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Envejecer al lado del café, una dicha y una tremenda travesía
Domingo, 09 Julio 2017 02:06

Envejecer al lado del café, una dicha y una tremenda travesía

Las manos que sembraron y recolectaron café en tiempos buenos y malos hoy descansan y le dan vida a las plantas ornamentales, pero el recuerdo y el corazón siguen metidos en la cultura cafetera, en esa del arraigo, de mulas y aventura.

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Terminaron las fiestas de San Pedro en el Huila y de inmediato salimos de Neiva para Santa María, el municipio cafetero, el de las frutas, las mujeres bonitas y los hombres trabajadores. El motivo de este viaje que tiene un primer tramo en Palermo en donde dicen que las mujeres dan besos con sabor a sevillana, es para respirar y luego viene un camino complicado por una vía angosta y con el río Baché abajo haciendo que a la mente lleguen no muy buenos pensamientos.

Tras un recorrido complejo con una carretera casi destruida y cruzando los dedos para no encontrar volquetas repletas de mármol o buses con pasajeros, llegamos a tierra samaria. Allí nos espera un inveterado hombre del café, conocedor como nadie del tema y un luchador reconocido pues enfrentó todas las vicisitudes de la política, la economía y la caficultura y se mantuvo incólume y muy comprometido con esas siembras que tanto dieron, pero que en ocasiones tanto quitaron.

Con casi 90 años, don Jesús Camacho, un hijo de Yaguará en el próspero departamento del Huila, recuerda que sus ancestros fueron ganaderos, que empezó a trabajar a los siete años y que dejó la tierra del petróleo y la de su inolvidable catedral de Santa Ana por ir tras de los cafetos a incursionar en una vida hermosa llena de retos y compromisos.

A su avanzada edad, don Jesús, sentado en la silla de madera y cuero, mira por los espacios que tiene el balcón de la finca y tras dejar perder su mirada en ese horizonte espectacular de montañas que se enlazan y se encuentran con el azul del cielo en esa tarde calurosa y todavía con ambiente de San Pedro, deja caer su mirada de ojos pequeños, entrelaza sus manos pecosas y marcadas por los años y responde con mucho entusiasmo sobre sus años en la caficultura.

Recuerda de manera especial a su señor padre, Juan de Jesús Camacho Polanía quien nació por allá en 1888 cuando ya era un hecho la colonización antioqueña y cuando ya amparaba a la nación republicana la Constitución Política de Rafael Núñez. De igual forma guarda en su mejor recuerdo a su progenitora, doña Eusebia Camacho Monje, una opita buena y trabajadora nacida en 1894, es decir una generación ejemplar del siglo 19 cuando aún tenía vigencia el Estado Soberano del Tolima.

El caficultor Jesús Camacho emergió en un momento que sería poco celebre para el país y ello decía que los años por venir no serían fáciles ni halagüeños; en el año en que vio la luz de la vida en el Huila este cafetero, en el departamento del Magdalena, puntualmente en el municipio de Aracataca se produciría un hecho de lamentable recordación para Colombia, la terrible Masacre de las bananeras.

Don José de Jesús Camacho, sin culpa alguna de la historia, nació el tres de enero de 1928 y le dio alegría a un hogar que conoció respeto, valores y temor por Dios, igual fue el regalo de una casa que sabía de trabajo rural y de aguardar los domingos para ir a ese encuentro inmarcesible con el Santo Padre, el gran guía y el gran símbolo de los Camacho que se daba cita con ellos en la majestuosa catedral yaguarense.

Un año antes, en 1927, la Sociedad Antioqueña de Agricultores le da vida a la organización cafetera, sin embargo en 1928 se firma el contrato de administración de los recursos cafeteros tras germinar la Federación Nacional de Cafeteros gracias a la ley 76 del 14 de noviembre de 1927 expedida por el Congreso de la República, dos meses antes del nacimiento de don Jesús, la cual creo un impuesto derogado por el artículo uno de la Ley 11 de 1972.

El amable Jesús recordó que en sus tiempos de infancia su familia no era cafetera, pero tiempo después su señor padre decidió buscar una finca hacia la cordillera para dar inicio a los cultivos de café que de muy buenos rendimientos, como quien dice que el recién llegado al oficio cafetero, siguió la tradición de su respetado papá que vio en el grano una opción de renta y de progreso bastante importante.

“En sus comienzos Santa María tenía muy poco café, pero ya después empezó la Federación Nacional de Cafeteros a ayudar y con ello hubo incentivos y aumentó la producción del grano, era el comienzo de una gran travesía que desprendía de las boyantes aradas de café ”, comentó el señor Camacho.

Dijo que en sus comienzos tuvo apego por la ganadería de la cual aprendió muchas cosas, pero luego incursionó en la caficultura en donde había mucho terreno por recorrer y conocimientos por acopiar, igual el entonces joven, Jesús Camacho, ya había adquirido algunos conocimientos que con el tiempo iría a perfeccionar.

Recalcó que el gran impulso para las siembras del café en el Huila y básicamente en Santa María fue la respuesta a la ayuda de la Federación que invitaba a los agricultores a hacer sus apuestas por café y no olvida que su familia empezó a crecer en el negocio porque en ese momento la agremiación les dio una mano importante pues sobraba la colaboración para los cafeteros.

Con mucho orgullo don Jesús anota que tiene cédula cafetera con lo cual sintió que tenía un estatus dentro de la economía cafetera, documento que redundó en respaldos y ayudas del gremio cafetero que no solo ayudó a hacer las mejoras de la casa sino que también entró de lleno a capacitar y a generar una cultura cafetera con muy buen beneficio.

Este curtido cafetero empezó a trabajar con su padre y recuerda que en esa época se trabajaba solamente con el café arábigo aunque dice que en esos tiempos no había mucha asistencia técnica pues la gran caficultura nacional era aún incipiente.

Las manos de Jesús Camacho, al igual que las de su padre y muchos que se fueron enamorando de la caficultura le fueron dando forma a una economía y a un sector que sería determinante para el desarrollo del país toda vez que el café fue sinónimo de calidad de vida y de crecimiento en las regiones en donde se cultivaba el bebestible.

“Hicimos un trabajo muy juicioso que consistió en diseminar buen café hasta darle la fama a Colombia de contar con el mejor grano del mundo, eso por sabor, suavidad y aroma, pero en la dura labor, la Federación cooperó mucho, y de manera simultánea, el cafetero y el campesino le colaboró al gremio a potenciarse con la mejora de los cultivos”, declaró el cafetero.

El café, como todo en esta vida, tiene momentos buenos y momentos malos, uno de ellos la bonanza cafetera, las exportaciones y una actividad que daba para vivir bien, sin embargo como dicen que lo bueno no dura, llegó el sufrimiento en este caso expresado en plagas y enfermedades como la roya y la broca así como la caída del Pacto Cafetero en 1989.
En ese momento la noticia que venía desde Londres cayó mal entre los caficultores, pero para gracia de los Camacho que han tenido ojo para los negocios, el café se alternaba con ganado, cacao y otros productos.

Otro fenómeno que vivió la caficultura y que sufrió don Jesús Camacho desde sus veinte años fue la violencia que generó el nueve de abril de 1948 por cuanto vinieron las rencillas políticas que de manera increíble se pagaban de manera cuestionable con la vida de seres humanos intachables e inocentes solo por una simple filiación política. Este caficultor tuvo que padecer esos momentos en los que era casi que pecado mortal ser liberal o conservador porque hubo un Inri que se llevaba y que al menor descuido se pagaba.

Esa situación, dijo don Jesús, sacó mucha gente del café porque ocurrió una deleznable manipulación y un intenso miedo, situación que asoló las fincas obligando al cafetero dueño de un predio a coger café sin gente y sin ningún tipo de ayuda.
En esos instantes volvía el país a repetir las aciagas épocas de centralistas y federalistas o de gólgotas y draconianos.
Algo importante es que Santa María no padeció tanto la violencia de la década de los 50 y ello porque la comunidad samaria decidió que lo mejor era apartarse de ese flagelo y vivir para sembrar y cosechar en paz.

“Eran tiempos complicados para el país, todo se dificultaba, pero nuevamente hay que decir que la Federación no nos dejó solos, jamás nos abandonó y por suerte siempre estuvimos al amparo del gremio”, afirmó Camacho.

Jesús mira nuevamente a su alrededor, vuelve su mirada y orondo comenta que todo lo que consiguió en la vida fue gracias al café, aunque reconoce que en un principio tuvo como arrancar sus cultivos porque contó con la mano generosa de su padre y paso seguido siguió trabajando con las siembras del consagrado grano.

El reconocido caficultor no negó que los tiempos pasados fueron mucho mejores porque con el correr de los años creció la competencia y con ella disminuyó la utilidad o la renta cafetera. Hubo un momento, aseveró, que llegaron mayores exigencias y menores ayudas.

“Anteriormente se hacía buena plata con el café y la vida era mucho más soportable porque había con qué tener bien a la familia y proyectar nuevos negocios, pero como en todo, el mundo gira y las cosas cambian”, argumentó.

Este hombre bueno que ya camina lento, pero que mantiene una admirable fortaleza en sus manos y en sus brazos, anota que los caficultores en un tiempo trascendental para la caficultura atendieron el llamado de las autoridades cafeteras para mejorar el grano, y es por ello, declaró, que siente orgullo de hacer parte de esa generación de caficultores que le pusieron el sello de excelencia al café colombiano porque su trabajo no solamente pasó por cultivar las mejores semillas y cuidar los árboles sino que hubo mucho compromiso con el beneficio del café, grano que tenía como destino los puertos de Estados Unidos, Europa o Asia.

De todo lo hecho por este prendado del café, lo mejor es que Colombia tuvo una mejor manera de vivir porque del café salieron recursos para educación, para edificar y para mover los comercios que en épocas de cosecha agotaban inventarios.

“Es bueno decir que después de una época muy dura en donde reinaba la violencia vino una calma en Colombia en donde se cambiaron las armas por trabajo, el mismo que ofrecía la siembra de café”, agregó.

Camacho empezó a trabajar tímidamente a los siete años y ello es apenas comprensible ´porque su señor padre fue agricultor de toda la vida y un entregado a las labores pecuarias al igual que su querida y admirada mamá. Recuerda esos momentos de infancia en los que salía con su hermano, Juan de Dios para sentarse en la esquina de su casa y dar rienda suelta a la cacería de moscos, ah falta que hacía la televisión, luego aprendían los trabajos de ese patriarca don Juan de Jesús Camacho Polanía, aprendizaje que agradece porque supo lo que era hacer bien su trabajo.

Su papá fue el maestro que les enseño todo, desde sembrar y recolectar hasta explorar y ver opciones de negocio en donde se daba el primer contado y luego se terminaba de pagar en los tiempos acordados. Eran tiempos en los que la palabra se honraba y en los que la honestidad marcaba una diferencia muy grande.

La probidad que marcó a este huilense le significó ser alcalde de Santamaría, cargo que desempeñó por espacio de veinte meses y luego el bicho de la política le siguió picando y por eso fue concejal. “Por mi desempeño en esos cargos fui apreciado por la comunidad y me gané un respeto que nació en la transparencia y el trabajo social”.

Cerca de cumplir noventa años, los que cumple la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, este paradigma de ser humano y de caficultura les recomendó a los nuevos productores y a las nuevas generaciones que sigan en el negocio porque el café sabiéndolo sostener es rentable, pero dijo que hay que saber superar escollos como la falta de personal y de dinero porque esos asuntos hacen que algunos que inician en el trabajo cafetero abandonen la actividad lo cual no es bueno.

Les dijo a los nuevos cafeteros que el cultivo de café demanda tiempo, cuidado y toda la atención puesto que ante el menor descuido pude llegar una pérdida considerable. Insistió en un beneficio óptimo y en unos cuidados exigentes en los campos de cultivo para evitar la presencia de plagas o enfermedades.

Vio con muy buenos ojos la gestión que adelanta el Gerente General de la Federación Nacional de Cafeteros, Roberto Vélez Vallejo, quien busca que los compradores grandes de café como las multinacionales que procesan el grano lo paguen a mejor precio.

Anotó que esta gestión es una buena contraprestación para el campesino y para el cafetero que con su trabajo le dio solidez a la Federación para que pudiera sostenerse, hoy aplaude el hecho que una voz fuerte desde el gremio esté defendiendo los intereses de los productores que son lamentablemente los que menos ganan o los que en ocasiones asumen las pérdidas.

Un gran dolor de cabeza en la caficultura como sucede con el grueso de la agricultura, anota, es que hay una cadena de intermediarios que se quedan con la ganancia dejándole los problemas y la pérdida al productor primario.

Precisó que a la fecha no tiene más que agradecimientos con la Federación porque de ella recibió beneficios, y gracias al trabajo aunado que hizo con el gremio fue posible que se forjaran obras como vías y escuelas.

La Federación, sostuvo, operó en su gran momento como un ministerio porque tenía plata y era bien invertida, claro está, especificó, que después hubo compras y se tuvieron empresas que nada tenían que ver con la caficultura y por ello, más los acontecimientos que vinieron, fue que se adelgazó el Fondo Nacional del Café y estuvo en riesgo la institucionalidad cafetera. Dejó claro que si bien no todo fue tragedia, tampoco fue una permanente dicha ya que hubo problemas y bien grandes.

“Desde estas montañas le envío un sincero saludo de felicitación a la Federación Nacional de Cafeteros porque fue y es un gremio que se consolidó con base al trabajo de los productores. Esta entidad ayudó a los caficultores que gracias a esos apoyos pudieron terminar su vida productiva teniendo algo, sinceramente la Federación nos ayudó bastante y fue esta la que consiguió los recursos para darle desarrollo a Colombia”, manifestó.

Hoy desde una casa hermosa en las montañas del Huila, Jesús Camacho asegura que sigue siendo un hombre feliz porque fue y es cafetero, además expresó su tranquilidad ya que el negocio de toda su vida pasó a manos de sus hijos e hijas que conservan esa buena tradición de tratar muy bien al café y este con la tradición sigue siendo una insignia nacional y una fuente de ingreso que ayuda a muchos.

En el café don Jesús encontró una buena razón para vivir y afianzar una familia con toda la felicidad, pero así como recuerda con gratitud los buenos momentos también reconoce que hubo unas crisis severas a nivel económico en el café que en ocasiones se caía de los arboles porque no había como conseguir plata para cosecharlo y menos para venderlo, esa situación hizo que se perdiera mucho grano y que no pocos salieran de la caficultura, eso sí, para volver.

“Yo jamás por dura que fuera la crisis, deje de sembrar café, lo sostuve y todavía tengo la finca, a Dios gracias”, concluyó.

La nueva generación, como los patricios, pide mejor precio

Álvaro Camacho es uno de los doce hijos de don Jesús fruto del matrimonio con la respetable doña Melida Feria, una quindiana risueña y buena persona quien un día inesperado dejó de existir dejando luto y mucho pesar entre familiares y allegados. Ese fue otro golpe duro para Camacho porque sin la gran matrona, la vida daba un giro y esa socia clave en su vida había dicho adiós. Súbitamente se esfumó y muy seguramente por sus calidades humanas fue derecho a donde los buenos tienen sitio.

Álvaro dice que actualmente el precio del café es muy malo porque no compensa un trabajo duro que tarda tiempo para que brote la cereza y logre ser beneficiada en aras de que los grandes compradores le fijen un valor que desconoce sacrificios, pasiones, deudas y presiones climáticas entre tantos factores.

Dentro de las ecuaciones de este joven productor hay un factor a tener en cuenta y es que argumenta que en Neiva un café tinto o un café en leche no dejan de costar 1.000, 2.000 o 2.500 pesos en una cafetería. El asunto dice, es que por cada libra de café salen 40 tintos lo que multiplicado da 100.000 pesos, eso llevado a una arroba que tiene 16 libras tostadas representa 1.6 millones de pesos, pero aplicando la formula a una carga, la calculadora arroja 16 millones de pesos lo cual hace dar ganas de llorar cuando esa carga la remuneran con 800.000 devaluados pesos.

“Esa plata es muy poquita si se tiene en cuenta el trabajo, los insumos, los jornales, el inmejorable beneficio y las deudas de muchos. Yo creo que un precio justo por carga debería ser de dos millones de pesos para que todos en la cadena ganen pues solo así se puede hablar de puntos de equilibrio en donde el comprador y la Federación pueden exigir la máxima calidad”, afirmó.

Con un buen precio, consideró, el pequeño productor ya no va a tener 50.000 o 100.000 matas de café sino que sembrará 8.000 cafetos, pero en mejores condiciones y garantizando calidad en taza. Esa sería una buena meta porque con altos o bajos precios del café un tinto en Neiva no se baja de 2.000 o 2.500 pesos.

Otro tema es lo que pasa con las multinacionales que compran el café a muy bajo precio y lo venden a valores elevados con una ventaja y es que pueden ajustar los precios año tras año y no tienen que bajar sus precios por mal que les vaya a los caficultores, el coste en góndola en cualquier supermercado o tienda de gran formato siempre será relativamente caro.

Según Álvaro Camacho es complicado tener precios bajos y hacer esa contribución de seis centavos de dólar por libra de café lo que llevado a carga implica 1.5 dólares es decir 4.500 pesos. Esos recursos podrían ir a mejorar la calidad de vida de los productores que no saben que es tener salud, vacaciones o tranquilidad.

“Esa cédula cafetera sería ideal para que los productores que la portan reciban atención médica y otro tipo de favores sin que ello raye en asistencialismo o dádivas, es sencillamente un derecho por ahorrar en el duro trabajo de la caficultura. En ese frente la Federación de Cafeteros podría hacer maravillas porque en la actividad cafetera hay graves inconvenientes sociales y de inequidad social porque el cafetero trabaja y trabaja y poco o nada representa el entregar su vida a una presteza que por culpa de las multinacionales y los intermediarios fomenta injusticia”, certificó.

En la vida del periodista las carreras son el común denominador, pero antes de abandonar la finca cafetera que me acogió tuve la dicha de comer asado huilense acompañado de ensalada y de unos envueltos de arroz que brillaban como natilla, pero que al acompañarlos con la carne de cerdo genera un sabor indescriptible en esa mezcla de dulce y salado; este sitio es el sueño de cualquier chef o amigo del buen gourmet.

Mientras me deleitaba con tan delicioso plato típico ofrecido por la queridísima doña Lilia, observé callado a don Jesús Camacho quien sentado en otro sitio del pasillo que protege una baranda a manera de balcón, llevaba su mirada a los verdes cafetos que estaban siendo atendidos por los recolectores que aguantaban un sol intenso y asfixiante. Es fácil ver felicidad en sus ojos, pero al mismo tiempo melancolía porque hoy, especialmente sus hijas, lo atienden y de la mejor manera. Su mirada quizás va al pasado cuando despertaba y los buenos días venían acompañados por una caliente y deliciosa taza de café lo cual era el comienzo de un espléndido desayuno que incluía jugo de naranja con huevos de gallina criolla que flotaban entre cítricos y proteína.

Ese hombre de temperamento fuerte, pero capaz de ser sensato solía tomar un vaso con leche o un café y disfrutarlo mientras su mano izquierda apretujaba su cintura en tanto que sus ojos se perdían en la altura del cerro de la cruz.

Hoy siguen siendo buenos esos preámbulos y quizás por su avanzada edad no hay otra cosa más que hacer que jugar dominó y pelear hasta evitar el habla con su único contrincante el famoso “guaquero”.

En la mente prodigiosa de Jesús Camacho siguen los árboles de café y toda una vida de trabajo y construcción de familia, así como recuerda longevo a sus padres igual tiene tiempo para todos y cada uno de sus hijos, Jesús Aníbal, Libaniel, Horacio, Álvaro, Raúl y el desaparecido Ramón, ese que una tarde lamentable le sacó lagrimas porque la muerte se lo arrebató impía. No menos hay pensamiento para sus hijas Melida, Lilia, María Edith, Edna Myriam, Martha y la “pequeña” Nubia.

También queda la imagen de don Juan de Jesús quien en medio de una terrible angustia ante los anuncios del posible fin del mundo en 1960, su vida terminó en 1959 casi que de pena moral. Como decían los allegados, ante esta terrible posibilidad, ese día quedó viuda doña Eusebia y huérfanos don Jesús y su hermano.

Por fortuna la salud es un activo permanente en este cafetero de pura cepa, pero el día que su cuerpo se canse y su alma migre para los puertos en donde comienza la otra vida, en la tierra muchos hablarán del viejo Jesús, del gran caficultor, del ganadero y de ese que supo hacer negocios y cumplir con sus promesas.

El día que decida hacer el mal esperado, pero fijo viaje, muchos querrán decirle te amo, pedirle perdón, darle un abrazo, quizás un beso familiar y un apretón de manos porque cuando el amor y los valores se cultivan con más apego que el café, los duelos y lamentos que quedan con el adiós, no alcanzan a llenar ni siquiera toda la sede de la institución que siempre quiso y respetó don Jesús Camacho, la Federación Nacional de Cafeteros, gremio al que se le escuchará que tuvo en este atinado hombre, uno de sus mejores exponentes y un recordado formador de la marca Café de Colombia. A Dios gracias todavía está el nonagenario que aterrado le dice a su hija que ya tiene muchos, pero muchos años encima.

 

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