Sábado, 16 Julio 2016 11:47

De la recua y la patasola a la caficultura avanzada: Las memorias de Iván

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El café es vida, pasión, compromiso y metas en el trasegar de quienes han estado sembrando el grano desde la niñez.

Entre los verdes, fértiles y prósperos cerros de Venecia en Antioquia en donde la caficultura sigue mucho más vigente y dinámica que nunca crecen los cafetos en ejemplares condiciones por el empuje de los productores que amen de las circunstancias siguen adelante. En este recorrido por tierra arriera, potente y briosa, pudimos constatar que el gremio cafetero sigue más vivo y tozudo de lo que muchos se alcanzan a imaginar.

Con una fe de carbonero envidiable, término que ya puede cambiar sin problema alguno por el de la fe del cafetero, los caficultores gozan de un momento especial el cual adornan con las historias de mozos cargueros de dura y corta vida y mulas, con la temeraria e ilegal Patasola que traficaba con contrabando en tiempos ya evocados en sepia. En ese escenario fantasmal e increíble de colonizar y amansar montañas sigue el cafetero dando la lucha, sufriendo a raticos, pero muy confiado en que las cosas cambiarán. Aquí en Venecia vemos hombres recios y trabajadores haciendo hasta lo imposible por seguirle imprimiendo ese vigor y esa presencia grata a una economía que le dio desarrollo al país y la misma que de manera generosa brindó calidad de vida, pasión y apego por esos tupidos montes pletóricos de cafetos e historias varias.

El señor, Iván de Jesús Arango Posada, es un hombre curtido en la caficultura porque la vio de varias maneras y en escenarios múltiples para bien y para mal. Él vio como nadie el momento de las bonanzas, pero de igual manera lloró y se horrorizó con la caída del pacto cafetero por allá en 1989 cuando se desmoronó el famoso y rentable acuerdo de cuotas.

Don Iván tiene 65 años de los cuales le ha dedicado 51 a la caficultura en la bonita Venecia, un pueblo abigarrado y colorido, de calles muy bien hechas por donde pasa la comunidad que se puede ver camandulera y religiosa pasar desde los estrechos balcones a tiempo que de deleitan con el cerro Tusa, ese triangular, elevado y puntiagudo que acompaña a los lugareños los cuales lo observan con respeto y orgullo.

Este amable señor camina por la adoquinada plaza a tiempo que iza su mirada y se funde en esa pasión católica mientras pasa por la hermosa iglesia de dos torres de tono arena y natural con piedra de la misma región paisa.

“Para mí la caficultura es la vida, yo pienso que cuando nuestra actividad cafetera culmine se acaba la razón de ser de nosotros porque Colombia más que cualquier cosa es un país cafetero, respetando mucho a nuestros ganaderos, tabacaleros, arroceros y agricultores de otros sectores, pero insisto el café sigue siendo una empresa esencial”, comentó este respetuoso y conocedor hombre del café.

Con su mirada brillante de ojos cansados, este caficultor de tez y manos morenas quemadas por el sol intenso de Venecia y por el trasegar de la caficultura, Arango expresa que los escenarios del café en materia de productividad indudablemente han cambiado porque hace cinco décadas había más productividad, más volumen, pero según él, no valía.

“Hoy manejándolo con fundamento el café es un gran negocio porque responde al esfuerzo, uno pone un peso y él devuelve uno con cincuenta, mete uno dos pesos y el café entrega dos con ochenta, siempre dará utilidad, es muy generoso”, declaró el señor Iván Arango Posada.

Desde Venecia, Antioquia, este conocedor reconocido del trabajo cafetero les dijo a los productores de todo el país que hay que estar tranquilos y saber moverse en medio de la dificultad porque solo con calma y análisis los problemas se podrán superar.

“Mi mama tiene 83 años y recuerda que hace 75 años, cuando la aventura cafetera iba más allá de la mitad de camino, la carga de café la pagan a 82 centavos y hoy cuesta cerca de un millón de pesos, pero permite vivir en total tranquilidad y en medio de la dignidad y el amor que despierta el café”, anota este caficultor.

Insistió en que por dura que venga la vida no hay que desfallecer no hay que dejar la empresa y hay que seguir sembrando y tomando café. El experto recomendó sembrar el valioso grano para no perder un activo determinante para la economía nacional como lo es la cafetera.

Dijo que las siembras de café deben hacerse en tiempos determinados para no colapsar, es decir hacer los germinadores dos meses antes de los almácigos de diciembre y sembrar en mayo y junio que son épocas de lluvia.

“Deben de ser meses húmedos, pero con el cambio climático hay que tener cuidado y ser muy preventivo, normalmente mayo, junio y parte de abril son épocas vitales para la siembra de café”, sostuvo el cafetero.

Don Iván es un hombre feliz que ha desarrollado su vida en medio de cafetales e historias traídas de otras regiones por recolectores o quizás repasando las que tuvieron su raigambre en la propia región. Recalca que lo hace feliz ser cafetero, como lo hace dichoso tener una fiel y adorada esposa que fruto de una unión amorosa y anhelada le dio sus dos hijos, los mismos que ya crecieron y le entregaron tres nietos, esos que corren por entre las matas de café haciendo que la vida realmente valga la pena.

Don Iván fue de esos colombianos que vivió la ruralidad en varios espacios toda vez que tuvo que hacerle el quite a la violencia y a otros fenómenos políticos y sociales que impactaron a actividad cafetera.

Asegura que ya se puede respirar en las montañas colombianas y gritar que vienen tiempos buenos y afortunados para el café y otras actividades. Desde es calma que lo caracteriza expresó admiración y respeto por el Presidente de la República, Juan Manuel Santos, a quien quiere conocer para estrecharle su mano y decirle mirándolo a los ojos, “Señor Presidente, esta es Colombia, la del café, la de las siembras y la de la paz”.

Dijo que Colombia antes que cualquier otra cosa es un país rural, de trabajadores y emprendedores que tienen en el campo pasado, presente y futuro porque la seguridad alimentaria y la tierra son activos que le dan semblanza a Colombia.

“A mí me cautiva mi país porque ha sido muy lindo toda la vida y no tiene nada que arreglarle, creo que quienes tenemos que cambiar somos nosotros y eso sí hay que darles condiciones a los trabajadores y a los seres humanos, tenemos que crear conciencia que somos hermanos y que debemos querernos, somos lo mismos y lo cierto es que en Colombia cabemos todos”, apuntó.

Sobre caficultura dijo que hay un reto de frente y es el cambio climático lo cual hace pensar en una caficultura renovada y joven para no sufrir las consecuencias del clima porque asegura que los pronósticos no son halagüeños porque quienes saben de clima dicen que el próximo niño vendrá con seis o siete grados de temperatura adicional, como quien dice más calor.

“Toda la vida ha habido niño, lo que pasa es que estamos asustados ahora porque se nos calentó el planeta, pero con ese fenómeno natural hemos convivido toda la vida”, precisó.

Iván Arango dijo que es hora de que quienes partieron vuelvan al campo porque hay espacios para todos, ingreso rural para todos y una tranquilidad que hay que disfrutar con sabor y aroma de café colombiano.

Ya en la noche, en medio de una temeraria tormenta, se capta a don Iván, ese personaje del café que es tan superlativo como las montañas antioqueñas. Con cada rayo que ensordece y espanta, con esa misma tormenta que retrata y delinea los cerros cafeteros de Venecia, se admira quien escribe y muchos de la capacidad, del apego, del compromiso y la pasión de un sexagenario hombre por los aromáticos y encantadores cultivos de café.

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