Por: Jairo Alonso Mesa Guerra, Ex Superintendente de Notariado y Registro
En Colombia, el ruido preelectoral ya empieza a escucharse. Hoy hay cerca de 70 nombres en la baraja presidencial, pero apenas cuatro o cinco podrían considerarse realmente candidatos. Muchos arrancan siempre punteando en encuestas por simple reconocimiento como Fajardo o Galán, quienes desde hace 16 años inician encabezando sondeos para luego estancarse en el mismo techo de 12 puntos. No conectan, no emocionan, no generan sentido de urgencia.
Otros, simplemente, son figurantes con cifras inferiores al margen de error. Algunos no tendrían los votos ni para ser ediles en Bogotá o concejales de Santa Rosa, pero se presentan como presidenciables con un nivel de reconocimiento inferior al 2%.
El país, sin embargo, no necesita más nombres. Necesita un liderazgo claro, firme y con capacidad de unir. Porque lo que estamos viviendo no es poca cosa: Un caos sin precedentes en el sistema de salud. Aislamiento diplomático que nos convierte en los nuevos parias de América Latina, la pérdida de eventos internacionales clave: Panamericanos, foros, congresos, reformas sin rumbo, solo por el afán de “reformar”; traición a los jóvenes, a los deportistas, a los artistas, a los pensionados, a los campesinos, empresarios del agro e incluso a los maestros, muchos de los cuales quedaron sin atención en salud.
De igual forma, una crisis de seguridad que clama por liderazgo. El país pide un nuevo Uribe, pero uno que no divida, sino que concilie; consultas absurdas, planteadas de forma simplista y sin rigor técnico, como si gobernar fuera hacer preguntas al estilo de Pambele: “¿Quiere ser rico o pobre?” Una forma de trivializar decisiones complejas, disfrazando la improvisación como participación democrática.
Frente a ese panorama sombrío, yo no veía esperanza… hasta que apareció Pipe Córdoba. Un nombre que ha pasado del anonimato para muchos, al respeto entre quienes sí lo conocen. Pipe no solo tiene carisma y don de gente, también conecta con la base, con el ciudadano de a pie, con el político tradicional y con las élites técnicas e institucionales. Tiene algo que escasea en la política: liderazgo real, sin arrogancia, pero con carácter.
Fue capaz de unir a Vargas Lleras, Uribe, Gaviria, los conservadores y la U para ser elegido Contralor General de la República. Y, más allá de haberlo logrado, lo terminó bien: sin escándalos, con resultados y con el respeto de todos.
Su hoja de vida habla por sí sola
Secretario de Gobierno de Pereira, cuando la ciudad vivía una de sus peores crisis de microtráfico y homicidios. No se quedó en el escritorio: patrulló con la Policía. Se ganó el respeto como “el primer policía de Pereira”, Jefe de Gabinete del gobernador de Risaralda, Víctor Manuel Tamayo, donde lideró programas sociales en zonas rurales e indígenas, Coordinador nacional de programas en la ESAP, Contralor delegado para la Participación Ciudadana, Vicecontralor General de la República, Auditor General, Director de la Federación de Departamentos y finalmente Contralor General de la República.
Como Contralor General, recuperó más de 25 billones de pesos para el Estado. A lo anterior se suma su formación: abogado y politólogo con doble titulación legal, tres posgrados, trilingüe, profundo conocedor de la administración pública. Hombre de fe, católico practicante, con una familia sólida, cercano a sacerdotes y obispos. Fue acólito, soldado, y hoy oficial de la reserva.
Pero lo más importante es que sabe hablarle a la base, especialmente a esa clase media trabajadora, la que mantiene el país en pie. Tiene los pies en la tierra y la cabeza bien amueblada. Sabe lo que necesita Colombia: orden, crecimiento, respeto por las instituciones y reconciliación nacional.
Sí hay candidato, y es muy bueno. Se llama Pipe Córdoba.