fbpx
Imprimir esta página
Sábado, 18 Julio 2026 01:28

Carlos Rojas: se apagó su vida, pero brota solemne en el recuerdo

Por
Carlos Rojas: se apagó su vida, pero brota solemne en el recuerdo Carlos Rojas -QEPD

Con su partida el municipio de Pacho en Cundinamarca, la comarca siente una gran ausencia porque fueron 99 años de trabajo, ejemplo, responsabilidad y amor por su terruño y la familia.

Indiscutiblemente todos tuvimos una fecha de llegada a este retador mundo y ese mismo día fuimos enviados con el tiquete de regreso al cosmos de la espiritualidad, ese boleto que se imprime y no tiene manera de alterarse o ampliarse, es inexorablemente rígido, se viaja o se viaja, no hay de otra. El tema finalmente no es partir sino empacar en una humilde valija todo lo que se hizo, el legado escriturado y el afortunado cúmulo de buenos ejemplos, gratos recuerdos y acciones ejemplares que serán por siempre la semilla de la humanidad porque ese núcleo lleva moralidad, honradez, respeto, labor, amor, compromiso, generosidad y muchos otros componentes de la férrea escala de valores. Seguramente entre más cosas positivas y bellas se incluyan, menos pesada será la maleta del viaje eterno, seguramente el único derecho que no demanda préstamos bancarios o el amenazante gota a gota.

Hoy Pacho, el municipio de las naranjas, fundado el seis de enero de 1642, le dice adiós a don Carlos Rojas, un enorme hombre, un campesino ejemplar y un ser humano grandilocuente, dueño de una genuina amabilidad, disposición para ayudar, paradigma de vida y un ícono del bello municipio que lo vio nacer un seis de mayo de 1927, el mismo año en que afloró la Federación Nacional de Cafeteros, un año en el que gobernada la siempre difícil Colombia el presidente Miguel Abadía Méndez.

Por haberlo tenido 99 años cargado de amor, consejos, laboriosidad, responsabilidad, regaños, uno que otro puño o el ganado correazo, así como por disfrutar de una compañía repleta de historias, ayudas, momentos de ánimo, diálogos especiales, pasión por las montañas y defensa de la verdad, la probidad y el temor a Dios, es que resulta tan complejo despedirlo, es dura la consciencia que sigue despertándose poco a poco al verlo yerto y con sus ojos cerrados para siempre, disfrutando de un sueño del que no volverá, pero pronto con un despertar abigarrado, de hermosos jardines y plena luz, esa que llaman perpetua y que en su alma con seguridad brillará para siempre.

Muchos están lamentando esta pérdida, algunos precisan, es una ausencia total difícil de aceptar porque el Santo Padre arrancó de la tierra el alma de una de las pocas personas valiosas, buenas y nobles que tuvo el país, claro, lo premiará en ese contexto de vida eterna, con seguridad ya volvió a ese amoroso encuentro con su amada e inmarchitable esposa, doña Blanca Lucila Silva de Rojas, la que en pleno cortejo recibía la visita de un pretendiente que cumplía citas o simplemente llegaba tras caminar tramos y trochas desafiantes, era un paso de la vereda La Hoya a la vereda La Cuesta, de verdad deben estar riendo y evocando, con certeza retomando los días en que el audaz Carlos llegaba con serenata para conmemorar recurrentemente un idilio bendecido, piezas musicales que salían de la vetusta vitrola y que inspiraron gustos como el tango, género gaucho que perfectamente bailaban y obviamente, música colombiana, ecuatoriana y de la majestuosa América Latina. No es difícil imaginarlo o conjeturar, allá están en un mundo de paz y sin ningún contratiempo.

 

 

Recordar a don Carlos Rojas es un obsequio de las tierras campesinas de Cundinamarca y en esencia de Pacho, lugar en el que este labriego y arriero presenció cosechas abundantes de naranjas dulces, cafetos regalando grano de total calidad, la puesta a punto de la herrería, y todo un desarrollo de la fábrica de pólvora Barragán, todo eso al lado de los trapiches que le dieron felicidad con el guarapo de caña o la dulce y orgánica panela.

En sus momentos de lucidez que fueron todos hablaba de la importancia de Pacho en el plano industrial, recuerda la manera complicada en la que llegaba carbón al pueblo y luego salía hierro, una tarea, narraba, sumamente dura por unos caminos angostos y hasta peligrosos de acuerdo a la época del año ya que en invierno el tema era casi que imposible, la distancia con Zipaquirá se alargaba y hacer empresa era un colosal reto. Es totalmente cierto, Carlos Rojas era un prestante representante de la tradición oral porque regaló conocimientos, facetas y momentos de una región y un país que necesitó siempre Epamín porque vivió de convulsión en convulsión. No es fácil enfrentarse con la realidad gélida, nostálgica y hasta cruel de la muerte, del punto final o del descanso eterno, más allá de esta dura parida, paradójicamente Carlos Rojas deja una memoria viva.

Este grandioso hombre, orgullo de la ruralidad y de todo un pueblo acumuló conocimiento, diálogo franco y sacrificio porque no apeló a las dádivas ni a las pamplinas, ganó el pan honradamente con el sudor de la frente, no le falló a Dios ni a su credo, amó la vida en comunidad, la productividad y fue insistente con el respeto que requería el medio ambiente, a ese señor si le dolieron las montañas maltratadas, los disparos a las especies de fauna y cada árbol sustraído a los bosques que vio prosperar desde que era un niño.

 

Felicidad y tranquilidad, aunque se acabe el tiempo

 

 

Hay luto en la familia y pesar extremo en los “pachunos”, hoy ya no ven al campesino de vestido de paño y sombrero forrado, ya no suena esa voz endeble, pero con autoridad, hay vacíos de cariño porque era consentidor, no se observan los ojos de mirada franca, se fue para la casa del ser Supremo un bello anciano con años y mundo encima, esa buena persona a quienes los allegados definieran como excelente y grata compañía. Hoy el frente de la casa no lo muestra, ya se extraña verlo tomando el café de la mañana, lo lloran los caminos veredales por donde amaba transitar, lo saluda la madre naturaleza con llantos de helechos en madrugada, también los árboles de barba y el boscaje nativo habida cuenta que el desconsuelo y el duelo se nota en urapanes, eucaliptos y cipreses.

Sus hijos aseguran que don Carlos no murió, dicen que sin padecimiento ni bulla se apagó, la vida salió de su vetusto cuerpo súbitamente muy seguramente inmortalizando momentos mozos de caballos, bueyes y mulas en los campos de su amado Pacho, probablemente despidiendo angustias, dolores e injusticias de tiempos aciagos y momentos marcados por la fatalidad que lo doblaron y llenaron de irresolución, pero con la mayor certeza sonriendo y despidiendo a cada uno de sus amados hijos, abrazó el recuerdo especial de Germán, Iván, Libia, René, Inés y Yesid, sin vacilación, la amorosa razón de existir y poner a palpitar su corazón por 90 largos años, hoy deambula tranquilo, ya visitó la parroquia San Antonio de Padua, el viejo parque y tantas veredas y altozanos que lo hicieron multiplicar sentimientos y respetos.

El gran amigo de las plantas, el rocío fortuito de matas y florestas caseras ya no está entre nosotros, dejó el mundo de los mortales estampando un sello inigualable y loable en la quimera. Partió el labrador, el que arrió ganados, mulas y caballos, el que le dio valor al esfuerzo del burro en las lomas, un admirador permanente de paisajes y el poder de la guadua en las cañadas.

 

 

El cielo azul se torna algo gris, vuelan con pena las palomas y cantan alegóricos los pájaros del monte espeso, no asimilan el deceso de una figura tradicional que engrandeció el trabajo campesino, enseño de esfuerzo día a día, aportó en cultura y tradición, pero envolvió en sedas su inmenso legado, memoria y todo el respeto.

A don Carlos, encomiable campesino y destacado hijo de Pacho, gracias por su verticalidad, asimismo por su magnificencia, grandeza y bondad, hoy será su cuerpo inerte huésped del camposanto, pero inquilino de lujo en los campos de Dios. Sí, se fue de este plano de la existencia, descansó en Santa Paz, pero su vida, su verdadera esencia con todo y sus atributos están bajo el gozo de la vida eterna y el abrazo efusivo de Jesús.

Alguna vez en Pacho, la cuna industrial, el recordado Carlos Rojas narró, ya con sus años al hombro, que el transporte llegó a Pacho en 1936, trajo a colación ese bus pequeño de la empresa Rápido Rio Blanco, que tenía más pinta de chiva que de servicio Pullman, rememoró sentado y tomando tinto la posterior llegada de Flota Rionegro y la famosa Flota Gómez Villa.

Sin perder la objetividad hay que decirle a don Carlos hasta pronto, jamás adiós, porque en el confuso mundo de los humanos por momentos se nos olvida que ese sendero que ya recorre el respetable padre, amigo, colega, hermano, abuelo, tío, familiar y “pachuno”, será el mismo que nos espera a todos, ojalá con tan laudable destino, los puertos benditos y gloriosos que ya aguardan a este gran señor.

 

 

Se fue el viejo amado, una de las últimas leyendas de Pacho, abandonó la tierra de los muiscas, de zipas y caciques, casualmente haciendo recordar el significado del nombre del pueblo insignia de la región de Rionegro, avanza entre luz y apego ese ejemplo de taitas y seres benévolos, camino al cielo va el eternamente recordado y encumbrado “padre bueno”. Amor en su última morada y paz en su tumba, que se mantengan indemnes como también vigentes todas sus enseñanzas.

Visto 108 veces

Otros artículos