Domingo, 07 Julio 2019 10:17

Historia excelsa de un café que marca: El compendio de Cundinamarca

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La caficultura de este departamento fue una de las más importantes de Colombia y heredó un comercio que bajó de los santanderes para alcanzar unas producciones elevadas que llegaron con prestigio a los mercados del mundo.

La espectacular y clerical caficultura, esa que empezó de forma ornamental en la vertiente del río Orinoco en 1730 cuando el padre José Gumilla la trajo desde tierras venezolanas paso luego al nororiente del país en donde tomó características comerciales una vez el presbítero, Francisco Romero, la hizo extensiva en 1835 para darle ese primer aire de importancia a un grano que ya contaba literalmente con las bendiciones requeridas.

Puede afirmarse que la actividad cafetera, esa que tuvo como eje la cordillera oriental en donde la mano de Dios coadyuvó con las primeras exportaciones, en primera instancia por la Aduana de Cúcuta, pasó a Cundinamarca por allá en 1850 en donde fue tomando tanta fuerza que la provincia cundinamarquesa llegó a ser junto con Santander el gran productor de café pues no en vano los dos departamentos sumaban el 80 por ciento de la producción nacional de café.

En esta travesía cafetera fueron protagonistas los hacendados de la época, sus esposas, las fértiles tierras y una fuerza laboral campesina casi que con sello de propiedad en cada finca. Igual fueron importantes y determinantes las mulas, burros y caballos, una fuerza bruta sumada que ayudó a extraer ese elixir aromático y de sabor insuperable de las más duras, impías e indómitas montañas, las mismas que prestaron sus faldas para la siembra de un producto que le pondría fuerte competencia a los símbolos patrios.

Eran quizás los lamentables finales del siglo XIX, esos que estaban impregnados de sangre, una con mácula y otra inocente, eran los aciagos momentos de la guerra de los mil días, una situación que arruinó al país y de paso se sumó a una enorme crisis de precios internacionales que llegó entre el final del siglo en mención y los albores del siglo XX. Como de costumbre, a la caficultura le correspondió rehacerse y reinventarse, eso sí, no olvidando la dinámica que puso el grano en los mercados de Estados Unidos, Francia y Alemania, gracias a los despachos que fueron posibles por el puerto de Girardot sobre el río grande de La Magdalena. Ese era un momento en sepia, en donde la historia seguía y el cual le brindó al país la oportunidad de contar con un grano que le iba a dar mucho desarrollo y opciones a Colombia.

Mientras Cundinamarca marcaba la pauta, el auge de la colonización antioqueña matizaba la caficultura pues esta arrancó después de 1830 buscando nuevas tierras para la siembra del cautivante producto. Ya en esos tiempos de migración o repoblación del Viejo Caldas, Cundinamarca con otras regiones lideraban un comercio internacional basado en las exportaciones de tabaco, quina, cuero y ganado. Entre 1850 y 1857 la producción cafetera pasó de 60.000 a 600.000 sacos demostrando que empezaba a afianzarse una economía primaria de escala que tendría marcado un afable devenir. De una siembra incipiente en Salazar de las Palmas en Norte de Santander se pasó a la propagación de siembras cafeteras en Santander y Cundinamarca que a la fecha, ya con la suma de los departamentos cafeteros, todos, le dieron dinámica económica al país como también la opción de desarrollo, la puesta en marcha del ferrocarril y toda una serie de favores sociales que a la fecha siguen dejando marca, en Colombia y en Cundinamarca.

Terminaban las fiestas de San Pedro y al descender del bus azul con letras rojas de Expreso Tequendama, saludamos a la población de Viotá notando ese guayabo de la gran celebración. Por fin tocábamos la emblemática tierra del café por excelencia en Cundinamarca. Viotá fue en tiempos de los muiscas una tierra prospera en donde se compartía frontera con la familia de los panches.

La otrora Biutá de los distinguidos muiscas, bañada por las aguas del río Calandaima era el sitio original de la Viotá única y llena de matas de café. Esta siembra incursionó en esta población de la Provincia de Tequendama a finales del siglo XIX, pero alcanzó un auge importantísimo entre 1920 y 1940. En 1912 y con una paz firmada con la cual se conjuró la Guerra de los Mil Días, Viotá creció a un ritmo acelerado por ser toda una meca del café en Cundinamarca.

Este municipio fundado en 1777, es dueño de unos suelos de muy buena calidad en donde crecen café, plátano y naranjas, pero en donde igual brotan alimentos como el maíz, la yuca, cebolla, cilantro y tomate acompañados de una gama interesante de frutas como mandarina, maracuyá, guama, papaya, aguacate y mango. En Viotá igual es importante la ganadería así como la cría de aves de corral, la porcicultura, la piscicultura y una apicultura que aporta miel y alimento para los pobladores.

Para hablar de café con los productores emblemáticos salimos del casco urbano a las veredas, partimos en un carro tipo Jeep de marca Dahiatsu modelo 1979, un vehículo de gran fuerza y muy propicio para transitar por unas vías destapadas en donde las nubes de polvo son comunes en verano, pero en donde el barro se hace el enemigo a vencer en tiempos de intensas lluvias.

El señor Darío Fonseca nos llevaba a la Finca Manantial Recreo, y mientras avanzaba viendo como la lluvia con unas gotas finas invadía el panorámico, nos narraba la historia de la caficultura de Viotá que fue mermando con el correr del tiempo, de un lado por el cambio climático, pero básicamente por la recurrente caída de los precios en el mercado internacional. Con su fino buen humor, Fonseca habló de la agricultura del ayer y de la alarmante pérdida de área cultivada, no solo en café sino en otros productos que son determinantes en la seguridad alimentaria.

En una bonita finca cafetera de tres hectáreas pletórica de flores y con unos aromas dulces a hiervas y plantas medicinales, en donde también hay cultivos de plátano y naranjas que brotan de los árboles de manera generosa, Diariolaeconomia.com, habló con el caficultor, Arnulfo Farfán, quien dijo que en sus 58 años de trabajo en la caficultura de sus 66 de existencia, ha encontrado felicidad, aprendizaje, retos, alegrías, pero igual angustias y tristezas.

Este hombre cordial que al dejar su cuna aprendió a caminar agarrado de los cafetos deja escapar un orgullo superlativo toda vez que argumenta que es caficultor tal y como lo fue su padre, solo que saca aún más pecho cuando reconoce que aprendió por encima de todo a hacer una muy buena labor con el café, ese que beben en tantas partes del mundo.

Evocó que sus padres llegaron muy jóvenes de Boyacá a las haciendas cafeteras de Cundinamarca en donde afianzaron un vínculo familiar que empezó hace unos noventa años para entregarle a las caficultura unos herederos estrictamente formados en las siembras del café.

Farfán expuso que el país tiene que tener muy claro que la caficultura, como muchos creen, no tiene, para el capítulo Colombia, sus orígenes en Antioquia o en el llamado Eje Cafetero sino en las montañas de la cordillera oriental tal y como se precisa al comienzo de esta nota periodística. Comentó que al llegar a Cundinamarca, el café tuvo asiento en Viotá, Mesitas del Colegio, en lo que tiene que ver con la Provincia de Tequendama, Tibacuy en la de Sumapaz y así paulatinamente en otras afortunadas provincias cundinamarquesas.

Dijo que en los albores de la caficultura en Cundinamarca a las personas que trabajaban en las haciendas cafeteras y que se les conocía como enganches, los hoy conocidos como andariegos, se les veía como un activo de la finca, a tal punto que muchos tenían a esos trabajadores casi que como una propiedad, pues llegó el colmo que quien laboraba en una hacienda, no lo podía hacer en otra. Lo cierto es que con ese trabajo intenso y con la apuesta de los acaudalados hacendados, Cundinamarca llegó a ser el primer productor de café del país.

Destacó las bondades de las tierras y las cualidades de las conocidas montañas vírgenes que como fue el caso de la hacienda Florencia que llegó a tener algo más de mil hectáreas, desarrolló una importante caficultura casi que de manera paralela con la explotación de madera a la que se le deben las vías de comunicación terciarias e incipientes que le abrieron oportunidades al grano de la provincia. Esa primera vía, recuerda Farfán, partía desde Viotá y llegaba hasta una vereda llamada Alto Palmar.

En Viotá el café salía a lomo de mula, en unas recuas de burdéganos que trotaban con el grano hasta el punto conocido como Portillo en la población de Tocaima, sitio en donde las tropillas de híbridos equinos entregaban las cargas al ferrocarril que a su vez lo llevaba a Girardot en donde era subido a los barcos que partían del ignífero puerto al mar Caribe aprovechando la navegabilidad que ofrecía el perenne río Magdalena. Esas exportaciones directas las hacían los dueños de las haciendas a Estados Unidos, dejando claro que le hacían todo el proceso de beneficio al café hasta el punto de trilla.

La caficultura de Viotá tuvo en su primera etapa marcadas connotaciones políticas en las que participó hasta el partido comunista, conllevando a mejores condiciones, equidad en la repartición de la tierra y obsequiando una tranquilidad que les permitió a muchos tener acceso a la caficultura como consecuencia de la primera reforma agraria en Colombia.

Mientras llovía y el agua golpeaba las ramas de los árboles y hacía sonar la melodía que producen las copiosas gotas en las tejas de zinc, Farfán, ya marcado con el blanco afable en su cabello, marca de los años, agregó que afortunadamente y a la luz de la nueva caficultura, Viotá sigue siendo el primer productor de café en Cundinamarca.

Viotá, como otras regiones ha vivido, ha disfrutado y sufrido la caficultura. Quienes viven en el campo saben que los conflictos armados no datan de cincuenta o sesenta años sino desde mucho más de un siglo porque hubo violencia en los preludios de la republica que fue alimentando unos odios y unas distancias que terminaron con la guerra de los mil días, empero, ese no fue el único conflicto y por ello el municipio sintió el rigor del “Bogotazo” que de manera eléctrica sacudió al país con una violencia sin cuartel.

Para el productor y miembro del Comité Municipal de Cafeteros de Viotá, el café le dio desarrollo a Colombia, le regaló vías de comunicación, educó hijos, capacitó personas y abrazó el medio ambiente. En su opinión, ningún otro sector fue tan dinámico como el café toda vez que la caficultura empujó la economía, pero igual registró enormes aportes sociales.

Farfán dijo que la caficultura ha cambiado de manera considerable porque hace 40 años la caficultura era casi que exclusiva de los grandes y medianos hacendados, pero aclaró que por la misma dinámica del mercado y la comercialización del café, el cultivó pasó a manos de los pequeños productores. Especificó que hoy el 95 por ciento de los productores de café entran en el grupo de caficultores pequeños tal y como pasa en la región en donde se siembra café en 1.5, dos, tres y máximo en cinco hectáreas.

Este productor aplica muy bien el concepto de diversificación en vista que combina su actividad cafetera con siembras de plátano y cítricos a menor escala. De todas maneras considera que la caficultura debe seguir innovándose en donde la calidad le devuelva al arduo trabajo la rentabilidad pues hoy la situación es de ruina, quedando la riqueza en manos de los especuladores, los fondos y los intermediarios en la Bolsa de Nueva York.

Anotó que hay multinacionales comprando y tostando café colombiano a precio bajo para llevarlo con alta rentabilidad a los mercados exógenos. Igual venden café preparado que deja una importante utilidad la cual obtienen pagando mucho menos del cinco por ciento del valor neto de ese café puesto en manos del consumidor.

El lío de la Bolsa de Nueva York no es el mercado como tal sino quienes van allí y con qué intensiones, que a juzgar por la quiebra cafetera, no son muy buenas porque ponen y quitan precios sin ningún tipo de consideración

“La crisis la estamos pasando quienes producimos cafés suaves, contrario a los países que cultivan café robusta. El café colombiano debería tener mucho más prima porque estamos hablando de calidad y eso vale entre 1,5 y dos dólares por libra, pero el mercado y la industria no quieren ver la parte humana y sensata y siguen ganando millones de dólares explotando a los caficultores del mundo, que trabajan duro y con no pocas obligaciones encima”, declaró Farfán quien indicó que por ser un referente, Colombia debe seguir en la Bolsa de Nueva York.

Apuntó que lo clave en esta coyuntura es buscar mercados por fuera de la bolsa que reconozcan precios por calidad y que remuneren con justicia el esfuerzo y la disciplina de los caficultores para poner grano excelso y especial en cada mesa. Dijo que el café está atado a tres aspectos fundamentales tales como la tasa de cambio, que premia o castiga, bolsa de Nueva York, una pesadilla, y prima por calidad con la cual se mejora el ingreso.

Insistió que Colombia no puede bajar la calidad de su café porque cuando se habla de cafés especiales son aquellos de elevada propiedad, partiendo que un café estándar con un factor 92.8 por ciento que es el parámetro patrón de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, lo idea gratificante sería tener una bonificación de 40 o 50 centavos de dólar por libra, por arriba del valor de la bolsa de Nueva York pues eso daría un ingreso muy por el orden de los 900.000 o un millón de pesos, valor que haría la caficultura algo rentable, aclarando que ese es un precio aceptable más no de bonanza.

“Hoy los cafeteros estamos perdiendo dinero porque los costos de producción están muy por encima de los 700.000 pesos por carga de 125 kilos en una caficultura artesanal y en minifundio que matiza la siembra nacional”, anotó.

El señor Farfán manifestó que diferente a Brasil, en Colombia no hay ayudas o subsidios y comentó que cuando éstos llegan es como consecuencia de la súplica o la última instancia. Expuso que el tema cafetero entra por senderos alarmantes porque ahora con los vientos de superproducción mundial con la oferta de grano de Brasil y Vietnam, los pronósticos no son nada amables, lo anterior sumado a que las casas procesadoras de café están usando menos café suave o de calidad a los robustas. Hoy, afirmó, las multinacionales están comprando 75 por ciento de robusta y 25 por ciento de café arábica.

Esas mezclas con café suave, aseveró, deberían aumentar para acrecentar el consumo de este tipo de grano, ayudando a los productores centroamericanos y desde luego a los de Colombia.

Farfán dejó claro que si bien sería ideal, Colombia no está preparada para exportar la mayoría de su café con calidad especial porque éste demanda cuidados muy especiales, es decir que hay unos pasos que se han dado, que deben crecer, pero que hacen pensar en una caficultura especializada. Un dato no menor es que en el café, como en otros negocios, juega mucho el rumor y la especulación, factores claves en el precio.

Un aspecto a tener en cuenta es la denominación de origen tal y como pasa con Nariño, Cauca y Huila, tema en el que ya trabaja Cundinamarca, aclarando que no es fácil pues resulta engorroso y dispendioso.

El líder lamentó la ruptura del Pacto Cafetero en 1989 un lunes tres de julio, día que marcó el cambio en la dinámica cafetera por la abrupta caída del acuerdo de cuotas, asunto que le dio fuerza a la volatilidad en desmedro de productores y consumidores porque los primeros venden a pérdida y los segundos pagan un café costoso.

“Pese a la roya y la broca, el peor momento de la caficultura mundial fue precisamente la caída del Pacto Cafetero y por ello se busca algo parecido si prospera una unión entre productores, alianza perentoria, pero compleja porque cada quien defiende sus intereses, de todas maneras hay ilusión por tener un nuevo acuerdo que blinde la economía cafetera de tanto especulador, sin duda la unión hace la fuerza, pero amanecerá y veremos”, señaló el caficultor.

El cafetero es el mejor ejemplo de resiliencia y muy seguramente habrá que seguir aguantando, pero el labriego que produce café ha demostrado que es capaz, aguantador y osado, ello sin dejar de lado su creatividad, su alegría y su generosidad. Hoy sabe que hay un desajuste climático que invita a mejorar y a cambiar la manera de sembrar café para lo cual está la institucionalidad cafetera y su servicio de extensionistas.

Un elemento que no dejó de lado el directivo es el menoscabo que hubo en la contribución cafetera pues paso de hasta cincuenta centavos de dólar a seis centavos de dólar por libra lo cual limita mucho la destinación de recursos que ya no se canalizan de manera importante. Hoy por ingeniería financiera, explicó, es imposible aumentar un punto a dicha contribución porque ello iría contra el precio interno de compra.

Dentro de los valores agregados de la Federación de Cafeteros en medio de las limitaciones financieras está el apreciado servicio de extensión y la garantía de compra que es un asunto que muchas veces el caficultor no entiende y no valora, dejando de lado que hay unos precios base que reconoce la institucionalidad cafetera, precio que puede subir a través de unos incentivos si las condiciones de producción son mejores.

Arnulfo Farfán es casado con la muy amable doña Rosa con quien tuvo sus dos hijos, Néstor y René, que tuvieron que partir a Bogotá haciéndole el quite a la situación social, económica y de violencia que padeció el municipio. Esos hijos como muchos que se fueron del campo, le están haciendo mucha falta a la caficultura porque viene el cambio generacional y los llamados a tomar esas riendas están en las grandes ciudades dilapidando vida porque algunos estudiaron y caminan con el cartón debajo del brazo no pensando que en la actividad cafetera hay mucho futuro con el relevo que tiene de manera furtiva productores innovadores, inquietos y llenos de mundo.

“Mis hijos están dispuestos a volver al campo y hacer lo que saben hacer en materia cafetera complementando con lo que saben en comercio internacional y logística con la siembra y venta de café, todo esto confirma que es urgente que el gobierno tiene que brindar condiciones para recuperar la familia cafetera y campesina en general porque preocupantemente la ruralidad se está quedando sola, tristemente ha habido oídos sordos porque no se ven las inyecciones de capital que demandan los campos y si eso sigue así no habrá alimentos, no habrá desarrollo rural y vendrán los apuros que no siempre se cubren con importaciones”, advirtió el productor.

En los últimos años e incluso en tiempos recientes, varios caficultores salieron de sus fincas, cambiaron de actividad económica o vendieron la finca para buscar alternativas de ingreso y de vida. Las estadísticas lo dicen todo, Cundinamarca que fue líder en producción dejó ese primer puesto para pasar actualmente a la casilla diez en la caficultura nacional en los quince departamentos que hoy tienen Comité, un retroceso alarmante.

La venta inclusive igual se complica porque los caficultores ya no venden fincas en su totalidad sino lotes que son los que buscan los pensionados para construir una vivienda cómoda y pasar allí los merecidos días de jubilación. Farfán dijo que en Cundinamarca no se ha aprovechado el mercado de Bogotá y reiteró que hay muchos factores adicionales que han contribuido a la merma en producción o en área sembrada.

Tristemente la caficultura decrece y ya no se habla de extensión sino de extinción, hoy no hay quien retome la tarea, los viejos cafeteros están muriendo sin ver cosas buenas de manera permanente y sostenible, tan solo triunfos pírricos y de poca durabilidad, lamentablemente la caficultura se sufre, se padece y los nonagenarios están yendo a la tumba sin haber disfrutado mínimo de una pensión.

Una caficultura que infortunadamente se vino a pique puede encontrar su recuperación en procesos asociativos, en calidades excelsas sobre la base de condiciones agronómicas, en educación para el campo y en un trabajo al unísono con el ejecutivo en donde muchos vean opción y no oscuridad.

Sobre el Fondo de Estabilización de Precios del Café, el experto anotó que la ley quedó aprobada en el Congreso de la República totalmente diferente a los intereses cafeteros y si muy amoldados a las viejas costumbres políticas de los padres de la patria pues tal y como está la ley para sanción presidencial, no llena las expectativas de los productores pues en esas mutaciones perdió la esencia, castigo para un sector que lo único que ha hecho es darle recursos a la nación.

Cundinamarca, ¡qué café!

A su turno el Director Ejecutivo del Comité de Cafeteros de Cundinamarca, Marcos Barreto, indicó que desde el punto de vista gremial, el de Cundinamarca es uno de los comités más antiguos pues cumplió ya noventa años de gestión en toda la geografía cundinamarquesa. Agregó que si algo tiene la caficultura regional es historia y proyección, justamente por estar ubicada en el centro del país y en unas zonas con suelos de muy buenas cualidades.

Manifestó que los grandes ejes viales de Bogotá conducen al café pues en la autopista norte, luego de pasar Zipaquirá, está Pacho que es la entrada a la Provincia de Rionegro, quizás la mayor productora de café de hoy pues suma la producción de Yacopí, La Palma, Caparrapí, Topaipí, Villagómez, Paime, El Peñón, y Pacho mismo como cabecera. Por la vía de la Calle 80, escribió el directivo, está la salida hacia los cafetales de la Provincia del Gualivá, empezando por San Francisco, Supatá, Vergara, La Vega, Nocaima, Nimaima, Villeta, Guaduas y Sasaima. Al salir por la calle trece y en la misma provincia está Albán. El eje de la trece igual conduce a la Provincia del Magdalena a municipios como Vianí, San Juan de Rioseco, Guayabal de Síquima, Pulí, Beltrán y Chaguaní. La ruta igual conecta con Quipile, municipio de la Provincia de Tequendama.

En la Provincia de Tequendama igual están localidades reconocidas como La Mesa, Tena, Mesitas del Colegio, Viotá, principal productor del departamento, San Antonio, Pradilla, Anapoima, Anolaima y Cachipay. Por la vía a Girardot y por doble calzada están los municipios cafeteros de Silvania, Tibacuy, Fusagasugá, Pandi, Venecia, Nilo, San Bernardo, Arbeláez y Cabrera en la parte baja. Por la vía de Villavicencio en la Provincia de Oriente es fácil encontrar café de muy buenas condiciones en Cáqueza, Quetame y Guayabetal. Por esa ruta, un poco más hacia el norte aparecen en el mapa cafetero de Cundinamarca Choachí, Ubaque y Fómeque.

En la zona del Guavio hay café en Junín, Gachetá, Gachalá y Ubalá con un grano de inmensa calidad y unos atributos muy particulares en aroma, sabor y tonalidades. “Está demostrado, todas las vías de Bogotá llevan a los colombianos al café”.

Cundinamarca ha ganado premios por atributo de cuerpo y taza de excelencia con el café de Guaduas así como en acidez, característica de varios municipios. La calidad obedece a las siembras en altura que llegan en algunos casos a los 2.000 metros sobre el nivel del mar, garantizando una calidad apreciable. El café está ganando terreno en la altura y es por ello que en el departamento no es extraño encontrar siembras de café y papa.

“Cundinamarca produce en promedio 30 millones de kilos de café al año que se cultivan en 31.407 hectáreas, reconociendo que el área sembrada ha venido disminuyendo pues en los registros hay un caída en los últimos seis años del 15 por ciento. Hoy el departamento cuenta con 28.829 caficultores y se espera que más gente llegue al café pues pese al desplome en áreas sembradas, en los últimos cinco años la tendencia bajó, abriendo la opción de que muchos vuelvan al noble café, de hecho hay zonas en donde el cultivo y la producción vienen en aumento”, declaró el señor Marcos Barreto.

Una buena explicación al mejoramiento o recuperación de la caficultura es que algunas zonas que fueron abandonadas o desconectadas de la caficultura, están retomando la actividad por los acuerdos de paz pues por citar un ejemplo en la Provincia de Rionegro muchos cafeteros están volviendo porque ven condiciones.

La caficultura, retomando una frase de Javier Bohórquez, Representante del Comité Directivo y Nacional de Cafeteros por Cundinamarca, tiene más presente que pasado y todo parece indicar que el docto en el tema cafetero no se equivocó.

Un punto a tener en cuenta, asegura Barreto, es que el hecho de no estar en el top de los más grandes productores, ello no implica que Cundinamarca haya perdido calidad en su café pues caso opuesto hay menos siembras, pero un trabajo juicioso y constante por poner en el mercado un grano de excelentes particularidades lo cual se ve en las ventas y en las cooperativas porque el bebestible de Cundinamarca todo el mundo lo quiere. Hoy el nivel de participación en café de Federación no llega al 15 por ciento cuando en otros departamentos dicho indicador llega al 30 por ciento. En Cundinamarca hay compradores de todo el país y van por todas las provincias buscando grano lo que explica porque en algunas no es posible competir ya que les ofrecen un muy precio.

Al igual que en el Eje Cafetero, las zonas de producción cafetera están muy cerca de Bogotá, lo que acompañado de una buena infraestructura vial está propiciando la compra de predios o fincas en las inmediaciones de la capital lo cual hace cambiar el uso de la tierra, factor que va acompañado con un desplazamiento a la gran ciudad.

“Lamentablemente muchas familias se ilusionan con un recurso que les ofrecen por unas fincas o por parte de estas y con lo que perciben no hacen una vida digna en Bogotá, infortunadamente abandonan el café y precarizan su calidad de vida, asunto que nos preocupa y que queremos frenar devolviendo la rentabilidad al agricultor y al cafetero para que no siga abandonando el campo. Queremos decirles que en el café hay todo tipo de oportunidades y que la tierra bien trabajada da y mejora la condición de vida”, señaló el directivo.

Anheló el Director Ejecutivo, la unión cafetera mundial para garantizar la sostenibilidad de los caficultores y de café en el mundo pues todos unidos llegan más lejos, dejando claro que de manera individual se camina más rápido, pero sin garantizar rentabilidad de largo plazo y exponiendo la misma dignidad.

Hoy hay una preocupación en el Comité de Cafeteros de Cundinamarca y es que por el nivel de precios bajos, la gente descuide la calidad y por ello hay un trabajo en ese frente porque se trata de mantener el prestigio del grano regional, además no se puede incurrir en un error letal pues con precios bajos y mala calidad, el mercado apuntaría para mucho más abajo, castigando el ingreso al productor.

“Estamos buscando que la calidad no baje en ningún momento y ese es un trabajo que estamos realizando arduamente con nuestro equipo de trabajo y con los caficultores que también son conscientes que no pueden bajar la guardia en calidad. En términos de esa calidad, en Cundinamarca estamos trabajando alrededor del tema y por ello hay un trabajo que venimos haciendo desde hace cuatro años y tiene que ver con las micro-centrales. Es bueno decir que hay centrales que convierten el café cereza en café pergamino seco, en Cundinamarca y dadas las condiciones de nuestra caficultura que es de promedio de una hectárea, obliga a unificar la calidad y es justo allí en donde la unión es muy importante. De allí que las micro-centrales son muy importantes porque de hecho son operadas por las mismas organizaciones comunitarias de la zona representadas en asociaciones de productores”, añadió Barreto.

En este momento Cundinamarca tiene ocho micro-centrales de café en plena operación distribuidas en todas las provincias del departamento y que como piloto ya empiezan a generar un impacto en las comunidades que viven del café y en el café. Solo así es posible tener una buena calidad unificada y cantidad para tener una mejor comercialización, eso sí minimizando el impacto ambiental porque habrá cien productores congregados en un solo lugar, con un manejo ejemplar del ecosistema y con tecnología de punta en el beneficio del café, También se busca el consumo mínimo de agua, menos residuos líquidos y sólidos, casi de cero, y un mejor ingreso para el caficultor, todo manejado directamente por una organización comunitaria.

Por su calidad el café de Cundinamarca tiene varios destinos, por ejemplo el grano de Rionegro lo absorbe Nespresso tal y como lo hace la zona cafetera del Gualivá, regiones que perciben tarifas diferenciales. Si bien la defensa es a ultranza por el canal institucional, el Comité y la Federación como alma del café les dan la bienvenida a todos los competidores porque se trata de llevar mejoras en lucro a quienes les ponen el pecho a una caficultura de gama alta.

Cundinamarca pone café en Estados Unidos como, como en el principio, pero igual hay países de Europa con ese buen gusto. Últimamente hay jeques e importantes hombres de negocios de los Emiratos Árabes que ven una buena opción con el café colombiano, ese que nace en las montañas de la cordillera oriental en las bellas tierras de Cundinamarca.

Por cambio climático algunas zonas dejaron el café de costado y le dieron un cambio al uso de las tierras, motivo por el cual los frutales desplazaron la producción cafetera de algunos municipios, aclarando que en todos sigue la caficultura porque cuentan con zonas altas que facilitan la siembra de un café inclusive con mucha más calidad. Hay municipios como Villeta que bajaron la producción en gran volumen y tan solo le quedó una parte elevada para no acabar con los cultivos. Igual el café apareció en Cabrera y en Gutiérrez en donde jamás hubo grano. Productos como la palma y el caucho han desplazado una que otra siembra de café, pero expresamente por el cambio perentorio en el uso de los suelos que hoy son mucho más calientes por el efecto invernadero.

La ganadería también es un plan B en el entorno cafetero, pero cuando el caficultor se enfrenta a la comercialización del ganado y a otros terrenos en el mundo de los negocios, termina regresando al café. Ese es como un efecto que se da por ciclos, pues el caficultor sale y vuelve a entrar.

Pese a la dificultad, el Comité hace una apuesta para aplaudir en lo que tiene que ver con jóvenes cafeteros porque hay un aviso en el sector y es el cambio generacional. Igual hay mujeres cafeteras que dan muy buen ejemplo y precisamente en todo lo atinente a equidad de género, Cundinamarca va por un buen camino por cuanto el gremio cafetero en la región superó en 33 por ciento la participación de las mujeres en los comités municipales, asunto importante porque eso muestra que el 33 por ciento de las mujeres son las dueñas del negocio cafetero que es de por sí una buena cifra.

Preocupa el tema de los jóvenes que ven en Bogotá un atractivo muy grande en donde ven factible canalizar recursos de manera rápida en actividades muy ajenas a la caficultura y que hacen parte de los perfiles básicos, asunto delicado porque atrae a la gente, la emplea y se la quita al campo, en este caso a la caficultura que no tiene buena perspectiva en ese empalme generacional porque mayores de 70 años hay en Cundinamarca el 27 por ciento de los productores y en el rango de entre 50 y 70 años está el 46 por ciento, una tasa que afana a cualquiera porque no se les ve reemplazo puesto que cafeteros menores de 30 años no hay sino el tres por ciento en la comarca.

El turismo de café empieza a tomarse el negocio porque muchos compradores de grano que viven mirando el reloj, pues dependen de optimizar el tiempo, preguntan por zonas cafeteras cercanas y para fortuna de ellos hay fincas productoras a una hora de Bogotá por el costado que quiera el interesado porque afortunadamente todas las salidas de la capital terminan en las zonas de producción cafetera, tema nada ínfimo en vista que ese boom del turismo ecológico con café a bordo empieza a imponerse en Cundinamarca, partiendo desde la imponente Bogotá.

Ese patrimonio de la humanidad, el paisaje cultural cafetero, igual hace parte de la oferta de Cundinamarca que pone en el portafolio destinos y centros productivos sencillamente espectaculares en el lugar que se quiera, con un llamativo valor agregado, la calidad de sus gentes.

Emprendimos nuestro retorno, de nuevo en esos buses azules que parecen un cielo, pero que ya adentro, sofocantes y atiborrados de gentes que reclaman, gritan y discuten semejan ya en su interior un infierno. Consoló aquella tarde noche de conflicto y desencuentro con Flota Tequendama una voz furtiva que en medio de la reyerta pregunto, ¿me vende mil de mandarina?, como siempre, la risotada, y todo volvió a la calma.

Hay que recordar que en Viotá hablamos con el extensionista, Néstor Darío Cuellar Ibáñez, quien afirmó que en sus diez años de trabajo asistiendo a las familias cafeteras, ha visto una caficultura intermitente, es decir que va y vuelve, dejando claro que el café de Viotá cada vez es mejor porque la gente que siembra es cada vez más consciente del factor calidad y de la misma diferenciación.

Cuellar Ibáñez hace en promedio 15 visitas semanales a las fincas con las cuales ha creado lazos de familiaridad ya que los productores ven en él el apoyo de la institucionalidad cafetera que llega con su suéter o camiseta amarilla y el logo del imponente gremio cafetero.

Hoy los problemas no son menores, aseguró, porque la caficultura está en manos de gente ya veterana que lucha contra ese relevo generacional que no ilusiona, contra el cambio climático que no se deja descifrar y contra unos precios que no remuneran con justicia el enorme esfuerzo de los cafeteros. Narró que los problemas fitosanitarios persisten y por ello advierte que hay temporadas en los que la broca ataca con mayor vehemencia, sin embargo su trabajo es preventivo y no curativo.

El joven extensionista con 35 años de edad y nacido en Mesitas del Colegio, sabe que habita en una zona cafetera con historia y con unos precedentes de caficultura que dan para sacar pecho, empero, ve con angustia que por momentos los cerros cubiertos de cafetos sanos dejaron de verse porque entró la ganadería, el turismo o cualquier otro cultivo.

Un tema interesantísimo es el proyecto de Mujeres Cafeteras que prospera en la vereda Bajo Palmar, sitio en donde la actividad cafetera es desarrollada por mujeres enamoradas de una caficultura en la que tienen puestas sus esperanzas porque saben que como en todo hay ciclos y el de los bajos precios está por pasar, eso sí, siendo muy conscientes que el precio quedará atrás cuando haya en el mercado una puja por cafés especiales.

“El beneficio hay que hacerlo con más calma, con más cuidado y sin tanta prisa, el mundo está pidiendo café diferente y Colombia lo tiene, Viotá lo produce. Las variedades igual salieron muy fuertes y eso es visible con la renovación, de todas maneras hay que aplicar las técnicas de la vieja usanza, recoger y repasar para evitar las plagas, hay que insistir con el Re-Re”, concluyó Ibáñez.

Esta es la caficultura de Cundinamarca, el departamento creado en 1886, ese que al parecer los aborígenes en lengua quechua conocían como el nido del cóndor por el entonces vocablo kuntur marqa. Esta comarca que hace parte de los 32 departamentos colombianos tiene una población de 2.8 millones de habitantes. Su caficultura como pudo observarse, marcó todo un hito en el desarrollo de una actividad loable para el país y para la región pues no en vano cuando de café se trata, el que sabe no escoge marca, tajantemente se queda con el café de Cundinamarca.

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