Sábado, 31 Julio 2021 00:55

Campesinado colombiano, adiós rentabilidad, bienvenida mendicidad

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Los dolientes directos del sector primario aseguran que no hay condiciones para sacar adelante una agricultura digna porque entre globalización e intermediarios arrasaron con el factor oportunidad.

Los empresarios del campo, los que siguen apostando por la ruralidad están muy preocupados porque no ven un horizonte claro para las actividades agropecuarias que siguen perdiendo terreno frente a las importaciones y utilidad con el relicario de intermediarios, unos actores que nada tienen que ver con la cadena básica, personas que no sufren ni ven la cruda realidad agraria para quedarse con el dinero de quien siembra.

Desde 1991 con la apertura económica, empezaron las quejas, ya que ese proceso de desgravación arancelaria vino acompañado de una afectación que se hizo visible en muy pocos meses, de hecho, los agricultores reportaron pérdidas económicas inmediatas, pero a la par con la adversidad económica, muchos alegaron un revés histórico porque el país entregaba generosamente la soberanía alimentaria.

Con el nuevo modelo económico que proponía mayores importaciones, menos siembras y una destrucción sistemática del empleo, arribó un desastre social que dejó el campo a la deriva, entregado y por fuera de las opciones. Los gobiernos decidieron inventar programas de desarrollo agropecuario, pero jamás alguien desde la Casa de Nariño propuso una política de Estado para el campo, seguramente estaban en remojo compromisos y había que priorizar otras agendas e intereses ajenos a la agricultura.

Las consecuencias no se hicieron esperar, miles y miles de hectáreas abandonaron los cultivos y destinaron la tierra a condominios, hoteles, sitios de recreo y vivienda, por ese lado, apareció un primer impacto en contra del campo. Como si fuera poco la mano de obra que no tenía empleo migró a los cultivos ilícitos, ubicados generalmente en zonas violentas, a la par surgió la desaparición de labranzas tradicionales, una industria incontrolable de agroinsumos y una descomposición social que hizo de los campos una literal tragedia.

El negocio rural que pudo ser para miles o millones de familias quedó reducido a café, ganadería, flores, banano, cacao, cultivos de ciclo largo como caña de azúcar, palma de aceite y algunas siembras esenciales como papa, arroz frijol, verduras y frutas. El trigo, el sorgo, la soya, la cebada, el ajonjolí y buena parte del maíz desaparecieron del mapa agrícola, la nueva ordenanza estaba centrada en las compras internacionales, con lo cual se afectó el suministro de productos para el procesamiento de concentrados, una mala noticia para la porcicultura, la avicultura y otras actividades pecuarias.

La otra gran angustia fue gestada, al parecer de buena fe, pero carente de sentido común y practicidad, se trata de un asistencialismo malévolo, costoso y sin ningún favor para el país. Las ayudas y la manutención obligada, hicieron que medio país trabajador, destinara recursos para la diversión del otro medio, el que renunció a las labores agropecuarias, quedando en manos de la caridad porque no se pueden decir mentiras, los gobiernos NO han puesto un solo peso para malacostumbrar a quienes le hacen el quite al trabajo y las responsabilidades, la plata para ese pernicioso modo de vida, la casó el colombiano asalariado, el empresario y quienes pagan impuestos, es decir, la gente, en medio de los apuros, tuvo que poner de su ingreso para subsanar las falencias de muchas personas que perfectamente pudieron recibir ayudas vía siembras, trabajo y reactivación del aparato productivo con programas dignos, pero nuevamente a nadie se le ocurrió nada. Qué vaina.

 

Luis Guillermo Garavito Mejía

 

 En diálogo con Diariolaeconomia.com, el zootecnista y analista de temas agropecuarios Luis Guillermo Garavito Mejía, dijo, que los anuncios casi apocalípticos se agudizan con el final de los plazos arancelarios de los tratados de libre comercio, con lo cual entrarán bienes sin gravámenes. Hoy el tiempo faltante, apuntó, es prácticamente poco.

El experto manifestó que el país cuenta con recursos, aprendizaje e innovación, pero reconoció que son demasiadas las falencias competitivas por infraestructura y mercadeo porque al productor local, sin bienes públicos ni vías terciarias, se le hace mucho más difícil competir y proyectar crecimiento, una falla de toda la vida. Lamentó que todos los palos en la rueda que tiene la agricultura, no le permite al productor llegar a los consumidores con cosechas relativamente baratas.

Expuso que un problema al parecer de nunca acabar es la intermediación, que les quita a los labriegos y ganaderos buena parte de lo que deberían ser las ganancias, ello sin dejar de lado que les resta a los hogares la posibilidad de alimentarse mejor y a bajo costo.

En ese orden de ideas sugirió retomar mecanismos de absorción de cosechas y producción pecuaria, con el fin de garantizar precios de referencia, tal y como ocurre con el café, un sistema que sería, no solamente viable sino ganador con la asociatividad y los proyectos cooperativos, ya que en solo Colombia el mercado es de 50 millones de consumidores, toda una oportunidad de renta.

Garavito cuestionó la falta de atención al campo y conceptuó que ha habido una total miopía, puesto que los gobiernos jamás vieron el problema agrario de una manera radical sino que fueron conformándose con pañitos de agua tibia y brindaron unos auxilios que no pesan en la competitividad campesina ni resuelven absolutamente nada, porque desestimulan el trabajo y hacen del labriego un perfecto pordiosero, una persona inútil que se conforma con algunas migajas de la gran torta que ofrece la economía campesina.

 

“De esa manera no se puede tener una solución sustancial a los problemas, el campo adolece de educación para los jóvenes que deben formarse para la economía rural, igual de capacitación e instrucción técnica para los campesinos mayores y desde luego una educación que llegue a las ciudades en donde la juventud se enamore de las labores agrícolas y encuentre en ellas la alternativa de vida que no tiene hoy. Se trata de un proceso de décadas, pero urge empezarlo cuanto antes y de manera constante. Ahora mismo en los campos hay mucha gente que no está haciendo nada porque recibe asistencia como Familias en Acción, Madres Cabeza de Familia, Jóvenes en Acción entre otras ayudas que resultan estériles porque no son recursos que premien el emprendimiento o cualquier proyecto productivo”, expuso el señor Garavito.

 

Insistió en mayores inversiones en capacitación para optimizar el campo, profesionalizarlo y lograr que la eficiencia reine en todas las actividades agrícolas y pecuarias.

 

La globalización nos hizo ver inútiles

 

Imagen de Herney Gómez en Pixabay

 

Sobre la internacionalización de la economía, el entendido apuntó que el negocio fue para los países ricos, relegando a las naciones en vía de desarrollo que tuvieron que eliminar sus cultivos para entrar a depender de unas importaciones masivas que no solo evaporaron el campo, sino que dejaron sin trabajo a cientos de miles de colombianos, una tendencia en América Latina.

Si bien Colombia no era un jugador de grandes ligas en materia comercial, llegó a tener oferta exportable de productos agrícolas desde décadas atrás, a tal punto que marcó un liderazgo en el área Andina y alcanzó reconocimiento hemisférico. Ya en ese tiempo el país hablaba de valor agregado en otros sectores y despachaba bienes que aportaron riqueza, empleo y equidad.

En opinión de Garavito, el mercado latinoamericano fue invadido por otros países que vieron potencial en la región, permitiendo la llegada de productos de Estados Unidos, China y Europa. Deploró que el intercambio en Suramérica fuera marchitándose de a poco hasta quedar casi que pulverizado, en vista que la Comunidad Andina perdió dinámica y protagonismo tal y como aconteció con el Mercado Común del Sur, Mercosur.

Hoy la invasión de productos es de tal calado que inclusive ha cambiado hasta la manera de alimentar a los pueblos que desarraigaron cultivos y desplazaron una cultura nutricional, todo debido a una musculatura financiera y económica que apalancó la llegada de nuevas alternativas de consumo con publicidad. Esa fuerza comercial, insistió el versado, hizo que los países dejaran de consumir sus siembras nativas para reemplazarlas por modas y regímenes alimenticios ajenos, algunos no muy amigos de la salud.

América Latina, aseveró el Zootecnista, debe buscar una reunión de alto nivel para lograr los consensos requeridos y de esa forma trazar una hoja de ruta que le de viabilidad a un intercambio comercial totalmente despolitizado, muy técnico y favorable para todas las economías de la región. Consideró que el nuevo mecanismo mercantil debería ser de máximo provecho para los países de la región, una opción que defienda lo autóctono, que potencie las familias latinoamericanas y propenda por salvar unas economías invadidas por unas potencias que usan estrategias de mercado demasiado fuertes para sacar la producción latina del ring.

La economía rural actual, explicó Garavito, está dentro del contexto de la agricultura industrial, la ganadería a gran escala y otros conceptos de avanzada que le quitan al campesino todo el protagonismo, lo desplazan del ámbito productivo y dejan ver muy pequeños los esfuerzos y trabajos hechos en mejoras productivas por tratarse de inversiones muy altas. A la fecha, comentó, el campesino no tiene en sus predios una variedad de cultivos en vista que por recomendaciones estatales lo limitaron a una sola siembra, lo convencieron de especializarse en una sola explotación, acabando así con la diversidad, el pancoger y la capacidad de ser autosostenibles en las fincas.

Señaló que fue tan importante la variedad de cultivos en las fincas que anteriormente la gente sólo iba al pueblo por la sal, la panela y el arroz, algo que terminó siendo un dicho popular en la región del Rionegro. En otras comarcas las fincas son exclusivamente ganaderas, predios en donde no se ve una sola mata de plátano.

 

“En el Llano ya no existe el famoso conuco o la porción de tierra concedida a los indígenas para su propio cultivo, tristemente dejó de existir la huerta en donde era fácil encontrar plátano, yuca y otros alimentos. Aquí en la parte alta de Pacho en Cundinamarca, las fincas lecheras tan solo tienen vacas, ningún acompañamiento que represente renta y por eso todo es leche y nada más, lo propio pasa en otras zonas en donde todo es arroz, banano, cítricos o café”, puntualizó el zootecnista.

 

 

Un modelo, agrícola, pensando en futuro, lo tiene exitosamente Brasil con su programa de agricultura familiar, un sistema productivo que permite abastecer país, garantizar calidad de vida en las haciendas y exportar. En Colombia, subrayó Garavito, ese método puede funcionar, pero única y exclusivamente con verdaderas condiciones, es decir con vías terciarias, distritos de riego, infraestructura, comunicaciones, servicios públicos óptimos y otras garantías, de lo contrario ninguna iniciativa está llamada a prosperar.

El tema, manifestó, pasa por una férrea voluntad política que mire al campo y le entregue lo que perdió durante tantos años. La economía campesina, razonó, demanda, aparte de bienes públicos, verdadera rentabilidad y toda la seguridad, además pide una cruzada de acciones que conlleven a una Colombia agraria, con oportunidad para todos, de inclusión y sin conflictos. Dicha empresa pide sostenibilidad y no incurrir en lo de siempre, unos programas gubernamentales con distintos planes para el agro que jamás progresan, todo por falta de consistencia en la política pública y en el diseño de un propósito agrícola serio, sólido y de largo aliento. Un ejemplo, saliendo del entorno nacional, son las alcaldías que proponen de todo y no concretan en absoluto nada, una contienda de monte y desmonte de proyectos, amén que las cosas funcionaran, como quien dice, quedan huellas para bien y para mal, pero nada terminado, tal y como pasó en la provincia con la puesta en marcha de unos invernaderos que jamás florecieron puesto que quedaron en el total abandono, algo grave porque todo lleva recursos implícitos.

A muchos campesinos los llaman y les dicen que recojan alevinos, pero el labriego no tiene ni idea de esa cría para sacar mojarra, cachama o lo que sea, finalmente los recibe y termina metiéndolos en pozos muy pequeños con el consecuente y tremendo desenlace. Así pasa con proyectos de gallinas, ovinos o cerdos en donde regalan ciertas cantidades de animales sin ofrecer la debida orientación de cría. Con unas ovejas que llegaron a la región todo quedó en veremos porque la gente sin saber cómo era el cuento prefirió comerse los tiernos rumiantes, ello debido a unos programas prácticamente impuestos que no llevan a nada.

En estos momentos de incertidumbre y zozobra, al campo no solo le toca reinventarse, modernizarse y acoplarse sino pensar de manera propositiva, apostándole a las cadenas productivas sobre la base de la asociatividad, un mecanismo eficiente y sólido para prosperar.

Garavito estimó que el sentido de la asociatividad debe inculcársele al niño desde que está en primero de primaria para que cuando crezca e ingrese al mundo productivo, no solo entienda ese principio, sino que valore la capacidad de trabajar en comunidad, de manera cooperada. Hay muchos correctivos que en ese frente deben hacerse porque existen casos en los que a las asociaciones les llegó dinero, pero con el tiempo vinieron los desencuentros, las reparticiones y la disolución de los proyectos, como es apenas razonable, la plata termina dilapidándose.

 

“En Colombia la asociatividad tiene futuro, pero sólo enseñándoles las virtudes de esta a los niños, hablamos de un plan de gran proyección a futuro cuando el modelo esté en manos de las nuevas generaciones, pero la gente adulta y básicamente los viejos son bastante renuentes a la asociatividad por todo lo que ha sucedido, plata extraviada, proyectos infructuosos y mucha ilusión, en ese teatro cada quién defiende lo suyo y no alcanza a imaginar las ventajas de unir fuerzas, repito a los niños hay que enseñarles, qué sin lugar a dudas, la asociatividad es la salida”, certificó Garavito.

 

Ninguna reforma tributaria en Colombia consideró al que produce alimentos

 

 

En estos días de conjeturas, nerviosismo y reforma tributaria, el experto en temas agropecuarios Luis Guillermo Garavito Mejía, afirmó que resulta todo un contrasentido que un país le cobre impuestos a quien produce alimentos ya que debería premiarlo o incentivarlo, sobre todo en sitios como Colombia en donde el labriego termina perdiendo plata.

La reforma que necesitan los colombianos es la que baje el IVA, reduzca la carga a las empresas y elimine exenciones, nada complejo de hacer, a lo anterior un cambio en el estatuto tributario que mejore las condiciones de los campesinos, muchos en condiciones de precariedad y sin la renta como estandarte.

Según Garavito, uno de los objetivos de la nueva propuesta tributaria es sacar en claro la renta básica, lo que tildó de absurdo porque hacerlo es prenderle velas a una política asistencialista que busca seguir sosteniendo gente que no quiere trabajar con la plata de los que sí laboran.

 

“Estas políticas de regalar plata y patrocinar la pereza no deben tener continuidad, eso lesiona al país que abnegadamente sale a trabajar, a ganar el pan con el sudor de su frente y al que le quitan para financiar la flojera. No es mucho el esfuerzo que debe hacerse para demostrar que ese tipo de política cambia campesinos y productores por lamentables limosneros, gente ociosa y cada vez más dependiente”, concluyó el zootecnista y experto en economía agraria Luis Guillermo Garavito Mejía.

 

El tema del asistencialismo afectó las zonas rurales, muy pocos quieren trabajar, la gente prefiere la plata fácil, la que otros con sacrificio y esfuerzo se ganan. El problema es tan grande que en varias fincas han puesto avisos requiriendo personal para laborar en diversas áreas, pero literalmente nadie llega, claro, la gran mayoría está esperando con ansiedad el inmerecido giro de Familias en Acción, ese que termina en estancos y sitios proclives a todo tipo de vicios, pero bueno, es la política social, qué le vamos a hacer.

 

Llegan en este cierre tres frases afables, sabias y recomendables dadas las circunstancias:

Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti. San Agustín.
Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida. Confucio
El trabajo endulza siempre la vida, pero los dulces no le gustan a todo el mundo. Víctor Hugo.

 

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