Martes, 12 Julio 2016 21:53

La renta petrolera VS el bolsillo de los colombianos: Análisis ACP

La transición hacia una economía en la que las rentas fiscales dependan de varios sectores y no principalmente del petróleo puede darse de manera armónica, sin ir en detrimento de ninguno de ellos.

Por 

Especial Asociación Colombiana del Petróleo, ACP

Una tesis hace carrera en Colombia: estamos en una transición hacia una economía menos dependiente del petróleo ante la caída de los precios del barril en los últimos dos años.

Esa postura resulta facilista y difícil de comprender para miles de colombianos que en los últimos años pusieron sus esperanzas en un sector resiliente, y que por años ha sido motor del desarrollo y crecimiento económico del país, en particular en regiones apartadas. Miles de colombianos, si bien no trabajan directamente con la industria de hidrocarburos, han sido afectados por la coyuntura.

Hace cinco años, unos 7.000 carrotanques eran oleoductos de cuatro ruedas que sacaban petróleo ante una infraestructura de transporte insuficiente; hoy, la mitad de estos vehículos está cesante. Esta situación conlleva un riesgo: que transformen sus carrocerías para carga masiva, aumente la sobreoferta y se deprima más la rentabilidad de los transportadores, advierte Colfecar, gremio de transporte de carga.

Además, aunque no hay un cálculo para determinar el impacto de la desaceleración del sector de hidrocarburos sobre las industrias de metalmecánica, fabricación de empaques, y otros bienes y servicios, se evidencia que muchas empresas de estos renglones de la economía han debido frenar sus modernizaciones, apretar sus nóminas y reinventarse por pura necesidad, ante los recortes en los planes de inversión de las petroleras.

Proyectos de vivienda de ciudades como Barrancabermeja (Santander), Neiva (Huila) y Mocoa (Putumayo) han tenido que salir a feriar casas y apartamentos que devolvieron los empleados petroleros, sus mejores clientes, porque perdieron sus trabajos o vislumbran tal posibilidad.

Quienes decidieron abrir o ampliar sus hoteles, restaurantes, locales comerciales o talleres de mecánica en municipios productores, enfrentan una cruda realidad: habitaciones vacías, comedores desocupados, almacenes desolados y montallantas sin clientes; al tiempo, créditos en los bancos se deben refinanciar y pagar con unos ingresos cada vez más diezmados.

“Hace tres años, Ecopetrol anunció la modernización de la refinería de Barrancabermeja. Eso hizo que muchas personas decidieran invertir en comercio, hotelería, propiedad raíz y servicios, pero todo quedó en el aire con el aplazamiento sin fecha de esa importante inversión para la región”, lamenta Alejandro Almeyda Camargo, director de la seccional Santander de Fenalco, gremio del comercio.

Más impactos a la vista

Y si la actividad petrolera fue motor de otros sectores por años, ahora también se sienten los coletazos macroeconómicos y el progresivo deterioro en el crecimiento del país, con todos los desbalances comerciales y en la balanza de pagos que trae consigo.

No en vano, la sequía de la renta petrolera apresura una nueva reforma tributaria. Desde 2017 se buscarán en los bolsillos de los colombianos unos 18 billones de pesos para compensar los menores giros de un sector que aportó 200 billones de pesos al erario en la última década.

En las alcaldías también se hacen cuentas de escasez por el menor ingreso de regalías. Ya no serán los 8,2 billones de pesos girados en 2014, a lo sumo 3,5 billones de pesos para este año, estima la ACP. Así, se aplazan, encarecen (vía deuda) y se hace más lenta la ejecución de proyectos en salud, educación e infraestructura, con un impacto en empleos y demanda de suministros en economías locales.

“Muchos de los ingresos reportados por la industria petrolera contribuyeron a la disminución de la pobreza y el crecimiento de la clase media en el país, lo que se traduce en mayor demanda para otros sectores industriales”, manifiesta Jaime Concha, vicepresidente de Minería, Hidrocarburos y Energía de la Asociación Nacional de Empresarios (Andi).

Aunque se insista en la sustitución de importaciones y las favorables condiciones de tasa de cambio para otros sectores, lo cierto es que nada ha podido reemplazar el motor que significan el petróleo y sus derivados, el principal rubro de exportación que aportó el 29,48 por ciento del valor vendido al mundo en el primer bimestre de 2016.

Esto sin contar con que el sector, pese a la crisis actual, continúa atrayendo el 25 por ciento de la inversión extranjera directa y es uno de los mayores generadores de divisas, que hace contrapunto a la megadevaluación del peso frente al dólar, la cual encarece productos de la canasta básica e impacta el costo de vida de los colombianos. Al final, se comprende la dimensión real de lo que concluyó un estudio de Fedesarrollo publicado a mediados de 2013, en el cual señala que cada peso que aumente la producción nacional de hidrocarburos se traduce en 1,65 pesos más en la producción bruta nacional, de los que un 15 por ciento corresponde a proveedores directos e indirectos, y un 24,2 por ciento “al efecto inducido en los hogares”.

El sector ha sido estratégico para el crecimiento y desarrollo del país, entonces, ¿por qué no apoyarlo ahora, al tiempo que se fortalecen otros sectores?

No matar la gallina, alimentarla

Para Camila Pérez, directora de Análisis Macroeconómico y Sectorial de Fedesarrollo, si bien el sector aportó mucho al país, el nuevo entorno económico plantea la necesidad de sustituir o complementar su rol en las cuentas fiscales y el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB).

“En un momento de estrechez fiscal, el Gobierno no puede meterle la ficha a una industria cuyas perspectivas de mediano plazo son inciertas. Resulta más adecuado apoyar sectores que se benefician de la coyuntura de tasa de cambio y que por mucho tiempo estuvieron descuidados”.

Si bien la tesis de la diversificación económica es deseable, Alexandra Hernández, vicepresidenta de Asuntos Económicos de la ACP, considera que el desarrollo de otros sectores no riñe con los hidrocarburos y ve inconveniente que el país “haga borrón y cuenta nueva” sin la industria petrolera. Dice que no hay que matar la gallina de los huevos de oro, sino alimentarla para que siga aportando valor y coexistiendo con esfuerzos, por ejemplo agroindustriales, en Casanare o Arauca; turísticos, en Santander, o agrícolas y forestales, en Putumayo, por mencionar algunos.

“La industria petrolera ha sembrado la semilla para que en muchas regiones apartadas del país se impulsen no solo servicios especializados, sino que se desarrollen proveedores locales. Es más costoso y largo en el tiempo pretender crear un nuevo modelo de crecimiento que excluya hidrocarburos, cuando este ha sido generador de eslabonamientos productivos que también pueden servir a otros sectores del país”, concluye Hernández.

En ese contexto, varios analistas consultados coinciden en señalar que, empezando por el Gobierno y las autoridades locales, se subestimó el impacto de la crisis de bajos precios del petróleo y se repite la historia de hace 40 años, cuando una bonanza cafetera terminó con una costosa lección: no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde.

Hay que actuar a tiempo

“Desde hace más de seis años, varios analistas insistimos en que el auge petrolero no era para siempre y había que aprovechar su efecto jalonador, pero el país no tuvo una política de encadenamientos productivos eficientes y generadores de valor agregado y empleo, aguas abajo y arriba de la producción de crudo”, resalta Saúl Pineda Hoyos, director del Centro de Pensamiento en Estrategias Competitivas (Cepec) de la Universidad del Rosario.

Desde una óptica macroeconómica, el país se acostumbró a que el sector mineroenergético fuera un gran generador de recursos y divisas, y a que la economía seguiría su curso de crecimiento y mayor bienestar. “Esto se desaprovechó para superar problemas estructurales del agro y la industria, por ejemplo, para la hora de un nuevo ciclo de precios bajos del crudo y amortiguar impactos”, agrega Alejandro Vera Sandoval, vicepresidente de Anif.

Con muchos huevos puestos en la misma canasta en la última década, la lección está aprendida para los encadenamientos que genera la producción petrolera hacia atrás. La crisis ha puesto a prueba a proveedores de servicios y bienes para reducir costos, ganar eficiencias y ser, en últimas, más competitivos. Cerca de 60 empresas de servicios petroleros especializados han entrado en procesos de reorganización o liquidación ante una parálisis del 80 por ciento de la actividad exploratoria.

La dificultad también les ha recordado que sus portafolios no solo deben enfocarse en un sector, sino que hay otros conexos en los que pueden abrir mercados. Y lo saben bien la industria metalmecánica y las consultoras de ingeniería, por ejemplo. “Quienes lo han hecho, aún tienen oportunidades de negocio, dentro y fuera del país”, agrega Concha.

Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) publicado en octubre de 2015 da cuenta de servicios intensivos en conocimiento en el sector petrolero nacional. Se identificaron 159 empresas proveedoras, de las que el 57 por ciento es de capital colombiano, la mitad de ellas con más de 20 años de experiencia.

Visto desde las regiones, ya es diciente que el país preste atención ahora a los encadenamientos del sector petrolero, justo cuando cayó la actividad y disminuyen nóminas de empleados y contratistas. “Honestamente, creo que el Gobierno no dimensionó el impacto que ha tenido esta crisis y no ha tomado medidas oportunas como permitirles a las empresas del sector pagar en varios años sus obligaciones tributarias, a la espera de que el precio reaccione. Hay empresas con sus equipos sin trabajar y pagando impuesto al patrimonio”, advirtió Rubén Darío Lizarralde, presidente de Campetrol, gremio de las empresas prestadoras de servicios petroleros.

Con la lección aprendida, hay oportunidades adicionales con la entrada en operación de la nueva planta de la Refinería de Cartagena (Reficar), mediante encadenamientos hacia adelante con empresas como Propilco y de sectores como caucho, plásticos, agroquímicos y pinturas. Estas suman 36,5 por ciento de la producción fabril del país, 16,2 por ciento de las exportaciones del sector y 4,2 por ciento del empleo industrial, según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

Pero para que un clúster como el petroquímico prospere, también se hace necesario “pensar en incentivos para el desarrollo de estas industrias, así como en las necesidades de capital humano, para que tengan oportunamente la mano de obra requerida”, señala el vicepresidente de la Andi.

Entre tanto, queda claro que es buen negocio para Colombia apoyar y fomentar su industria petrolera, más aún frente a un escenario de posconflicto y cuando la actividad ha operado en zonas con presencia guerrillera.

Los analistas consultados coinciden en que el sector será clave en los acuerdos aprobados en La Habana, generando oportunidades de trabajo y apoyando procesos productivos, “pero se requiere también que haya más presencia del Estado en esos territorios y que los recursos de las regalías sí se inviertan en lo que debe ser”, concluye el director del Cepec.

A estas alturas del partido, sobran evidencias para asegurar que prescindir de la industria de hidrocarburos dificulta no solo el desarrollo macroeconómico del país; también, la evolución de otros sectores de su economía. Lo anterior es especialmente cierto en las regiones productoras, donde el sector petrolero ha sido y podrá seguir siendo fuente de empleos en otros ramos y donde pueda apalancar un desarrollo menos dependiente del crudo. En ese sentido, la discusión no debe ser petróleo o, sino petróleo y desarrollo de otros sectores como el turismo, la agricultura o los servicios.

A nadie le conviene una industria petrolera débil

Los analistas consultados concuerdan en la necesidad de asegurar que Colombia no pierda su autoabastecimiento de combustibles y de ahí la urgencia de que se reactive la actividad exploratoria, a medida que se menguan más las reservas.

Esto resulta definitivo para asegurar la confiabilidad del sistema eléctrico y la del combustible para el transporte de carga y pasajeros, disponer del gas para el suministro de procesos productivos en la industria y, en últimas, para que los colombianos accedan a productos a menores costos y no queden a merced de un dólar caro y volátil.

Para el vicepresidente de Anif, Alejandro Vera, la transición actual no se trata de que el sector de hidrocarburos entregue a la industria o al agro la posta del crecimiento económico; más bien es que “nos hemos demorado” en hacer reformas requeridas para adaptar la economía a un nuevo entorno.

Y mientras eso ocurre y los precios del petróleo se recuperan, habrá que hacer mayores esfuerzos tributarios, se tendrá ingreso per cápita más bajo, disminuirá la demanda interna, decaerá el ritmo de crecimiento económico, se resentirá la inversión extranjera y deberá esperarse a que la tasa de cambio devaluada sí se traduzca en un aumento de exportaciones no tradicionales.