Domingo, 30 Septiembre 2018 08:36

Palma de aceite, el cultivo que le cumplió a Marialabaja

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Después de muchos y fallidos intentos, de promesas ponderadas e incumplimientos, llegó la palma, convenció, creció y hoy es la base del desarrollo de una región que caminaba en selvas de desesperanza.

El compromiso con el reloj era obligatorio, no había margen de error, ni socolor para seguir abrigado en la cama del bonito hotel que arrullaba entre la melodía del mar atlántico y las fuertes gotas de agua que castigaban los ventanales del edificio en medio del fuerte aguacero. El escenario era propicio para seguir soñando y caer impávido en los brazos de Morfeo, dejando de lado el gran compromiso. Por fortuna no fue así, y a las tres de la mañana cumplió el despertador y con ese ánimo que imprime el volver a ver tierras gratas, vino el empellón de la levantada que siguió progresando con agua a presión en el cuerpo y con la mente pletórica de ese recordado y siempre respetado municipio de Marialabaja, el mismo que muy a pesar del intenso calor cuenta con agua potable que viene de ríos y lagunas que bajan por la seguidilla de montañas que conforman los espectaculares Montes de María.

Ir a Marialabaja implicó muchos sentimientos encontrados porque la última vez que la visité pasaba por momentos aciagos toda vez que fue abrazada por un conflicto en donde no hubo medida para flagelar los derechos humanos, a tal punto que muchos debieron abandonar el terruño, o simplemente sepultar a sus familiares pues en toda disputa en donde la ideología migra hacia la ambición del dinero fácil, hay muertos malos, ingenuos y tristemente buenos. El lio era gigante y parecía no tener orillas.

La fértil y espectacular Marialabaja no salía de ese oscuro escenario, ni siquiera los soles brillantes de las mañanas o las tardes le daban ánimo, era un hecho triste, aterrador y luctuoso, la población fue convertida en un inframundo en donde el Hades de la violencia reinaba en detrimento de las gentes nobles y asustadas que terminaron arrinconadas por un grupo de violentos, de esos que no conocen respeto ni temor por las leyes terrenales o divinas.

El pueblo fue azotado duramente por la ignominia y por una ambición mal sana que le quitó colorido, alegría y calma a sus habitantes. Los momentos llegaron a ser tan apremiantes que inclusive fueron silenciadas las voces hermosas de las negras cantaoras, las de vestidos abigarrados y las dueñas del bullerengue, esas hijas divinas de los negros cimarrones opacaron su entusiasmo e indagaron a los espíritus aún con apego africano, qué pasaba en la tierra agrícola que solo sabía de cosas buenas.

Cuando todo estaba turbio y con tono de máxima desesperanza, llegó la propuesta afortunada de un hombre que tenía claro el tema de modelo económico, para el campo, solamente posible a través de sistemas asociativos en donde todos ponían, todos trabajaban y todos prosperaban. El inicio fue apenas obvio, en medio de un conflicto estaba entrando una propuesta agrícola que terminó siendo la llave para abrir los enormes portones del progreso que estaban sellados por la falta de una visión más incluyente y económicamente viable con el fin de fomentar industria, empleo, ingresos y todo ese componente iluminado de tejido social.

Pasaron los años y hoy las voces son otras, ya no se habla de los engaños con la caña ni de los reveses con el arroz que jamás pudo venderse a un precio justo, atrás quedó el tema de la beligerancia y la comunidad marialabajense decidió prenderle velas al proyecto que hoy cambio de manera superlativa la calidad de vida de unas personas que tan solo necesitaban una voz sabia, unas semillas multiplicadoras, un voto de confianza y liderazgo para dar inicio a grandes factorías.

Llegamos a Marialabaja sobre las cinco y treinta de la mañana, luego de transitar por vías nuevas, doble calzada hasta el Viso, y ver numerosas palmas de aceite de las que escurría el líquido de las necias nubes, notamos que la vía estaba muy húmeda porque el agua caía igual sin pausa en ese municipio de 547 kilómetros de superficie y los nubarrones entre grises y azules hacían presagiar que el día sería fresco y pasado por lluvias. Cerca de las seis de la mañana tuve el agrado de abrazar a doña Ángela Pérez, una matrona negra que hace parte de ese compendio inmarchitable de la historia de Marialabaja, al saludo se unió su hijo Adalberto y paulatinamente algunos vecinos fueron llegando a estrechar la mano con el ausente desde algunas décadas. Vino la hora del café y la salida al máximo activo de esta población de cerca de 49.000 habitantes, íbamos rumbo a la planta extractora de aceite, una apuesta increíble que hoy le lleva beneficio a demasiadas familias del pueblo y de otras municipalidades costeñas y sabaneras.

La cita en la extractora se cumplió a cabalidad y en ese emporio industrial nos esperaba Carlos Mestra, quien nos dio una calurosa bienvenida y nos entregó detalles del sitio, de la agroindustria y de la nueva etapa de la hoy floreciente circunscripción del departamento de Bolívar.

Mestra comentó que el proyecto de palma en Marialabaja empieza en 1998 con tres parcelas demostrativas de diez hectáreas cada una, y allí empieza lo que se conoce hoy como Asopalma Uno que fue a la postre la primera asociación de palmicultores de Marialabaja que inició labores con 533 hectáreas. Los resultados no pudieron ser mejores y hoy la iniciativa va en Asopalma 11 y un proyecto adicional que es el de la Asociación de Palmicultores del Distrito de Riego de la Doctrina, Asopaldoc en el municipio de Córdoba. Lo interesante de este proyecto que como se decía inició con 533 hectáreas, hoy cuenta con unas 15.000 hectáreas en la zona, lo cual es un asunto para destacar porque hubo unos resultados contundentes 18 años después de poner la primera palma en el suelo.

Mestra indicó que las plantaciones de Marialabaja y la agroindustria, igual benefician a parte del departamento de Sucre y a la Doctrina.

Hay que decir que la historia de Marialabaja tiene un antes y un después ya que una cosa fue este municipio agrícola sin la palma y otro muy diferente con la generosa oleaginosa, dejando claro que en esta región que emerge en las faldas de los Montes de María, el 90 por ciento de su suelo es cultivable. En la zona fue y es aún fuerte la ganadería y la agricultura, la tierra produce arroz, frutas, plátano, yuca y maíz.

Hoy los cultivos siguen prosperando en vecindades con la palma y la actividad ganadera representa una opción paralela al cultivo porque es común la explotación ganadera de doble propósito toda vez que hay oferta de carne y leche en abundancia, mostrando las propiedades de unas tierras bondadosas en donde el trabajo rural ha marcado la razón de ser de sus conciudadanos.

Con la palma de aceite quedó demostrado que cuando llega la inversión las vidas cambian y el tema es tan serio que cuando arrancó el proyecto muchos de los hoy palmicultores, tenían tierras embargadas porque otrora hubo siembras de arroz que tan solo dejaron pérdidas porque resultaba mucho más costoso cultivarlo que venderlo con rentabilidad, en ese tiempo, manifestó Mestra, no había un mercado seguro que es justo lo que tienen hoy con la ventaja que están con un gremio que defiende a sus asociados y propende por los buenos precios para los productores que hoy tienen un mercado fijo y unos ingresos mensuales que sí que dan sosiego.

Anteriormente la gente no tenía acceso a la banca por los reportes, pero la asociatividad cambió el concepto porque es la asociación la que responde por los créditos y por ello a la fecha ya han honrado sus obligaciones financieras Asopalma uno, dos, tres y cinco, lo que muestra con tranquilidad que hay u modelo afianzado que está siendo replicado por otras asociaciones.

Años atrás, afirmó Mestra, los palmeros no tenían ni garantía ni credibilidad, hoy en día por ser productores de palma, no tienen que ir a los bancos pues las entidades crediticias los llaman a ellos para prestarles dinero lo cual subió el índice de calidad de vida en la región. Añadió que muchos palmicultores han trabajado y les ha ido muy bien a tal punto que tienen sus hijos en la universidad, otros son profesionales, trabajan con firmas o entidades prestantes y un grupo importante regresó para ayudar con el boyante negocio de la familia, claro está, el de la palma.

Por los resultados y los visibles beneficios ya hay una generación nueva que está tomando las riendas del negocio porque con la puesta en marcha de la planta extractora en 2007 los rendimientos son mayores, las ganancias van en curva ascendente y la economía mejoró para todos los que le dijeron sí al cultivo que definitivamente les arregló la vida a muchos.

Los agricultores de palma, es bueno decirlo, no son simples labriegos, son agroindustriales porque también son socios de la planta extractora lo cual les da ese sentido de pertenencia por sus cultivos que son vistos y manejados con carácter empresarial. Los primeros palmicultores que ya pasan de 50 o 60 años, gozan de tranquilidad porque las nuevas generaciones llegaron para ponerse al frente de los cultivos, lo que explica porque quienes se fueron a estudiar retornaron para ayudarles a sus incansables padres o abuelos.

“A Marialabaja le cambió la vida con la palma de aceite y eso es apenas comprensible porque se abrieron oportunidades de trabajo en muy buenas condiciones. Estamos hablando de 15.000 hectáreas sembradas lo que dice que hay en promedio un empleo directo por cada siete hectáreas que a ojo de buen cubero suma más de 4.000 empleos en la zona que antes no existían. Por aparte hay 124 transportadores que a su vez son hijos, nietos o familiares de los palmicultores, es decir que más de 400 personas devengan sus sustento del transporte al servicio de la palma. Hay también muchos empleos indirectos y toda una cadena productiva que mueve la economía de manera importante”, declaró el señor Mestra.

Un ganador adicional es el comercio que dejó su parsimonia y su lentitud para pasar a vender de todo. Hoy no hay que ir a Cartagena a comprar una moto puesto que a la zona llegaron dos concesionarios que brindan todas las facilidades. A Marialabaja llegó tiendas ARA con su vademécum de productos de accesible compra, y por fin se escuchó que después de mucho esperar, tiendas Olímpica abrirá en el casco urbano de la creciente municipalidad.

La dicha detrás de la palma

Luego de comer queso fresco y salado, con ñame y yuca bañados en suero, un gusto caribeño de esos que no se da uno en Bogotá todos los días, salimos a tres fincas, a escuchar esas voces autorizadas sobre las verdades y las bondades de la palma de aceite.

La potente camioneta 4x4 en la que nos movilizábamos partió por dónde había llegado y en donde hubo un fallido intento de tomar café, claro, eran las cuatro y media de la mañana y a esa hora es muy complejo encontrar el bebestible fresco y caliente, de todas maneras llegaron de las amables damas del sector del Viso unas sonrisas amables que nos despidieron con esa cortesía tan característica en la región.

Llegamos a la finca El Olivo en ese sector de Bolívar con las nubes aún amenazantes, de la cuales bajaba un rocío que por instantes se hacía más fuerte. El palmicultor, Marcos Rafael Arrieta Ochoa, le dijo a Diariolaeconomia.com que con sus 72 años de edad, disfruta de una parcela a la cual llegó hace 40 años y en la cual siembra palma de aceite la cual ya alcanzó una edad mayor a los 16 años y en donde encontró para fortuna suya y de su familia una nueva vida porque venía de trabajar la tierra, pero sin un ingreso justo.

“Con la palma de aceite logré unos ingresos realmente buenos y por eso con mi familia hemos surgido y hoy puedo decir con mucha paz y felicidad que tengo hijos y nietos en la universidad y en el bachillerato, lo que fue posible por el dinero que nos da este cultivo”, dijo el agricultor.

Con una sonrisa permanente que contagia y que muestra la tranquilidad alcanzada, Arrieta mira fijamente a un lago que colinda con los bordes de su casa y en donde tiene otra fuente de ingreso, la producción de cachama y tilapia roja. La camisa azul de manga corta deja ver unos brazos tostados por el trabajo bajo el sol en tiempos de verano y su tez morena que aún no muestra la huella profunda del tiempo, está cubierta por un sombrero vueltiao que lo hace lucir mucho más fresco y vital.

Este feliz hombre nacido en San Jacinto Bolívar un 14 de octubre de 1946 dijo que una de sus grandes dichas fue haber envejecido en la vereda Cruz del Viso con su cultivo de palma de aceite que les dio todo hace 17 años cuando dio el salto en la agricultura para aterrizar en la palma de aceite que para fortuna suya le arregló la vida y la de su entorno.

“Pasamos tiempos muy difíciles antes de que llegara la palma de aceite y era por muchos motivos, de un lado los grupos maléficos nos robaron el ganado, a tal punto que cuando fui a ordeñar mis diez vacas lo único que encontré fue huesos y piel como quien dice que nos dejaron en muy mala situación. Lo Montes de María eran intransitables y un golpe de institucionalidad y autoridad hizo que en su momento esos grupos armados ilegales se fueran de la región y nos dejaran trabajar”, narró Arrieta Ochoa, dejando escapar una mirada nostálgica.

Don marcos es casado con la señora Virginia Celmira Lara Montes, una persona muy formal y alegre que muestra con su rostro que la vida los está tratando bien, o como diría alguien, como se lo merecen porque bien duro si han trabajado. De esa unión hay cinco hijos de los cuales hay dos varones y uno de ellos está ya vinculado al cultivo de la palma lo cual hace que por las venas de Arrieta vayan ríos caudalosos de orgullo que terminan dándole muchos más motivos para ser feliz.

La familia es grande y progresa al lado de la palma, se nota la dicha en don marcos, en su señora así como en sus hijos y hasta en el pequeño mico que recibe todo el amor que demanda una mascota.

El sistema de alianzas productivas le mostró a Arrieta Ochoa que la agricultura si era posible y sin sufrirla, esa propuesta asociativa generó respeto y una admirable familiaridad entre los palmeros por cuanto en ese negocio les va bien a grandes, mediano y pequeños productores. En el momento de concebir el proyecto, se miraron todas las variables para hacer de la palma un cultivo rentable, ganador y sostenible.

Este productor no solo siembra palma sino que es socio de la planta extractora de la cual tiene cinco acciones que le representan un ingreso anual a Arrieta Ochoa que no es para desestimar ya que el agricultor recibió tres millones de pesos por esas acciones en la repartición de dividendos. El palmero destacó el cumplimiento de la extractora con el pago no solo de las acciones sino de la fruta que es liquidada para pagar los días quince de cada mes.

“Hoy mi familia y yo somos felices porque experimentamos un cambio total, al cien por ciento con la palma de aceite. En tiempos de la violencia teníamos la moral por el suelo porque con el robo de mis vacas que damos sin nada. Una vez pasó todo, llegó el doctor Murgas con el Proyecto y muchos dijimos, hay que hacerle, vámonos para la palma porque con ese cultivo era difícil que me robaran como también sucedió con la yuca, el ñame, el plátano y el maíz”, aseveró Arrieta.

La siembra de palma de aceite puso a Arrieta y a su familia en el escenario de la felicidad, esa que habían perdido por asuntos de orden público y de falta de rentabilidad en el campo.

A los 11 años Marcos Arrieta estudió en Zambrano, Bolívar, y allí descubrió un talento paralelo al de la agricultura y la ganadería en la que trabajaba con su padre en ese momento, se enamoró del fútbol en tiempos en los que el balón era de puro cuero y duro como una piedra. En el colegio hizo parte del equipo y logró participar en un campeonato en 1966, en ese año ganaron el torneo.

Dice que aunque era bajito logró destacarse en el balompié pues no en vano cogía el esférico y arrastraba la marca de dos o tres adversarios. A los 16 años jugó con la selección de Zambrano un campeonato regional y pisó el estadio Pedro de Heredia, Hoy Jaime Morón León. Allí los partidos eran con Antioquia y Atlántico y claro está, hasta ahí llegó la dicha porque fueron rápidamente eliminados, pero como dicen por ahí, a don Marcos nadie le quita lo bailado.

Teniendo un inherente gusto por las mujeres, a las que considera unas reinas y unas enormes compañeras, Arrieta fue siempre hombre de una fémina, su enamoramiento en la vida le llegó para hacerse viejo, pero con una gran mujer y una excelente familia. También su amor fue a la palma y sus agradecimientos se los ha dado a los precursores del cultivo de palma como también a Dios porque siente que la fuerza divina lo escucho y le ayudó a salir de problemas en momentos apremiantes. Su apego por el creador se hizo aún más grande el día que a su hija Isabel la impactó un rayo y tras unas peticiones con manos abiertas y ojos cerrados sumido en la fe, recibió un llamada en donde le notificaron que su hija estaba viva y fuera de peligro.

En 2017 la producción de Arrieta Ochoa fue de 32,16 toneladas de fruta de palma de aceite, lo que le representó ingresos por 52 millones de pesos. Aún Arrieta evoca esos inicios en la palma de aceite y ese momento en que llegó un grupo de 182 palmicultores que iniciaron Asopalma tres en 1.000 hectáreas. En ese proyecto este bolivarense sembró cinco hectáreas en tanto que sus compañeros apostaron por seis ocho, diez y doce hectáreas.

Gracias a la credibilidad que ganó la iniciativa, mucha gente se volcó a la palma de aceite porque aparte de los rendimientos hubo rentabilidad y mucha prospectiva.

Antes de la palma don Marcos sembró arroz bajo el esquema de arriendo y una de sus últimas experiencias fue con 30 hectáreas del cereal, pero su siembra variaba pues hubo momentos en que sembró 20 y 25 hectáreas lo cual estaba muy atado a los créditos que aprobara la extinta Caja Agraria. En esa siembra no le fue bien porque quedaba debiendo los insumos y para completar con las grandes cantidades de arroz, bajaba el precio en los molinos. Este productor también fue ganadero, sembró sorgo y no pudo ganar ni compensar su esfuerzo.

Con la palma encontró su punto de equilibrio y cambió el concepto de hacer agricultura porque por fin un producto le había dado resultado. La palma llevó progreso, flujo de caja en los predios y ayudó a pagar las viejas deudas que aún se pagan de la Caja Agraria.

Don Néstor Arrieta es un vetusto agricultor, de esos que ya no hacen, es fuerte y resistente a pesar de los achaques y las enfermedades que van llegando como si se tratara de un acuerdo formal con la vida que trae implícito el nacer, envejecer y morir. Este longevo, pero ejemplar hombre del campo le enseño a Marcos, su hijo a trabajar en la compleja ruralidad.

Marcos tiene vivo el recuerdo de su padre joven que llegó a administrar una hacienda ganadera de 7.000 hectáreas en Zambrano, igual a su señora madre Clementina Isabel Ochoa, que tanto hizo por el hogar y por dejar los mejores ejemplos. No olvida los rostros de los hermanos Carlos y Cesar Lajud como tampoco los ganados gordos, esos 700 u 800 novillos cebados que eran embarcados en el puerto de Las Mercedes en unos remolcadores de dos pisos que llevaban bovinos hacia Antioquia.

“El lago que tengo aquí en el costado de la casa lo hizo el hombre más rico de Bolívar, Dionisio Vélez Torres, que llegó a tener 50.000 hectáreas para siembra y cría de ganado lo cual incluía valles fértiles y cerros. Este caballero era dueño del ingenio Central Colombia y sacaba su azúcar por línea férrea pues tenía compromisos de exportación. Como se puede dar cuenta, Maríalabaja y esta zona desarrollaron un potencial agrícola y ganadero difícil de igualar”, concluyó Arrieta.

La palma de aceite es un deleite

Maduraba el día y con una tregua climática llegamos a la parcela La Santa Cruz de Neiva, ubicada en el sector de Pava con una extensión de 6.5 hectáreas. Este predio es propiedad de Rosalío Vargas Narvaez, un campesino de 75 años de edad y dueño de una vitalidad que aún lo tiene desarrollando actividades agrícolas y pecuarias.

Este hombre aparentemente recio, pero amable y buena persona igual ha cultivado de todo, yuca, ñame, maíz y otros productos que quizás no fueron lo suficientemente generosos a la hora de reconocer el tremendo esfuerzo.

Hace 16 años, Vargas debutó en el negocio de la palma de aceite y fue allí en donde encontró el mayor progreso porque en arroz, una enfermedad acaba con las ilusiones y la plata, en plátano, la Sigatoka Negra hace estragos, la ganadería tiene líos sanitarios como la aftosa, brucelosis, tuberculosis y otras patologías, sin dejar de lado el abigeato. El labriego reconoció que la palma es el único negocio agrario que ha podido disfrutar por los ingresos reales que esta trae.

Igual dijo que la palma llevó alegría y renta porque las otras actividades ocasionaron desolación y sufrimiento. Agregó que la ruralidad urge de auxilios y ayudas porque por el motivo que sea el agricultor, generalmente todo lo pierde.

“Con la palma de aceite tenemos atención y asistencia técnica, también contamos con tranquilidad y dormimos serenos porque nadie nos roba. Las cosas cambiaron tajantemente con esta siembra, por ejemplo, con la palma pude darles educación superior a tres de mis hijos y he tenido lo que he soñado, tranquilidad y vivienda digna, eso solamente me lo proporcionó la palma”, expuso Vargas Narvaez.

El agricultor nacido en Malagana, Bolívar, opinó que hay que llegar al libre comercio, pero paso a paso y haciendo las cosas al derecho porque de no haber una globalización de los mercados no habría garantía los agricultores que finalmente es lo que ha golpeado al campo porque a criterio suyo el campesino envejeció tratando de recibir ideas o ayudas para el fortalecimiento de la agricultura.

A Colombia, dijo, le faltó cultura agraria y mucho más respaldo estatal pues los campesinos se enseñaron a convivir con las deudas y a sembrar sin un seguro de cosecha. A los campesinos con los intentos de reforma agraria les dieron tierra, vacas, una bestia y algunas otras cosas, pero no se les dio educación ni una formación empresarial para que aprendieran a comercializar, así las cosas, los labriegos se quedaron en el atraso porque gastó mucho más de lo que valía su activo.

En la Santa Cruz de Neiva, crecen cultivos de mango tommy, que deja algunas ganancias, también brota de la tierra pancoger de yuca y plátano, pero igual hay estanque con peces y ya se están haciendo las adecuaciones para iniciar con un galpón que acoja gallinas ponedoras, también hay cría de patos y otras especies menores.

“Lo que más nos angustia a nosotros es pasar hambre y eso lleva a un estrés que lleva a robar o a matar, eso no acontece con la palma porque con esa siembra hay ganancia total y en cadena porque de esa actividad comen muchas personas”, afirmó.

En este momento y con cinco hectáreas, Vargas les ofrece alimento a unas veinte personas y si algo anhela es poder duplicar sus siembras, generar más recursos y brindar otros puestos de trabajo. Precisó que por no haber nacido en cuna de oro le corresponde, de manera responsable trabajar y ahorrar para que el pasivo no amenace el activo que es el que bien administrado, da para vivir con tranquilidad.

Rosalío Vargas Narvaez contrajo matrimonio con Inés Pedroza Bolívar, con quien conformó un hogar muy a la antigua usanza antioqueña, pues tiene nueve hijos. Agradeció todos los oficios que redundaron en la explotación de la palma, siembra que hoy le permitió a su hija ser contadora pública, logro que lo llena de orgullo porque todo lo permitió la palma de aceite.

Dijo que no es cierto que la palma dañe la tierra y aseguró que de salir de la palma, de manera casi que inmediata es viable sembrar frijol, yuca, maíz, plátano y otros alimentos.

Otro componente de la palma de aceite es su compromiso con la preservación del medio ambiente y es por ello que hay trabajos para salvar al jaguar, a las especies de fauna y flora que hacen parte de la riqueza biodiversa de Colombia. El agua es una meta para los palmicultores razón por la cual hay una invitación formal a salvaguardar la represa de Playón y Matuya.

Destacó que en su momento el empresario Carlos Murgas ofreció un proyecto sin promesas a manera de panacea porque la riqueza que quiso compartir y que finalmente logró era posible única y exclusivamente trabajando.

La producción de Vargas con Asopalma tres ascendió a 40 toneladas en 2017 lo que le representó una entrada el año anterior de 61 millones de pesos. Como independiente sembró una producción de 33,7 toneladas que fueron vendidas a razón de 11 millones de pesos.

La palma demostró que sí había rentabilidad en el campo

El señor Plinio Monroy Carrillo nació en Sincerin, Bolívar, un corregimiento del municipio de Arjona en donde las prácticas esenciales son la agricultura y la ganadería. Esa zona empezó con siembras de caña, pero el asunto no iba bien porque en el Viso pagaban precios muy bajos y cuando no era eso, la Licorera de Bolívar la compraba y no la pagaba o demoraba los pagos, los cuales cuando llegaban tenían a más de uno en banca rota.

Cuando migró a los cultivos de arroz las cosas empeoraron porque en la siembra de 1995, el cereal se quedó en el campo en su totalidad porque no hubo maquinaria para recoger el grano, en ese momento estaba dispuesto a vender, pero llegó el proyecto de la Palma y se salvaron las propiedades.

En un comienzo hubo distancia con el proyecto, pero con el tiempo llegó la confianza tras un viaje que hizo a Costa Rica. Desde que Monroy ingresó a la palma de aceite dejó de ser un simple trabajador del campo pues pasó a ser empresario porque se hizo socio de la extractora. Hubo ayudas muy interesante en las cuales les giraban la plata y el productor tan solo pagaba el sesenta por ciento.

El dinero que en su momento consiguieron los palmeros del banco fue gracias a que Carlos Murgas les sirvió de fiador, La deuda que estaba pactada a diez años fue cancelada en siete años lo cual fue muy beneficioso porque les devolvieron una plata.

Hoy Monroy es dueño de nueve hectáreas y está felizmente casado, tiene seis hijos, pero le preocupa una situación de salud que ya está siendo tratada y por lo mismo confía es salir adelante para seguir sembrando palma.

La solvencia es tan grata en palma de aceite que luego de que Monroy contrajera una deuda de 30 millones de pesos con Davivienda la obligación quedó cubierta en menos de cuatro años, clara muestra de que en agricultura todo estaba cambiando y que se aprendió, perdiendo.

A Marialabaja le cambió el semblante, muchos que habían dicho adiós retornaron, incluidos algunos parceleros que dejaron tierras y proyectos para salir muy pronto del pueblo, empero compraron el tiquete de vuelta y hoy trabajan como empleados en las plantaciones en el pasado de su propiedad. El escenario es otro, la región es muy rica y está sacando lo mejor que tiene para crecer y lograr puntos y metas de desarrollo, una hectárea que valía poco, entre 1.5 y dos millones de pesos por todos los problemas, pasó a valer 40 millones de pesos.

Hubo momentos en los que en Marialabaja se compraba la hectárea a 500.000 pesos con la ventaja de muchos pagaron a plazos.

“A mí con la palma me ha ido demasiado bien, si le digo que estoy mal le miento pues le he podido hacer casa a mis hijos y tan solo me falta ayudar con su vivienda a mi hija. En un momento estuve tan mal que pensé irme para Venezuela, a Dios gracias, llegó la palma y nos saco a muchos casi que desahuciados económicamente adelante”, expresó.

La salida de Marialabaja se hizo con un breve recorrido que nos llevó a la plaza principal en donde pudimos observar las mejoras del municipio y las de la iglesia de la Inmaculada Concepción de María, la patrona y la dueña de las cosechas. Ya la población se alista porque llegó la temporada de fin de año y es precisamente cuando vuelve el encanto y la magia marialabajense con su música y sus ritmos. En este tiempo son protagonistas el tambor macho y la única, la hembra tambora. Estos ritmos que mueven caderas involuntariamente son la combinación de esa percusión costeña y sabanera con maracas, palmas y tablas, igualmente conocidas como gallitos.

No salimos del pueblo sin almorzar un delicioso pescado con patacón “pisao”, ese que pasa por el caldero un tiempo breve mientras toma su color amarillo para luego salir como un plátano alargado que se aplana con el fin de pasarlo por un preparado de agua con sal, ajos y cominos, que le da sabor para volver al aceite y tostarse para cautivar los más exigentes paladares. Fue un pescado enorme, de muy buen sabor, marinado a buen tiempo y tan tostado que resultó una experiencia deliciosamente crocante.

El tiempo mejoró y salimos de Marialabaja bajo un sol tropical intenso que mitigamos con ese aire acondicionado del auto y unos refrescos fríos para mitigar la sed que produce ese clima cálido y húmedo. Secamos el sudor de nuestras frentes y mientras el carro avanzaba para salir de la población, vimos gentes alegres, fue bonito comprender esa cultura negra tan particular en donde los niños disfrutan cada paso y la libertad con la cual se mueven. Nos encantó ver ese caminar de padres con sus párvulos hijos, que avanzan hacia sus destinos de manera lenta mientras le sacan el sabor a los helados de corozo y de fruta que ofrece la región.

Atrás quedaron amigos y gente amable, generosa y hospitalaria, igual la promesa de volver para pasar unos momentos placenteros, de pronto con matiz navideño. Avanzaba el carro y a las orillas de la carretera veíamos los árboles de níspero, otros de mango, de limón criollo, palos de mamón, guácimo, robles y bajagua, un árbol nectarífero que atraen insectos benéficos para el cultivo de la palma porque devoran a los que hacen daño, evitando con ese control biológico, el uso de químicos o plaguicidas.

La región es muy rica en frutas y por eso es normal ver árboles de naranja, guanábana y anón. Al ir viendo esos maderos frondosos llegaba a la mente la importancia de Maríalabaja como despensa en tiempos anteriores puesto que les llevo a Barranquilla, Cartagena y otras ciudades del Caribe, yuca, ñame, maíz y cítricos.

“Toda esa productividad bajó porque la gente era amenazada y vacunada, lo que obligó a muchos a salir a causa de que los ilegales empezaron robándose inicialmente las gallinas para luego apropiarse de las tierras, eso fue muy lamentable y temerario pues hasta a mí me tocó pagar vacuna, por fortuna las cosas mejoraron, y con la prosperidad que trajo la palma llegó la fuerza pública, la seguridad y la tranquilidad, pero realmente hubo momentos de mucho lamento, es por eso que aquí queremos tanto la palma de aceite”, afirmó Monroy.

Al despedirnos y decir hasta pronto en la planta extractora, el ingeniero Arnoldo Hernández Dorado, hijo adoptivo de Marialabaja dijo que la economía de la región cambió considerablemente gracias al cultivo y a la agroindustria de la palma. La planta le dio otro aire porque hubo oferta de trabajo en el campo y en la extractora con lo cual llegó el esquivo ingreso, factor que ayudó mucho a las familias y a la economía local que experimentó una mayor dinámica con la demanda de bienes y servicios. La planta emplea a 80 personas de manera directa y le da ingreso a unas sesenta temporales.
En la planta hay en promedio 140 personas que les llevan a sus familias una visible calidad de vida.
Es por eso que la extracción de aceite tiene contratada gente con experiencia pues son cinco pasos que deben ser atendidos, está la recepción, esterilización, prensado, clarificación y el área de calderas, articulación industrial que termina con la obtención del aceite rojo de palma.

El aceite que se obtiene del fruto de la palma tiene muchas opciones industriales en vista que puede ser transformado en biodiesel, margarinas y otros usos, pero gran cantidad de ese producto va para los mercados internacionales. La planta extractora tiene una capacidad de 30 toneladas por hora y de Marialabaja salen 35.000 toneladas de aceite para diferentes usos, uno de ellos el cosmético.

Todo eso llegaba como recuerdo de la visita a Marialabaja y a la planta extractora, así como también a los predios de los pequeños propietarios que hoy se mantienen vigentes en la agricultura. El señor Marlon Valencia, delineaba con el carro la vertiginosa vía que nos permitía retornar a la bella Cartagena, esperando llegar al Canal del Dique para hacer algunas fotografías. Ya en ese punto bajamos la velocidad para llenar nuestras retinas con un paisaje imponente y hermoso, en donde un descomunal espejo de agua decora zonas verdes y ambientales de donde surge la múltiple vida natural, tal y como lo vimos en la ciénaga de Marialabaja, una de las más grandes del país y todo un ejemplo de conservación.

Ya en la “Heroica”, volvieron los bullicios de la ciudad y de una que otra buseta salía casualmente, y a todo volumen, música vallenata o esa que va acercando noviembre, época de reinados, bullerengue, cumbias, porros, gaitas y todo ese compendio folclórico que trae al recuerdo los cantos costeños de Petrona, de la Niña Emilia, Totó la Momposina y otras señoras del folclor Caribe de Colombia que siguen con una perenne tradición en donde la palma de aceite ahora juega un papel determinante en ese paisaje productivo que le abre paso a muchas especies, con un corredor especial al gran rey manchado, a su majestad el jaguar.

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