Domingo, 16 Junio 2019 00:15

El campo no puede seguir dormido con intermediarios muy despiertos

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Muchas familias campesinas están abandonado sus tierras, no quieren saber de ellas porque no hay apoyo, no hay crédito y no hay tranquilidad. Los campesinos dicen que el hambre también desplaza.

Muchos análisis hemos publicado sobre el campo, en este medio han dado explicaciones ministros, exministros, dirigentes gremiales, académicos, empresarios, la comunidad internacional y el alto gobierno, pero en esta ocasión resulta ideal escuchar a los campesinos, a esos que entierran sus manos en medio de temperaturas inexorables, bien sea frío extremo o calor abrazador, para sembrar y cosechar unos pocos alimentos que ya no son tan necesarios porque la solución la dieron a comienzos de la década de los años noventa en el siglo pasado cuando la apertura económica espetó la actividad agraria con importaciones masivas, esa, era la solución para algunos, pero los que cuestionaron el tema sustentan hoy su tesis con los peladeros en las otrora siembras en valles, montañas, llanuras y sabanas, hoy ya no hay sorgo, menos algodón, el maíz bajó a niveles impresionantes, el ajonjolí pasó a la historia, la soya quedó igual en los anales como le sucedió a la cebada y el trigo. Para completar el círculo de calamidad fuimos y somos testigos de las importaciones masivas de papa en un país productor del tubérculo, de cebolla en un país que la cosecha e buena cantidad. En fin, de granos y cereales que anteriormente fueron sembrados en Colombia; el colmo llegó hasta la misma importación de café porque según algunos, los colombianos no tenemos derecho a tomar café excelso del nuestro, tan solo a beber las pasillas y la basura que ingresa de otros países vecinos y que nos lo venden en brillantes empaques con sabores hediondos, según precisan quienes saben de grano arábica.

Para no ir tan lejos, el comienzo de la vida y la historia de los conflictos empezaron en el campo y muy seguramente, con algo de inteligencia, coherencia y sensatez encontremos las soluciones en la ruralidad porque al paso en que va Colombia, estará lamentando en unos años la pérdida de su seguridad alimentaria. El país urge de una política de estado para la agricultura, pero no confundiendo esa necesidad con discursos baratos para ganar adeptos de tamal, cerveza y unos cuantos pesos, no, el agro requiere de una intervención inmediata en donde el común denominador sean las sinergias y todo tipo de articulaciones porque el agro-negocio no puede quedar en manos de los productores más ricos, dejando la subsistencia o la banca rota a los medianos o pequeños. Igual la riqueza de los suelos y la explotación de alimentos no puede ser una dádiva a las multinacionales o enormes capitales porque cada quien siembra para su casa y los demás como se dice popularmente “que se chupen el dedo”.

Colombia es un tesoro, hoy, antes de dar inicio o paso a nuestro invitado hago una reflexión, cuan innecesario fue entregar vidas a la selva o a los bosques tropicales en la búsqueda estéril del “Dorado” cuando el tesoro estaba en las mismas narices de los conquistadores o adelantados y hasta en los amaneceres y anocheceres de los impíos virreyes, ese tesoro, esa guaca resplandeciente se llama Colombia, pero a muchos les quedó grande darse cuenta de lo enorme que era y de todos los recursos que albergaba para garantizar vida, felicidad, inclusión y perspectiva.

Este domingo Diariolaeconomia.com, invitó al presidente de la Corporación Nacional de Pequeños Productores Agrícolas, Bonisalvo Susa, un hombre del campo, trabajador, curtido y responsable como lo fueron su padre, su madre y sus abuelos. Toda una generación de trabajadores sembrando, cosechando y viviendo de la sagrada tierra, a fuerza de fe, sacrificio y azadón. Hoy el labriego asegura que si bien, hasta hace unos diez o veinte años la situación era crítica, hoy es calamitosa porque no se ha visto ningún resultado en favor de la ruralidad y para completar muchos están esperando que se cristalicen las promesas hechas en medio de las negociaciones de paz porque hay campesinos con muchas ganas de trabajar, pero hoy no tienen dinero, no tienen herramientas y adolecen de lo básico, de tierra.

Los campesinos, asegura el señor Susa, se quedaron esperando los proyectos asociativos y expresó su preocupación por un alarmante desplazamiento de labriegos que en medio de su paupérrima situación no tuvieron para cultivar porque ello implica un egreso grande más con los enormes costos de producción que en Colombia son terriblemente elevados por el impacto que tienen los insumos y los fertilizantes en general.

La situación es tan tenaz que en Boyacá del cien por ciento de papa, las hectáreas sembradas bajaron al sesenta por ciento tal y como pasa con otros cultivos que están dejando la densidad porque se marchitó de manera preocupante la rentabilidad, quizás y para muchos, la peor plaga que le haya llegado al campo.

El tema cafetero es aún más complejo porque al envejecer la mano de obra y los campesinos, menos jornales hay, y los que llegan no trabajan por menos de 60.000 pesos día incluyendo la dormida, desayuno, almuerzo y comida. Susa lamentó que hoy en día los jóvenes de Colombia no cogen café y por ello el rendimiento es menor porque el caficultor que hacía grandes recolecciones, hoy no tiene las mismas energías.

En opinión de Bonisalvo Susa, en Colombia no debe trabajarse más sobre pilares de incentivos que usualmente no los ven los más chicos en la agricultura, sino cambiar el concepto por las microempresas rurales a través de la asociatividad pues solo así los campesino volverán a tener confianza en sus zonas de producción.

“Por ejemplo en frijol tenemos más de treinta asociaciones en el país que son manejadas a través de la Corporación Nacional de Pequeños Productores Agrícolas, con sede en Bogotá, sin embargo el gremio logra articular esas asociaciones con proyectos frijoleros y de otras actividades campesinas que abarcan pequeña infraestructura para el campo. La asociación logra llegar a los doce departamentos y a los 131 municipios que manejan el frijol en Colombia que incentivan a que esos agricultores se conviertan en microempresas rurales para que ellos sean los que hagan los negocios, dejando de lado una leonina intermediación toda vez que no le reconocen el trabajo al agricultor, pagándole cualquier cosa y afectando el costo de vida porque los alimentos llegan a los centros urbanos a mayor costo por esa nociva e irregular intermediación. Aquí hay dos extremos, uno muy pobre que es el campesino que siembra alimentos y otro muy rico, el intermediario, claro está que en la mitad está ese consumidor que también paga los platos rotos”, comentó Susa.

Gracias a que países como Perú y Ecuador se metieron de cabeza con el cultivo del aguacate hass, desplazando otros cultivos que fueron importantes, el frijol en Colombia recuperó terreno porque la carga de frijol bola roja se paga a 700.000 pesos mientras que la carga de cargamanto llega a los centros de compra a un valor de 650.000 pesos. Todo ello porque bajaron los grandes volúmenes importados de este tipo de leguminosas procedentes del vecindario.

En materia de frijol hay una preocupación grande porque en agosto que es el tiempo de la cosecha grande, llegan los intermediarios a poner y a quitar precios en desmedro de los agricultores porque desploman el precio llevándolo a niveles de 400.000 pesos, un precio muy bajo que en ocasiones no cubre los costos de producción.

Sin opciones fáciles de crédito

La situación es muy difícil y las finanzas de los pequeños productores es de pura supervivencia porque para pagar los créditos del Banco Agrario muchos productores tienen que vender la vaca, el toro o los caballos. El pequeño agricultor por lo general vive empeñado y todo lo lleva fiado, hasta la poca comida que tiene le fiar en las tiendas que quedan porque ya están siendo reemplazadas por otros formatos en donde es inaceptable el cuaderno.

El campesino sigue apurado con los créditos gota a gota en donde el cobro es a madrazo limpio y con pistola en mano. El lío es muy delicado porque muchas personas se están aprovechando de la inocencia de los labriegos para quitarles cosechas, casas y hasta fincas por deudas irrisorias que se hacen ver grandes o como enormes favores por parte de los agiotistas.

“Cuando hay crédito, llega con él un problema para considerar porque a un agricultor le prestan cuando ya la cosecha está por la mitad y cuando tristemente la debe. Esos créditos los aprueban prácticamente para pagar toda la labor y la renta para el que siembra no se ve y mucho menos se disfruta, ese es un frente en el que debe trabajar el gobierno porque muchos campesinos trabajan de sol a sol y sufren su actividad en el campo lo cual no es justo ni consecuente”, apuntó el presidente de la Corporación Nacional de Pequeños Productores Agrícolas.

Hay préstamos de dinero a los campesinos con el diez por ciento de interés y por seguridad y tranquilidad ese productor prefiere quedar bien con el usurero descapitalizándose y dejando los compromisos de cosecha al garete. Susa informó que hay créditos que son diligenciados con el Banco Agrario, pero tardan hasta tres meses, cuando ya hay líos muy grandes encima.

“Aquí los concesionarios le entregan una camioneta de 100 millones de pesos con la cédula, con el banco todos son tramites, fiadores y trabas para un crédito de ocho millones que cuando se aprueba ya no es útil porque con lo que se debe y con los gastos, no alcanza para sembrar una hectárea de frijol, problema grande porque es una deuda más con la dificultad que esos créditos se dan a un año y hay cosechas que no cubren esos montos en pasivo”, afirmó Bonisalvo Susa.

Esos créditos, explicó, van al tomate, ganadería y otros productos, pero no en su totalidad en frijol y es por ello que ese tipo de créditos no aparecen registrados porque del total del préstamo una parte mínima va al frijol pues es la única manera de defenderse.

Los problemas del campo son de talla mayor y están presentes en todas las capas sociales o de capacidad de inversión, de un lado los grandes productores tienen inconvenientes con los precios, con los costos de producción, con las importaciones y con el manejo de fincas y hatos. La leche por ejemplo la remuneran a un costo sumamente bajo y lo más triste es que el productor que vendió el litro de leche a mil pesos o menos, sale para la tienda a comprar una bolsa del alimento en marcas conocidas a 3.000 pesos, igual asunto pasa con el café.

Los medianos también tienen problemas de mercadeo, están endeudados y los impuestos no dan tregua, como si fuera poco, al igual que los grandes productores del campo, tienen que pagar mano de obra y transporte para vender sus cosechas o sus producciones, dependiendo de la explotación.

Los más pequeños, como bien se explicó, están empeñados, desilusionados y en un abandono total. Están tan mal esos pequeños productores que en medio del hambre, las obligaciones y las deudas, salen sin dudarlo para las zonas cocaleras a ganar el dinero que les permita subsistir.

Según el vocero, ese campesino que termina de respachín, es la consecuencia del abandono del campo y del miedo por todo lo que en la vida se acumula, pero aprovecho el tema para pedirle al gobierno, a los gremios y a la comunidad internacional, pensar en un sistema de agricultura familiar, de mayor inclusión y en donde el sufrimiento quede en el pasado porque hay muchas ganas de trabajar y hacer las cosas al derecho, hay deseos de entrar en la legalidad, pero las condiciones siguen siendo nulas y es por eso que cada día más gente migra a los cultivos coca, situación difícil porque allá en esas zonas la plata se gana con mucho esfuerzo y en medio de amenazas, estrés, enfermedades y un profundo mea culpa moral porque saben que están en la parte primaria de un gran problema social y de orden público llamado narcotráfico el cual se alimenta de hoja de coca y de la extracción del látex de la amapola, sin dejar de lado los cultivos de marihuana.

Como si los problemas fueran pocos y ante la falta del compromiso agrario del estado hay una tala indiscriminada de árboles que están llevando el país al caos ambiental porque la selva terminó en el piso para los cultivos ilícitos, pero también para otras actividades como la ganadería extensiva que usa las tierras selváticas para ampliar la frontera ganadera de manera irresponsable y totalmente al margen de la ley.

Indicó que la sustitución de cultivos es viable, pero dando las bases para sostener el negocio de la tierra porque siembran productos que en el momento de la cosecha terminan con precios totalmente derrumbados, haciendo que la inversión quedé evaporada y el agricultor matando la pena en cerveza.

“La salida está en las microempresas rurales que cuenten con la figura de fondos rotatorios para que los campesinos vendan de manera directa, apartándose del intermediario, llegando a las grandes superficies y almacenes, logrando ganar un dinero y compensando así su esfuerzo, con ese sistema igual gana el consumidor porque le quitan del precio la cadena de intermediación que opera como un impuesto adicional. Aquí esos grandes intermediarios terminan en Cartagena, en Miami o en Europa, dándose el gusto de cerrar su negocio para disfrutar de las vacaciones. El campesino no tiene derecho a salir y si quiere llevar a la familia al pueblo a comer pollo, muy seguramente no le alcanza, es así de cruda la realidad”, dijo Bonisalvo Susa.

La situación rural es tan apremiante que los campesinos tienen problemas de desnutrición. Su comida se basa es agua de panela, arroz, papa, plátano y huevo. La carne es un lujo que se pueden dar cada mes.

Anteriormente la gente dejaba de su cosecha dos arrobas de frijol para su seguridad alimentaria, pero hoy eso no es posible porque son en promedio 200.000 pesos que hacen falta para pagar deudas o comprar insumos.

En este momento, dijo el vocero, la agricultura y la economía rural depende de políticas de estado de largo plazo y totalmente sostenible porque los grandes ganan, pero no compensan las inversiones y siempre están al vaivén de los mercados internacionales en tanto que los pequeños de manera increíble sobreviven y eso porque piden préstamos a nombre de los hijos, de la mujer y hasta de los padres, es decir tapa un hueco abriendo otro, y así el agro no es posible ni viable. Debe venir un revolcón sin precedentes en donde haya capital semilla y una vigilancia permanente, no hay otra salida.

“Es increíble, si a Odebrecht le prestaron una millonada en su momento porque no le van a facilitar liquidez a unos campesinos que le van a apostar a unas microempresas agrícolas y comprometidas con un fondo rotatorio que les facilitará la vida pues van a vender sus cosechas a precios justos y con liquidez al día. Con esa figura hay productividad, dinámica y ahorro”, especificó Susa.

Para el experto, la única manera de venderle a las multinacionales es a través de proyectos productivos asociativos que garanticen calidad y cantidad, de lo contrario es imposible porque el campesino no está unido o vinculado y como si fuera poco no tiene plata. Con unas cooperativas o asociaciones resulta mucho más fácil adquirir insumos, sembrar y garantizar la absorción de cosechas como en un tiempo pasó con la eficiente figura del Instituto de Mercadeo Agropecuario, IDEMA, que le dio la mano a muchos, pero hoy el sistema de compras directas tan solo se ve con los grandes productores más no con los pequeños que siguen en la olla.

El campesino trabaja con las uñas porque no tiene herramientas, equipos de tractor, adolece de tecnología, de distritos de riego y de asistencia técnica. Hoy el campo se hace a la de Dios, totalmente diferente a Perú y al mismo Ecuador. En esos países la agricultura se volvió un negocio para todos y es por eso que ya es raro ver ecuatorianos vendiendo tejidos, prendas y cobijas de lana.

“Hoy hay una realidad llamada aguacate hass, el oro verde, y es por eso que en Perú, Ecuador y en Colombia hay casos de éxito como Urrao, Antioquia, prácticamente otro país, en donde las asociaciones tienen 17.000 hectáreas sembradas con aguacate y por eso le venden a Estados Unidos, a Holanda y a Francia. Dentro de las proyecciones de los productores de Urrao está el llegar a 25.000 hectáreas sembradas, es por eso que en ese municipio todo el mundo trabaja con salario y con prestaciones, allá sí es posible ver la calidad de vida como fruto de la empresa rural”, puntualizó el dirigente campesino.

Sobre la Altillanura, Susa dijo que hay un problema con nombre propio llamado Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social, Zidres, que para muchos son un gran problema porque no deja de ser un gran lío que limita el acceso a la tierra como lo dijeron algunos expertos años atrás.

El tema es complicadísimo porque están de por medio 7,2 millones de hectáreas que representan en promedio el 6,4 por ciento de la Colombia continental. Para los campesinos y para Bonisalvo Susa, el asunto no es de poca monta porque estas zonas van a ser entregadas a los grandes capitales del mundo y la noticia para la Corporación Nacional de Pequeños Productores Agrícolas no es nada buena porque el estado está entregando soberanía alimentaria.

“Este es un tema delicado, los llaneros no saben lo que les viene pierna arriba, a los productores les van a terminar quitando sus fincas para sembrar a gran escala, dejándolo por fuera de su actividad ancestral. Los labriegos hoy no saben que son las Zidres y ya cuando lo tengan claro será demasiado tarde. Nosotros como agricultores queremos el progreso y sabemos que la tierra hay que sembrarla, pero de manera integral en donde haya cabida para todos sin dejar por fuera a los más pobres y sin dejar de reconocer lo que han hecho los grandes inversionistas del campo por una tierra que debería ser para ese tipo de experiencia, que articulada con la pequeña agricultura haría maravillas, pero a eso no tenemos derecho”, sostuvo el agricultor, Bonisalvo Susa.

Para Susa hay problemas y eso no se puede esconder llámense infraestructura cero para el campo, peajes, olvido, falta de fomento, clima, seguridad y muchos otros ítems que castigan a ricos, medianos, pobres y emprendedores.

A criterio de Susa la paz es rentable, pero con plata, pues de lo contrario seguirá un éxodo alarmante de campesinos que buscan dejar sus labores de toda la vida para matricularse en las actividades que ofrecen los cascos urbanos. Lo triste es que muchos terminan en la delincuencia común, en la prostitución o en los cementerios porque las ciudades tienen otras dinámicas.

Los siglos han pasado y la agricultura sigue postrada, al amparo de unas políticas endebles y cambiantes que se tornan precarias porque son transitorias o desechables. Se acaban con el fin de cada gobierno, y ese asunto no puede seguir así.

La solución no está en las Zidres, menos en regalar la tierra como se entregó la minería porque a Colombia igual le quedó grande sacar su oro, sacar sus esmeraldas, extraer su ferroníquel, explotar su carbón y muy seguramente le va a costar extraer su coltán tan requerido por industrias tan importantes como la microelectrónica, las telecomunicaciones y el campo aeroespacial.

En días pasados un hombre del campo decía con cierto sarcasmo que lo bueno de Colombia es que la riqueza es de todos, pero la administra el estado, empero su lamento fue inmediato cuando dijo que cuando más pasó hambre y necesidades jamás apareció un mercado o una ayuda de la Empresa Colombiana de Petróleos, Ecopetrol.

El tema es, ¿tenemos buenos administradores?, que terminan encarnando al ejecutivo porque los dueños de la riqueza en Colombia somos todos, sin embargo las joyas, como en los tiempos lejanos de adelantados y carabelas, se venden a precio de huevo. Las empresas rentables hacen parte de la gran feria de la privatización y el dueño de todo hoy espera ver el progreso que fue prometido con esas ofertas. “Como no mono”.

Hoy hay gente pagando el metro de Medellín sin vivir en Antioquia, otros pagan las falencias de Electricaribe viviendo en Bogotá, Neiva o Pasto, por decir algo. Tenemos un nivel de deuda externa que espanta, pero y ese endeudamiento ¿en donde quedó?, ¿a dónde fue a parar?, porque no nos digamos mentiras Colombia sigue en un atraso vergonzante, a tal punto que no hay ni ferrocarril. Claro lo atomizó la industria de las llantas y otros sectores que vieron que era más rentable desaparecer un modo práctico y de bajo costo para poner camiones a rodar por la geografía colombiana, desconociendo inversiones y vidas porque el ferrocarril costó y muchos seres humanos que lo hicieron posible murieron de paludismo, fiebre amarilla y dengue. Historias muy parecidas tiene el campo.

Hay problemas sí, hubo errores, sí, hubo mala fe, pero por Dios, claro que sí, hay salidas, desde luego, hay ganas de país, tengo la certeza que hay 45 millones empujando para sacar esta patria adelante, la que todos miran y anhelan porque a muchos no les fue tan bien con los suelos y debieron producir en el desierto a algunos no nos fue tan bien y nos tocó una clase política lamentable, poco honesta que convirtió los prados, los campos y las selvas en un enorme desierto.

Hay veinte millones de hectáreas ociosas que pueden ser productivas, hay margen para corregir, pero para eso se necesita disposición, voluntad y decisión. Colombia debe pensar en grande, mirar hacia el futuro y ver el potencial en los llanos, en las costas, en las tres cordilleras y en sus selvas. Oportunidades hay, no hay duda, pero es urgente un gobierno capaz, osado y valiente que le dé al campo y al país lo que realmente merece, seguridad alimentaria. El cuento es tecnificar y modernizar el campo y para ello se necesita un impulso que puede venir del ejecutivo que verá buenas cosechas con un pequeño empujón.

A la ruralidad le pasa lo mismo que a la ciudad, tuvo mejores desempeños en los años anteriores, el agricultor era empresario, tenía dinero y era feliz, hoy tan solo medio sobrevive , come precariamente y se le ve casi que en harapos. Es el mismo caso de la Bogotá o las ciudades de 1940 o 1950, tenían tranvía, disfrutaban del ferrocarril y hasta hubo Transmilenio, pues los buses articulados de la Empresa Municipal de Buses Urbanos ya usaban vehículos articulados y eléctricos que respetaron desde mucho antes el medio ambiente. Hoy estamos retomando lo que sin pesar tiramos a la basura.

El país no puede seguir pensando en mita, resguardos o encomenderos, menos en saludar de hinojos y con reverencia a potencias económicas que viven de la tragedia de los que buscan desarrollo o de las patrias monárquicas a las que se les sigue otorgando todo como si los siglos no hubiesen pasado. El campo es vida y a Colombia le sobra, llegó el momento que desde la institucionalidad y la constitucionalidad se haga historia para bien de un país que sabe de rumbas, tragos y entusiamos pasajeros, pero no de felicidad plena.

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