Miércoles, 25 Marzo 2020 20:12

Casa de la Poesía Silva, la máquina del tiempo

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Cuando los versos se hacen necesarios, la visita a este espectacular sitio se hace perentoria.

Los intensos rayos de sol iluminaban de manera especial la fantasmal Candelaria, esa de calles angostas y bautizadas con placas de recordatorio hechas en loza blanca con letras azules. Avanzamos lentamente, quizás con el afán de acabar con la curiosidad, pero igual huyendo de un clima canicular muy del verano bogotano, el mismo que abraza en las tardes, pero que rompe huesos en las noches con el tremendo frío que hace empalme en la capital nocturna.

Estábamos allí a unos pasos de la casona vieja de techos firmes en barro cocido que dejaban unas salidas o aleros de unos veinte centímetros, ya veíamos con entusiasmo tres ventanas enormes por donde muy seguramente se hacía visita o se notificaban anuncios en ese aciago final del siglo XIX. Mientras los cansados pies devoraban andén, por fin llegó el destino trazado, súbitamente estábamos en la puerta tallada de fina y espectacular madera, la que al cerrarse muestra y a tiempo esconde los secretos de amores prohibidos, de épocas difíciles y de odios encendidos.

Claro que sí, estábamos entrando a una máquina del tiempo, nos retrocedimos en la historia y nos saludó imponente la Casa de la Poesía Silva, la misma que albergó a José Asunción Silva, el creador del Nocturno y muchas otras composiciones literarias. Allí en la vetusta casa vivió el vate hasta la tarde nefasta de su suicidio, cuando tomó la pistola antigua y se disparó en el pecho, quizás sacando un sentimiento espurio, imposible y ajeno.

Es posible que por sus ventanas haya salido impávido el espíritu del gran poeta e igual es factible que por esas mismas cristaleras haya tomado la decisión de volver para en las noches llorar desconsolado y narrar su tragedia a las lóbregas madrugadas con recuerdos apasionados y dulces, pero igual con otros amargos de anís y ajenjo.

Pasamos por un patio corto y relativamente angosto, al fondo veíamos una habitación que tras pasar por un jardín interior antiguo, rodeado por barandas de madera y decorado naturalmente con macetas sembradas de flores, acompañadas de verdes y abiertos helechos, nos llevó a una pequeña oficina. La persona que allí estaba nos dijo de manera contundente, “en esta habitación murió, José Asunción Silva, aquí se disparó”.

José Asunción Silva

Quienes estábamos en la fila quedamos fríos, resolvimos casi que al unísono observar las paredes del sitio, de lado a lado, y de arriba abajo. Creamos de manera morbosa la escena lamentable del suicida, pero igual de ese pequeño lugar salía una fuerza extraña que tomaba nuestros cuerpos y nos susurraba en los oídos. Esa sensación es quizás la creación de la predisposición y de los embrujos que llegan a la mente y se alojan allí para luego crear ilusiones.

Salimos de la habitación y tomamos otro pequeño sendero que al entrar a la casa se encuentra a la izquierda del cuarto de Silva. Deambulamos suavemente contemplando fotos y cuadros en sepia así como en blanco y negro, sin duda estábamos en nuestros tiempos de visita grata en la penumbra de un siglo y en el alba de otro. Observamos imágenes de los grandes poetas, allí estaban Porfirio Barba Jacob, Julio Flórez, con su pluma lóbrega y mordaz, pero también estaba decorando las paredes de tono zapote, Rafael Pombo, el de la cara fina, bigote espeso y su triangular barbilla. En fin, no habíamos pasado más de diez metros y ya estábamos repletos de historia.

La Casa de la Poesía Silva es grande y amplia, pero al mismo tiempo angosta y compleja. Hay otros pequeños pasillos que sirven de galería para observar retratos y momentos borrosos de la época. Resulta impresionante estar al interior de una casona a donde llegaron los pormenores de la Guerra de los Mil Días, del sitio que salió yerto el poeta y la misma que sobrevivió a los horrores del terrible “Bogotazo”.

Entrar por esos pasillos nos dejó ver un pasado que nos explica el presente y posiblemente el futuro. Allí no es difícil experimentar mal humor y rabia extrema ya que al entrar a la librería que queda al fondo de la casa, es incontable el número de títulos y de libros de la composición, de la literatura del siglo XIX, es chocante saber que los colegios y las universidades obviaron este tipo de obras que a juzgar por voces internas de la casa, quedaron sepultadas por la obra de Gabriel García Márquez.

Lo cierto es que no solamente hay injusticia dejando las obras clásicas en el empolvado y mohoso ático, sino un desperdicio cultural y educativo en vista que se deja de lado el bien hablar y la redacción exquisita, excelsa y milimétricamente perfecta en párrafos llenos de sintaxis, acerbo y contenido.

Al devolvernos por entre cuadros y retratos de la espectacular biblioteca, retornamos hacia la puerta de salida por la orilla de los jardines adoquinados con piedra brillante de tonos negro, rojo y crema, dejando ver la huella de los siglos, salpicados de encanto, de tinieblas gélidas, sobre todo cuando cae la noche en la Candelaria con su generosa neblina, pero igual salpicó con ímpetu la casa, una gran tristeza, la sangre y el dolor de un Prometeo que dio a todos razón de vida menos justificación al pronto e intrínseco juicio que marcó la sentencia brutal de su relativa corta existencia.

Antes de llegar al final del recorrido es obligatorio ingresar a un gran salón por donde se llega tras descender por unas escalerillas a un entorno bibliotecario, con mesas y sillas para deleitarse con la ingeniosa y única poesía y obra del siglo XIX. En ese recinto hay dos personas, una la encargada de brindar información sobre la obra del poeta y sus colegas del momento y otra que tiene como tarea imprimir poemas, esquelas y libros para auscultar aspectos puntuales de la gramática de ese siglo de oro.

Finalmente llegamos a la gran sala, en la que José Asunción se sentaba a mirar su copa de vino, a darle vueltas y posar suavemente su olfato en los vapores invisibles del fermentado jugo de la vid, en ese gran salón, otrora de recibo y regocijo, ahora se ingresa a la sala de conferencias María Mercedes Carranza. La sala de las tres ventanas enormes, que sirve hoy como aula máxima para eventos de reuniones especiales.

Al dejar cuadros y recuerdos, al abandonar el sitio por los bordes del jardín florido, en donde el moho queda y el yeso brota de los finos acabados de una juiciosa restauración, salimos de la Casa de la Poesía Silva en donde el amor y un arma de fuego cegaron la vida de un poeta superlativo, un 24 de mayo1896, quizás el día más nocturno de la vida bogotana en un siglo que dejó herencias culturales que nadie, hoy, quiere reclamar.

La Candelaria, BogotáEn un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el angosto andén de retorno a 2020, al mirar las casas antiguas de maderas rancias, rompió el silencio la campana desesperada de la catedral, casi que como un aviso del fin del recorrido. Al rato cerraron las puertas, al acercarse la tarde noche, pero al mirar con merodeo hacia los ventanales quisimos ver la estampa del caballero de pelo ondulado y barba abundante, echando un vistazo tranquilo a las afueras de las cambiadas calles.

Esta Bogotá ofrece desde sus calles históricas hasta sus viejas casonas, unos paseos sumamente gratos que pueden terminar en los días bonitos del tranvía, de los bogotanos aperados de abrigo y traje tipo gales así como de campesinos y comerciantes hablando del crecimiento urbano en las chicherías de los Laches, la Perseverancia o Egipto, barrios eternos de la bella capital. En esos viajes llegamos hasta el edificio Agustín Nieto, retratamos la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, entre lamentos y llamas nos erizamos con el “Bogotazo” y posiblemente compartimos lágrimas con la “loca Margarita”, observamos derrumbado a “Pomponio” y sin razones al bobo del tranvía.

La sintesis hecha es una parte reducida de lo que puede regalarnos Bogotá en historia y cultura, pero igual explica porque es una de las ciudades latinoamericanas más visitadas, pues para propios y extraños, la gran metrópoli sigue en medio de un frenético desarrollo, obnubilada por las gratas historias de una ciudad en donde pasó y ha pasado de todo. Tierra de nobles, de clérigos, poetas y notables, la ciudad creció igual al lado de vagos, borrachos tragedias, picaros, muérganos y vergajos.


Juntos los dos

 

Juntos los dos reímos cierto día...
¡Ay, y reímos tanto
Que toda aquella risa bulliciosa
Se tornó pronto en llanto!

Después, juntos los dos, alguna noche,
Reímos mucho, tanto,
Que quedó como huella de las lágrimas
Un misterioso encanto!

Nacen hondos suspiros, de la orgía
Entre las copas cálidas
Y en el agua salobre de los mares,
Se forjan perlas pálidas!

 

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