Viernes, 17 Julio 2020 12:06

Al consumir lo nuestro se genera seguridad y soberanía alimentaria

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Seguridad alimentaria implica contar con alimentos suficientes, seguros y nutritivos, bajo estrictos parámetros de sanidad e inocuidad, que sean asequibles incluso a grupos poblacionales marginados.

Henry Vanegas A. Gerente General FENALCE


En 1999, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció el Derecho a la Alimentación adecuada, ya que sin alimentación no puede asegurarse la vida, la dignidad humana, ni el disfrute de los otros Derechos Humanos. Y estableció tres niveles a considerar: respetar, proteger y satisfacer.

Somos muy dados a creer que todo cultivar o producto alimenticio, por el hecho de ser consumible, ese alimento puede satisfacer nuestra seguridad alimentaria. Por ello, como profesionales del agro se hace necesario revisar estos conceptos, para tener una mayor fundamentación, antes de emitir un juicio crítico.

Seguridad alimentaria implica contar con alimentos suficientes, seguros y nutritivos, bajo estrictos parámetros de sanidad e inocuidad, que sean asequibles incluso a grupos poblacionales marginados (acceso físico, social y económico) para cubrir sus necesidades nutricionales y ejercer su actividad productiva, con lo cual garantizaríamos el disfrute de una vida sana y activa a toda la población. Muchos de nosotros participamos en procesos de producción primaria de alimentos, por lo cual contribuimos a que exista una oferta de alimentos básicos de primera necesidad, pero muchas veces esa oferta es muy estacional (en temporada de cosecha) y al no contar con infraestructura de aprovisionamiento, de manejo de la postcosecha, no podemos garantizar que se mantenga la disponibilidad suficiente de alimento para garantizar su ingesta diaria, o para abastecer un proceso agroindustrial, en forma estable y permanente durante todo el año.

En el caso de los cultivos agroalimentarios que nos proveen los granos básicos de la seguridad alimenticia, están los cereales, entre los cuales tenemos el maíz (consumo per-cápita en Colombia de 140 kg-persona-año), el arroz (60 kg/persona/año) y el trigo (30 kg/persona/año), que son las principales fuentes de calorías y en las leguminosas, el frijol, la soya y la arveja, como fuentes de proteína.

Henry Vanegas A. Gerente General FENALCE A nivel global, la mayor parte de los escenarios para los estudios de prospectiva en seguridad alimentaria se realizan con base en maíz y soya, productos de consumo humano directo, animal e industrial, con los cuales además de harinas, tortillas o arepas, se fabrica el alimento balanceado para producir el huevo, el pollo, el cerdo, el pescado, la leche, la carne y al alimento para las mascotas, y sus derivados participan en una amplia gama de productos de la agroindustria alimenticia (más de 1560 subproductos).

La soberanía alimentaria está referida a la autosuficiencia, a producir lo que se consume, esto es a garantizar el volumen de alimento para toda la población, para lo cual se localizan los sistemas agroalimentarios responsables de garantizar el suministro requerido para preservar el patrimonio gastronómico y cultural de nuestro pueblo; valora a los campesinos, la producción local y promueve el uso de la dieta tradicional, investigando y promoviendo los hábitos de consumo local, respetando la tradición cultural de esos alimentos en su territorio, para no depender de las importaciones. Defiende y protege la pequeña producción de economía campesina, bajo un enfoque sostenible, de compatibilidad económica con la naturaleza.

Que tan preparados estábamos y que capacidad tenemos para asumir las necesidades alimenticias de nuestro país, ha sido uno de los interrogantes más escuchados en las diferentes instancias de decisión y de poder. La pandemia del Covid-19 ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de nuestro sistema alimentario, que ha conllevado a reconocer la importancia estratégica de producir cultivos agroalimenticios, de asegurar el autoabastecimiento de comida para la población, de romper la dependencia de las importaciones. Ante una parálisis comercial y productiva, se reduce la economía, cae el ingreso, hay más desempleo e informalidad, se contrae el Producto Interno Bruto y por ende, la capacidad fiscal del gobierno para implementar contra el reloj políticas de nutrición, alimentación, primera infancia, saneamiento básico, entre otros programas de inversión social.

El análisis y prospección de escenarios del impacto de la crisis sanitaria sobre la seguridad alimentaria, conllevó a focalizar acciones en la continuidad de la actividad productiva agrícola y la logística de distribución, aún a riesgo de exponer la población rural al contagio del virus, al no contar con la suficiente protección sanitaria, pero tratando que no se presentara desabastecimiento de alimentos en el total de la población. Con la crisis sanitaria ha habido una anticipación de escenarios y hoy visualizamos con toda claridad que el campo es la salvación para el resto de la población.

 

Por ello, las medidas del gobierno se enfocaron a impedir a toda costa que la crisis sanitaria pasara a una crisis económica, de proporciones insospechadas pero manejables, y evitar a toda costa a que avanzara a una crisis alimentaria, que podría llegar a desatar una hambruna en comunidades vulnerables con implicaciones de gobernabilidad y control social.

 

Situación que podría agravarse ante la amenaza del cambio climático

 

La capacidad que tiene Colombia para asumir las necesidades alimentarias en el corto y mediano plazo empieza necesariamente por pequeño productor de alimentos y sus necesidades más urgentes (semillas mejoradas, maquinaria, tecnología, riegos y asistencia técnica), el dotar de infraestructura productiva a las regiones, siendo necesario diseñar e implementar un plan nacional de secamiento y almacenamiento de los granos básicos de la seguridad alimentaria para romper la estacionalidad de las cosechas y garantizar un suministro constante, fortalecer las redes campesinas del aprovisionamiento y mercadeo alimentario a nivel local, regional y entre regiones a nivel nacional, hasta lograr eficiencias en la cadena de suministro y la logística de distribución para los volúmenes que se producen en cada región.

Hoy todos queremos que el Agro se convierta en el motor para reactivar la economía Colombiana, generar empleo formal rural, ingresos y bienestar en el campo, a tener cada vez más una economía basada en la ruralidad. Y por ello, la salida que se plantea a la crisis es empezar por preferir lo nuestro, consumir lo que producimos, comprarle a nuestros campesinos, al vecino, al mercado campesino y a la pequeña industria local.

En todos estos años hemos generado un gran nivel de conocimiento técnico y de experticia que necesitamos aplicar en los cultivos que sembramos en nuestro territorio. Ahora, el gran reto nacional es incorporar esos productos nuestros en lo que consumimos; crear conciencia colectiva y de cada uno de los Colombianos en que debemos consumir lo que cultivamos, es el primer paso en el camino hacia la seguridad y soberanía alimentaria, porque al demandar nosotros mismos lo que se produce en nuestro entorno, estamos apoyando el crecimiento de nuestra región, la generación del empleo incorporado en la producción de esos cultivos, a que se incremente el mercado y aumente la demanda, con lo cual incentivamos a producir al agricultor, al vecino, a mi comunidad y se dinamiza la economía de nuestro país.

Necesitamos avanzar con nuestras cosechas de cultivos agroalimenticios hacia una perspectiva diferenciada e incluyente. Así como todavía no hemos inventado la vacuna contra el Covid-19 tampoco hemos inventado la vacuna contra el hambre, ni la píldora mágica saciante para reemplazar el arroz, el maíz o los frijoles en la dieta de nuestro pueblo. Ahí es donde nuestra actividad y nuestro sector tiene todo el espacio para aportar soluciones globales en materia de abastecimiento y seguridad alimentaria.

El momento actual no da espera a las improvisaciones, tenemos que aprovechar la masa crítica y el talento humano de los gremios del sector, reorientar las políticas agrícolas que aseguren rentabilidad a los campesinos que siembran cultivos agroalimenticios, que no solo producen nuestra comida sino que son los mejores guardianes de los recursos naturales y el medio ambiente. Es aquí donde la gobernanza, la gobernabilidad y los gremios tenemos que trabajar unidos en torno al agricultor y facilitarle su labor, ya no solamente pensando en la productividad siendo creativos en la imperiosa necesidad de avanzar incorporando lo que se cosecha en procesos más elaborados, en nuevas y mejores formulaciones, en redes logísticas eficientes para llegar con más calidad, frescura, sanidad y nuevas presentaciones al consumidor final, para asegurar la continuidad y sostenibilidad del encadenamiento agroalimenticio.

Tenemos extensión de tierra a cultivar, hemos venido generando conocimiento, ya hay tecnologías y cultivares adaptados para las principales zonas productoras, semillas con genética mejorada y de buena calidad, tenemos experticia, tenemos acceso a un tercio del agua dulce del planeta, en otras palabras y como recientemente lo tituló CNN: “la Agricultura latinoamericana puede salvar al mundo”.

El afrontar la seguridad alimentaria y nutricional de nuestros conciudadanos, va a ser nuestro propósito y nuestra labor, aumentando y fortaleciendo capacidades para enfrentar la variabilidad y el cambio climático, con el uso intensivo de tecnologías, con inclusión social y cuidado del medio ambiente, porque si mitigamos y nos adaptamos a esos cambios, nuestra actividad productiva se va a fortalecer y la economía se va a dinamizar desde lo local, regional, departamental y nacional.

Y tenemos que ser conscientes de ello. Cada uno de nosotros puede abrirle mercado a lo que producimos, si consumimos lo nuestro. Hoy se hace evidente lo que dijo José Saramago, el 2 de Noviembre de 2018, “la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”.

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