Contrario a lo que muchos creen, el agro colombiano tiene grandes opciones, no solo para llevar suministro de alimentos al entorno local, sino al mundo, ya que cada vez hay menos hectáreas en producción por las falencias reportadas en los suelos, por la salida de la mano de obra agrícola, el cambio climático, la baja rentabilidad y las dificultades en comercialización.
El problema no es exclusivo de Colombia, es un apuro que compromete a un sector primario globalizado que mayoritariamente comparte los mismos inconvenientes y las mismas necesidades. Hoy con los cambios que se vienen suscitado por el ajuste unilateral de los aranceles el contexto varió, creció la incertidumbre y los modelos económicos, por lo menos para la agricultura y la agroindustria, están llamados a pasar por una reingeniería para poder seguir adelante con una productividad cada vez más perentoria en un mundo que sumará una población global promedio en 2030 de 8.600 millones de habitantes, 9.800 millones en 2050 hasta superar los 10.300 millones en los siguientes 50 o 60 años una escalada importante si se tiene en cuenta que hoy el planeta alcanza 7.900 millones de personas. Según los cálculos de Naciones Unidas en 2100 la cifra superará los 11.200 millones de habitantes, como quien dice que las siembras y los trabajos de granja y ganadería se hacen sumamente necesarios.
Los logros en agricultura están atados a una serie de políticas que lleven a la sostenibilidad, la defensa de la rentabilidad, así como a una transformación permanente que estimule las siembras legales y permitan recuperar las miles y miles de hectáreas en manos del narcotráfico y su producción de hoja de coca para hacer la transición a unas plantaciones permitidas, necesarias y garantes de la alimentación nacional y mundial. El asunto no es difícil, exige voluntad y trabajo porque el agro no puede seguir desplazado por unos contados grupos espurios que les dañan la vida a los lugareños y a quienes consumen drogas en las distintas ciudades del mundo, una eutanasia lenta y traumática que destruye hogares y sociedad, gente que no tiene ni idea de lo que vendrá con la anunciada hambruna que seguramente no tomará a muchos confesados.
En charla con Diariolaeconomia.com, el exministro de Agricultura Rubén Darío Lizarralde Montoya, dijo que el agro es y será el motor de la humanidad porque la producción de alimentos y materias primas resultará trascendental en el desempeño de las diferentes comunidades cada vez más habidas de agricultura y producción de proteínas. En la Cumbre Agroindustrial Agro Colombia 2030 Cultivando el Futuro, organizada por la Cámara Colombo-Americana, AMCHAM, el reconocido abogado y economista, expuso que algo muy importante que se analizó en el encuentro es que al parecer Colombia está despertando en su sector primario, pero reconoció que el país está aún muy lejos de aprovechar las oportunidades que ofrecen los mercados mundiales, de todas maneras, indicó que hay una reactivación gracias a que INALDE Business School, Instituto de Alta Dirección Empresarial de la Universidad de la Sabana y la primera escuela de negocios colombiana, ha ido construyendo un tanque de pensamiento del sector agroindustrial, algo que no existía en el país, pero que poco a poco se va a convertir en un referente para que independiente del presidente o partido que llegue, en el momento que sea, consulte esa in formación y permita la discusión de esas visiones de futuro para que se tomen las mejores decisiones y no tengan que estar gobierno tras gobierno, ministerio tras ministerio, iniciando un proceso como si lo que hubiera pasado antes no hubiese existido, algo muy cercano al error, la inconstancia y la improvisación, algo muy notorio en las últimas décadas.
El gran reto de Colombia, explicó el exministro, está en la productividad en vista que un mandato no se puede quedar solamente en la adquisición de tierras para repartirlas entre campesinos e indígenas que reciben un problema porque no saben qué hacer ante la carencia de instrucción, maquinaria, comercialización, bienes públicos y seguridad. El debate no puede quedarse en la compra de fincas sino en la capacidad productiva de quienes toman los predios, puesto que de no haber agricultura el país estará retornando al punto cero.
“En Colombia hay demasiada tierra en donde no se está haciendo absolutamente nada, entonces creo que las oportunidades son todas y como lo decía la politóloga y economista Juliana Villegas de Araujo Ibarra Consultores Internacionales, tenemos tierra, agua y sol, lo que resulta vital para cualquier tipo de agricultura, obviamente el recurso hídrico hay que conducirlo y orientarlo hacia los cultivos, ya que de lo contrario vamos a depender del clima y eso no puede pasar si queremos ser competitivos, de modo que aquí las bases fundamentales de un sector productivo que pueda llegar a ser competitivo las tenemos. Estamos llamados a organizarnos, trabajar y meterle a las tierras productivas asistencia técnica, innovación, tecnología y capacitación a la gente”, declaró el señor Lizarralde Montoya.
Añadió que a la gente hay que mostrarle que en el campo no hay un espacio para vivir pobremente sino con riqueza, puesto que muchas son las personas que pueden cambiar su sistema de vida regresando al campo y mirando la ruralidad como un sector productivo, así como generador de empresa más no como un endeble vehículo diseñado para la subsistencia, para tan solo poder sobrevivir, el tema recalcó el conocedor, es hacer del campo y sus cultivos verdaderas empresas.
Un ejemplo de buena agricultura lo tiene sin duda la llanura, tierras que sorprenden por unas sólidas estructuras arroceras, ganadería de lujo, cultivos de palma, plátano, yuca, maíz y frutas, tierras bien aprovechadas en donde se nota que hay empresariado y ganas de seguir creciendo. Eso demuestra que el país es plenamente capaz, que puede avanzar porque tiene el recurso en las tierras y que puede matricularse en las grandes ligas con mucho más atrevimiento, propósito y política pública. A juicio de Lizarralde Montoya falta voluntad e inversión, algo que puede mejorar las condiciones económicas y sociales, pero deploró que Colombia se dedicó a espantar a los inversionistas, pero igual trazó como designio hacer muy gravoso el tema tributario y como si fuera poco el tema de la tierra se volvió bandera política, unos motivos de peso para que a los capitalistas les dé temor poner sus recursos en el campo.
Amén de todo lo que acontece y de lo que no hay, Lizarralde expresó que en manos de los mismos colombianos está la solución por cuanto hay que mirar el campo en una perspectiva completamente distinta a la de hoy, porque el país tiene cómo y en donde producir, con trabajo y estrategia, detalló, crecerán las exportaciones del sector primario porque el mundo está esperando la producción agrícola colombiana, algo que se debe aprovechar porque nada pasará en favor del país agrícola por obra y gracia del Espíritu Santo, el tema demanda trabajo, estrategia, inversiones y logística.
Sin vicios ni excesos, hay que tener una agricultura que deje huella
Tributariamente, explicó el economista, hay mucho por hacer y corregir, empero apuntó que se hace urgente ver cómo los otros países están manejando sus impuestos y ser competitivos porque Colombia no puede tener una tasa tributaria mayor que otras naciones porque de lo contrario el país buscará mejores tratos, estabilidad y seguridad jurídica en otras latitudes. Insistió que en ese sentido los empresarios y productores colombianos tienen que ser extremadamente viables para poder rivalizar con los bienes de otros competidores de la región y del mundo.
Enfatizó que adicionalmente al país le concierne ser eficiente y eliminar una cantidad de trabas burocráticas y disminuir el tamaño del Estado porque eso hace muy costoso el aparataje estatal que se alimenta con el cobro de más y más impuestos. Reiteró que, si hay eficacia, en lugar de que el aparato estatal les dé empleo improductivo a unas personas, mejor libera esa masa para que en el sector privado o en alianzas público-privadas, tenga posiciones e ingresos siendo totalmente competitiva para el país. De otro lado, anotó, hay que revisar subsidios, regalos o tratos preferenciales porque en una sociedad movida por el empresariado resulta más rentable un empleo que una costosa dádiva que pagan quienes están saturados de tarifas, los contribuyentes.
El asistencialismo que debe meterse en cintura resultó la peor fórmula para combatir la pobreza porque la gente abandonó los campos, dejó los trabajos y se recostó sínicamente en el Estado que debe hacer giros a los que no hacen nada, no producen y generan graves problemas económicos y sociales, el solo hecho de poner plata sin contraprestación puso al sector rural en peligro de extinción, un campo venido a menos en competitividad, sin mano de obra y sin instrumentos que llevará a una crisis que no se podrá aguantar, fenómeno que ya experimentó Europa.
La petición del Alcalde de San Francisco en el sentido de declarar emergencia económica por falta de trabajadores es apenas consecuente, aseveró Lizarralde Montoya, y anotó que esa es la consecuencia de entregar subsidios, una medida malsana que hace que el obrero del campo opte por el confort y el no trabajar, una muestra que en Colombia se malenseñó a los ciudadanos habida cuenta que se les quitó la buena costumbre de llevar el pan a la mesa con trabajo y dignidad.
El campo, manifestó el experto, pide de manera perentoria obras y dentro de esa infraestructura necesaria, con mayor apuro distritos de riego, vías terciarias, centros de acopio y soluciones en educación, salud y vivienda.
Un tema definitivo para retomar las labores agropecuarias es la seguridad y para alcanzarla, precisó, es necesario ponerle punto final a los cultivos ilícitos, ya que estas siembras son las que promueven la informalidad e ilegalidad en Colombia que van muy de la mano con la inseguridad y por eso estimó trascendental hacer algo con los campesinos que están sembrando coca porque lo que se ha hecho hasta ahora no ha tenido éxito en vista que se ha tratado de solucionar el ingreso de los campesinos sobre los mismos terrenos destinados para la siembra de hoja de coca, algo imposible, afirmó, porque por cada hectárea cocalera se tienen que cultivar más o menos siete hectáreas de otro tipo de cultivo, algo que no encaja dentro de los terrenos de la mata destinada a la obtención de alcaloides.
Para que eso sea atractivo, confirmó el exministro, adicionalmente al campesino hay que darle la semilla, asistencia técnica, conocimiento, pero además comprarle la producción. Aclaró que si lo anterior no se ejecuta, cualquier campaña que se impulse frente a sustitución de cultivos ilícitos fracasará y por eso a los campesinos hay que trasladarlos a sitios en donde en lugar de tener una hectárea se hagan a siete, pero sembradas de alimentos, materias primas o cualquier otra obtención y en eso, subrayó Lizarralde, debe haber un programa estatal que les permita a los labriegos tener los ingresos que les está dando la hoja de coca, pero de una manera legal.
“Todos ellos están dispuestos a avanzar hacia allá porque a los labradores no les gusta el ambiente que les genera el cultivo de hoja de coca, pero lastimosamente acuden a eso porque son seres humanos y tienen que vivir, un factor que conlleva a dar una solución completamente diferente a la que hasta hoy se ha propuesto y ejecutado, eso de seguir regalándoles plata para que tumben los cultivos no es eficaz porque los eliminan, pero después los vuelven a sembrar de modo que hoy tenemos más coca que nunca, es decir que el país está llamado a hacer toda una reingeniería alrededor de la siembra de la coca y en donde se está sembrando la hoja hacer reforestación con los reservistas que en esa materia cumplirían una labor importante, este menester puede optimizar los ingresos porque fácilmente se pueden complementar con el negocio de los bonos de carbono”, puntualizó Lizarralde.
Dijo que quienes hablan de hacer agroindustria con la hoja de coca no están tan cercanos a la realidad porque ya hubo una experiencia poco grata con la marihuana medicinal que no fue lo que se supone iba a ser. Insistió que definitivamente lo que se debe hacer en donde hay plantas de coca es forestar y llevando a los campesinos hacia otros espacios a producir, por ejemplo, palma, caña, marañón, productos que se están demandando en los mercados internacionales, de tal manera que el volumen que se siembre y se coseche, fácilmente será vendido.
Por lo que se ve en departamentos de alta complejidad por las siembras ilícitas, hay espacio para el optimismo porque muchos labriegos se quieren ir de la hoja de coca, quieren volver a la agricultura lícita y a la tranquilidad, pero para que eso pase, recalcó el exministro Lizarralde, deben darse garantías y propender por un ingreso real y rentable porque si los comprometidos labradores ven que sus siembras no dan la plata del esfuerzo, sin ningún problema regresan a las matas de coca y por eso acentuó que hay que darles una solución definitiva que consiste en que por cada hectárea de coca hay que plantar siete hectáreas de otro cultivo para que compensar los ingresos de ese campesino a quien paralelamente debe asegurársele la venta de dicha obtención.
La agricultura colombiana, manifestó el jurista, requiere de una política de Estado eficiente que no sea politiquera para poder tomar decisiones adecuadas ya que desgraciadamente se cayó en el vicio de convertir la tierra en una bandera política un factor que hace que quien tiene recursos no quiera invertir en siembras o actividades pecuarias. Resaltó que independiente de los líos siempre habrá quien lo haga, pero no en la medida que el país necesita porque en la Orinoquía hay 15 millones de hectáreas libres en donde no se está haciendo nada y se pueden cultivar, esto en la Orinoquía, pero en el resto del país hay 15 millones de hectáreas adicionales, es decir que Colombia tiene 30 millones de hectáreas que esperan ser adecuadas y sembradas sin necesidad de quitarle sus predios a nadie.
No hay más de qué hablar, hay tierra y ganas de sembrar, “a trabajar se dijo”.