Domingo, 02 Junio 2019 02:42

Café, arriería e historia, los encantos que enarbolan los caminos de Caldas

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Los productores saben que el café se acompaña con fe y por eso saben que los precios reaccionarán sobre la base de un café único y siempre especial.

Una mañana intensa en sol, pero paradójicamente advirtiendo un aguacero próximo fue la cinta que cortamos cuando la camioneta Nissan blanca en la que llegamos a Manizales pasó por los portones enormes que hay al ingreso de la hermosa capital de los seudónimos en donde dice en la parte alta “Bienvenidos a Manizales, la Ciudad de las Puertas Abiertas”. El paisaje verde en el recorrido que arranco en Armenia, pasando por Pereira, dejó ver un espectáculo natural y otro agrícola para replicar ya que en las inmediaciones de la capital del departamento de Caldas toma mayor esplendor el paisaje cultural cafetero, pues no en vano hay faldas cultivadas con café suave colombiano y una seguidilla de plataneras, árboles y plantas de diversas especies. Desde luego está a la vera del sendero la emblemática Josefina, esa hermosa flor semejante a la orquídea que ondea oronda de vasijas en balcones y altillos ornamentales, no menos importante es la guadua, ese árbol insignia de la región porque representa agua y vida, pero también un soporte estratégico y un insumo vital en ese fenómeno social de mediados del siglo XIX llamado Colonización Antioqueña.

No exageró Octavio Hernández Jiménez, el reconocido escritor, ensayista y académico caldense cuando escribió ese excelente artículo titulado, “Caldas es un Jardín”. Sencillamente éste departamento cafetero es la casa abigarrada y hermosa que le da albergue a novios, geranios, porcelana, josefinas, margaritas cartuchos, millonarias, besitos, begonias, primaveras, cortejo, orquídeas, anturios, fucsias, balazo, cactus, cheflera, Palmas, cuerno de venado, centavito lágrimas de bebé, zulianas, cinta, sábila, crisantemos, conservadoras, violetas, caladio, mirto, cebolleta y vara de San José entre tantas. Reitero, el autor pintó con detalle la riqueza natural y botánica de un departamento en donde sobra la belleza natural.

El departamento de Caldas creado en 1905 hace parte del próspero Eje Cafetero y le debe su existencia en principio al Presidente de la República de la época, Rafael Reyes Prieto, Hay que recordar que el Gran Caldas contaba en su jurisdicción a regiones importantes como el Quindío y Risaralda las cuales dejaron el enorme departamento en 1966 cuando dejó de existir el Viejo Caldas o la Mariposa Verde.

En diálogo que sostuvo con Diariolaeconomia.com, el Gerente General del Comité de Cafeteros de Caldas, Marco Tulio Hoyos Duque, aseguró que Caldas y Manizales hacen parte de una gran región de enorme vocación cafetera, motivo por el cual todo gira en torno a una caficultura que logró afianzarse como el gran motor del desarrollo del departamento y de un país si se miran los antecedentes y la historia económica de Colombia.

En opinión del directivo, la caficultura tiene dos elementos fundamentales porque hay una actividad cafetera con un alto nivel de tecnificación, factor que garantiza altos niveles de productividad y con relación a la calidad, buena parte de la responsabilidad para producir café de alta calidad está en las labores de los caficultores a la hora de la recolección, el beneficio y secado así como todo lo atinente a labores de pos-cosecha.

“Estamos muy comprometidos aquí en el Comité Departamental en aras de reforzar todas aquellas actividades que les permitan a los caficultores producir granos de muy alta calidad y totalmente diferenciados. Eso lo podemos ratificar con los saldos que arroja el concursar a nivel nacional e internacional pues basta analizar los resultados de la muestra hecha en Boston, Estados Unidos, en donde el café de Villa María Caldas, obtuvo un precio record en esa subasta pues no en vano le fueron reconocidos 54 dólares por libra de café, una cifra muy superior a las cotizaciones del momento que no alcanzan el dólar. En esas evaluaciones de calidad podemos decir que vamos por la ruta adecuada”, comentó el señor Hoyos Duque.

Lo anterior, declaró el Gerente General del Comité de Cafeteros de Caldas, es un mensaje a los caficultores y a la institucionalidad en el sentido de que la calidad del café si paga. Reconoció la labor del Gerente General de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, Roberto Vélez Vallejo, quien ha hecho que el café colombiano se reconozca como un grano suave, lavado de alta calidad. Agregó que llegará el momento en que la industria reconocerá un valor adicional al que hoy le remunera a Colombia por el tipo de café que exporta.

Los líos de ingreso los puede solventar el mercado interno

El Gerente General del Comité de Cafeteros de Caldas, Marco Tulio Hoyos Duque aseveró que una estrategia que fue diseñada desde la Gerencia Nacional y el Comité Directivo consiste en recuperar la rentabilidad para el caficultor porque no es justo ni conveniente para un sector trabajador y juicioso que el ingreso no compense ni siquiera los costos de producción.

Ante esos escenarios de desplome en la rentabilidad por los precios que fija el mercado internacional, una de las vías para obtener ganancias y saldos positivos en el ejercicio está por el lado de mejor reconocimiento de la calidad por parte de la industria que debería pagar como mínimo 1,40 o 1,50 dólares por libra de café exportada. Otro ítem para canalizar mejores ingresos y en donde hay un trabajo y un compromiso de la institucionalidad es el café especial que debe tener un valor y un reconocimiento mayor dependiendo del timbre o sello que tengan.

A criterio de Hoyos Duque, hay también estrategias para mejorar la rentabilidad y es optimizando y racionalizando costos que resulta una parte importante de esa compleja fórmula para ganar más sobre bases de eficiencia. En ese orden de ideas, dijo Hoyos Duque, en todas las variables que afectan la rentabilidad, la Federación tiene establecida una estrategia para que en esa ecuación la sumatoria llegue con una rentabilidad positiva en la dura actividad cafetera con mayores ingresos y menores costos y gastos. A juicio suyo, se trata de una fórmula elemental, muy fácil de entender que muestra los oficios del gremio cafetero que no descansa en explorar salidas para retomar el factor rentabilidad.

El Comité de Cafeteros de Caldas elogió esa campaña que avanza muy de la mano con el gobierno y que consiste en estimular e incentivar el consumo en Colombia de un buen café que no es otro que el que brota de las fincas caldenses y colombianas, de muy buena calidad.

“Lamentablemente la mayoría de los colombianos tienen por costumbre ir a los supermercados o a las tiendas y adquirir cafés de la industria nacional que son elaborados con granos de no muy buena calidad. Por esa vía estamos trabando para que los nacionales demanden café realmente bueno y generen una cultura de consumo de café de Colombia, es decir que entren por la senda de consumir lo mejor porque igual que el resto del mercado, el de Colombia también tiene derechos y en este caso es a tomar café excelso de imbatible calidad”, expuso el señor Hoyos Duque.

Caldas, una caficultura dinámica y de gama alta

Al mirar los datos de la caficultura caldense se observa un vigente ADN que viene desde los añejos tiempos de la Colonización Antioqueña. Las siembras siguen siendo importantes y es visible esa estrecha relación entre la caficultura y la felicidad.

Este departamento con extensión en las cordilleras central y occidental, con mayor territorio en la primera goza de grandes privilegios y características para una caficultura de excelencia. A ese factor lo acompaña una hidrografía importante toda vez que cuenta con las aguas de ríos como La Miel, Samaná Sur, Arma, Risaralda y Guarinó. Igual están las cuencas del río Cauca y las de los ríos Chinchiná, Pácora y Supía. No menos importantes son las afluentes Pozo y Maiba con afluentes como el Chamberí, Pocito y San Lorenzo entre otros.

Revisando las cifras de 2018 se puede decir que Caldas es un departamento de 33.000 caficultores de los cuales el 92 por ciento son productores de menos de cinco hectáreas, es decir una caficultura de pequeños cafeteros. Caldas cuenta con 66.000 hectáreas sembradas con café en donde la tecnificación se da de acuerdo a la edad, densidad y tipo de variedad de los cafés que suelen tener altos puntajes. La taza promedio del café del departamento se ubica éntrelos 84 y 85 puntos, pero hay granos con tazas de 86, 88 y 89 puntos, dejando espacio para aumentar las calidades.

Hay que decir que hace diez años Caldas producía café en 100.00 hectáreas aproximadamente y hoy en 66.000 según registros del Comité Departamental la productividad ha mejorado de manera ostensible. La reducción en hectáreas igual no pesa en esa tradición productiva porque Caldas sigue siendo una región de gran vocación cafetera pues en cada uno de los rincones del muy bonito departamento se vive, se respira, se siente y se toma el café todos los días.

Los bajos precios del café hicieron que muchos pensaran en cambiar de actividad económica, sin embargo por las condiciones óptimas que ofrece el gremio junto con la tradición y la historia la mejor opción es seguir en el café porque a criterio de Hoyos, es un cultivo que cuenta con un esquema y un diferencial de mercado que invita a esperar y dejar que las nubes negras se marchen que al parecer emprendieron viaje porque la carga de 125 kilos de café se paga hoy a 820.000 pesos.

“Permanentemente les decimos a los caficultores, hay momentos difíciles, hay coyunturas, pero todos tenemos que hacer un esfuerzo para seguir en la actividad y la institucionalidad está muy convencida que buena parte de esa rentabilidad llega a través de mejores precios y por eso todos estamos enfocando nuestros esfuerzos en ello y ya empezamos a notar algo de mejoría”, apuntó Marco Tulio Hoyos Duque.

Un hecho para destacar es que luego del Foro Mundial del Café, realizado en la ciudad de Medellín y liderada por la Federación Nacional de Cafeteros, el mundo cafetero estrechó lazos de unión en torno a un sentido y perentorio llamado de mejorar las condiciones para el productor primario de café. Desde ese día la convergencia fue total y fue así como Colombia logró afianzarse como vocero autorizado de la caficultura a nivel mundial.

Si bien hace unos veinte o treinta años tenía plena vigencia la Organización Internacional del Café, OIC, en donde se sentaban productores, industria y consumidores cada año a mirar las tendencias del mercado desde diversas ópticas, lamentablemente ese protagonismo de la OIC se ha venido marchitando y es por ello que los productores han retomado relevancia, gracias a las gestiones que lideró Colombia, haciendo que haya un interlocutor entre productores y consumidores.

Según Hoyos, ese liderazgo refuerza la importancia de la institucionalidad cafetera en Colombia y agregó que esos inmensos esfuerzos puede haber eco en un mundo globalizado en donde pese a la competencia, hay autoridad, vocería y futuro para el café del mundo.

“Es por eso que resulta placentero vivir en torno a la caficultura colombiana y es por lo mismo y por tantos retos y logros que resulta imposible no amar al café”, concluyó Hoyos Duque.

Un café bendecido y cultivado por Santa Teresita

Saliendo de Manizales por la vía a Neira es posible llegar a una vereda conocida como Santa Rita, la misma que alberga la finca Santa Teresita en donde su propietario, José Joaquín Arias Ospina, siembra un café de muy alta calidad.

En 4.5 hectáreas que están dentro de la jurisdicción de Manizales este emprendedor de 51 años de edad, le apuesta no solamente a sembrar el mejor café sino a comercializar grano tostado, con características especiales, tonalidades únicas y un sabor que enamora al paladar más rígido. Al platicar con este caldense de pura cepa se puede concluir que once años en la caficultura no han sido en vano entre otras cosas porque sus ancestros le inculcaron las mejores prácticas agrícolas que aplicadas a la caficultura redundan en unos resultados inmejorables por la calidad que aprendió a cosechar y al valor agregado que sabe, le produce más renta.

Su señor padre fue Marco Tulio Arias, tolimense quién llegó a Caldas, sembró café y terminó su ciclo de vida en Villa Hermosa, Tolima, un pueblo que limita con tierras caldenses. La señora, María Angelina Ospina, acompañó a Marco Tulio en sus travesías y trabajos en unas fincas que producían café de alta calidad para su exportación. La madre del caficultor hoy tiene 83 años de edad y vive en la ciudad de Bogotá en donde a 2.600 metros de altura piensa a diario en sus siete hijos que viven unidos alrededor de la caficultura porque todos siembran y comercializan café.

El café le ha dado mucho, o todo a José Joaquín quien ahorrando los recursos que logra de la actividad cafetera ha logrado sostener una familia en muy buenas condiciones, a tal punto que financia con trabajo la universidad de sus dos hijos y las peticiones de su señora esposa.

Al hablar sobre los recientes tiempos de malos precios, Arias Ospina reconoció que hubo momentos difíciles, pero que gracias a esa hermandad y unión que hay en el café, fue posible superar escollos así como unas circunstancias demasiado complejas. Destacó que los caficultores hacen parte de un gremio trabajador, dedicado y pacífico que habla sobre sus problemas, pero no apelando a las vías de hecho o a la destrucción de una imagen por años resguardada y potenciada por gestión y posicionamiento del café como marca y denominación de origen.

Este productor es una persona responsable con su trabajo y con visión de negocio porque suele apostarle a la calidad, a la renovación de lotes y a la innovación. Si bien no llega a su bolsillo el dinero que espera, lo cierto es que recibe mejores precios y primas como consecuencia de producir un café de muy buena taza. En los más agudos líos de precio, Arias Ospina recibió bonificaciones de 2.000 y 3.000 pesos por arroba a la hora de vender su grano.

“Hubo momentos supremamente crudos en donde muchos caficultores vendieron sin prima y a pérdida por una calidad inferior que no daba ni para sostener el lánguido precio del momento. Aquí se puede decir que terminaron castigados por no producir y beneficiar con calidad”, señaló el caficultor.

Dentro de las observaciones que hizo de la coyuntura, Arias expuso que sin duda alguna, promover el consumo interno de café será determinante en el ejercicio de la caficultura, además porque hay un gana-gana en donde el caficultor vende su grano ya procesado a un precio justo y el consumidor, por no mucha plata, tiene acceso a beber café colombiano excelso de gran categoría. Dijo que tristemente el público va tras lo que ven en medios y en publicidad, adquiriendo café sin calidad y lo que es peor cultivado en otros países como Brasil, Ecuador, Perú o algunos centroamericanos.

Insistió en que el colombiano del común debe tomar café de calidad con lo cual contribuye a darle valor agregado al producto nacional y a vender en Colombia a buen precio lo que pagan mal cuando quieren en los mercados externos. En línea con la Federación, Arias considera que es mejor dejar de comprar café común y barato para comprarle a Colombia un café de calidades inmejorables, con lo cual vendría una verdadera transformación en la caficultura con muy buenos resultados para los productores.

Viendo que hay casos, y no pocos, en los que la venta regional de café procesado y tostado deja buenas utilidades por cuanto hay libras que pasan de los tres dólares, es viable pensar en reestructurar la caficultura para que sea rentable fuera y dentro del país porque hay mecanismos que hacen viable la actividad cafetera, pero solo con mecanismos que lleven implícita la calidad.

“Claro que sí podemos y allí están las asociaciones que si bien tienen su dificultad, cuando arrancan y hacen las cosas al derecho dejan ver sus bondades. La asociatividad es una alternativa muy conveniente que puede ser aún más amable cuando se logre mejorar el precio y recuperar la rentabilidad porque con buenos ingresos la caficultura tiende a aumentar y no a disminuir, muestra del éxito del modelo es todo el proceso de crecimiento de los llamados tigres asiáticos”, precisó el cafetero.

José Joaquín Arias Ospina, como buen caficultor, está en pie a las cuatro o cinco de la mañana, pero en épocas de cosecha la madrugada puede ser mucho más rígida porque hay que ir a vigilar los cafetos y percatarse de que no les falte absolutamente nada. En ese proceso está la recolección, el despulpado, la fermentación, el secado, el lavado y todo lo que corresponde a garantizar calidad, el tema de los trabajadores lo maneja por aparte y con una persona de su entera confianza.

Arias igual escoge café y hace todo lo posible porque no falte nada en la finca lo cual incluye la buena atención a quienes trabajan con él. Un jornal a todo costo, es decir con dormida, desayuno, almuerzo y comida cuesta en promedio 38.000 pesos. En época fría, es decir cuando hay grano por recoger, pero no en cosecha el valor baja a 36.000 pesos.

En medio de las vicisitudes José Joaquín no se deja amilanar por las circunstancias y saca lo mejor de sí, es decir valor e inventiva. Este caficultor no conoce la derrota y sabe que una sonrisa a la adversidad se transforma en la más grande bendición. En medio de su lucha y su constancia creó su marca propia de café especial, “Café de Altura Santa Teresita”, un grano excelso que puesto en Bogotá no supera los 18.000 pesos la libra, como quien dice, el que no toma café bueno en la capital del país es porque no quiere.

Confesó que hay momentos tan duros en los que dan ganas de llorar, empero, supo que lo mejor es buscar alternativas y mirar su tierra no como una finca sino como una empresa que amerita una contabilidad estricta en donde quede reportado en detalle el mínimo ingreso o egreso. Es tan rígido que tiene por tarea hacer la comparación con otras fincas eficientes para saber si va bien o si tiene que acudir a otros mecanismos de alta eficiencia.

Invitó a los colombianos a entender la caficultura de base para que así mismo le compren café a los productores nacionales que deben sembrar y cosechar así caigan diluvios, así amenacen los truenos o así el sol derrita hasta la paciencia. A quienes no lo saben, la diferencia entre un café normal, comercializado en góndola y con millones de pesos en publicidad con el especial, cultivado y transformado por un agricultor colombiano es tan solo de 2.000 pesos, no mucho para lanzarle el salvavidas a un caficultor que debe premiarse con grano de calidad.

Como muchos en estos recorridos, Arias Ospina expresó su tristeza por la falta de una política de estado para el campo porque solo así es posible mantener precios y rentabilidad, pero de lo contrario, o labrando al garete, el negocio pulpo queda en manos de los intermediarios, dejando pobreza, deudas y embargos a quienes trabajan la tierra. En su análisis, Arias dijo que si llega el apoyo desde el gobierno, hay futuro porque afortunadamente hay campo para el café y café para el campo.

“Un problema serio es para quien produce perecederos porque vende o vende luego de cosechar porque caso opuesto se queda con los productos, y es justo allí en donde está el lío porque todo un trabajo y un intenso esfuerzo se queda en las manos de quienes hacen negocio con la necesidad del campesino. Aquí es en dónde necesitamos al gobierno para que enderece esas cargas y le dé opciones a la ruralidad, yo creo que este gobierno tiene voluntad y seguramente nos dará buenas noticias”, declaró Arias Ospina.

El cafetero es todo un “volador sin palo” pues aparte de administrar su finca es socio de la cooperativa de caficultores y hace parte del Comité, es decir que está en la jugada cafetera. Hoy desde la tranquilidad de su finca piensa que el café le dio una mano importante al desarrollo de Colombia y cavila sobre lo ideal que resultaría que los hermanos colombianos demandaran más café especial y con denominación de origen y así darle oxígeno a una actividad que es loable, emblemática y prospectiva. Su marca es fácil de adquirir en los centros comerciales Gran Estación, parqueadero sótano uno y en Puerta Grande San José en la entrada tres.

El café es tan bueno que mientras piensa en el devenir se va consumiendo sus ocho o diez tazas de café, pues toma del que produce del que tiene la certeza, no solamente es del bueno sino el mejor. Agradece a Dios tener salud para producir y ser el dueño de una finca que le aporta a la riqueza del país. Le pone triste la corrupción que se mide en billones de pesos en medio de la impunidad mientras los campesinos y los caficultores se hunden en el desdén o se funden en un gran dilema, el irse o quedarse.

La verdad fue todo un placer visitar el Comité de Cafeteros de Caldas en el centro de la ciudad o en la nueva y pomposa sede en el famoso “Recinto del Pensamiento”. Desde la “Manizales del Alma”, de “La Perla del Ruíz”, de la “Capital del Afecto”, de la “Capital Mundial del Café” o de la “Colina Iluminada”, como quiera que se le diga a Manizales se parte a una aventura cafetera que agrada, complace y encanta porque hay muchas historias que hay detrás de guaduas, montañas y cafetos.

Viajar por esas montañas y senderos caldenses resulta la mejor experiencia toda vez que el departamento tienen todo tipo de climas térmicos toda vez que cuenta con zonas bajas y sumamente cálidas sobre la franja del río Magdalena que le da forma a unos valles y dehesas en donde prospera una espectacular ganadería tal y como pasa en los llanos que forma el río Cauca. Al subir de esas planicies, se ingresa al Caldas de montaña que va regalando climas templados y fríos hasta llegar a unas nieves inmortales que logran su máxima expresión en el Nevado del Ruíz. En esas montañas se siembra y se le da beneficio a un café de aroma y sabor apoteósico que deleita los gustos más exigentes dentro y fuera del país.

Allá en esas verdes y preciosas tierras el café ganó prestigio y le dio una calidad a un grano especial que sabe mejor cuando se siembra en Colombia, pero con un saborcillo mucho más fino y noble cuando sale de las complejas y empinadas montañas de Caldas a donde llegaron los colonos paisas buscando reservas auríferas, pero que lograron encontrar un verdadero tesoro en la siembra de café.

Esta región trabajadora y capaz en donde unos balcones de colores permiten saborear su historia como su café deja ver aún A Jorge Robledo combatiendo con los aguerridos caciques Titirama y Pimarucua en 1536. Igual se sienten gritos y lamentos de aborígenes asesinados con esa crueldad única y aterradora de Sebastián de Belalcazar, el sabueso que murió esperando su ejecución y frustrado por no encontrar el anhelado tesoro de El Dorado.

Esta es la pujante caficultura de Caldas, la tozuda y firme actividad que muestra esa vena paisa de aguante y trabajo al límite en esas montañas de picos invisibles porque de manera egoísta los cubre la neblina gruesa y amenazante que los arropa con gélido encanto para luego llorar en los cafetos a manera de rocío o leve lluvia que refresca las hojas verdes y los palos de donde brotan cerezas de café, rojas y húmedas, listas para su beneficio y para hechizar paladares y exigencias.

La recia tierra de las mulas que suben y bajan cerros cargadas de café decora el paisaje con esa recua de cuadrúpedos que cansada deja que la descarguen para luego ir a buscar pastos y abrevaderos. En esas lejanas estribaciones logran darse encuentro los arrieros y algunos campesinos que ven bendito sitio en fondas y estancos en donde logran dar forma con efectos de guarapo a fantasmas y voces que salieron de la maraña.

El café sigue naciendo excelso en las tierras decoradas de Caldas, los tiempos han pasado y los escenarios igual lo hacen, empero hay allí unos caficultores bizarros y llenos de ánimo que no dejan que los venza la coyuntura ni que los asuste unos fantasmas económicos que lograron conjurar a fuerza de empuje y aguante porque siguen sembrando grano muy bueno que crece con el acompañamiento de helechos, palmas, arroyos, quebradas y frutales. En ese punto de Colombia, del viejo ferrocarril de Caldas puesto en marcha por allá en 1911, se hace el milagro del mejor café porque de las frondosas montañas hay un insumo básico que sobra en las fincas y que se expresa en compromiso, cultura y amor.

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