Domingo, 07 Mayo 2017 06:00

Para optimizar la ganadería, las razas criollas deben volver

Los bancos de germoplasma de Colombia resultaron en países como Estados Unidos y Brasil en donde les han sacado el máximo de provecho toda vez que han adelantado un importante mejoramiento genético.

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Nuevamente y de manera grata volvimos al municipio de Pacho en Cundinamarca, el sitio en donde las mejores cosas suceden por ese ímpetu del productor, del campesino y del empresario que adelanta emprendimiento en medio de unas montañas únicas y espectaculares que tanto bien le hacen a la retina. Hemos retomado la ruta del Rio Negro porque vinimos tras las huellas de las razas criollas colombianas, esas que vinieron con Cristóbal Colón en 1492 para perpetuarse y regalar lo mejor de sí de cara a optimizar los ganados de las nuevas generaciones.

El Zootecnista y experto en ganadería, Luis Guillermo Garavito Mejía, atendió en la cálida Pacho a Diariolaeconomia.com y aseguró que Colombia debe recuperar a toda costa sus razas criollas para mejorar el rebaño nacional por cuanto los bancos de germoplasma de la ganadería colombiana resultaron en Estados Unidos y en Brasil en donde son aprovechadas al máximo porque en esos países se ha logrado un mejoramiento genético con el material colombiano que no solo se fue en ganadería sino en agricultura.

Sostuvo que la primera raza que colonizó el centro del país fue el Blanco Orejinegro más conocido como BON o antioqueño la cual es la raza criolla que tuvo más permanencia en estas tierras porque casi que ha desaparecido.

Anotó el experto que este tipo de ganado de gran valía fue injustamente desplazado por las razas europeas mejoradas y por las razas cebuínas.

“Es increíble, en Colombia le estamos dando un entierro de tercera a las razas criollas, pero lo paradójico es que mucho germoplasma se fue para Estados Unidos y para Brasil en donde los científicos han hecho un trabajo importante, de muy buenos resultados y lo triste del caso es que ese material con genética colombiana nos va a llegar con otro nombre y a otro precio”, declaró el señor Garavito Mejía.

El respetado y reconocido zootecnista manifestó que el estado colombiano, acompañado de los organismos a quienes les corresponde debe reclamar y recuperar ese patrimonio genético para incrementarlo y no permitir que se acabe en el país toda vez que hace unos años el Instituto Colombiano Agropecuario, ICA, tenía fincas en el llano donde era común ver razas criollas como el San Martinero y el Casanareño, en Antioquia, expuso, la entidad contaba con hatos de Blanco Orejinegro y en Santander engordaba y crecía el hato de Chino Santandereano.

Dijo que en un tiempo el ICA se preocupó por mantener las razas criollas en el país para tener y mantener núcleos puros, pero eso, anotó, infortunadamente se acabó.

Explicó que el BON se conoce por su alto rendimiento al ser un ganado de triple propósito, es decir, buen productor de leche, carne y óptimo para el trabajo. Para el caso del Romosinuano o Romo del Sinú, en Estados Unidos especializaron la raza como un ganado de carne por lo que no se mostró extrañado con el hecho que esa genética con raigambre nacional sea internada a Colombia a precios elevados, es decir que nuestro país tendrá que pagar por su propio banco o patrimonio genético.

“Nuestro germoplasma se lo llevaron para ese país y lo están trabajando, lo están mejorando y caso opuesto en Colombia lo poco que queda de Romosinuano e inclusive de BON se está diluyendo y se está cruzando con cebú porque los ganaderos no han tenido el cuidado de conservar núcleos puros y los que se conservan son relativamente muy pocos”, apuntó el zootecnista.

Aseveró que el F-1 que resulta de cruzar razas criollas con razas europeas es excelente porque el ganado criollo aporta enorme rusticidad y un gran potencial reproductivo que es muy superior al de las razas traídas del Viejo Mundo que no alcanzan esa habilidad aún con los mejoramientos a los que se han sometido.

En Pacho es común escuchar también los puntos de quien presidiera Asocriolllo, Alonso Restrepo, quien mantiene un número interesante de ganado BON y defiende como Garavito la recuperación de estas razas y el consiguiente mejoramiento genético.

Tras avanzar por esta región y literalmente irnos adentrando en el corazón de las montañas cundinamarquesas vamos viendo orquídeas silvestres de color amarillo como también escobos que saludan a los costados de la carretera que suelen ser aún más majestuosos cuando se cubren de flores azules. Igual decoro da la caña brava tan usada en artesanías y unos pocos focos de caña panelera que subsisten por la generosidad de los suelos. En ese entorno paradisiaco se habla de ganadería criolla y se recuerda la cría de ejemplares Bos Tauros de excelente comportamiento en las cuitas de la ganadería nacional.

Garavito insistió en que hay que tomar esos núcleos pequeños para recuperar germoplasma y dárselo a los ganaderos de manera tal que lo puedan valorar, conocer y detectar sus cualidades por cuanto se trata de ganados muy buenos productores de carne y de leche, es decir una insuperable apuesta en doble propósito.

“El cebú no tiene la misma habilidad reproductora del ganado criollo que en zonas bastante complicadas y en condiciones extremas lograron reproducirse de una manera muy eficiente pues una hembra BON arrojaba una cría por año mientras que una vaca cebuína tenía un parto cada 20 o 24 meses así estuvieran en mejores entornos, pero independiente de casos individuales, el promedio de las razas criollas es inmejorable”, precisó.

Cuestionó el hecho que en Colombia no se les dé el valor a las razas criollas y que caso opuesto, en otras naciones, se miren como todo un patrimonio de optimización genética.

“Todo eso habla de nuestra falta de amor y de compromiso por lo propio pues de Colombia se han llevado germoplasma vacuno, ovino y vegetal y después retorna a costos muy superiores y como si fuera ajeno. Tristemente tenemos una falta de pertenencia que nos hace mucho daño”, expresó Garavito.

Un ganado para el posconflicto

A criterio de Luis Guillermo Garavito Mejía, por la cualidad de las razas criollas está es sin duda la ganadería para el posconflicto porque se trata de animales sumamente resistentes a las condiciones adversas del medio colombiano tropical así como a parásitos externo e internos. De igual manera este ganado tiene una buena adaptabilidad a los terrenos quebrados y difíciles que no son problema porque los rumiantes tienen un buen comportamiento.

Aseguró que lo que tiene que hacer Colombia en este momento es el inverso de lo que hizo cuando acabó con las razas criollas pues las razas europeas modernas que hay deben ser cruzadas con animales criollos para lograr buenos F-1 o quizás ir más adelante del F-1 y conseguir 3/4 o 7/8 para lograr mejores ejemplares y así recuperar las condiciones de adaptación al medio que no demande un manejo tan sofisticado ni una nutrición tan exigente para que el campesino normal lo pueda manejar y lo pueda explotar sacando el máximo provecho de él.

La concentración de espermatozoides en una muestra de BON o de cualquier raza criolla es demasiado alta así sea en condiciones de trópico pues aparte de cantidad hay una capacidad de habilidad muy alta y por eso se hace fácil aumentar ese hato e inclusive cruzarlo con otras razas americanas o europeas modernas.

Dijo el experto que afortunadamente conoció cruces de Blanco Orejinegro con Holstein, normando y con cebú mostrando crías realmente excelentes porque minimizan los problemas que tienen las otras razas.

Aclaró que para una imponderable difusión genética o para recuperarla, lo ideal es que con base en machos de raza criolla se multiplique el hato nacional por inseminación, es decir que la transmisión de genes debe ir del macho a hembras de las llamadas razas modernas mejoradas, pero que adolecen de fortalezas frente a problemas de adaptación, de nutrición y fertilidad.

“Es indiscutible que en Estados Unidos y en Brasil hay verdaderas multinacionales de la genética y Colombia pudiendo replicar el trabajo se quedó atrás lo cual muestra que el campo colombiano desafortunadamente ha permanecido en la trastienda de lo que es la ruralidad en general lo cual incluye una ganadería a la deriva que para no retomar más ejemplos adversos dejó ir el patrimonio genético. Aquí los hechos hablan porque si no hubiesen dejado acabar la mayoría de núcleos que tuvo el ICA otra sería la realidad ganadera, pero esto dice que el tema no tiene el tema como prioridad”, dijo Garavito.

En Colombia se disfrutó de ganado criollo hasta no hace mucho pues en la región del Rio Negro hubo un núcleo importante como lo hubo en el Eje Cafetero en donde persisten esos núcleos, pero en manos de particulares. Anotó que habría que revisar qué número queda en las granjas estatales como en ICA o Corpoica.

Hay que doblar el hato ganadero

En Colombia están pasando cosas súbitas y sorprendentes en materia de mercados para los bovinos y por eso el hato ganadero se ha venido disminuyendo entre otras cosas por el cambio climático y la muerte de parte del rebaño.

Otro factor fue que los ganaderos pasaron por debajo de la cerca el plan de retención de hembras y todo sumado a las crecientes exportaciones obligan a que el gobierno y el gremio ganadero le apuesten a doblar el hato ganadero que pasó de 23 millones de cabezas a 18 millones y ahora existe la necesidad de llevarlo a más de cuarenta millones porque hay clientes como China que demandan buena cantidad de carne sin contar con los compromisos de abastecimiento que hay con el mercado interno.

Para el docto en ganadería, Colombia está en plena capacidad de doblar el hato y precisó que la clave de ese logro está en el ganadero pequeño porque este es el que soporta la ganadería porque sencillamente vive de ella a pesar de que esté muy influenciado por las modas porque muchos que tenían animales criollos a acriollados se dejaron seducir por la propaganda estatal o de las casas comerciales para cambiar el chip y tomar otro camino, pero insistió en que hay que volver a las casas criollas en donde es fácil demostrar que hay bondades con lo cual se puede aumentar el pie de cría.

Un dato para tener en cuenta es que los ganados criollos rojos o amarillos, no son de origen inglés, incluido el BON, pues se logró demostrar que estos provienen de hatos españoles y traídos por Colón y los conquistadores.

Reconoció Garavito que la carne del BON no es de excelente calidad, pero indicó que por ser Bos Tauros, esta carne es mucho mejor que la de un cebú pese a su exposición o a expensas de una excomunión por parte de los cebuistas que han detectado la debilidad y decidieron aumentar los cruces con las razas europeas modernas como pasa con el Brangus, el Simbra, el cruce con normando o el mismo gyrolando con el Guyr que es una raza cebuína.

“El cebú para producir una carne de exportación dista bastante y por ello es necesario meter otras razas”, expuso.

Destacó el versado en el tema ganadero la llegada afortunada del ganado Normando que tiene una reconocida calidad en carne así como en leche porque reporta mayor número de sólidos. Este tipo de ganado que ya cumplió los cien años de haber pisado tierra colombiana ha demostrado adaptabilidad al trópico alto pese a que en Francia es criado a nivel del mar. Es tan cierto que este ganado es visible y próspero en los páramos de la zona cafetera, en las faldas del nevado del Ruíz, en las alturas del Cauca y en las partes frías de Boyacá y Cundinamarca. “Tan es así que actualmente se puede decir que el Normando es el ganado del campesino”.

Finalmente Garavito dijo que la ganadería tiene un reto grande en rescatar lo que le queda en razas nativas porque el éxito de la nueva ganadería está precisamente en volver a las eficientes razas criollas las cuales fueron desapareciendo ante la mirada pasiva de una ganadería que tuvo todo para ser la mejor y se quedó a expensas de lo que hagan los otros países con material genético de la casa.

Volvimos a Bogotá tras disfrutar de la región de Rionegro, de ver con el mayor de los gustos una fiesta de nonagenarios que aplaudían ese día más de vida y por recordar que en tiempos de la vereda arriaron ganado criollo, del bueno, de ese que resiste como el BON, el Costeño con Cuernos, Velásquez, Hartón del Valle, Casanareño, Romosinuano, Caqueteño, Chino Santandereano, Lucerna y San Martinero.

En las alegres veredas aún se recuerda el ganado robusto y rústico, el que según los labriegos vale la pena criar porque no tiene altos precios de producción y deja una renta más que amable para quienes no saben más que de ganado fuerte y eficiente del trópico.

En ese delicioso regreso a la capital vimos nuevamente los arboles floridos, vimos caer agua a cantaros y agrandar la corriente oscura del Río Negro en donde crece la palmicha de los artesanos en sus orillas, vimos niños, niñas y adultos sonreír, muchos de ellos anhelando una ganadería criolla en donde retumbe de manera permanente el mugido del gran macho, del eximio semental, del imponente Blanco Orejinegro.

Ya en los páramos de ascenso a Zipaquirá tras extasiarnos con los picos de las montañas que son acariciados por nubes espesas y gélidas y con los sembrados de papa que florecen con ese bonito tono violeta de sus flores, de los mismos siete cueros y luego de ver manadas de ganado de leche, cavilamos que tiene todo el asidero volver por esa cría que le dio identidad a la ganadería colombiana desde tiempos anteriores a la colonia, esa que vio batallas independentistas y la misma que vio abrir los pétalos de la república. Hoy las razas criollas piden ser tenidas en cuenta porque no quieren desaparecer tal y como aconteció con la cría de ovejas rústicas cuyo germoplasma de igual manera desapareció por obra y gracia y no precisamente del Espíritu Santo.