Desde sus inicios el hombre ha acudido al auxilio y el trabajo mancomunado, seguramente en tiempos lejanos y un buen punto de partida es el Homo Habilis que caminó y sobrevivió en el pleistoceno inferior hace 2.5 millones de años aproximadamente.
Tiempos duros en los que las herramientas en piedra dieron una mano importante. En esos momentos incipientes de la humanidad la ayuda, el trabajo coordinado y la cooperación fueron trascendentales.
Con el homo sapiens del cual hay registros de hace 315.000 años se sabe que logró superar escollos y avanzar en su transformación, igualmente por la cooperación que termino siendo el gran impulsor de la evolución. Por ese sentido de labor en grupo el hombre consiguió alimento con la caza de presas de tamaños considerables, asimismo aprendieron a resguardarse y a compartir conocimientos, un paso fundamental para edificar sociedades y posteriormente culturas.
Fue tan determinante la cooperación que algunos científicos la asociaron con el desarrollo del cerebro en los humanos. El hombre logró adaptarse a diferentes entornos y sobrevivir por eso que algunos llaman altruismo recíproco y sociabilidad. El simple hecho de adelantar actividades de caza o manufactura unió los clanes que paulatinamente avanzaron con el lenguaje, fortificaron cultura, estrecharon lazos porque compartieron, comprendieron sus sentimientos y emociones, dicho de otra forma, aprendieron de la vida, valoraron su existencia y lucharon en grupo para subsistir.
Ya en los tiempos modernos la llamada cooperación internacional para el desarrollo aparece con el final de la Segunda Guerra Mundial porque los líderes consideraron urgente lograr metas de progreso, pero acordadas y por esa estimular un importante equilibrio socioeconómico.
La era moderna de la cooperación tiene como fecha 1944 año en el que nacen organismos como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, dos instrumentos que llegaron para organizar el orden económico del mundo. En 1945 se crea las Naciones Unidas luego de la rúbrica de la Carta de la ONU, determinando el florecimiento de la cooperación internacional económica y social.
Con el Plan Marshall en 1947, se forjaron las bases de la ayuda bilateral porque Estados Unidos desembolsó recursos con los que financió la reconstrucción de Europa.
Con el correr de los años entre descolonizaciones y Guerra Fría fueron avanzando planes de ayuda y la cooperación logró un reconocimiento global por sus alcances humanitarios y desarrollo. Si bien se dio entre algunas divergencias por credos políticos, modelos económicos y formas de pensar, la ayuda siempre llegó, convirtiéndose en un bordón esencial para las comunidades vulnerables que vieron amparo y generosidad en medio de guerras, hambrunas, epidemias y tragedia.
En esa misma línea del tiempo aparece la cooperación privada para el desarrollo, otro motor que le llega al desarrollo, instante complejo de la historia en donde las empresas se involucraron en planes de restauración económica y humanitaria.
En los últimos años y décadas este tipo de asistencia tuvo sus cambios y siguió llegando con algunas normas y exigencias para ver dinero invertido en obras y tejido social más no en dilapidación o planes sin brújula.
Estados Unidos tuvo un empresario próspero, poderoso, siempre proyectado y determinante en el progreso de su país, era John Davison Rockefeller, el gran magnate, el hombre más rico en su momento. El empresario nació el ocho de julio de 1839 y la vida se le fue un 23 de mayo de 1937. Si bien fue un líder empresarial y fundador de la Standard Oil, una compañía que prácticamente manejo el monopolio petrolero en Estados Unidos porque tuvo control en la extracción, refinación y transporte de crudo, una cadena en la que se estampó la firma Rockefeller, la petrolera más grande del planeta.
La historia de Rockefeller no se quedó solamente en producir billetes verdes, este potentado tuvo un corazón enorme y una generosidad que rompió cualquier buen negocio en su existencia. Gran parte de sus ganancias fueron donadas, trabajó con fundaciones y financió programas de ayuda. La educación fue parte de su desveló y esa pasión lo llevó a fundar la Universidad de Chicago, alma mater conocida por ser una de las más prestigiosas del globo, no en vano acopia 87 Premios Nobel.
Aparte de las inversiones educativas en Chicago este empresario erigió en Nueva York la Universidad Rockefeller y no paró porque fue un motor de la educación, la ciencia y la medicina.
El legado de este magnate fue impresionante, no solo contribuyó con el crecimiento de la industria petrolera en el mundo, sino que les puso filantropía a sus logros, nada lo hizo más feliz que ayudar que poner en manos de necesitados el auxilio que demandaba la comunidad para formarse y superar dificultades, de hecho, dejó una frase que hoy sigue retumbando en las iglesias y que debería enviarse como paradigma al empresariado mundial. En alguna ocasión manifestó, “Dios me enseño que todo le pertenece a él, y yo soy simplemente un canal para cumplir sus deseos. Mi vida ha sido un viaje largo y feliz, lleno de trabajo y juego. Dejé ir la preocupación, y Dios fue bueno conmigo todos los días. Mi riqueza solo tuvo sentido cuando aprendí a darla”
Esa herencia por fortuna perduró, sus descendientes siguieron con el altruismo y una marcada filantropía, ese amor al género humano expresado por medio de la ayuda desinteresada a los demás. Se puede decir que el señor Rockefeller honró a los griegos padres del término, philos, amor, anthropos, humanidad.
Actualmente la filantropía, no solo es un modelo de ayuda sino un plan de transcendental de inversión social. Quienes hacen donaciones pretenden resultados visibles, se destacan porque van a las raíces de los inconvenientes sociales y de manera aunada hacen labor con organizaciones expertas con lo cual fijan impactos sostenibles con acciones orientadas al futuro.
Quizás la mejor sucesión de John Rockefeller no estuvo en la repartición de activos sino en su bondad y amor por la humanidad y fue por ello que el 14 de mayo de 1913 vio la luz la Fundación Rockefeller, más de 100 años colaborando con las comunidades del mundo, llevando soluciones, cristalizando sueños y salvando vidas.
En plática con Diariolaeconomia.com, la vicepresidente de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe Lyana Latorre Sabogal afirmó que hoy la institución está volviendo más fuerte a la región dejando que claro que la fundación ha estado por más de 60 años en Latinoamérica y el Caribe y hace un año en hora buena, se decidió fortalecer esa presencia con un equipo regional que va a buscar las mejores oportunidades con unos recursos limitados y un grupo de colaboradores restringido para poder impactar a más personas en esta zona del hemisferio.
Agregó con mucha felicidad, que la oficina regional está ubicada en Colombia desde donde apoyará, aprenderá y trabajará en diferentes iniciativas en América Latina y el Caribe. Al hacer el balance final de actividades en 2025, la inversión de la Fundación Rockefeller fue de 350 millones de dólares aproximadamente que logró impactar a 731 millones de personas y sostuvo que más que los números y las cifras, se destaca la potencia de una fundación que tiene 113 años operando y que pudo llegar con cooperación a 731 millones de seres humanos, un dato para recalcar.
Otro dato interesante tiene que ver con los resultados del primer año de la oficina en Bogotá, en 2025 la fundación invirtió más de 59 millones de dólares para lograr soluciones locales con impacto concreto. Un logro en el frente trascendental en salud se dio en Cali, en donde tecnología de Inteligencia Artificial, IA, predice y previene los brotes de Dengue con una precisión del 93 por ciento blindando la salud de más de 2,2 millones de personas.
En el noreste Brasil, informó la fundación, las coaliciones lideradas por mujeres indígenas recibieron apoyo para proteger dos millones de hectáreas de selva tropical. En ese mismo país el Sistema de Alerta Temprana para Brotes con Potencial Pandémico, AESOP, ayudó a prevenir 86 brotes infecciosos antes de que escalaran, dentro de los eventos se reportaron síndromes respiratorios. Cabe anotar que este sistema o plataforma integra macrodatos del sistema de salud y despachos farmacéuticos por medio de IA, lo cual permite detectar enfermedades como el dengue y la influenza, evitando que lleguen a instancias críticas. La intervención de la fundación Rockefeller evitó que la enfermedad atacara a más de Cuatro millones de personas.
De otro lado en Haití, más de 21.000 ciudadanos tuvieron acceso a la electricidad confiable con la ayuda de sistemas solares modulares.
La Fundación Rockefeller, anotó Lyana Latorre, está enfocada en tres líneas principales, entendiendo que hay muchas prioridades y necesidades en la región y en el mundo, pero matizó que como en toda organización hay unas prioridades y unos focos en donde trabajan los equipos. El primero, dijo, es acceso a energía o lo que se conoce al interior de la Fundación Rockefeller como energía universal, un programa que propende porque las personas tengan acceso a electricidad ya que esta es un habilitador de dignidad, pero también de oportunidades no solo económicas sino de desarrollo de las personas.
“En es línea trabajamos en diferentes frentes, pero esa es la línea, ¿por qué energía?, porque es como le digo, un habilitador para el beneficio de la comunidad”, expuso Latorre Sabogal.
Señaló que la segunda línea tiene que ver con sistemas alimentarios y ahí, comentó, la fundación trae parte de la historia de Rockefeller que es todo ese legado científico en agricultura que hoy sigue vigente, en el que se viene trabajando con un equipo en Nueva York demasiado calificado en temas científicos de agricultura y térmicos, y lo que se busca, apuntó la directiva, es trabajar en iniciativas que tengan un componente de agricultura regenerativa, una manera de cómo aprovechar mejor la tierra y los suelos fértiles, pretendiendo que en una plantación no exista exclusivamente monocultivo sino varios alimentos o bienes agrícolas, pero asimismo logrando que lo que se siembre sea más nutritivo porque obviamente es un beneficio para las comunidades y las personas.
Agregó que en los sistemas agroalimentarios hay una enorme postura de la Fundación Rockefeller, que es un poco el lenguaje que usa la organización de Big Bets o grandes apuestas y que para este caso es alimentación escolar, muy ligada a esa parte de agricultura que finalmente es lo que se siembra y lo que se come, pero que también lleva otros componentes y es ver al sistema de alimentación escolar como un articulador de más oportunidades, de generación de empleo, de niños con un mejor desarrollo cognitivo y físico porque hay infancia o menores que van en mayor número y de manera constante a las escuelas y los colegios porque tienen una nutrición escolar adecuada, un esquema que genera mayores oportunidades económicas y ahí se ve como un nodo que positivamente impacta muchas cosas.
La última línea, enseñó Latorre Sabogal, está compuesta por temas de salud puesto que inicialmente se trabajó mucho en la historia de la región en temas científicos, de capacitación y formación de talento humano en la parte clínica y mirando lo que acontece a nivel global con asuntos de salubridad. El reto es cómo hacer para que, junto a la tecnología, se puedan apoyar alertas tempranas en sanidad y ello implica, explicó, prevenir brotes, epidemias y otras expresiones patológicas, algo que ya se viene probando, algo en lo que la fundación ha entrado a trabajar en los últimos años, pero lo gratificante, expresó, es que después de todo el apoyo, ya hay resultados medibles, tangibles y reales, muy acorde como dice el presidente de la Fundación Rockefeller Rajiv Shah.
Más allá de las tres líneas en las que se labora con todo empeño y compromiso, la fundación, manifestó Lyana Latorre Sabogal, ve hacia futuro y quiere fortalecer en América Latina y el Caribe, el uso apropiado de la tecnología en filantropía.
Es innegable y agrada ver que la fundación sigue dinámica en zonas complejas, en países tropicales en donde la enfermedad y la pobreza son el común denominador, un trabajo cargado de compromiso que refleja el rol de una organización que decidió hace más de un siglo jugársela por llevar soluciones y recuperar vidas, muchas que apenas inician su recorrido, niños en entornos malsanos, sin agua potable, dificultades de acceso a la alimentación, baja escolaridad, saneamiento básico inexistente, violencia y todo tipo de carencia, empero la Fundación Rockefeller ha llegado son soluciones concretas y totalmente verificables.
“Creo que esos resultados, totalmente medibles, son la mejor forma de mostrar un trabajo juicioso, totalmente disciplinado, permanente y con 113 años sin conocer pausa frente a las grandes demandas de la población global. La gran ventaja para una oficina como esta que es nueva, es que yo tengo una historia y un referente en lo que quiera ver, y todo lo que pensemos en apoyar de alguna forma ya se ha hecho, entonces todo pasa por ver cómo aprendemos de ese conocimiento que es la trayectoria de cosas buenas y de las que no salían. Es como la ventaja de ser el bebé de la fundación ahora, pero también asumiendo que hay una responsabilidad demasiado grande, pero lo más importante es que si queremos llevar más soluciones e impactar a más personas, el ADN de la organización que debe traducirse en mayor bienestar y en un mensaje optimista”, declaró la muy amable Lyana Latorre Sabogal.
En la séptima generación Rockefeller es notorio que todo es éxito y misión cumplida como consecuencia de una muy buena exploración y todo el cúmulo de conocimiento guardado y reservado durante décadas en favor de los más necesitados.
En su plática subrayó que la fundación trabaja con conocimiento, responsabilidad y compromiso ya que es una organización en donde su driver es evidencia en números, un componente científico importante y otro de medición muy trascendental en cada proyecto ejecutado por cuanto en todos hay medición y se busca permanencia lo que quiere decir que la fundación trata de entrar a colaboraciones que cuando ya no esté la institución porque no puede quedarse permanentemente, los proyectos prevalezca y hay ejemplos muy bonitos en la región, proyectos tangibles como el Centro Internacional de Agricultura Tropical, CIAT, ubicado en Palmira, Valle, en donde uno de los fondeadores principales fue la Fundación Rockefeller, centro investigativo que en 2027 cumple 60 años, otro aporte fundamental fue el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo, CIMMYT, en México, lugar de exploración científica que desarrolla y distribuye líneas mejoradas de maíz e híbridos a socios y colaboradores en el planeta, todo un impacto positivo en seguridad alimentaria.
Estas apuestas, enfatizó Latorre, son sumamente importante porque se dieron casi que, al mismo tiempo, pero con la visión de llevar una solución alimentaria a la humanidad, sin pretender remediar todo es una filantropía visionaria y concreta.
Cierto es que en ese regreso a Latinoamérica y el Caribe, la Fundación Rockefeller está retomando labores y compromisos con la región, sin embargo, Lyana Latorre considera que la organización debe ser responsable, condición que igual asumen los colaboradores, eso sí, buscando siempre ser demasiado potentes en todo lo que hace.
Cooperación de Fundación Rockefeller es clara, colaboración sí caridad no
Un asunto que llama poderosamente la atención es que la Fundación Rockefeller habla de cooperación y colaboración, pero no de caridad porque tristemente con políticas asistencialistas, se ha llevado un precario mensaje a la comunidad y es no trabaje que la plata le llega, un error craso que costó mano de obra, dignidad en las familias y el ímpetu por alcanzar metas para formarse como profesionales para llevar mejoras a los territorios. Hoy las comunidades no alcanzan a comprender que el mejor subsidio es un empleo y que las puertas del progreso están sin duda en la educación.
Infortunadamente Colombia, y se ha visto en las últimas décadas, pasó de ser un país agrícola y empresarial a uno sin ambiciones o grandes sueños, como se dice en las calles, la nación migró a una sociedad de la totuma o el obsequio estatal, dejando la dignidad en el cuarto de San Alejo, tendencia que urge de correctivos pensando en las nuevas generaciones.
Ayudar sin regalar, insistimos, es un buen método porque genera responsabilidad y apego por el estudio y el trabajo. Seguramente las personas que reciban apoyo de la fundación sabrán de primera mano que el meollo del problema social está en la formación y en las capacidades para producir porque los estados se van y los problemas quedan, razón por la cual es imperativo formar comunidades para el aprendizaje, el respeto y la dignidad, regalado, definitivamente, no luce.
Ese mensaje que se está diseminando, indicó, la vicepresidente de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe, hace también parte del rol y del reto que se tiene con el equipo, un grupo de gente joven que tiene mucho que dar y energiza de manera llamativa, pero se trata de un modelo de cooperación que en su desarrollo va formando los líderes del mañana y pueden ser coordinadores y orientadores que se están moldeando para una empresa, un gobierno o cualquier otro contexto que demande dirigentes e inspiradores, pero con ese componente filantrópico, no como caridad sino a manera de aporte, una iniciativa que quiere mover la oficina de la Fundación Rockefeller en Bogotá que quiere enamorar a la gente joven en la forma de hacer filantropía, una tendencia centenaria, de todas maneras, puntualizó Latorre, es una transformación que debe hacerse de inmediato por todo lo que está pasando porque hay menos recursos, pero afortunadamente disposición y un talento espectacular.
También reconoció Latorre, hay en el tema de filantropía y desarrollo un sector privado súper comprometido, igual unos gobiernos concienciados, metidos en el tema, algo que se conjuga y se resguarda para que no se pierda.
Modelos económicos deben llevar filantropía
Una opción para la filantropía como componente de desarrollo, opinó la vicepresidente de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe, es que esté involucrada en los modelos económicos independiente de cuál sea la corriente política de quien la convoque.
“La filantropía debe estar ahí, en esos modelos de desarrollo, tienen que acompañar las propuestas económicas porque es una propuesta que realmente suma y se nota, la idea es cambiar esa tendencia de pedir mucho y no dar, la verdad, lo digo desde la parte profesional y personal, pero para un modelo económico los retornos no medidos en plata son un hecho y esta región tiene un retorno social altísimo por el talento que hay detrás de las iniciativas filantrópicas existentes”, precisó Lyana Latorre Sabogal.
La vocera manifestó que hay un tema social complejo que necesita atención de distintas tribunas y por eso consideró trascendental impulsar las sinergias y articulaciones entre todas las fuerzas para hacer de Colombia un país de oportunidades.
Anotó la invitada que hay muchas cosas que puede hacer la fundación desde la oficina de Bogotá porque el abordaje es local y remarcó que si hay un proyecto la institución estará en él porque hay particularidades regionales que permiten desarrollar planes y por esa ruta construir sociedad porque es donde realmente se entiende a la comunidad local y eso, expresó, es el gran éxito que ha tenido durante muchos años la Fundación Rockefeller porque respeta firmemente lo local y de igual manera lo ancestral y muestra de ello es que se ha hecho un trabajo muy fuerte en Brasil por mucho tiempo y todo lo que prima en el Amazonas es el respeto atávico por todo lo que sea importante para esas comunidades, y a partir de eso se crean los proyectos.
Un trabajo encomiable de la Fundación es el que se hace con mujeres y niñez, algo plenamente transversal y que, en opinión de Latorre Sabogal, es una labor importantísima porque maneja unas líneas de acción en donde está el conocimiento del equipo y que fueron ya citadas.
Fue recurrente al precisar que hay dos temas que son los primeros en salir a flote, mujeres y niños en donde hay una gran apuesta en alimentación escolar, pero los proyectos que hace la entidad dirigidos a energía, salud y sistemas alimentarios son dos transversales privilegiadas, siempre en la agenda, así como en las prioridades porque está ese componente de mujeres, niños o adolescentes también.
El trabajo de la Fundación Rockefeller es tan importante que cambia modos de pensar y actuar porque las contribuciones y proyectos desarrollados hacen que los impactados en los territorios se sientan como socios y no como un dependiente porque lo que menos se quiere es tener en los planes individuos sometidos o supeditados, en ese propósito, aclaró Lyana Latorre, se buscan dolientes y personas que sientan que suman y aportan con su participación.
“No queremos dependencias de ningún tipo, queremos socios, de verdad apreciamos aprender y si bien tenemos un nombre conocido en unas partes y en otras no, aquí lo determinante es representar de la mejor forma ese nombre abordando a nuestros socios respetuosamente”, dijo Latorre Sabogal.
Hay asuntos que resulta difícil de abordar en el primer cuatro del siglo XXI porque cuesta saber que hay regiones sin acueducto y agua potable, que no hay interconexión eléctrica para todos y si la hay es un lujo, pero igualmente que complicado es ir a la escuela, y no es un asunto exclusivo de América Latina o África, hay de hecho casos muy graves de pobreza y falencias en Europa y Estados Unidos. Al referirse al tema, la vicepresidente de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe acentuó que las necesidades son las mismas en cada rincón o latitud que se aborde, eso sí, apuntó, los retos son diferentes por los contextos lo que lleva a tratar cada necesidad con diferentes formas, pero la fundación cumple con su misión y filosofía en el sentido de llevarle bienestar a la gente.
Añadió que es increíble que en Colombia más de cuatro millones de personas no cuenten con fluido eléctrico en un mundo que está conectado y la población demanda la energía para prender si quiera un aparato. Ese número de no conectados no es menor, casos que no se ven en la ciudad, pero anotó que eso no debería estar pasando, pero celebró que en medio de la calamidad hay oportunidad y alternativas para zonas remotas del Amazonas colombiano o brasilero, unas oportunidades importantes porque la tecnología está facilitando baterías activadas con energías renovables que permiten que una familia se pueda conectar con su región, una salida que no existía hace unos años y por eso hay que acelerar en esas soluciones ya que hoy hay más herramientas para cerrar esas brechas y lo de falencias en suministro de electricidad sea cosa del pasado.
En la Fundación Rockefeller hay una consigna implícita, y es que todos pueden progresar, pero de la mano y colaborando porque el momento según Lyana Latorre Sabogal, es para mayor unión porque hay talento de sobra, empuje y espacio para la filantropía, pero hace falta más conexión, verdaderas sinergias para ser más eficientes y con el fin de asegurar que haya una mejor movilización de los recursos que hay disponibles, partiendo que hay unas cosas que se pueden cambiar y otras que no, qué toma tiempo, seguramente, pero ahí va la entidad queriendo fortalecer ese ecosistema y de unir a la gente.
“Al ver el potencial de norte, centro y Suramérica se puede fácilmente pensar en proyectos bien elaborados y perfectamente estructurado, pero nos falta unirnos y no solo a las naciones y organizaciones, a las fundaciones también, la idea es articular para ayudar, la fuerza está en la unión, aunque hay cosas que ya se están empezando a dar a manera de asociatividad corporativa y filantrópica, un tema que ha venido mejorando bastante desde la pandemia de Covid-19, progresos reportados en Brasil, México y Colombia, reconociendo que hay que hacer mucho más entrando en colaboración y acoplando fundaciones con trabajos afines”, concluyó la vicepresidente de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe Lyana Latorre Sabogal.