Sábado, 23 Marzo 2019 01:25

Filandia, un paraíso de colores, belleza, historia y café

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Este muy hermoso pueblo quindiano goza de un paisaje espectacular en donde hacen convergencia dos economías vitales, el turismo y el cultivo de café. Las dos son complementarias y demuestran que no solo de la bolsa vive el hombre.

En el superlativo departamento de Quindío hay un municipio de características muy particulares en donde la belleza de su vetusta arquitectura hace gala de la exclusividad toda vez que sus casonas de balcones altos le ponen color a la historia, pero igual esos momentos de conquista, colonia y república siguen con un aroma único de café, pero igual de monte y de los árboles frutales que regalan frutos y fragancias.

Filandia, esa joya insertada por la colonización antioqueña, fenómeno económico y social que arrancó después de 1830, está ubicada en la cordillera central a unos 1.923 metros sobre el nivel del mar. Allí es muy grato llegar, pero triste partir porque hay 13.700 almas buenas, atentas y generosas que hacen hasta lo imposible porque el advenedizo o el visitante se sientan mejor que en su casa. Ese poema llamado Filandia acopia historias y leyendas legendarias porque fue habitada en tiempos remotos por aborígenes de la familia Quimbaya, esos maestros de la orfebrería y la producción de inmejorables piezas de oro, trabajos de artesanía que dejaron perplejos a conquistadores, colonos y hoy a las nuevas generaciones.

Los Quimbayas igual dejaron su aporte a la historia por cuanto hicieron una férrea defensa de su territorio y combatieron a los conquistadores españoles de quienes no querían ningún tipo de dominación o sometimiento. Lamentablemente, la colonia y su explotación acabó con ese impulso y muchos perecieron por los embates de los “centauros” y por una época que marcó el fin de una raza.

Una de sus piezas más admiradas es el emblemático poporo Quimbaya, pieza artística de arte precolombino que muestra toda la maestría y el talento para darle formas y estilos al oro. Cabe anotar que su uso fue ceremonial y puntualmente para el mambeo de hoja de coca. Hay que resaltar que ésta cultura, desde tiempos anteriores, tuvo un destacado espíritu de innovación y de creación artística.

Los Quimbayas fueron también excelentes agricultores y por ello en su dieta fue usual el maíz, la yuca, el aguacate y la guayaba, es decir que ese jugo acompañó a los humanos desde tiempos antiguos. Otra fuente de alimentación la encontraron en la caza y en la pesca, esa proteína estaba basada en carne de conejo, venado, zarigüeyas, dantas, armadillos, zorros y pecaríes, desde luego de frescos y enormes frutos del río.

Si uno mira en detalle, a Quindío tan solo fueron ingresando con el tiempo, algunos frutales, matas de plátano y el especial, próspero y amado café, que marcaría todo un hito desde la colonización antioqueña hasta nuestros días.

Al bajarnos del pequeño bus que nos llevó a Filandia la primera impresión es de máxima contundencia en la retina, indiscutiblemente se puede asegurar que en el Quindío hay unos afortunados ciudadanos que habitan en un bello cuadro, entre paisajista y retrospectivo que deja ver los encantos de una tierra en donde todo es muy bonito y supremamente amable. En ese balcón de montaña, las nubes también son curiosas y por ello bajan y cubren los cerros, haciendo que ese manto de formas de humo, cubra la vista, produciendo agrado, pero ese es un instante de la mañana porque con el correr de las horas, los rayos de sol irrumpen, iluminando con esplendor y subiendo una persiana de bruma que asciende paulatinamente para volver cuando la noche culmine y le dé paso a la fría madrugada en los montes verdes por donde corren quebradas así como cañadas.

Después de un recorrido por tierras quindianas, llegó en su Jepp Willys de color vino tinto, el dinámico caficultor y empresario del turismo, Nicolás Spath Botero, luego de quitar por unos breves instantes el sombrero de su cabeza y de abanicar su rostro, saludó con mucho entusiasmo y le dijo a Diariolaeconomia.com, que la situación cafetera es muy difícil, tan compleja, que al paso en que va podrá ser una lamentable pieza de museo como consecuencia de los bajos precios y de una muy baja o inexistente remuneración por capricho de los intermediarios o de los expertos que trazan cotizaciones en la Bolsa de Valores de Nueva York.

Agregó que tristemente la caficultura es una actividad agrícola en vía de extinción porque no hay incentivos o motivaciones de mercado que le permitan al productor de grano de calidad tener una rentabilidad por su arduo trabajo.

Este joven emprendedor que a sus 34 años ya tiene sus credenciales en el mundo de los negocios, hace parte de las últimas generaciones del café que están saliendo para las ciudades, haciendo muy poco promisorio un relevo generacional que tanta falta le hace a una caficultura que le dio tanto a Colombia, empezando por su identidad e imagen, extraída a lomo de bestia por las empinadas faldas de las cordilleras por donde transitan los arrieros luego de extraer esa cereza que brota en los cafetos que firmes se enganchan de los suelos fértiles de las nubladas montañas.

En opinión de este joven cafetero, es necesario y perentorio retornar al campo porque hay que defender la seguridad alimentaria y unos cultivos tan emblemáticos como el café que no pueden desaparecer porque ello sería una tragedia en los frentes económicos, culturales y sociales. Recalcó que el campo es tan importante, que de allí sale el alimento con el que se vive y el futuro de las nuevas generaciones.

“A la caficultura y a la agricultura como un todo la tienen amenazada la pérdida angustiante de rentabilidad porque al ritmo en que van los precios al productor, no será posible hacer sostenible la economía rural porque todos trabajan para ganar y si no hay ganancia pues el campo queda solo y en ese escenario habría que importar alimentos a unos costos sumamente altos”, declaró el empresario y caficultor.

Anotó que por la situación de precios, mucha gente se está yendo del café para buscar otras alternativas de ingreso, para quienes continúan en el café, dijo, la opción es la apuesta por lo micro-lotes y por ello cuenta con un cultivo de este tipo de mil árboles en producción. Ese café es tratado o beneficiado por Spath Botero en su pequeña finca El Berlín, quien luego de tostarlo y empacarlo, ofrece un café especial de muy buenas condiciones a los turistas que van a su finca a pasar unos días de encanto con los Coffee Tour, negocio que agrega ingresos y valor a una labor dispendiosa, pero igual de enamoradora.

La finca El Berlín, produce un café de excelentes tonalidades y aroma, que por su condición de especial es comercializado a un mejor precio. Este tipo de caficultura hace que los apoyos de la Federación Nacional de Cafeteros se enfoquen con mayor intensidad a esa tarea porque solo así, afirmó, es posible hacerle frente a las cotizaciones internacionales y a los mismos vaivenes cambiarios. Indicó que solamente dejando la siembra masiva y enfocando la producción cafetera hacia cafés de alto valor agregado habría espacio para la caficultura porque con menos volumen, mayor calidad, diversidad en marcas y múltiples orígenes, el mercado reacciona.

Un punto a tener en cuenta es la poca cultura por tomar buen café y si eso logra afianzarse en Colombia, el futuro de Colombia en el contexto ganadero será mucho más promisorio. La idea es que los colombianos, esos que sacan pecho por saber que están en la tierra del mejor café suave del mundo, lo tomen en preparaciones distintas y guiadas por baristas y profesionales en el arte de explotar las cualidades del grano.

“La gente debe saber que un café de origen es un café muy valioso porque nosotros garantizamos en una cadena productiva, ciento por ciento calidad y las mejores prácticas para llegar a ella. Quien tome nuestro café, no solamente bebe salud y un grano con el mejor proceso sino que apoya la juventud y el emprendimiento, tan de moda por estos tiempos, igual le da una mano a una generación anterior que viene de una estirpe cafetera y de unas familias que fueron pioneras en la caficultura. El asunto no es tomar café, como el que ofrecen algunas multinacionales o empresas procesadoras que usan la marca Café de Colombia para poner en el mercado granos importados, sin reconocer el esfuerzo nacional, hay muchas cosas, inclusive éticas que deben meterse en cintura”, conceptuó el caficultor.

Sobre el turismo, destacó que es una labor que ayuda como complemento a una caficultura golpeada, pero igual reconoció que este perfil turístico afectó a los campesinos y a muchas familias que hoy pagan productos o servicios como si fueran empresarios u operadores turísticos, y lo más grave, pagan tarifas de turista, asunto que impacta la economía local porque muchas familias ya no van a comprar o consumir en sus poblaciones porque la plata no les alcanza. Esta realidad que se está evidenciando, hay que morigerarla porque puede terminar con un problema social de gran calado.

El turismo en las fincas es una opción, aseveró Spath, pero aclaró que no todas las personas tienen la experiencia, los conocimientos o el dinero para adecuar las casonas y convertirlas en hospedajes o fincas temáticas. Manifestó que el turismo es un hijo del café que de alguna manera se impuso porque súbitamente llegó con los altibajos de la actividad cafetera.

Lo cierto, escribió, es que los servicios turísticos que los hoteles y las fincas venden suelen ser muy económicos para los extranjeros porque convertido a pesos, esa plata no es mucha, sin embargo dejó claro que los lugareños son personas del campo que no devengan en dólares ni en euros. Una idea del empresario es elevar las tarifas de turismo sobre pilares de calidad en servicios y en portafolio para el visitante.

Un Coffee Tour en la finca El Berlín, la de Spath, el del apellido libanés con 112 años de historia en Colombia, tiene un costo de 50.000 pesos y tarda entre cuatro y seis horas, pero la tarifa puede subir con dos horas adicionales de senderismo o caminatas ecológicas, muy apropiadas para la salud y la relajación espiritual por tratarse de caminos en bosques y un contacto totalmente natural.

Este tour incluye la recogida del turista en un Jeep Willys clásico modelo 54, en muy buenas condiciones, aspecto de gran valía por ser este carro una joya dentro del paisaje cultural cafetero. De allí va con su viajero a la finca El Berlín tras un corto tramo desde Filandia hasta llegar a una casa quindiana tradicional, muy campesina y construida en guadua en su mayor parte. El recorrido incluye una foto-agüita, con una cámara de comienzos del siglo pasado y una taza de café de la casa, es decir del mejor. En el recorrido se va viendo todo el proceso de la caficultura hasta que va a las tiendas o a los hogares de paladar extremadamente exigentes.

Hay una tostión artesanal para sacar provecho de los aromas y una preparación de café que deja ver todo ese potencial de café especial y con mucha diferenciación de los granos comunes. Este caficultor tiene una variedad Castillo en uno de sus lotes y cuenta con otro micro-lote con mil palos que crecen con buena perspectiva, gracias a que el Comité Departamental de Cafeteros los apoyó con los colinos y a una ayuda adicional que vino de la Alcaldía.

Ante la fuerte demanda de café especial, el gran reto para Nicolás Spath, es apuntarle a la exportación de este tipo de bebestible porque un grano tostado y con mucha calidad es sin duda la mejor salida para los caficultores de hoy. Por tal razón, añadió que la Federación Nacional de Cafeteros puede confiar en el compromiso de los jóvenes caficultores que con el impulso que da el gremio, puede garantizar producción de café por largo rato. Una salida exportadora y exitosa es la asociatividad porque la unión es sinónimo de triunfo.

Desde su punto de vista, el relevo generacional será clave en el futuro, pero eso hay que hacerlo de la mano de una institucionalidad cafetera que muy seguramente logrará consensos y metas para darle valor real al café y sobre todo a ese que tiene denominación de origen y valor agregado en calidad, la misma que marca la diferencia.

El también fotógrafo profesional tiene una vieja cámara fotográfica de 1954 con la que fotografiaron, muy seguramente los cafetos de una década difícil, esa herencia del abuelo hoy sigue vigente y dando ingresos por la fotografía artística que suma dinero para potenciar los gastos de la finca. Igual conserva otra cámara de 1889 marca Kodak la cual toma fotografías en placa, en ella se puede decir fue guardada la imagen de las cuitas cafeteras.

La apuesta de Spath por el café es total así como por todo lo tradicional y que trae la enseñanza ancestral porque de no ser así el campo tendría sus días contados y ello, dijo, no se puede permitir. El café arábico, insistió, es un activo por el que vale la pena luchar para optimizarlo y darle al mundo ese agrado que tan solo se experimenta al sabor de una cálida taza de café, pero eso solo es posible vinculando las juventudes al campo.

Este hombre aplomado, con los pies en la tierra y con ideas muy sólidas es un defensor de las buenas prácticas agrícolas y por consiguiente del medio ambiente. En esta finca, las mieles del café salen por un ducto para caer en un tanque que las acopia para reprocesarlas antes de verter la solución en la tierra. La finca tiene un manejo de aguas que limpias son muy útiles en la agricultura e igual maneja un concepto de pozo séptico para evitar daños ambientales o de la misma producción agropecuaria.

Las tejas de la finca son en PVC con películas de UV que evitan concentraciones de calor que finalmente afecta la atmosfera. Este método de preservación ambiental puede costar hasta veinte veces más de las cubiertas normales, pero esto no interesa porque hay un compromiso con la tierra.

“Nosotros tenemos la suerte en Filandia de contar con un Alcalde y con un Consejo Municipal, muy interesados en cuidar el medio ambiente, razón por la cual la administración fue reconocida en el ámbito internacional por su apoyo e impulso a un ecoturismo responsable y lleno de valores agregados. La idea es mantener un municipio sano y verde para que el turismo prospere, pero sin detrimentos o afectaciones directas”, apuntó.

La preocupación es latente en este joven y en otros caficultores que no quieren ver morir sus tierras que podrían terminar siendo explotadas por agricultores del extranjero, además es consciente que como en todo negocio, hay que vender café para sembrar y no sembrar café para vender a como a la Bolsa de Nueva York se le dé la gana. Los excedentes, dijo, nunca han sido buenos pues en la ley de la oferta y la demanda lo que más vale es aquello que escasea.

El productor destacó el trabajo del Comité de Cafeteros de Filandia y del Comité Departamental al considerar que han logrado consolidar una orientación permanente a cada caficultor. A lo anterior se suma la entrega de insumos y material genético, ayuda que muy bien se complementa con una labor profesional que no para en informar sobre innovación, tecnología, prevención por cambio climático y técnicas para obtener un buen café. Como si fuera poco, el Comité entregó árboles para mejorar el entorno ambiental.

Al llegar de nuevo al casco urbano de Filandia me despedí del caficultor y su amable padre, don Luis. En el recuerdo me quedó el entusiasmo de Nicolás, pero la mirada triste de Chepe, un perro de raza Rhodesian Ridgeback de mirada triste que me acompañó hasta Filandia. En los ojos afligidos del noble can, pareciera estar la imagen de Baruch, su gran compañero, un perro que a sus catorce años le dijo adiós a la vida y al entristecido Chepe.

Azulejo Café, empresa de valor agregado que alzó vuelo

Con la intensidad del sol, ese que se hace sofocante después del mediodía, tuve la oportunidad de platicar con Alejandro Escobar, otro joven cafetero que encontró en el café la felicidad y por ello decidió darle a este cultivo los mejores proceso de siembra, recolección, beneficio y tostado para garantizar un ingreso por encima del cicatero indicador de Nueva York.

Con mucho trabajo y compromiso, este productor le dio vida a su marca, “Azulejo Café”, una empresa familiar en donde participan sus padres con un micro-lote de 600 árboles, es decir un pequeño jardín de café que es cuidado con mucho amor. Desde su análisis, el futuro de la caficultura está en la siembra de grano especial, pero lamentó que por el escenario de precios, muchos caficultores están tumbando matas para ir a otras actividades lo cual es un hecho que genera abatimiento.

Anotó que lamentablemente los precios del café pergamino se rigen por los precios fijados en la bolsa de Nueva York y por ello la mayoría de los caficultores están trabajando a pérdida. Lo alarmante es que producir una arroba de café puede costar entre 75.000 y 80.000 pesos, pero esa arroba la pagaron recientemente a 65.000 pesos, como quien dice, imposible en un estado de pérdidas y ganancias. Para colmo de males los insumos se fueron al alza y por ello varios le dijeron adiós al café para ir al aguacate Hass, situación también complicada porque hay sobreoferta de la fruta y aparte de todo un daño considerable en el medio ambiente por las cantidades de químicos que requiere esta siembra, muy difícil de exportar ante las interminables exigencias y protocolos.

Azulejo Café tiene como característica venir de un micro-lote sembrado a 1.700 metros sobre el nivel del mar con variedad Castillo. Este café que tiene un exigente beneficio, una muy buena fermentación y un secado parabólico, es tostado en Filandia, proceso en el que se perfila y pasa a las manos de los consumidores que lo adquieren en libras o en medias libras. Como muchos en el sector, Alejandro igual mejora sus ingresos con un tour de café que sigue siendo un servicio turístico en boga en Filandia y en las zonas de producción cafetera.

El agregado de esta marca de café es el cuidado al medio ambiente y por ello los cafetos de estos micro-lotes crecen muy cerca de los árboles de nogal, vainillos, cedros, guayacanes, quiebrabarrigo y otros que invitan a las aves y a los pájaros a permanecer en un ambiente boscoso, muy agradable por la variedad lo que hace que la finca, no solamente venda buen café o turismo, sino avistamiento de aves exóticas.

Dentro de los valores agregados de la finca de los Escobar esta la capacitación permanente sobre mejoras en la prestación de servicios de calidad. Al igual que otras marcas de la región, Azulejo Café ofrece un grano especial de origen que cumple con todos los requisitos de valor agregado. Por estar creciendo el tema agroecológico, algunas fincas están trabajando en cafés orgánicos y con ello financian el cuidado de la reserva natural Barbas Bremen ubicada en Filandia.

El perfil en taza de esta marca deja literalmente un sabor agradable en el paladar porque el café ofrece aroma y fragancia a frutos secos, cuerpo medio, acidez cítrica y sabor a panela. La idea, afirmó, es mejorar cada día para poner precios remunerativos, capaces de darle sostenibilidad a un mercado que por momentos se hace difícil.

Una libra de Café Azulejo cuesta 18.000 pesos y la media libra se consigue por tan solo 10.000 pesos. La empresa cuenta con los mecanismos para hacer envíos de café a cualquier lugar de Colombia y ya mira opciones de exportación porque la idea es poner sabor y sello con mecanismos asociativos que puedan dar resultado.

La idea, conceptuó el empresarios es sacar esa tradición de monocultivo y darle a las fincas mayores usos y verdaderos conceptos de agro-.negocio. En su propiedad la marca convive con siembras de plátano, yuca, mandarina, limón y otros frutales. Todo se hace en dos cuadras de tierra, algo más de una hectárea.

“Anteriormente, todo estaba cultivado en café, pero nos pasamos a micro-lotes y con ello ganamos en eficiencia. El manejo es tan afortunado que hay unas áreas en donde hay una pequeña actividad ganadera. También hacemos un compost con el estiércol de vaca, con la cereza del café y con la vainas de verdura que sobran, con eso hacemos un abono que le da mejor calidad al café por su condición de producción orgánica, y la eliminación de malezas lo hacemos con machete, es decir cero químicos”, concluyó el caficultor, Alejandro Escobar quien aseguró que con valor agregado todo es posible porque no solo de la Bolsa de Valores de Nueva York Vive el hombre, el del café.

Coyuntura cafetera, como anillo al dedo

Otra charla grata fue la que sostuvimos con la empresaria, Laura Vanesa Caro Vanegas, quien es la propietaria de Qahwa, una firma dedicada a la joyería ecológica, puntualmente con borra y madera de Café. Allí trabaja con su socio, Jonathan Andrade Torres, con quien desarrolla un sin número de productos relacionados con la joyería y hechos con los residuos de café.

La borra, que es el café molido ya colado o filtrado es mezclada con glicerina o polímeros para compactarla y secarla hasta obtener una madera tipo aglomerado que es muy versátil a la hora de las manualidades porque permite hacer talla y dar formas sin inconveniente.

La marca Qahwa, expuso Laura Vanegas, ofrece anillos, collares, topos, aros y manillas, pero un dato para tener en cuenta es que la empresa le apunta a la innovación y por ello desarrolla permanentemente varios estilos, motivo por el cual permite encontrar accesorios grandes y pequeños, eso sí, muy finos y llenos de color y talento.

“Al extranjero le ha gustado muchísimo este trabajo porque les gusta la manufactura y además porque sienten que llevan a sus países un pedacito de Colombia en sus dedos, en sus muñecas, en sus orejas, o quizás en su cuello, muy cerca al corazón. Al ser un producto ecológico, esta joyería no mineral le da una mano al ecosistema y contribuye con la vida porque el único insumo que usa la empresa es el verdadero oro de Colombia, su café”, comentó.

Glosó que por ser un producto novedoso, sus manualidades han ido a España, Alemania, Turquía, Estados Unidos y a otros países. Este tipo de producto ha resultado un hit ya que suele ser el obsequio que muchos llevan a sus países junto con unas cuantas libras de café especial, ese que tan bien elabora la bella Filandia.

Los productos no tienen precios elevados en vista que hay topos con un delicado trabajo que van desde los 10.000 pesos.
La emprendedora que vio den el café una joya, creció entre árboles y cafetales, pero ante las vicisitudes, su familia se fue alejando de la caficultura en Filandia, pero con los años la finca fue vendida y la artista decidió seguir vinculada al mundo cafetero y por ello se preparó y logró capacitarse como barista y técnico en producción de cafés especiales.

“Hoy quienes vivimos del café tenemos tristeza porque la situación es muy compleja y ya muestra sus efectos, como hace unos años, nuevamente es usual escuchar a muchas personas diciendo que les tocó vender su finca, acabar con el café o pasarse a ganadería, tristemente a los productores primarios siempre les va mal, es por eso que el campo está en veremos, y eso debe preocupar”, manifestó Caro Vanegas.

Salimos a tomar café quindiano y visitamos la iglesia de la Inmaculada Concepción, un bello templo construido en ladrillo, con tres entradas para los feligreses y pintada en su parte exterior de tonos crema, azul grisáceo y naranja, deja ver esta parroquia ventanales en vitral y tres cúpulas en la parte alta, la de la mitad con dos niveles en donde es visible un reloj de fondo blanco con números romanos y la Santa Cruz. Allí vimos gente orando de hinojos, posiblemente pidiéndole al Altísimo que interceda en Nueva York para que los precios del café suban porque de lo contrario habrá en la Colombia cafetera tristeza y ruina.

Filandia, fue una tierra de bastos paisajes, llamada inicialmente, por allá en 1540 por los españoles Provincia Quimbaya. Con el tiempo el sitio sirvió para levantar un caserío que fue bautizado con el nombre de Nudilleros un 20 de agosto de 1878, gracias al empuje de los colonos que llegaban desde Antioquia. Pasa el tiempo y en 1892 el sitio es elevado a la categoría de municipio.

Si bien don Felipe Meléndez es un referente de los primeros colonizadores, lo cierto es que ya en 1830, un cinco de enero, el Libertador, Simón Bolívar, se detuvo en el paraje para descansar. Los cronistas narran que antes del proceso de colonización, muchos antioqueños visitaron la región en donde fue común la guaquería. Igual, en ese tiempo, Filandia se afianzó como un punto estratégico para el transporte y el comercio de los estados de Cauca, Antioquia y Tolima.

El 20 de agosto de 1878 el empresario, Felipe Meléndez, acompañado por otros empresarios y por colonos que llegaron a pie, a lomo de caballo o en mulas, decide establecerse en el espacio que actualmente se conoce como Calle del Empedrado, en el muy espectacular sitio al que llamó Filandia, allá en un filo de las colinas andinas, en la cordillera central, en donde sacaron herramientas, cobijas y otros aperos para dar inicio a una nueva aventura sedentaria que desde sus inicios vio correr niños, trabajar intensamente a los hombres que edificaban el casco urbano y matronas de gran carácter que llevaron a Dios y a la Virgen en sus recios corazones, pero igual en escapularios, rosarios y camándulas, porque la religión igual que esos tozudos viajeros y aventureros, debió desplazarse por bosques y desafiantes montañas.

Al caminar por los senderos cafeteros de la imperecedera Filandia, el pensamiento viaja por las faldas de las montañas y trata de hacer conexión espiritual con la naturaleza, expresada en el cántico de las aves y el sonido de regatos que vienen timoratos de los picos helados en donde son lanzados por remansos y manantiales para correr con aguas finas y gélidas por entre piedras lizas, igual intervienen en el concierto natural, las ramas de árboles que bailan con la fuerza del viento.La vista suele engalanarse con ese paisaje frío del techo quindiano, ese en donde unos vapores incipientes le van dando vida a las nubes que cargan gotas de agua para luego izarse y bañar la cordillera.

En esos caminos amables y verdes de Filandia, todavía se respira selva verde revuelta con historia, coraje y café. Al avanzar por caminos y laderas es posible quedar atrapado en el tiempo y ver con asombro las huellas placenteras del ayer. Con cada paso se eleva la mirada y llegan a la mente los gritos y las risas de los atrevidos colonos, todavía se escucha el zumbido de machetes abriendo caminos y el crujir de las ramas que fueron quedando yertas a la orilla del nuevo paso. Aún se escuchan caballos y mulas cansadas llegar inquietas a los aguaderos en donde antes de mojar sus labios con dulce líquido, algunas raspan el piso en señal de molestia por la dura travesía. Allá en las naturalmente decoradas tierras del Quindío sigue vivo el grito de la madre tierra, en donde resoplan y bufan caballos, que impasibles miran con cierto asombro la manera dura y osada del surgimiento de una nueva raza de hombres y mujeres paisas, los caballeros con sombrero aguadeño, carriel de cuero grueso y peinilla al cinto, que irrumpieron en la oscura arboleda con el reto que implicó en ese entonces la complicada colonización antioqueña.

No en vano lo dice su himno repleto de orgullo y pertenencia, ese que desprendió del haber dominado la selvas y haber erigido ciudades y caminos a golpe de machete y desmontando trozos cordillera. “A Filandia la hija del Ande hoy gozosos debemos cantar, ya su gloria se escucha y expande, ya iniciamos la marcha triunfal”. Ese canto se observa en los rostros orondos que acuden a la plaza principal, a los puntos de encuentro para tomar café o en los balcones coloridos de las casas grandes que le dieron nombre a la Calle del Tiempo Detenido, en un punto en donde Filandia muestra el ayer con el toque valiente y decidido de la colonización antioqueña. No era fácil hacer ciudades a mano y bestia y luego volverlas cafeteras, pero el tiempo mostró que todo con empeño es posible y que hoy el “Municipio Colina Iluminada”, fulgura en los Andes como una joya que brilla con luz propia.

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