Miércoles, 15 Julio 2015 14:02

Se fue el hombre grato de los sueños verdes

Por

Alberto Sepúlveda fue conocido por ser un excelente ser humano y el mejor paradigma de cómo hacer negocios. Amó las esmeraldas y fue un ícono regional que soñó siempre con una paz perenne.

 

En una tarde de sol y en medio de la sorpresa de muchos, dejó de existir el empresario de las esmeraldas, Alberto Sepúlveda, conocido por su apego a las gemas y por fundar el Museo Internacional de la Esmeralda, uno de sus activos más consentidos y al que le entregó sus últimos años.

Don Alberto, como le decían todos sus amigos, nació en la población de Chita en Boyacá y desde sus 24 años comenzó a explorar el mágico mundo verde de las esmeraldas, comercializando piedras y exportando hasta llegar a ser el máximo expositor de esmeraldas de Colombia.

Su infancia no tuvo cuna de oro, pero el trabajo le dio a él y a su familia un merecido mundo de esmeraldas. De familia humilde, pero muy trabajadora, Sepúlveda salió en búsqueda de sus objetivos y de manera paulatina y muy honesta logró cristalizar sus sueños.

Fue dueño también de una sonrisa amable, de buenos consejos y de una amistad invaluable porque fue el verdadero amigo de sus amigos y para fortuna suya no conoció enemigos salvo la competencia del sector lo cual hace parte del mercado sin que ello implique odios o revanchas.

También fue un hombre enamorado y firme, no estuvo jamás solo porque se casó con la señora, Lucía Cortés, con quien tuvo cuatro hijos, Lizeth, Mónica, Martha y Ricardo Sepúlveda. Dio un paso al costado en el matrimonio, pero en su segunda unión con, Carmen Rosa Rodríguez, llegó Martín.

Durante 20 años, dicen sus allegados logró coleccionar más de 3.000 piezas de esmeraldas y material de mina que hoy hacen parte del museo que entrará sin duda a los registros de los patrimonios de la humanidad.

Alberto Sepúlveda fue un gestor de paz, jamás estuvo de acuerdo con los desencuentros y lamentó los saldos de la llamada “Guerra Verde”. Tan comprometido estuvo con la inclusión social en el sector y con la evolución afortunada de la industria esmeraldera que le dio vida a la Confederación Nacional de Esmeralderos, CONFEDESMERALDAS. De ese proyecto sin duda fue gestor y fundador.

Hoy don Alberto quizás recorra sus últimos momentos en la tierra por las minas de Muzo o Maripí. Posiblemente mire, a tiempo que acaricia con su transparente mano, la roca negra de las escarpadas montañas del Occidente de Boyacá de donde salió riqueza, de vastas cuevas o socavones que le dieron vida a los sueños o muerte a la esperanza.

Él, seguramente, mientras se extasiaba con los cánticos clericales de la parroquia de Cristo Rey o mientras escuchaba los tristes lamentos de sus familias, seguía la senda de la esmeralda evocando los buenos y los malos años, pero dándole gracias a Dios por permitirle ser un caballero, un maestro y un humilde trabajador e investigador empírico que le permitió adquirir uno de los pisos del edificio de Avianca en la Carrera Séptima y muchas esmeraldas, una pasión de siempre.

Este enorme personaje fue un representante de Colombia ante el mundo con su esmeraldas, creó algo parecido a una embajada porque con sus gemas recorrió Estados Unidos, Europa, Asia y otras latitudes. A donde fue dejó la mejor imagen y un recuerdo amable y de cognición.

Hoy lo lloran muchos, desde sus familiares hasta los tantos que acudieron a su oficina en busca de una solución o una lección. Alberto Sepúlveda fue el hombre pausado, inteligente, serio y muy probo, pero ante todo amoroso, dueño de un corazón que fue de todos sus familiares y amigos, un corazón que palpitó por una país, de emoción o de espanto porque de hecho su infancia le hizo ver lo peor de la violencia para precisamente tenerla en el listado de lo no viable.

Sus exequias se llevaron a cabo en la Funeraria Gaviria, la misa con templo lleno se llevó a cabo en la Iglesia Cristo Rey y su última morada quedó sembrada en Jardines de Paz, a donde lo acompañaron los grandes amigos y admiradores de este hijo de Chita.

Ese corazón que fue de todos y de la esmeralda, se detuvo de manera fortuita, un paro cardiaco acabó con su vida. Hoy yace mustio, frio y pálido, pero solo en el campo santo porque la verdad es que sigue vivo en el recuerdo de los habitantes de su natal Chita, en las demasiadas personas que caminaron con él por las gélidas calles bogotanas o por los cálidos senderos de Muzo, Maripí y el Occidente de Boyacá en su totalidad. Alberto Sepúlveda vive más que nunca en las sienes de sus familiares porque creyó en Dios y muy seguramente no morirá para siempre.

Quienes le vieron yerto e inanimado, se fueron tristes, pero en el fondo partieron muy alegres porque saben del puerto que le aguarda. Un encuentro magno con el todo poderoso a quien don Alberto Sepúlveda, con toda seguridad le lleva su mejor gema.

Visto 1161 veces