generosas propiedades alimenticias y vitamínicas. Entre 1930 y 1940 fueron fabricadas en Moniquirá las primeras despulpadoras mecánicas de guayaba.

El bocadillo resultó fundamental en la dieta de los colombianos, sus calorías y su admirable tabla nutritiva hicieron que inclusive a comienzos del siglo XX, los empleados del ferrocarril que uniría a Chiquinquirá con Barbosa lo comían en su merienda, en ese tiempo al dulce bocadillo se le conocía como “suelas”.

La fabricación de bocadillo de enorme calidad en Moniquirá no es coincidencia, ni nada ajeno a la lógica ya que Vélez, el municipio que dio la denominación de origen del afamado pasa-bocas, hacía parte de la hoy provincia de Ricaurte en Boyacá.

Acompañados por un clima cálido que no prometía mucha duración dejamos el barrio La Floresta, ese en donde opera la Fabrica Dianita, sitio deliciosamente impregnado a dulce de guayaba que les da la bienvenida a turistas y visitantes fortuitos. Quién visite Moniquirá y no compre copitos, cremositas combinadas, bocadillos, tumes, manjar y tantas delicias en Dianita, prácticamente no fue al bello municipio.

Allá quedó ese risueño y agradable empresario, que al despedirse dejó ver el compromiso con su empresa, con su familia, con su país y con la comunidad, igual sabe de responsabilidad social y cree profundamente en el credo que su padre le inculcó cuando era apenas un niño. Todo eso le dio fuerza para superar muchas vicisitudes, incluida la pérdida de uno de sus cinco hijos. Hoy ve a su descendencia seguir sus pasos por caminos de rectitud y compromiso, y es por eso que dice con orgullo que sus hijos están en la órbita empresarial.

Él, a pesar de tantas cosas cree que Colombia tiene salidas y la manera de componer el camino, tarea espinosa y ardua para la cual Dianita pondrá su granito de arena pues como dicen en Colombia, en medio de todo, hay que ponerle dulce a la vaina.

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