Miércoles, 18 Septiembre 2019 02:02

La Tribuna

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¿Colombia un país con estrato en sus problemas de pobreza, migración y descomposición social?

Por Juan Armando Rojas

Saludo cordial a los lectores de este espacio que nace hoy como una tribuna periodística, informativa y de opinión, sin mayor pretensión que la de estimular la reflexión y el debate en torno a las realidades que surgen en el agitado devenir de la agenda pública.

En esta ocasión La Tribuna enfoca sus miradas en una cruda y dura realidad económica y social que desbordó fronteras: la migración venezolana.

La siguiente historia permite darse una idea del deterioro social que está detrás de esta tragedia humana:

Ocurre en una de las más congestionadas avenidas de la caótica Bogotá, donde una familia conformada por 3 niños de entre 2 años y 15 años, al cuidado de una madre soltera, ofrecen dulces a cambio de monedas en horas pico, aprovechando el trancón. La señora porta un cartel escrito a mano que reza “somos venezolanos, no tenemos con qué comer, agradecemos su ayuda”.

La escena, aunque debería, ya no sorprende a muchos porque es cotidiana y hace parte del indolente paisaje urbano del que hacen parte más de 1 millón 400 mil venezolanos que llegaron a Colombia en busca de oportunidades.

Lo más sorprendente es que uno de los conductores que suele pasar por esa misma esquina, conversa con la madre que pide limosna y nota que su acento no es venezolano, sino del pacífico colombiano.

Acto seguido, procede amablemente a preguntarle por qué finge ser venezolana y la señora contesta con una sorprendente respuesta. Afirma que es un modo de protegerse, de los venezolanos que controlan las esquinas a veces con intimidaciones y por otro lado, afirma que la generosidad de los transeúntes y conductores es mayor con los venezolanos.

La protagonista de esta historia es realmente desplazada de Tumaco. Hace un par de meses llegó a Bogotá, huyendo de la violencia en esa ciudad y buscando sustento para sus hijos, sin sospechar que aquí encontraría otra realidad, tanto o más peligrosa que la de su tierra natal.

Son dramas anónimos que deberían llevar a una sociedad indolente a preguntarse, ¿para dónde va este País?; ¿Por qué sigue hay víctimas de primera, segunda y tercera categoría?

Pero también cabe preguntarse desde esta tribuna ¿dónde están los programas para los desplazados internos?; ¿será que su situación no es tan rentable, mediáticamente, como para ejecutarlos con la misma dedicación?

 

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