Martes, 03 Junio 2025 22:15

Colombia y Ruta de la Seda: ¿apertura estratégica o riesgo geopolítico?

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Colombia podría acceder a créditos blandos y cooperación no reembolsable para desarrollar ferrocarriles, energías limpias, conectividad digital o infraestructura portuaria.

La entrada de Colombia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, oficializada el pasado 14 de mayo en Pekín, representa una jugada diplomática de alto calibre, que Bogotá presenta como una oportunidad histórica para atraer inversión, tecnología y financiamiento.

Desde la potencia asiática el entusiasmo es aún mayor: el embajador de China en Colombia, Zhu Jingyang, afirmó que su país "va a aumentar las apuestas y las inversiones", aprovechando su capacidad financiera y tecnológica "para crear nuevos empleos" en este país.

Sin embargo, el economista Andrés Giraldo, profesor de la Universidad Javeriana, advirtió en diálogo con la Agencia Sputnik que, sin planificación ni estrategia, el país podría terminar más comprometido que beneficiado.

En principio, el acuerdo ofrece una plataforma de cooperación no vinculante que abre acceso a recursos chinos para financiar infraestructura, apoyar la transición energética, impulsar la agroindustria y fortalecer sectores tecnológicos.

La propia embajada de China en Colombia destaca que la iniciativa agrupa a más de 150 países y 30 organizaciones internacionales, bajo el principio de "discusión entre todos, construcción entre todos y beneficios repartidos entre todos".

 

 

También conocida como la Nueva Ruta de la Seda, la Iniciativa de la Franja y la Ruta es una estrategia de desarrollo global impulsada por China desde 2013, con el objetivo de mejorar la conectividad e impulsar la cooperación entre Asia, Europa, África, y América Latina.

Giraldo reconoce que este enfoque puede traducirse en ventajas tangibles, pues "los países pueden contar con liquidez para financiar sus presupuestos e inversiones, tanto públicas como privadas".

En efecto, Colombia podría acceder a créditos blandos y cooperación no reembolsable para desarrollar ferrocarriles, energías limpias, conectividad digital o infraestructura portuaria, especialmente en regiones excluidas, como Buenaventura o los Llanos.

Además, en términos de inversión extranjera, la participación activa de empresas chinas -como ya ocurre con el Metro de Bogotá y el Tren de Cercanías de la Sabana de Bogotá (Regiotram)- podría extenderse a nuevas obras, con potencial de dinamizar el empleo y reducir costos logísticos.

Esto, según el embajador Zhu, refleja el pragmatismo y la "eficacia a largo plazo" del modelo chino.

No obstante, uno de los desafíos más visibles es el desequilibrio comercial. Las cifras lo confirman: Colombia exporta unos 2.500 millones de dólares anuales a China, pero importa cerca de 15.900 millones.

 

 

Con EEUU, el panorama es inverso: exportaciones por más de 14.300 millones frente a importaciones de 16.400 millones.

Esta balanza asimétrica es criticada por Giraldo, quien afirma que "no tenemos cómo competir con China", dado que la oferta exportable colombiana -limitada a petróleo, carbón y productos agrícolas- es insuficiente frente a la capacidad industrial del gigante asiático.

Giraldo alertó que hablar de exportar cebolla o ropa a China, el mayor productor del mundo de ambos, es desconocer el funcionamiento del comercio internacional. Sin una estrategia industrial clara, dijo, Colombia solo seguirá vendiendo materias primas y comprando bienes manufacturados, perpetuando un modelo dependiente.

El acceso a financiamiento no es en sí un problema. El riesgo, explica Giraldo, es que ese dinero sea utilizado sin una estrategia técnica clara: Colombia está pasando por afugias (apuros) fiscales. Si toma deuda para cubrir gastos corrientes, compromete su futuro.

La experiencia internacional muestra que varios países miembros de la Ruta de la Seda han terminado atados a deudas difíciles de repagar o cediendo activos estratégicos como colateral.

La preocupación se acentúa cuando Giraldo analiza la forma en que se concretó el acuerdo.

 

 

"No se vio una preparación técnica, no hubo presencia de empresarios colombianos ni una hoja de ruta clara. Mientras China es metódica, nosotros improvisamos", lamentó el experto.

 

En su visión, tal falta de rigor puede generar desventajas estructurales en la negociación y ejecución de proyectos.


Tensión con EEUU

Uno de los puntos más delicados es la relación con EEUU, principal socio comercial de Colombia y proveedor clave de cooperación financiera, militar y diplomática. Para Giraldo, el mayor riesgo del acuerdo con China no es económico, sino geopolítico.

"Firmar esto justo ahora, con las tensiones entre China y EEUU, puede interpretarse como un giro político", dice, a propósito de recientes señales de incomodidad desde Washington, y el temor a que aumenten las restricciones o condicionamientos a la cooperación bilateral si se percibe un distanciamiento estratégico.

Para Colombia, cuya economía aún depende de EEUU en sectores clave, cualquier deterioro en esa relación podría tener costos inmediatos: "El comercio exterior no es una plaza de mercado. Hay que conversar con los socios, y esa diversificación de relaciones toma tiempo. Si nos cuesta en el corto plazo, el impacto puede ser grave", sintetiza Giraldo.

 

 

De hecho, a mediados de mayo el Buró de Asuntos del Hemisferio Occidental de EEUU advirtió que se opondría a eventuales desembolsos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para proyectos en Colombia vinculados a la iniciativa china de la Franja y la Ruta.

Aunque el embajador chino ha reiterado que la iniciativa es "una plataforma abierta para la participación de todos" y que se respetará "la variedad y diferencias de cada país", el análisis de Giraldo indica que el beneficio de esta alianza dependerá menos de la retórica diplomática y más de la capacidad del Estado colombiano para definir prioridades, negociar en condiciones de igualdad y proteger sus intereses nacionales.

El acuerdo con China podría convertirse en una palanca de desarrollo si es implementado con visión, transparencia y criterios técnicos. Pero también podría derivar en dependencia financiera, desindustrialización o conflictos geopolíticos si se ejecuta con improvisación o motivaciones reactivas.

Por ahora, el país se enfrenta a un dilema: aprovechar la oportunidad para diversificar su política exterior y su economía, o caer en una trampa de deuda y aislamiento comercial: no solo está en juego un acuerdo con China, sino el lugar que Colombia quiere ocupar en el mundo durante las próximas décadas.

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