Domingo, 30 Agosto 2020 01:24

Caficultura colombiana: Eterna, bella, especial y con alma de mujer

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Durante siglos la caficultura colombiana ha tenido un componente económico y social de grandes magnitudes, pero al lado de ésta y marcando la pauta ha estado la mujer, el aliento del café.

Auscultando la historia del café en Colombia que empieza a escribirse en 1730 con la comunidad jesuita en los llanos orientales que adornaba con cafetos las orillas del Orinoco y luego dando pasos comerciales en Salazar de las Palmas, simbólico pueblo de Norte de Santander, cuando en 1835 el padre Francisco Romero, hacía un canje inusual, purificando almas pecadoras por siembras de café. Desde esos tiempos, esta actividad económica, la más importante de Colombia, empezó a crear marca y a darle identidad a un país incipiente que venía de guerras independentistas que serían evocadas en medio de otras disputas.

Con el café vino desarrollo y el surgimiento de nuevos emprendimientos y movimientos que le fueron dando mayor riqueza a la historia de Colombia. A mediados del siglo XIX arrancó la colonización antioqueña y con ella un auge agrícola y cafetero que fue llevando semillas del grano bendito a tierras desconocidas e inhóspitas que marcaban un desafío y después una meta en la que iban izándose las banderas de la fe y la perseverancia. ¡Oh seres humanos tenaces los que desmontaron cordillera, enfrentaron enfermedades tropicales, hicieron caminos en serranías intransitables y fundaron municipios desplazando selvas y bosques, haciendo posible lo imposible!.

Allí en esas montañas asustadoras, de mañanas y tardes similares por las nubes blancas entre espesas y transparentes que a manera de velillo cubrían las cúspides de las montañas bañadas por una lluvia pertinaz, los decididos colonos seguían sin freno, acompañados con sus familias y rodeados de mulares, caballos, mansos bueyes y asnos que cargaban víveres, trasteos e ilusiones. Fueron complicados los momentos de la dura mitad del siglo XIX en el sur de Antioquia y en el occidente colombiano, pero la historia confirma que bien valió la pena.

 

Los siglos acabaron calendarios, multiplicaron efemérides y en medio de la aventura hubo hombres valientes, pero igual mujeres templadas, matronas y bizarras que fueron dejando caer en sus duras y cansadas espaldas la responsabilidad del éxito así como de dar esa compañía afable que iba convirtiéndose en un sol perenne que iluminaba días y noches oscuras e igual aterradoras. La mujer campesina, la colona y la emblemática luchadora no conoció cansancio, tampoco pesimismo y menos la derrota. Esa fémina de temperamento recio también cargó machete, igual rompió selvas, sin contemplación abrió caminos sin temores ni reservas. No hubo motivo que la apartara del reto, ni la geografía, ni los climas cambiantes, nada, hasta soportó el sollozo de las lloronas, el rugido del tigre o jaguar furtivo, los graznidos y ecos que venían de los bosques en donde aseguran volaban amenazantes y sin pudor las brujas haciéndoles compañía a los espantos, a los duendes y a los seres raros que solían llevarse mozas para dejarlas despavoridas en la tenebrosidad de la maraña.

Partiendo de las siembras ornamentales de café en 1730 podemos decir que estamos a diez años de cumplir tres siglos de caficultura, o por lo menos de lidiar con la mata hasta hacerla comercial. En ese tiempo, al buscar una mujer referente del café es muy fácil darse cuenta que la respuesta se da sola, todas las mujeres cafeteras rubricaron su historia, ellas edificaron pasado, sostienen presente y proyectan futuro, las mujeres del café dijeron “aquí estamos”. Hoy les hacemos un merecido homenaje a las pioneras de una actividad, de una economía, de un emblema y de una marca. Son ellas, las mujeres todas, las que partieron y sin intimidarse avanzaron, ellas las que en cantidades parieron los hijos del café y fueron ganando terreno como también respeto en una sociedad cafetera que existe por su entrega, su amor y todo el compromiso. Ese empoderamiento del que hablan hoy ya brillaba en la mitad remarcada del siglo XIX y en la alborada del siglo XX. En el presente tan solo se ratifica un hecho cumplido, el papel protagónico de la mujer en la muy especial caficultura.

 

¡Oh seres humanos tenaces los que desmontaron cordillera, enfrentaron enfermedades tropicales, hicieron caminos en serranías intransitables y fundaron municipios desplazando selvas y bosques, haciendo posible lo imposible!.

 

Ha resultado vital el papel de la mujer en la economía cafetera, ella con su hiperactividad y con sus conocimientos fue llevando hombro a hombro con su socio marital un sector que afianzó exportaciones, ella, la cafetera, conquistó montañas y administró fincas, soportando amenazas, enterrando esposos, hijos y padres, en ocasiones a sus comadres o afines con quienes dejó de ir a la iglesia con camándula en mano y velo mantilla en sus cabezas para dejarlas reposando en la eternidad del sosegado campo santo. Ella en medio de una violencia absurda domiciliada en Colombia casi que de manera perpetua, desenterró la caficultura cuando quedó atomizada como ocurrió en tiempos de la guerra de los Mil Días, tal y como sucedió con la violencia de los años 50, la de nombres, apellidos y motes pavorosos. Después el conflicto con una amenaza letal, de manera sistemática quitó tierras, pertenencias y más vidas. Sin duda, la campesina, la luchadora, la señora y la respetuosamente llamada patrona, logró ganarse un puesto de honor en el ámbito cafetero porque puso en esta siembra además de llanto, alma, corazón y vida.

 

Cenaida María Osorio Ospina

En diálogo con Diariolaeconomia.com, la caficultora Cenaida María Osorio Ospina, narró que nació en tierras cafeteras, llegó al mundo en una finca antioqueña en donde creció en medio de sonrisas tiernas y uno que otro berrinche. Párvula camino por entre cafetos a tiempo que tomó tetero mirando a sus padres recoger grano y hacer beneficio. Dijo que empezó a trabajar en las siembras a los doce años, cuando aún le contaba sus secretos a las muñecas.

En la finca de sus padres, don Braulio Antonio Osorio Franco y la señora Edilma Ospina, prosperaban los árboles de café, pero igual la caña panelera y el ganado. Al lado de los cultivos de café era común ver actividad en el trapiche que dejaba escapara olores dulces y aromas únicos.

Cenaida creció y pronto conoció el amor, sentimiento que le dejó su primer hijo, empero, los meses y los años fueron pasando hasta que un día cualquiera llegó la terrible noticia a su casa y fue el deceso de don Braulio, una razón de peso para que Cenaida replicara lo de sus ancestros, salir de la casa materna y partir a tierras del sur hasta llegar al Quindío.

En ese recorrido recordó la entrega al campo de su señor padre, las enseñanzas de doña Edilma y los rostros de sus ocho hermanos que optaron por quedarse con el legado paterno en la bonita finca de Nariño, un municipio de la subregión oriente de Antioquia fundado en 1827.

Para Cenaida el campo es una bendición y deja ver una renta vital porque la gente aún subsiste de lo que da la tierra y por ello recomendó, aparte de sembrar buen café, cuidar el cerdo, la gallina y sacar los huevos criollos para venderlos y así sumar ingresos. En su finca de Filandia crecen unas variedades de café especial con muy buena taza, pero igual frutas y verduras, una agricultura que le permitió alimentarse en estos momentos de encierro y calamidad sanitaria.

 

“Nadie se imaginó que dañar la tierra traería consecuencias y mire lo que nos llegó. Quienes estamos en el campo somos bendecidos porque tenemos alimentos a la mano y no hemos sentido todo lo que está pasando. La salud la tenemos, trabajamos a diario y la finca nos da muchos alimentos que consumimos e inclusive nos permite generar oferta para vender y así poder ahorrar. Como quien dice vendemos café y ajustamos las finanzas con otros productos que la tierra nos brinda”, declaró la señora Cenaida María Osorio Ospina.

 

La vida de esta caficultora transcurre con tranquilidad porque su dinámica agropecuaria se lo permite. Ella siembra con mucho esmero en su finca ubicada en la vereda La Morelia en la siempre bella y colorida Filandia, una de las joyas cafeteras y turísticas que tiene el departamento del Quindío.

 

Mi Tierra Café con Mirada de Mujer

 

Municipio de Filandia, Quindio

Sin duda don Braulio y su disciplina marcaron el derrotero de Cenaida que llevó muchos conocimientos y secretos de café a tierras quindianas. En Filandia, esta emprendedora logró llegar a un proyecto asociativo que reunió diez familias cafeteras que labran sus predios para extraer un café de mucha calidad porque en cada siembra va una síntesis de conocimiento y de experiencia en torno al bebestible.

Hoy Cenaida selecciona y beneficia café para llevarlo a una maquila, pero tiene claro por su vivencia que entre mejor se hagan las cosas y más calidad se logre, el precio siempre será mejor. De manera sencilla arrancó en una idea grupal que le enseño a convivir con otras personas con diferentes credos y costumbres, pero que finalmente se encontraban en ese entorno amable, tan propio de la caficultura.

El café que produce la señora Cenaida es un grano de buen aroma y sabores maderables con tonalidades de cítrico, una bebida encantadora que surte con orgullo el proyecto “Mi tierra Café con Mirada de Mujer”, una distribuidora de grano especial en donde igual es posible tomar una taza de café con las mejores calificaciones y características, un negocio afectado por la pandemia, pero amorosamente con las puertas abiertas.

Sobre la asociación dice que es una buena apuesta porque se vende grano al amparo de una sola marca lo cual demuestra que la unión hace la fuerza. “Mi tierra Café con Mirada de Mujer” tiene sede en Armenia en un mirador muy cercano al hospital mental por lo que algunos dicen en mofa que el café de la tienda es de locura. El sitio es de muy fácil acceso además porque está en la calle del tiempo detenido, un rincón romántico y retrospectivo de la capital “cuyabra”.

El grano que lleva la juiciosa caficultora a la cooperativa es remunerado a muy buen precio ya que le pagan calidad, valor agregado por beneficio y las primas correspondientes por dedicarse a un café arábica excelso de excelentes particularidades.

 

“Los precios por encima del millón de pesos que nos han reconocido en lo que va del año nos ayudó mucho porque pagamos deudas, mejoramos la calidad de vida y nos permitió ahorrar para retribuirle a la finca, la verdad que entre las cotizaciones de Nueva York y la tasa de cambio fuimos encontrando una solución a unos problemas que se venían acumulando. Esta dicha inclusive es el fruto de haber aguantado tantas dificultades pues cuando llegan estos niveles de precio, a Dios gracias, uno administra el dinero de la mejor manera”, comentó la caficultora.

 

La buena productividad de la finca de Cenaida le facilita la vida y los excedentes que tiene los lleva a Armenia en donde vende mandarina, naranja, pitaya, plátano, yuca, pollos gallinas y huevos. Dos veces a la semana vuelve a la ciudad a vender puerta a puerta productos que ella misma elabora como chorizos y otros que ya le encargan por el sabor paisa pues sostiene que lo que se ha vivido se ha aprendido.

A Cenaida la acompañan dándole mucha fuerza sus tres hijos y un nieto, núcleo familiar feliz que estudia y trabaja, haciendo de la caficultura un ejemplo de articulación y apego maternal. En su vida están Hugo, de 24 años, Luisa Fernanda que cumplió 17 años e Isabela, la cuba con siete años, tres regalos de Dios que hoy alumbran su estancia. Destaca mucho el apego de su pequeña hija de siete años quien le sirve de consejera en momentos de tristeza y desánimo.

La contertulia es una mujer fuerte que supo hacerle frente a lo que la vida le impuso, su espíritu combativo y su inventiva la llevaron a salir adelante y a educar sus hijos de la mejor manera y bajo preceptos de respeto y honestidad.

Pese a que están en otras actividades, sus hijos viven en la finca y no les pierden la huella a sus ancestros un punto amable que hace pensar que la saga puede seguir y que los hijos de Cenaida seguirán en el café.

 

“Yo lamento que los gobiernos durante tantos años nos hayan olvidado y acabado con buena parte del campo. Muchos olvidan que de las veredas sale la comida para los centros urbanos. La ruralidad está abandonada, los que siguen trabajan con las uñas, sin apoyo y pagando unos insumos imposibles que nos quita rentabilidad, limitando nuestro trabajo. Lo cierto es que sin campo no hay ciudad, pero insisto, los campesinos no somos importantes para el gobierno y no basta sino ver el presupuesto para agricultura”, precisó Cenaida Osorio Ospina.

 

La muy amable antioqueña, hoy adoptada por el Quindío, ama el campo, lleva el café en sus venas y agradece cada momento en su vida campesina porque le regaló lo que no muchos tienen, felicidad. Cuando escucha el término café lo asocia con riqueza, trabajo, exportaciones, inclusión, alegría, quimeras y oportunidad.

En tres cuadras y media cabe un mundo de felicidad, en ese sitio arropado por el cielo de Filandia hay cabida para los hijos, pero igual para recordar las enseñanzas de don Braulio y de doña Edilma que le inculcaron el amor por el trabajo, la lucha y la perseverancia, igual le hicieron una transferencia de conocimientos que Cenaida aplica de manera exitosa. Es tan grande su corazón que no cierra las puertas del afecto y la solidaridad. A su finca llegó una persona que hoy tiene 84 años y la ejemplar mujer lo acogió de manera especial sin esperar nada a cambio.

Han pasado los años, pero esta mujer de voz fresca, de tono fuerte y muy cordial no muestra la edad, está vigente aún con una juventud eterna, disfrutando de las mieles que generosamente le brindan su trabajo y los premios que soterradamente le entrega la vida.

 

“En la vida no hay nada imposible, en el café tampoco, la asociatividad hay que promoverla y si algunos no quieren caminar por ese sendero no queda más remedio que darle la oportunidad a muchos que anhelan fortalecerse con procesos asociativos”, concluyó la caficultora Cenaida María Osorio Ospina.

 

Indudablemente, hay que decirlo, la Caficultura del país tiene corazón eterno, pero especialmente alma de mujer. Ese detalle lo hace una bebida mucho más que especial.

 

Luz Gaviria Ocampo, retomando raíces cafeteras en medio del Placer

 

Luz Gaviria Ocampo

También fue muy agradable platicar con Luz Gaviria Ocampo, otra mujer de la caficultura que tuvo la oportunidad de educarse, de formarse intelectualmente, pero consciente que la vida laboral es muy corta porque llega hasta los 40 años para el caso colombiano.

Luz nació en Armenia, es uno de los retoños de Luis Alberto Gaviria y de la señora Rubiela Ocampo, dos personas criadas en cuna de principios y temerosos de Dios. Como todos los quindianos es una heredera de la colonización antioqueña toda vez que su padre tiene raíces paisas al venir de una familia tabacalera y muy dada a la agricultura en la coloquial Antioquia, por su parte doña Rubiela desciende de un linaje risaraldense, respetable y cercanos al café.

 

“Yo soy hija de caficultores, en mi juventud me preparé y trabajé en la ciudad, pero ahora por asuntos laborales y familiares retomé mis raíces cafeteras por lo que estoy a cargo de la finca altamente rendidora y con un grano de elevada calidad. Generalmente hago parte de casi toda la cadena productiva, no recolecto, pero si hago beneficio, tuesto, empaco y envío el café a Estados Unidos para que mi hermana lo venda”, puntualizó Luz Gaviria Ocampo.

 

La finca se encuentra en la vereda El Placer, un espectáculo geográfico y toda una oferta paisajística. Ese gusto lo ha tenido la familia Gaviria Ocampo desde hace 44 años cuando adquirieron la propiedad. Aparte del café Luz se dedica a la huerta y a la cría de aves de corral por su parte doña Rubiela encuentra plácida distracción cultivando orquídeas y trabajando con su hija bajo parámetros de sostenibilidad y respeto por el medio ambiente, unas prácticas agrícolas que las ha conducido a crear composteras, un proceso de descomposición de desperdicios orgánicos dentro del cual el material vegetal y animal se convierten en abono.

Allí tienen cabida las hojas que caen de los árboles, desperdicios de comida, estiércol, plumas, yerbas e inclusive pasto. Todo resulta un nutriente ideal para abonar la tierra y darle nutrientes. Dentro de los menesteres de estas dos valiosas cafeteras está el separar los residuos sólidos de los plásticos y crear ambientes de flores llenas de color para que lleguen animales y pájaros. Por las arboledas y florestas es común ver colibríes, tangaras y otras aves que suelen distraer.

 

La muy dinámica Luz creó la marca “San Luis, Café Celestial” un sello conocido en el exterior en donde lo piden y lo valoran porque este café colombiano de pura cepa, sabe a frutos rojos y tiene unos agradables aromas herbales. Según explicó la caficultora, este perfil se logra por beneficiar con poca agua en un proceso tipo Honey, aprovechando el mucílago y secando en sombra.

Este tipo de café sembrado con amor, recolectado y escogido sin prisa, pero sometido a un beneficio con métodos muy por fuera de lo tradicional es lo que le da esa característica de especial, un café con más calidad y debido a eso con mayor precio.

Como todos los caficultores, Luz le ha dado muy buen recibo a los precios del café que les sirvieron a muchos caficultores y no tanto a su hacienda que este año tuvo una muy baja producción. De todas maneras, dijo, hubo más ingreso, la gente sigue disfrutando de buenos precios y con esa coyuntura fueron conjurados los problemas de deuda y de mejoras en los predios.

Mucha gente, afirmó, le retribuyó a sus propiedades y compraron insumos de alto precio, pero afortunadamente con la plata en el bolsillo para adquirirlos, igual pudo cubrirse sin angustia la mano de obra, un rubro complicado cuando de administrar fincas se trata.

Cuando apenas tenía tres años y llevaba la mamila en la mano, Luz llegó a la finca y supo de lo espectacular del campo ya con los años aprendió de su padre todos los secretos y técnicas del café. El aprendizaje nunca paro hasta hace una década cuando su respetabilísimo progenitor dejó de existir. Amén de la muerte de don Luis Alberto, que dejó a la familia en una nube gris y totalmente cargada de nostalgia, pesar, recuerdos y dolor, las lecciones siguieron en la mente pues pareciera que mientras duerme, el fiel caficultor baja del cielo a repasar algunas técnicas de siembra y beneficio puesto que siente que con la católica marca su hija amada lo beatificó.

La imponente Filandia acogió a Luz, pero la familia, prendada del Quindío, fue escogiendo otros sitios para establecerse como Montenegro, Quimbaya y otros sectores del departamento cafetero. Don Luis se fue al viaje que todos los humanos tienen asegurado y con tiquete comprado, pero marcó una familia respetable, decente, trabajadora y extremadamente responsable.

La compra de la finca fue hecha al mejor estilo de la antigua usanza puesto que pagó una parte y el saldo que quedó debiendo no necesitó letra ni documento público o notarial, su palabra fue suficiente y con ella legalizó un negocio que con el caer de las hojas del vetusto y resistente árbol del tiempo, aseguró el futuro de su familia.

 

“Con la cosecha cafetera de 1977 que fue una bonanza en el Quindío y en el país cafetero, hubo plata y se pudo pagar la deuda. Nos da orgullo contarlo porque no existió reclamo alguno, no se firmaron letras y no se presentaron inconvenientes, sencillamente la palabra fue honrada. Gracias al esfuerzo, mi padre trabajó con esmero la finca, cosecho, ganó y cumplió”, señaló Luz Gaviria Ocampo.

 

De a poco la familia se dio a la tarea de averiguar por la historia del predio, ello debido a un encuentro con los anteriores dueños, actualmente han podido descubrir el marco histórico de la vereda en donde el nombre de Luis Alberto Gaviria, se pronuncia con aprecio, siendo un referente de la zona. Eso explica el apego de su hija por la propiedad e igualmente por las herramientas y utensilios que su padre fabricó.

 

“Con esa finca mi papá mantuvo y educó tres hijos, nos dio calidad de vida, construyó una bonita casa y nos regaló años maravillosos matizados por la tranquilidad. Mis hermanos están en el exterior, pero seguramente, al igual que yo recuerdan de manera especial a un hombre espectacular y por encima de todo un enorme ser humano”, dijo.

 

La caficultura, una novia gratísima del café, no olvida sus raíces, sabe que es descendiente de la colonización antioqueña, gente apegada al trabajo, muy emprendedora e innovadora que consolidaron al café como un emblema y como la carta de presentación de Colombia ante el mundo.

Un aspecto de la vida de antaño que evoca Luz Gaviria es el sentido solidario, el despego y el amor por el prójimo en tiempos de fundación y escasez. En los años anteriores, afirmó, la gente vivía para servir y en el contexto cafetero el ser útil para la comunidad era como un voto y una vocación. Esta entregada caficultora recuerda el viejo Jepp Willys de la casa transitando por las vías del Quindío, sacando café o llevando bultos con insumos para la finca, igual trae a presente rostros alegres y caficultores abnegados montados en el resistente vehículo.

 

La mujer para el café es corazón, sabor y delicadeza, es una artista que transforma suave y pacientemente el grano para darle gustillo, igual es talento y ojo avizor, la mujer en el café es éxito y calidad porque el producto de alta exigencia que tiene mejores aromas y sabores viene de las tiernas manos de las matronas así como de una generación reciente de damas sumidas en un arte nada fácil de procesar café diferenciando con alto valor añadido. El café tiene un toque maternal y por encima de todo, entrega y amor, sin duda cada taza humeante y aromática lleva la firma sentimental de la fémina que sembró matas y dedicó días para poner en el mercado, café de Colombia, con jactancia, responsabilidad y arrojo”, concluyó Luz Gaviria Ocampo.

 

Actualmente hay preocupación por el envejecimiento del campo y de la caficultura, hay zozobra por el devenir del agro y temor por perder de lleno la autosuficiencia y la capacidad de abastecimiento. Es factible, aseguran las mujeres del café, que con la pandemia tenga que revisarse la política agropecuaria, suponen que todo el golpe y la enseñanza, haga que los colombianos en su totalidad miren con respeto y admiración al campesino. No pueden desconocer, apuntan, que mientras la gente tuvo que estar encerrada, los labriegos llevaron alimentos a la mesa. Los caficultores igual renovaron y jamás detuvieron sus faenas, no en vano los cafeteros y cafeteras mantendrán una producción que ronda los catorce millones de sacos de grano excelso.

Superlativa es la mujer cafetera, todo un paradigma de sacrificio y trabajo. Esas musas del café siguen activas, pero muy preocupadas por el desplazamiento voluntario, muchos caficultores jubilados optaron por vender sus fincas y hoy tan solo hay condominios, piscinas y césped. El urbanismo invadió al campo y en su apresurada campaña por desaparecer los rastros agrícolas, saturó con ladrillos, cemento y pavimento lo que hasta hace poco era una caficultura ancestral, valiosa y cultural.

 

Juana María cerrando siglo y los 105 años de Ángela entre matas de café, ¡qué maravilla!

 

Ángela Ospina Acosta

Qué bueno pensar en la mujer cafetera, tomar una hoja en blanco y darle multicolor vida a todo un compendio de historia económica de Colombia. Para el capítulo Quindío hay que evocar a la señora Juana María Acosta, nacida en la postrimería del siglo XIX, mujer de armas tomar, rígida y amable, llena de laboriosidad y responsable, como muchas, de las bases del imperio cafetero. Hoy le sobrevive su hija Ángela Ospina Acosta, cafetera como sus padres y ancestros, señora que lleva encima 105 años de vida, la mayoría de ellos dedicados al café. Nació en 1915 y como muchos hijos de los colonos antioqueños, fue trascendental en la consolidación de los que serían, nuevos departamentos cafeteros.

La respetable y centenaria Ángela llegó al mundo en momentos sumamente complejos, en ese período el Presidente de la República era el conservador José Vicente Concha Ferreira. El país aún no digería la pérdida de Panamá ocurrida en 1903 y ya había ruidos en contra de muchas decisiones. En ese tiempo el muy destacado Eduardo Santos denunció a la poderosa United Fruit Company a la que tildó como fuente de inequidad y un peligro para el país.

En 1915 entró en funcionamiento el cable aéreo que unió a Manizales con la ciudad de Mariquita, pero igual se producen otros hechos como el respaldo ideológico que en ese tiempo le dio a Alemania el brillante hombre de la política Laureano Gómez. También el año es trascendental porque llegó El Espectador diario de la tarde a Bogotá, retornó a Colombia el cuestionado expresidente Rafael Reyes y fue fundada la Cruz Roja Colombiana.

El año dejó recuerdos políticos poco amables como una discusión en la Cámara de Representantes que terminó a puñetazo limpio entre Sotero Peñuela y Laureano Gómez. Pasó mucho, pero lo más destacado trabajó en silencio y fue el afianzamiento de una caficultura loable en la que participo más adelante la señora Ángela Ospina y su esposo, don Pedro Pablo Giraldo un hombre hacendoso y cafetero nacido entre cafetos y para el café en 1916.

Luego de ver prosperar cosecha tras cosecha, doña Ángela tuvo tiempo para todo, cuidó finca, vigiló cultivos y cumplió una superlativa función de madre y motor de hogar. Alumbró 18 hijos, empero los meses y los años fueron duros, por instantes crueles, porque murieron varios de sus retoños y hoy su cumpleaños lo corean diez voces, diez almas que orondas dicen mamá.

Como Juana María Acosta, la legendaria mujer de finales del siglo XIX y con Ángela que vio el resplandor del siglo XX, siguió toda un legado cafetero que hoy asumen con gran sentimiento algunos de sus hijos como acontece con la siempre dispuesta y afable Alba Gladys Giraldo, quién igual que su madre y su abuela entró al mundo del café cuando apenas daba sus primeros pasos.

La historia de la mujer en la caficultura es toda, fue la columna vertebral de una economía incipiente y de una sociedad ilusionada que presenció desde 1830 la fundación del futuro de una nación que a la fecha le debe ingreso, inclusión, trabajo y prestigio a los granos de café.

 

La cabeza de Ángela está llena de siembras cafeteras, de caras familiares y cuitas intermitentes. Heredó los predios de doña Juana y no fue inferior al voto de confianza, sembró café, empujó mulas, atendió la muchachada y quizás en un instante callado, tejió y bordó. La vida sigue siendo magnánima con la “mamá grande”, hoy le sobra sonrisas, tranquilidad y amor. Ve rostros asustados por una pandemia y recuerda que ese caso lo vivió siendo muy pequeña cuando a sus tres años escuchaba el tirar de las puertas para que no ingresara la gripe española en 1918.

El agua cristalina y pura que baja por entre piedras lizas de cavernas escondidas en las montañas que cubren los helechos, musgos y flores silvestres con colores vivos como orquídeas de monte y otras especies de bosques andinos y sub-andinos, siguen ahí como en los tiempos primeros de la caficultura. Las tierras del Eje Cafetero, otrora Viejo Caldas, mantuvieron esa fama de hermoso paisaje y sitio sinigual. Por esas montañas del legado paisa volaron majestuosos cóndores, igual águilas, halcones y aves varias.

En historia cafetera cada paso fue una letra, un suspiro un párrafo y un logro toda una obra, el performance de una obra de arte expresada en sabor, aroma y esfuerzo. Este especial igual abraza con total agradecimiento a las mujeres cafeteras de la Sierra Nevada, de la Serranía del Perijá, de Norte de Santander, Santander, Boyacá, Cundinamarca, Tolima Huila, Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, Caquetá, Putumayo, Valle del Cauca, Cauca, Cesar y de todas las regiones, de todos los rincones en donde el café con su sublime encanto engrandece los menesteres del campo.

Al cierre de esta nota vino a mi mente el recorrido hecho por tierras antioqueñas que marcó mi estancia en una de esas noches de trabajo. Cierto es que algo absorbieron mis ojos que los dejaron encantados por el escenario en el que vi la pujante mujer del café de las montañas paisas.

Aquella bella matrona, dueña de rostro hermoso, garbo, estilo y porte bizarro, montó su preñada yegua, acomodó su colorido poncho para luego partir con prisa hacia sus predios, tan solo dejó en el ambiente los musicales cascos de la bestia apurada en una calle pétrea que daban un concierto con el galopar de otros alazanes.

 

Paulatinamente los tres jinetes, ella, la inolvidable dama extrañada por su mirada rígida, pero igual amable y amorosa, y dos acompañantes que aún acariciaban sus paladares para retomar el anís del aguardiente que bebieron, se fueron y pausadamente sus figuras y siluetas a la distancia fueron desvaneciéndose en las frías sombras de la noche, dejando en el camino adoquinado con piedras lizas y muy duras, una estela de recuerdo y de fortuita admiración por la especial dama, digna representante de las señoras cafeteras.

Caficultura altiva, prospectiva y certera, trabajo amoroso de la mujer cafetera

 

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