Domingo, 17 Septiembre 2017 01:50

En Girardot, la locomotora de la agricultura quedó de adorno

Este municipio de Cundinamarca tuvo una vocación agrícola de grandes magnitudes, pero hoy es un balneario que vive del turismo, el comercio y el rebusque. Las tierras que producían alimento, hoy son condominios.

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La ciudad de Girardot, capital de la Provincia del Alto Magdalena, otrora fue una tierra fértil y próspera de la cual brotaban diversos productos agrícolas entre los que se cuentan el algodón, el sorgo, la soya, el ajonjolí, el maíz, el maní y los cítricos entre tantas labranzas. Hoy esta tierra bendecida por Dios para que entregara alimentos tiene los campos llenos, pero no de semillas ni de esperanza, está pletórica de ladrillos, cemento y obras representadas en condominios, viviendas suntuosas, apartamentos, sitios de esparcimiento y un reducido número de hectáreas que aún tienen como destino la endeble agricultura.

Este municipio y su área de influencia llegó a tener más de 10.000 hectáreas cultivadas por cuanto hubo agricultura en los municipios aledaños, pero hoy esa cifra está cercana a cero porque los agricultores se aburrieron con los bajos precios, con el pago de impuestos, las importaciones masivas de bajo costo y en medio de ese escenario, optaron por vender sus extensiones de tierra que producían de todo, a las firmas constructoras que bien les han sacado provecho.

Un hijo de esta tierra aseguró que inclusive Girardot perdió hasta el seudónimo de “Ciudad de las Acacias” porque de estas quedan pocas y las reemplazaron con árboles de NIM, un palo traído de la india que solo vive en zonas tropicales o subtropicales. Pese a que le llaman árbol maravilla, este bosque también conocido como la farmacia del pueblo, no logra reemplazar las acacias de gran follaje y flores de bellos y encendidos tonos amarillos.

Girardot es sinónimo de nostalgia, allí el puerto habla y las aguas del río grande de la Magdalena siguen contando historias fantasiosas y espectaculares. El viejo ferrocarril les mueve el piso a muchos que viajaron de Bogotá a la cálida ciudad porteña sobre rieles y fue en Girardot en donde muchos matrimonios eligieron pasar su luna de miel o las obligadas vacaciones a tierra caliente.

Una cuita muy lamentable de escuchar es la que tiene que ver con la actividad agrícola que después de ser todo un fortín, recibió un entierro de quinta a donde pocos dolientes asistieron. Para hablar del tema, Diariolaeconomia.com habló con el agricultor, Juan Godoy, quien de manera lacónica, pero contundente aseguró que la agricultura en Girardot se acabó.

Dijo que quienes están metiéndole el hombro al campo son muy pocos porque hubo pérdidas, poca ayuda y unas siembras que fueron fracaso tras de fracaso hasta llegar casi a cero agricultura. El algodón prácticamente pasó a la historia, el sorgo y el maíz están en sus últimas, pero todo obedeció a que llegó una apertura económica voraz que arrasó con el campo, dejándolo postrado y en las manos poco piadosas de los importadores. El ajonjolí igual quedó en el recuerdo y hoy Girardot no siembra por un mercado de commodities que está en manos de las potencias que cultivan con todo tipo de ayuda y subsidios destruyendo precios y asolando las hectáreas de la bonita ciudad de las acacias o de los asiáticos NIM. ¡Qué dilema!.

Otro problema es el precio de las semillas y de todo lo que implica sostener un cultivo sano que al final de la cosecha puede dejar saldos muy negativos, haciendo que quienes ejercen la agricultura lo hacen más por amor y respeto ancestral que por cualquier otra coa porque el término rentabilidad desapareció del argot agropecuario.

“Son muy caros los insumos, es decir los insecticidas, los herbicidas, abonos y semillas, no obstante en abonos hubo un alivio en los primeros tres meses pues pasó de 67.000 y 68.000 el bulto y bajo a 45.000 pesos, pero empezó a subir hasta volver al precio inicial, es decir que no pesó ni el riesgo de paro agrario con las dignidades campesinas”, declaró el señor Godoy quien no apela a los eufemismos para pintar la realidad.

En los años sesenta y hasta la década negra de los ochenta el cultivo que mandó la parada en Girardot fue el algodón, igual pesó en el PIB agropecuario del municipio el ajonjolí y el sorgo. El maíz fue sembrado, pero no tuvo mucho auge por los comportamientos climáticos que generalmente dañaban las cosechas.

Hace más de veinte, treinta y más años los agricultores tenían certeza del clima porque sabían cuando llegaba el régimen de lluvias y cuando entraba el tiempo seco, es decir era factible hacer cálculos para sembrar con relativo éxito. Hoy todo cambió y el efecto invernadero empezó a hacer mella en la actividad agrícola y pecuaria porque el cambio climático se hizo más evidente y las sequías o las lluvias excesivas se volvieron súbitas.

Actualmente en el primer semestre llueve dos meses a duras penas y todo eso cambió el sistema de siembra y cuidado de las plantaciones que quedaron expuestas a plagas ya las enfermedades inherentes a las altas temperaturas.

“El ajonjolí fue importante en los años sesenta y parte de los setenta, pero ese mercado se desplomó por la incertidumbre en el mercado. Actualmente hay semilla para esa oleaginosa, pero es muy poca”, sostuvo el agricultor.

Lamentó que a Colombia llegara una apertura económica irresponsable y letal que prácticamente acabó con el campo porque con las importaciones de bajo costo por los subsidios en Estados Unidos y Europa, cayeron los precios de los productos colombianos sembrados con altos costos.

El negocio del algodón hoy está descartado porque el gobierno impuso unas reglas en la tonelada fibra que lastimó el precio haciéndolo perder 300.000 pesos por tonelada pues de casi cinco millones que se le reconocían al algodonero terminó reconociéndosele 4.7 millones. Lo grave del tema es que para producir una tonelada fibra de algodón hay que procesar tres toneladas. Como si fuera poco el algodón tiene unos costos de producción que fácilmente supera los seis millones de pesos por hectárea es decir que no hay nada que hacer.

Este agricultor sembró en los inicios de la década de los noventa unas 200 y hasta 300 hectáreas de sorgo porque era un cultivo de bajo costo y el producto en resumen no era caro de tal manera que los rendimientos eran muy buenos. Actualmente el señor Godoy tiene sembradas con sorgo 30 hectáreas.

Una hectárea de sorgo tratando de recortar gastos demanda inversiones que suman dos millones de pesos. El precio de este cereal fue en la cosecha anterior de 550.000 por tonelada, es decir que para llegar a los dos millones había que recoger cuatro toneladas por hectárea.

Lo triste del caso es que los rendimientos en cosecha han bajado y en este momento se recogen apenas 3.000 o 3.500 kilos por hectárea.

“Todo esto nos llena de tristeza a los agricultores porque la gran mayoría nos vemos y nos sentimos fracasados. Yo personalmente estoy trabajando por costumbre, inclusive me enseñé a sufrir con los cultivos. Las grandes extensiones de tierra que tenían el agro como destino en inmediaciones de Ricaurte, Tocaima y Agua de Dios hoy se convirtieron en condominios y en grises y dañinos bosques de cemento. Aquí pasamos de la necesaria agricultura a la construcción y ya se habla de una obra que al parecer contempla miles y miles de apartamentos en tierras sagradas de sorgo, algodón y maíz”, reveló el amable labriego.

Los agricultores de Girardot, anotó, se cuentan con los dedos de la mano y quienes sembraron arroz en Espinal se aburrieron porque los precios de los arriendos por hectárea son muy elevados. Adicionalmente para sacar una producción de 120 bultos por hectárea es necesario meterle al cultivo hasta 25 bultos de abono, luego al hacer las cuentas, el negocio NO da.

Este agricultor lamentó lo que le sucede al sector arrocero porque no se explica cómo hacen los cultivadores de arroz para subsistir con esa siembra.

La situación del agro en Girardot es tan lamentable que muchos que tuvieron dinero, tierra y poder de negocio, hoy están recibiendo un lánguido ingreso que les deja un taxi. Sí, es increíble, pero esa fue la factura que les pasó la apertura económica, los costos de los insumos, los impuestos y las deudas con los bancos.

“Eso fue muy duro, pero los ricos de la agricultura en Girardot terminaron manejando taxi y es algo que se ve hoy, uno trabaja y a duras penas el cultivo da para comer, lo que les pasó a ellos no sorprende, porque como le digo con esta actividad solo se come pues no alcanza para la ropa ni para la recreación”, conceptuó.

Los incentivos para cultivar y que prometieron jamás le llegaron a Godoy que trabaja de sol a sol en el campo desde 1984 cuando decidió laborar con su señor padre que fue un agricultor de toda la vida. “Estoy haciéndole a este trabajo hasta ver cuanto más resisto y hasta dónde llego”.

Hoy Girardot se satura de construcción, pero hay preguntas de diferentes ángulos, una es ¿de dónde llega tanta plata para construir masivamente?, ¿quién le va a responder al país cuando el agro esté en ceros?, y ¿con lo obsoleto que está el acueducto de Girardot que llega ya a los 80 años, de donde van a sacar el agua para tanto condominio y para tanto apartamento?

Lo cierto es que hay sitios en Girardot a donde el agua potable no llega y la otra preocupación es el efecto ambiental porque más viviendas demandando electricidad y contaminando hacen pensar en un mayor calentamiento global.

Acabar con el agro fue matar las gallinas de los huevos de oro

El químico, Efraín Muñoz, tuvo la dicha de ejercer su profesión en Bogotá, pero en 1980 optó por tomar las riendas de su finca, un predio que heredó y del cual quería sacar una utilidad importante. Muñoz sembró en 40 hectáreas y hoy lo hace en 25 hectáreas o en 20 hectáreas como mínimo.

El hoy cultivador apuntó que es lamentable ver como la agricultura en Girardot que era un renglón principal pasó a los últimos lugares de la economía regional por no decir que al último puesto lo cual se suscitó de manera inmerecida por la apertura económica, por el marchitamiento de los precios y por costos tributarios y financieros entre tantos.

“Hablan de muchas debilidades del campo que al parecer están arreglando, pero hay que decir que desde el gobierno desconocen la mecánica interna y los problemas que tiene el dueño del cultivo que debe pagar sus obligaciones de contado mientras que a él le pagan cuando les provoque y con los precios que fije el intermediario porque las fábricas procesadoras no le compran la cosecha directamente al agricultor”, afirmó.

En una ocasión fue a ofrecer el sorgo de su finca a una de las plantas procesadoras de Mosquera en Cundinamarca, pero lo devolvieron porque según el empresario en su factoría no recibían sino de 100 toneladas en adelante.

El gran problema, expuso, está en los comisionistas que compran el sorgo para abastecer a las fábricas y por ello ponen el precio que se les antoje sin tener en cuenta lo que un agricultor invierte.

Uno de los aspectos a tener en cuenta es que hay cultivos que generan 20 jornales diarios a quienes hay que pagarles de acuerdo al acuerdo de final de año y que tiene como referente la inflación causada, pero lo grave es que a los productos agrícolas no les hacen el debido ajuste, pero caso opuesto incrementan el valor de los insumos que al parecer nadie controla, es decir que se disparan los costos de producción, pero se desploman los de la cosecha dejando al labriego sin condiciones de mercado.

“Nosotros los agricultores pagamos todo, es decir salarios, servicios públicos, impuestos, insumos, mantenimiento de la finca y los precios en lugar de compensar la inversión económica y social por el contrario baja, esto es increíble”, subrayó.

El tema de la desgravación arancelaria fue trágico para el campo porque acabó con cultivos como el ajonjolí que dejó de sembrarse hace mucho tiempo y hay productos que van por el mismo camino más con los tratados de libre comercio que entregaron la economía rural en bandeja. “Por estos lados de Cundinamarca se sembraban 10.000 hectáreas y actualmente el único que resultó sembrando fui yo con tan solo 20 hectáreas de algodón, hágame el favor”.

Una crítica que hizo el agricultor, Efraín Muñoz, y que caló en los oídos de muchos es que desde el gobierno, desde algunos gremios y desde la academia se habla mucho de los problemas del campo, lo preocupante del asunto, replicó, es que muchos no saben lo que dicen porque no conocen el campo ni sus acontecimientos. Asegura este hombre del campo que una cosa es estar metido de lleno en la tierra a sol y agua, y otra muy diferente hacer análisis desde unas oficinas muy bonitas, muy modernas y supremamente bien dotadas.

“Lo de Girardot y este costado de Cundinamarca se sabía y la tendencia era nefasta, pero lo grave es que en zonas de Tolima y Huila también mermó el área cultivada”, comentó.

Con el algodón hay un lío para nada de poca monta y es que no hay sino un solo comprador que es Diagonal Colombia S.A., esta empresa que fue creada por los textileros ha hecho costumbre, según denuncia Muñoz, tomarle del pelo al agricultor que entrega su cosecha en entre julio y agosto, pero lo terrible es que le pagan su cultivo hasta diciembre valiéndose de argumentos y disculpas que no tienen el mínimo asidero.

En alguna ocasión don Efraín Muñoz vendió un algodón y pidió que le liquidaran su cosecha porque como todos en la vida, requieren de dinero para cubrir gastos, en la compra de la fibra o en el gremio al que estuvo afiliado le dijeron que el algodón no se podía pagar porque hacía falta un subsidio que venía del ministerio de Agricultura. El hábil agricultor viajó a Bogotá a averiguar por el famoso subsidio y tras una lucha indeseable con celadores y funcionarios logró llegar al cuarto piso del Ministerio en donde le informaron que la demora se debía a que el ministerio de Hacienda no había girado esa plata. Acto seguido se fue a la sede de las finanzas públicas y allí luego de exhortaciones, tajantemente le dijeron que les daba pena, pero que ese dinero ya había sido girado a la cuenta del ministerio de Agricultura.

En opinión de Muñoz, al acabar con la agricultura, Colombia y sus gobiernos decidieron matar la gallina de los huevos de oro poniendo como excusa el libre comercio y los precios bajos que ofrecen los países desarrollados. Esa tesis la tomaron los transformadores e industriales que creen que los TLC pondrán productos más baratos cuando no quieren reconocer que al pagar transporte desde el puerto hasta el interior sale lo comido por lo servido, es decir que no se hace mucha diferencia y que por unos centavos de ahorro se sacrifica el sector agrícola y ganadero del país.

Girardot es un espejo, aseguró, de lo que pasa en Colombia porque en la Costa Norte donde se pudieron sembrar hace 20 años 100.000 hectáreas, hoy no se llega ni a 30.000. Consideró que un error grave fue liquidar el IDEMA que fue una figura útil desde el punto de vista técnico porque el estado absorbía cosechas y no había intermediación.

Esta es la triste historia agrícola de Girardot, ese municipio que nació en 1840 en el sitio conocido como “La Chivatera”, nombre que se le dio al caserío en donde era común la cría de chivos y cabras. El lugar que se ubicaba entre Tocaima y el Paso de Flandes creció gracias a una donación de tierras hecha por los adinerados Ramón Bueno y José Triana.

Con la ordenanza 20 del nueve de octubre de 1852 se crea el Distrito Parroquial de Girardot en homenaje al General, Atanasio Girardot. El municipio que sirvió de refugio a muchos colombianos en la Guerra de los Mil Días, tuvo después de este conflicto un rápido crecimiento y un imparable desarrollo del comercio y de las actividades agrícolas y pecuarias. Se puerto fue tan importante que por allí entró el desarrollo a Bogotá y por el mismo salieron las exportaciones de café que tenían como principal origen el municipio de Viotá.

La bella y agradable ciudad, pasó del agro al turismo y hoy la habitan 106.283 personas que son amables por naturaleza y dueñas de un espíritu trabajador. La villa está rodeada por múltiples hoteles que ofrecen un portafolio para cada tipo de cliente.

Hubo algo de risa cuando uno de los campesinos dijo en tono irónico, que al paso en que va el país le tocará al presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC, pedir un lugar en la Cámara Colombiana de la Construcción, Camacol.

A las orillas del vertiginoso río Magdalena que baja impetuoso del macizo colombiano todavía se vislumbra la grandeza de la raza que habitó estas tierras, siquiera es posible interpretar los murmullos del agua que son las voces y los gritos de los aborígenes panches, caracterizados por su pasión guerrera. En esas tierras hay lamentos que vienen también del aire por la muerte de la agricultura, pero la naturaleza es sabia y confía en que muy pronto las tierras girardoteñas, casa de tolimas y pijaos, retomarán una actividad que alimentó generaciones y que por simple lógica no debieron caer en manos equivocadas porque es el equivalente a quitarse el pan de la boca.

Madrugan los citadinos y al pasar el por el frente de la bella Catedral del Inmaculado Corazón de María y observando con ojos entristecidos a los pocos labriegos que le dan amor al campo del que gratamente reciben vida, es fácil constatar que en el agro todo terminó.

Al visitar algunos predios y al escuchar el tema, "Las Acacias", queda ni mandado hacer en Girardot una letra, porque hay fincas con enormes casas, pero en las que ya no vive nadie en ellas y se diría, como reza la composición, que sus puertas se cerraron para siempre.

Qué premonición, es como si los compositores, Vicente Medina y Jorge Molina hubiesen visto el futuro desde el viejo puerto fluvial o desde el vetusto puente férreo.

“Fatigado de este viaje por la vida, he pasado por las puertas de mi estancia, y una historia me contaron las acacias. Todo ha muerto: la alegría y el bullicio, los que fueron la alegría y el calor de aquella casa, se marcharon unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma, se marcharon para siempre de la casa”.

Cualquier parecido con la realidad agrícola de Girardot es mera coincidencia.