Domingo, 30 Mayo 2021 00:14

Campesinos colombianos siembran ilusiones y cosechan tragedia

Por

Nuevamente el día del campesino estará marcado por la tristeza, el abandono y unas expectativas que no se cristalizan. El paro se sumó para agudizar la crisis de los más pobres. Ya fue suficiente resistencia.

A las cuatro de la mañana, en medio del entusiasmo y los últimos cabeceos de la madrugada, el agricultor Jorge Espinosa deja su cálida y confortable cama. Al abrir la puerta de su habitación lo espera una espesa y helada nube, que le dice buenos días. El noble labriego, quién mira entre la densa neblina hacia los corrales, se dirige con su señora a la cocina, en breve saldrá el aromático y humeante café, vendrá el desayuno y luego unos pasos al camión cargado de alimentos que tienen como destino la central mayorista de Corabastos, una lotería porque hay días en que pagan bien la cosecha y otros en los que literalmente la regalan o la venden a pérdida.

Ya arreglado, aperado de ruana y sombrero, el orondo campesino abandona su finca El Clavel. El motor del camión retumba en la vereda Quebrada Negra, y entre chiflidos y gritos, los recolectores, desafiando el clima, saludan a Espinosa. Esos hombres de botas de caucho, hidalgas capas gruesas de pura lana de oveja, dejan escapar unas sonrisas alentadoras mientras estiran sus rojizos y quemados cachetes, acto seguido, se inclinan y siembran sus manos en la gélida tierra para empezar a llenar costales con papa.

De manera lenta el camión Hino 300 de color blanco se aleja de los predios de la fértil Cabrera y con cada avance el automotor se zarandea de lado a lado porque la vía es un desastre, otro dolor de cabeza de los hombres y mujeres de la ruralidad, esos colombianos a los que se les debe todo. El carro avanza y de las cornetas sale un pito que espanta gallinas y marranos, en tanto atrae la atención de muchos paisanos.

 

 

La situación es compleja, en tanto avanza hacia la carretera para dar inicio al largo recorrido, que por los bloqueos obligan a transitar por sitios no acostumbrados, el agricultor recuerda con melancolía su camión NPR, el que debió vender para poder comprar insumos y sostener las siembras de tomate y granadilla. La mañana es fugaz, muy pronto el reloj marca las seis y el día gris y lluvioso se hace eterno e insoportable.

Esta es la dura realidad de los campesinos de Colombia, los madrugadores de todos los terrenos y climas, es una actividad extrema, muy complicada, pero tristemente pésimamente remunerada. Otrora era común ver gente más alegre porque ganaban dos en la producción agraria, el labriego y las familias del país, eran tiempos del Instituto de Mercadeo Agropecuario, IDEMA, que hacía la respectiva absorción de cosechas. Qué ratos, las madrugadas valían la pena, no había intermediarios y el negocio era para el agricultor.

Pasó el tiempo, llegó la apertura económica y de manera sistemática empezaron a desaparecer los incontables cultivos que decoraban los campos y hacían más amable viajar por Colombia. Súbitamente murió el IDEMA y quienes lo saquearon pasaron de agache. Cualquier día desaparecieron algodón, sorgo, maíz, soya, trigo, cebada, ajonjolí, y otras siembras. Del país campesino no fue quedando sino el más crudo recuerdo.

 

Jorge Espinosa

 

En charla con Diariolaeconomia.com, el productor agropecuario Jorge Espinosa y otros empresarios del campo expresaron sus inquietudes por la muy difícil situación del agro, de la falta de rentabilidad, y los retrasos en infraestructura, entre tantas vicisitudes que hoy enfrenta la paciente y aguantadora ruralidad.

 

“Yo no sé de qué manera nos ayuda el paro, si usted ve los campesinos aceleramos la quiebra, igual no hay políticas claras del Gobierno porque aquí producimos la caja de pepino a 7.000 pesos y la vendemos en la central mayorista a 8.000 pesos, apenas mil pesos de ganancia, y a eso quítele transporte, mejor dicho, no me explico cómo seguimos en esto, es vocacional y humanitario, pero en el campo no sabemos cuánto más aguantemos”, expuso Jorge Espinosa.

 

El tema es grave y totalmente visible en cifras, por ejemplo una canastilla de granadilla que costaba 40.000 pesos puesta en Corabastos, hoy está en 20.000 pesos. Producir la caja de granadilla puede costar 17.000 pesos o más, es decir que con transporte y empaque la utilidad puede ubicarse fácilmente por debajo de los 3.000 pesos.

La papa compensa el trabajo de los agricultores de Cabrera y de la región del Sumapaz porque la carga vale 140.000 pesos, un bálsamo después de la tragedia del año anterior. El aguacate que costaba 4.000 pesos el kilo, hoy se consigue a 2.000 pesos.

En fin, hay alimentos que suben y bajan de precio, están sujetos a la ley económica de la oferta y la demanda que podría ser menos austera en tiempos de vacas flacas, si el campo tuviera condiciones y una expedita hoja de ruta. Independiente de lo que pase con las siembras y su comercialización, hay un factor que está llevando ruina a las fincas, que atomiza la rentabilidad y desvanece el esfuerzo de los labriegos, se trata del incontrolable valor de los insumos, un rubro que está imposibilitando seguir con las plantaciones de ciclos corto y largo en Colombia, igual con la ganadería y cría de especies menores.

Según Jorge Espinosa, un bulto de abono cuesta entre 138.000 y 143.000 pesos, otros más económicos son factibles desde 110.000 pesos, totalmente salidos de la horma porque el año pasado por esta época valía 86.000 pesos. Engordar gallinas también se encareció puesto que el bulto de maíz para su ceba alcanzó los 110.000 pesos, algo extremo porque hace un año costaba 50.000 pesos y era caro.

Los expendedores de materias primas afirman que hay dos factores para que los agro-insumos estén disparados en precio, la tasa de cambio, cuando se importan y hoy el paro que bloqueó el país en desmedro de la economía básica que está llevando del bulto sin tener por qué.

 

“La situación rural es complicada y se refleja en la calidad de vida de los hogares, antes comprábamos dos cubetas de huevos para la familia y hoy a duras penas alcanza para media. La cubeta de huevos proveniente de incubadora cuesta 15.000 pesos y la que adquiere uno en los criadores orgánicos o campesinos ya está en 18.000 pesos. La carne está imposible, las amas de casa del campo que compraban el kilo o la libra, si pueden, llevan media libra, un momento muy duro. Hay hogares del campo en donde comer carne es un lujo o algo inalcanzable, porque ese es otro problema, la pobreza rural es cada vez más acentuada y nadie dice o hace algo”, aseveró el señor Espinosa.

 

Como si los problemas fueran pocos no hay relevo generacional, en este momento es imposible pensar en arar el campo o producir alimentos porque los jóvenes se fueron para las ciudades y los que se quedaron, prefirieron incursionar en el comercio, la construcción o cualquier otra actividad, las nuevas descendencias no quieren repetir la historia de padres y abuelos, razón por la cual empieza a verse amenazada la producción, y lo peor, la seguridad alimentaria porque como asegura Jorge Espinosa, el hueco no lo llenan ni con importaciones que van a bajar y en algún momento pararán porque los países necesitan enfrentar la muy cercana hambruna.

 

El campo es tan eficiente que alimenta familias y bancos

 

 

Sin duda alguna, el día del campesino no da para celebraciones porque la rentabilidad no aparece, si medio asoma, se debe, en fin, los problemas son todos, y si faltaba una estocada final, pues llegó, en Colombia no se le niega nada a nadie, incursionó agresivamente el paro nacional y quebró a los más jodidos de la Colombia macondiana, a los que labran.

Para Espinosa, el trabajo del agricultor no es reconocido, la gente ignora que cuando se sienta en la mesa, detrás de cada papa, habichuela, zanahoria, arroz, carne o el alimento que sea, hay todo un proceso productivo que implica esfuerzo, sacrificio y muy poca ganancia. La agricultura colombiana no ha sido feliz, siempre pasa algo, cuando no es el clima, aparecen otros fenómenos como la violencia y la intimidación, a esos problemas, señaló Espinosa, hay que sumarle olvido estatal, falta de política pública, carencia de servicios públicos, altos costos de los insumos, retraso en infraestructura, acuerdos comerciales, diseñados para matar de hambre a los que hoy cultivan en el país y falta de crédito.

 

“Ese anuncio que a los campesinos nos están dando plata es mentira, los bancos jamás dieron prórroga y con todo y Covid-19, nos apretaron para pagar, lo poco que quedo en el bolsillo, se fue para las entidades financieras que no saben de piedad o comprensión, cobran y listo, el resto de malas y reportados en data crédito”, afirmó Jorge Espinosa.

 

El campesino, alegre, buena persona y generoso por naturaleza, es muy mal tratado, en las veredas dicen que el estado los mira con desdén. No es sino ver procesos, visitas a juzgados y el lamentable embargo de predios, casas o maquinaria, contextos sumamente tristes.

En la productiva región del Sumapaz, hay un lío adicional que pudieron evitar los campesinos, y es el terrible sistema gota a gota, las personas optaron por prestarse entre amigos, a tasas del cuatro por ciento y finalmente acuden a la banca en la que no confían porque aseguran que tiene unas tasas de interés abusivas y lejanas de la realidad de un país pobre como Colombia, sobretodo en los campos.

 

“A los campesinos nadie los escucha, todos defienden lo suyo, pero apartan al que siembra y da de comer. Es increíble que hay causas para todo, menos la campesina, o por lo menos yo no la conozco. Queremos ir a la Casa de Nariño y hablar con el Presidente, pero es algo imposible, seguramente, no lo merecemos, no damos la talla. Lo cierto es que quien dirige los destinos de este país, si quiere proyectar nación y evitar una hecatombe por hambre, debe por encima de todo, dialogar con los campesinos, con los que sudan, los que trabajan, los que producen, esos que no cierran vías ni roban, así tengan todas las necesidades. El campesino honorable y más respetable que cualquier político o que la misma gente de la llamada élite, debe ser atendido”, apuntó Espinosa.

 

COLQUIMICOS

 

El agro en Colombia lleva siglos de lucha, no ha habido un solo gobierno que haya atendido a plenitud la ruralidad, quizás se dieron algunas escaramuzas y llegaron cualesquiera instrumentos de mercado y absorción de cosechas, los mismos que espetó la corrupción. Ningún presidente en Colombia, y menos los de los últimos treinta años, supo que el campo era un tesoro, lo más valioso, lo que debía cuidarse y preservarse, el tiempo palaciego se fue en explorar contingencias para ayudar a los que producen por fuera de la patria y así extinguir con importaciones el trabajo local, tremenda miopía, más cuando ingresa café a la tierra del café, cebolla, papa, plátano ajo y otros alimentos que brotan bondadosos de los suelos colombianos.

Lo pactado en el paro campesino en donde se prometió revisar el capítulo de abonos jamás se tomó en serio y hoy el precio sigue en una escalada aterradora que tiene a los productores como quedó sentado al inicio de esta nota, vendiendo carros o activos para poder fertilizar. Este escenario es apremiante, según Jorge Espinosa, para poder bañar el tomate se necesitan 100.000 pesos, el valor de una caneca y si son diez canecas pues hay que buscar como sea un millón de pesos.

Hay firmas que aprovechan su condición de operar exclusivamente para una región y suben los precios a su acomodo, pero no hay Superintendencia u organismo de control que haga respetar la ley, una queja de toda la vida, algo fraguado porque entre más se queja el productor, mayor es el precio de las materias primas que jamás tuvieron un techo.

Por estos días según informaron en Cabrera, vendrá un nuevo ajuste en los abonos porque los expendedores ya le están cargando la factura al campesino.

Con su voz fuerte y discurso digno de quien sabe, Espinosa dijo que el Día del Campesino llega como siempre, atiborrado de tristeza, ruina, desilusión y la constante desesperanza. El campo, recalcó, quiere conversar con la institucionalidad porque ya está cansado de tanto paro y tanta protesta, hechos que le llevaron a la agricultura toda la adversidad, incluyendo barreras a la subsistencia y una seguida bancarrota.

 

“Le cuento esto, un señor sembró granadilla y salió feliz a vender 100 cajas en Corabastos, le dieron un millón de pesos, al liquidar gastos, tan solo obtuvo de ingreso 100.000 pesos, es decir trabajó gratis seis meses y a pérdida, muy injusto”, narró Espinosa.

 

 

Cuestionó el anuncio de subsidios para la gente del campo al asegurar que el mejor subsidio es un empleo y desde luego poder vender productos a precios justos, no enriqueciendo a intermediarios que no saben lo que implica sembrar. Los subsidios, sostuvo, mal acostumbran a la gente, la hacen perezosa, lo mejor, insistió, es que reactiven el campo para posibilitar la generación de puestos de trabajo y fomentar riqueza, pero rechazó las intenciones de caridad o pesar desde el Gobierno.

Los productores del campo siguen caminando por la cornisa y son conscientes que en cualquier momento irán a la ruina porque no ven un faro, un proyecto o una política real para impulsar la economía agropecuaria, todo lo contrario, siguen endeudados, alimentando también a los bancos y sucumbiendo ante un panorama que pasó de gris a oscuro.

No exageró don Jorge cuando dijo que producir puede ser una pesadilla, verbigracia, una canasta de tomate de árbol cuesta 25.000 pesos en promedio, pero producir esa fruta y llevarla a la ciudad supera los 32.000 pesos, más y más pérdida.

En el Sumapaz y puntualmente en Cabrera las vías terciarias no existen, hay caminos reales y trochas que usaron los hombres precolombinos, para rematar, el invierno ocasionó derrumbes y tumbó la banca a cinco minutos del municipio. La solución es un muro de contención, pero como pasa siempre, ¿de dónde plata?

 

Santo Dios, los campesinos tan solo trabajan para los intermediarios

 

Imágen Pixabay

 

En nuestro recorrido, llegamos a la siempre amable, bella y próspera población de Pacho, ese decoro en las montañas de Cundinamarca que goza de un potencial agropecuario de enorme valía. Sobra decir que Pacho es agricultura, decencia, cultura y mucha laboriosidad.

La señora Mery Segura, enamorada del pueblo pachuno, pero nacida en la vecina Villa Gómez, es una consumada mujer del campo, destinó su trabajo y obra a la agricultura, muy a pesar de los reveses que reporta un trabajo tan vertiginoso y arriesgado como este. En su declaración, la empresaria lamentó que el campesino, un servidor incondicional que se rompe el lomo y la vida para llevar alimentos, trabaje para los intermediarios.

Reconoció que a los productores les hace falta trabajar más en la parte técnica de los cultivos para obtener mejores cosechas y llegar al mercado con productos caracterizados por la calidad. Hay que decir que Mery siembra tomate cherry y habichuelín, productos que traslada de sus predios a la central mayorista en Bogotá.

Como Jorge Espinosa, Mery expresó su preocupación por el exagerado precio de los insumos agropecuarios pues abonar se tornó imposible y encareció la producción de alimentos.

 

“Un inconveniente que yo veo en medio de esta ruralidad a la que le han pasado siglos e historia, es que seguimos siendo empleados de los intermediarios, perdiendo plata y no llegando directamente al consumidor, algo de sentido común. Aquí los que menos saben o hacen, los terceros, son los que se quedan con la mayor ganancia, quitándole renta al que siembra, pero negándole a las familias comer mejor y a bajo costo”, sostuvo Mery Segura.

 

Las utilidades se esfuman y la actividad agropecuaria sigue en pérdidas porque los campesinos deben invertir en cultivos, abonos, jornaleros y en gastos adicionales, sacrificando la rentabilidad y trabajando para las monjas. Es triste, escribió, que quién más invierte, trabaja y se esfuerza no gane, todo va al bolsillo de los intermediarios.

 

 

A criterio suyo, el Gobierno debe apostar por el campo, diseñar una política pública para el agro y pasar a la historia como la administración que impulsó la ruralidad productiva, pero como muchos dicen, una cosa es la coherencia y la realidad y otra muy distinta la voluntad política. Hoy la Gobernación de Cundinamarca mostró interés y creo un mecanismo por medio del cual los productores pueden contarse directamente con los consumidores, evitando intermediación y abaratando el costo de vida.

 

“Reconocemos lo que hace la Gobernación, entró en un terreno difícil, se trata de un proyecto que no se hace de la noche a la mañana, pero esperamos que algún día el plan brote y nos deje disfrutar sus bondades”, puntualizó Mery Segura.

 

La finca ubicada en la vereda Betania de Pacho está como la agricultura, no tiene nombre, pero aparte de las explotaciones de tomate cherry y habichuelín, hay una huerta magnánima que produce plátano, naranjas y otros productos de pancoger.

La muy amable invitada resaltó el potencial agropecuario de Pacho, una tierra de diversos climas en donde brota la deliciosa gulupa, igual guisantes, frutas, café, frijol, lácteos y más. Este municipio fue bendecido con sus fecundas tierras, sin exagerar, allí se produce de todo pues como dicen los pachunos, lo único que no se da en esos predios, es lo que no se siembra.

El precio del tomate, explicó, varía de acuerdo a los volúmenes y a la época. En buenos tiempos una canastilla de tomate puede costar entre 110.000 y 120.000 pesos, pero igual hay tiempos de abundancia que ponen el coste a niveles de 20.000 pesos, un precio regular tirando a malo porque apartando transporte, la ganancia es de 10.000 o 12.000 pesos por canastilla.

Hay un modelo que adoptó Mery y su esposo y tiene que ver con asociatividad por común acuerdo, un sistema que permite cumplir con las entregas de productos gracias al famoso “todos ponen”. Si una finca no tiene producto es suplido por otra productora, pero así mismo si el vecino no cuenta con la cantidad de tomate, Mery abastece y todos ganan.

Este tipo de asociatividad es más vocacional y de ayuda, pero el mecanismo resultó eficiente y práctico, una idea que puede replicarse por todo el país porque indiscutiblemente en el campo los productores unidos son mucho más fuertes.

Allá en la vereda Las Lajas quedó la grata señora Mery, entregándole todo a la agricultura y anhelando que muy pronto el productor primario llegue directamente al consumidor, algo que hoy inexplicablemente no pasa.

 

El campesino necesita educación, capacitación y formación

 

El señor Humberto Sarmiento es también un empresario de la campiña que argumenta que la gran falencia del campo es el poco apoyo y la falta de tierras disponibles para adelantar una labor agropecuaria, algo realmente importante y que está llamado a mejorar, porque aparte de abastecer el país con productos de calidad, la ruralidad puede generar oferta exportable.

Otro talón de Aquiles es la insuficiencia de herramientas e instrumentos porque quien siembra siempre encontrará dificultades por costos de producción y comercialización, en su opinión es el momento de trabajar en valor agregado al igual que en mayor competitividad.

El asunto apremia, dijo, porque el agricultor debe incursionar en agroindustria y sacar provecho de las cadenas productivas de valor. Solo por ese lado, analizó Sarmiento, es muy probable hacer del campo una gran empresa, innovadora y rentable.

 

“Los mayoristas devoraron al productor, los centros de abasto lo único que han hecho es afianzar unas mafias que se adueñan del esfuerzo y los precios, acabando injustamente y ante los ojos de la humanidad con el campesino, con ese productor que abnegadamente sacrifica, siembra y produce”, denunció el empresario.

 

Agregó que el problema es tan de vieja data que la agricultura de hoy es casi la misma de la colonia y totalmente inferior a la de los muiscas y otras culturas en tiempos precolombinos, cuando labrar dignificaba. Hoy, sostuvo, no hay un punto de equilibrio y el trabajo agropecuario no es ni tibiamente compensado como se debiera.

Sobre la rentabilidad, el ganadero Humberto Sarmiento, puntualizó que infortunadamente la gente del campo se enseñó a producir a pérdida porque siembra, cosecha, pero NO gana. La gente, subrayó, trabaja por trabajar, por hacer lo que hicieron sus ancestros, labra por tradición, es decir, toda una zaga de ruina.

Sin tapujos, Sarmiento dijo que los campesinos no mejoran sus ganancias, claramente porque no están educados para hacerlo, y es por ello que sugirió relanzar un campo y una economía agropecuaria educada, capacitada técnicamente y profesionalizada para ponerle talanqueras a la injusticia, pero igual a las pérdidas que campean en la ruralidad.

Por el paro, notificó, muchos a los que no se les recogió la leche, apelaron a prácticas indebidas porque algunas personas que como él producen queso decidieron echarle cuajo a la leche represada y todo el mundo fabricó queso, de tan enorme oferta que hubo libra de queso a 2.500 y 3.000 pesos, un error agudo de mercado.

Como empresario y ganadero hizo un llamado a los pequeños productores, a los de tres o cinco vacas, para que incursionen en innovación y mejoras genéticas, todo dentro del mandato de buenas prácticas ganaderas lo cual incluye optimizar la dieta y la provisión de los animales, un ejercicio consecuente que evita pagar los costosísimos concentrados. Se hace urgente, añadió, acudir al conocimiento y distinguir entre una raza y otra, o la mejor manera de producir híbridos o F1 de calidad.

 

 

Queda ratificado, manifestó, que hoy hablar de agricultura como negocio no es posible porque sencillamente hay una explotación de seres humanos en los campos, gentes que trabajan desde las tres de la mañana o antes, hasta las ocho de la noche, todo por un ingreso miserable en una actividad que demanda 24 horas de atención al negocio agrícola y pecuario.
Algunas personas dedicadas a las siembras, cuestionó el empresario, trabajan de seis de la mañana a seis de la tarde, pero al destajo o acordando un precio, generalmente bajo con el dueño de la finca.

Los campesinos rasos, especificó Humberto Sarmiento, trabajan a duras penas para el pan y el chocolate de la casa, igual dejan el sobrante para la cerveza, pero con la situación actual ni para eso queda, un contexto que revivió el ancestral consumo de guarapo.

Acentuó que es perentorio hacer correctivos en el empleo campesino porque hay gente muy explotada, que recibe salarios, claramente, por debajo del estipendio mínimo y sin derecho a beneficios prestacionales.

En la bonita finca El Porvenir, un referente productivo del municipio de Guasca en Cundinamarca, el señor Humberto Sarmiento siguió con sus menesteres y al hacer una pausa, miró al horizonte verde de la cordillera, en tanto imaginó la Colombia tan distinta que habría, si hubiese un campo profesional, capaz y bien remunerado.

 

Al campo le sobran ganas de trabajar, pero le falta todo

 

Alvaro Camacho Feria

En las montañas de Santa María, Huila, trabaja de manera incansable el agricultor, Álvaro Camacho Feria, un conocedor de los procesos productivos y desde luego de la retadora caficultura. En su intervención apuntó que lastimosamente, al campo le sobran ganas de trabajar, pero aclaró que desdichadamente al labriego le falta todo ya que no cuenta con bienes públicos, adolece de vías terciarias y pierde en la comercialización.

Complementó que hay factores admirables en el campesino como la disciplina y su organización, pero lamentó la ausencia de una política pública para el agro, de una política de estado para la ruralidad pues quienes siembran y le cumplen al país no tienen acceso al crédito ni a dineros públicos para el fomento del sembradío y cría de animales.

Los recursos que ofrece el estado, dijo, terminan en una hilera de requisitos y diligencias que imposibilitan el empréstito, y prácticamente no les llegan al universo de campesinos que solicitan o requieren dinero para inyectarle a sus fincas imprimiéndoles competitividad y sostenibilidad. Además, detalló Camacho, hay desconfianza porque las tasas de interés siguen siendo muy altas.

Aseveró que con cargo a la pandemia, los insumos para el campo se han incrementado de manera exagerada pues hay productos que repuntaron y reportaron alzas del 30, 40 y hasta el 50 por ciento, pudiendo haber reajustes de mayor proporción.

En materia cafetera, expresó su descontento porque los buenos precios del grano se ven castigados con la carestía en las materias primas que utiliza el campo. El inconveniente es bien alarmante porque la agricultura exige abono y una tierra sin fertilizantes no da cosecha, no produce y genera saldos en rojo.

Con el paro, denunció, todo subió de precio y eso se ve reflejado en los precios de la carne de res que superan los 8.000 y los 9.000 pesos, igual que la proteína proveniente del cerdo y hasta la de pollo que vale 4.500, 5.000 y hasta 6.000 pesos la libra, cuando se consigue. El tema, agregó, es bien tremendo, hay desabastecimiento porque en ese municipio del occidente Huila no se consigue azúcar y el pan escasea.

 

“El año pasado, fuimos los héroes, le pusimos el pecho a todo, abastecimos el país y evitamos que Colombia colapsara. Este año ya no nos ven y dejan de lado una tragedia rural producida por el precio de los insumos, la carencia de alimentos y el paro que redundó en la pérdida de las cosechas del agricultor. Los promotores del paro dicen que todos tenemos que poner, pero omiten que los productores agropecuarios siempre estamos en esa tónica y todo a cambio de muy poco o de nada. Siempre llevamos la de perder. Hoy una persona que esté cultivando aguacate, lulo, o cualquier otro alimento, si no la vende pierde, y nadie, absolutamente nadie les va a responder a esos labradores por la plata perdida y por los líos de cartera que se agravan”, apuntó Álvaro Camacho Feria.

 

Invierno impacta la caficultura huilense y puede ser bien grave

 

 

Asimismo, los campesinos de Santa María advierten mayores insolvencias y problemas en las siembras por un intenso invierno que no cede desde mediados de febrero, afectando la floración del café, una siembra base de la economía regional.

Camacho reveló que el café que estaba para cosecha por estos días se echó a perder por el hielo y el exceso de agua lo que significa que no habrá cosecha de mitaca, con serias reservas en la producción de final de año, octubre, noviembre y diciembre.

 

“Estamos recogiendo granos de mala calidad porque el café se heló y hoy lo único que nos está favoreciendo es el precio, pero paralelamente el costo de los insumos subieron. Hay que esperar y seguir adelante, no podemos dejar esa vocación productiva y apostaremos, en medio de todo, por la subsistencia del país”, manifestó el productor.

 

Finalmente Camacho Feria anotó que en los últimos treinta años hubo un precario manejo de la economía porque el país fue saturado con estériles reformas tributarias y acumuló un endeudamiento que es toda una bomba hoy. Como si fuera poco, los mandatarios no supieron leer la importancia del campo, obviaron la soberanía alimentaria y abandonaron a los campesinos por volcarse a una economía extractiva que finalmente ocasionó Enfermedad Holandesa.

Al país, ilustró el agricultor huilense, le faltó jerarquía e inteligencia en política agraria puesto que no hubo compromiso con la ruralidad y muestra de ello es la ausencia de obras públicas e infraestructura, los productores, repisó, no tienen como sacar sus cosechas porque las trochas lo impiden.

En Santa María y en el Huila, en pleno siglo XXI hay vías inaccesibles, todo un obstáculo para la competitividad y una talanquera para ampliar o sostener mercados. Concluyó que hay atraso en las políticas agrarias porque la globalización per se, no es una opción para la Colombia campesina por la falta de instrumento e inversiones, la apuesta debe ser por el producto nacional, el empleo y el crecimiento en un sector postrado.

La apertura económica marcó el camino del caos, en 1991 los productores experimentaron una tragedia económica que acabó con miles de hectáreas sembradas. Una cifra reciente muestra que en 2010, ya con el TLC en pleno vigor, el país importó más de 10.5 millones de toneladas de productos agropecuarios, acompañados de agroindustria, todo por un monto de 5.647 millones de dólares, un ingreso que se le negó a los productores nacionales.

En el año 2000, nueve años después de la desgravación arancelaria, las compras de agricultura, ganadería, caza y silvicultura crecieron exponencialmente al pasar de 799 millones de dólares, a 2.543 millones de dólares en 2011. En ese tiempo lideraron las importaciones, maíz, soya, trigo, algodón, cebada, frutas y legumbres, una muestra fehaciente de la pérdida de la soberanía alimentaria.

 

Hoy, Colombia cuenta con las tierras más costosas de la región pues según datos de empresarios que tienen operación exógena, los valores superan cuatro y hasta cinco veces en precio a las de Brasil, Costa Rica o Ecuador, por citar apenas un ejemplo. El país sigue mostrando una malsana concentración especulativa en predios, algo grave cuando la productividad es tan tacaña.

La agricultura, herencia bendita del neolítico, fue el bordón del desarrollo y la soberanía alimentaria en los pueblos americanos en épocas prehispánicas. Son muy bien calificados los sistemas agrícolas de aztecas, mayas, incas y muiscas, culturas que conocieron y perfeccionaron a su modo el riego y la labranza. Las siembras dieron estatus en tiempos lejanos, pero igual alimentaron y garantizaron pueblos bien nutridos y sanos.

Hoy las prácticas agrícolas han cambiado y están llamadas a evolucionar pensando en la salud de la tierra. Los empresarios del campo miran los cultivos orgánicos como la gran posibilidad, ya es hora de ponerle freno a una agricultura tóxica y cancerígena, la que usa químicos y herbicidas de gran amenaza para la salud humana. Los campesinos, tarde que temprano adoptarán nuevos modelos productivos con lo cual salvarán millones de personas, pero igual abejas, colibríes y muchas especies, hoy envenenadas y en peligro de extinción, un problema gigante porque está de por medio la polinización y la producción sana de comida.

El día del campesino, afortunadamente se conmemora con cada amanecer. Desde Diariolaeconomia.com, hacemos un reconocimiento a tan encomiable labor, mil gracias a los valientes hombres y valiosas mujeres que desde la ruralidad dan todo de sí para alimentar a un pueblo que muy seguramente sabrá agradecer tanto empeño y todo ese cúmulo de sacrificio.

 

 

Hacemos un llamado a consumir alimentos cultivados en Colombia, a exigir la denominación de origen y a comprarle con responsabilidad y gratitud al país. Colombia no puede hacerle el juego a la importación de alimentos, lo de la tierra primero, por calidad, inocuidad, tranquilidad y gratitud.

Un abrazo y todas las bendiciones para los campesinos y productores del campo colombiano.

Visto 4005 veces