Domingo, 19 Julio 2020 00:10

Café de Altura Santateresita, homenaje máximo a las montañas caldenses

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La caficultura caldense es tozuda, aguantadora y valerosa, pero igual pujante, innovadora y capaz. De los malos momentos surgieron empresas y emprendimientos, de los buenos, brillo y tenacidad en inmejorables personas.

Hemos dicho hasta el cansancio en este medio que hablar del apasionante mundo del café involucra términos inagotables de los cuales sale perfectamente un relicario, posiblemente anhelado por almas devotas. El café ha involucrado nada más y nada menos que la historia económica de Colombia, el trabajo de más de 550.000 familias en su largo recorrido porque durante 300 años esta siembra devoró almanaque y de qué forma.

El café involucra emprendimiento, apuesta, riesgo, compromiso, pero igual guerras, muertes y amores de todo tipo. Allá tras los cafetos nacieron cariños prohibidos, pero también el sentimiento de respeto, adhesión pasional y simpatía, afianzó hogares y apellidos que finalmente terminaron dándole hijos y una fuerza inagotable de trabajo a un sector que nació grande y que hoy mantiene esa característica por la disciplina, pero igual por unas zagas que jamás desfallecieron amén de las vicisitudes y las nubes grises.

Por el café muchos vivieron hasta envejecer viendo prosperar un cultivo que demandó arrojo y lucha, por el café no pocos murieron, sin embargo en los dos contextos fue escribiéndose una historia de amargo y dulce que hoy le pone rúbrica en letras de oro al mejor compendio de esfuerzo, atrevimiento y osadía, habida cuenta que con la colonización antioqueña y con un país decorado con cafetos, eso sí, con desafíos que se vieron hacia lo alto con la imponencia de tres cordilleras, valles interandinos, con ríos aprovechados y ferrocarriles ya fantasmales, fue posible hacer de Colombia un país con cédula, pasaporte y visa.

 

 

Hoy retomamos nuestro viaje cafetero por los muy especiales caminos de Caldas, un departamento que marcó una huella histórica por esos paisajes únicos, de estreches máxima, con unos caminos reales y de herradura en donde quedó plasmada la huella de bestias atrevidas, de pisadas humanas casi descalzas, igual de relinchos, gritos y rebuznos, toda una combinación de compañías afortunadamente inherentes que dejaron en la sociedad caldense una marca de tozudez y empuje, como también de rancia nostalgia en donde seres humanos retadores a la par con equinos de enorme voluntad, desmontaron prominencias y le abrieron espacio a pueblos y ciudades.

Dicen que todavía se escucha el zumbido veloz y certero de los machetes que en zigzag iban tumbando matas, asolando montes para inaugurar vías en un país que estaba en pleno 1800, época de patria incipiente y desde luego muy en obra negra. Esos fueron tiempos de mucho barro en temporadas de invierno, cuando los arrieros y sus recuas corrían al mejor escondite porque no solo espantaba mojarse o quedar atrapado en los lodazales sino dejar la vida con cada rayo que anunciaba a punta de truenos intimidantes las posibilidades cercanas de terminar muy mal la valorada existencia.

Esas épocas, en veranos voraces y abrazadores, también levantaron polvaredas que formaban nubes de partículas incómodas que dejaban un indeseable talco de piedra en prendas, cabelleras, calzados y alpargatas. Con las frentes como cascadas dejando caer sudor a cántaros, los cargueros y los campesinos iban por caminos primitivos empujando mulas, arreglando cargas o cuando era el caso, transportando en sillas, los viajeros que inauguraban frunciendo el ceño, el primer modo de transporte del lejano período, el de, “a pata”, o a físico espinazo de cristiano.

Por allí empezó un desarrollo agrícola basado en el café, la gran fuente de riqueza y en una agricultura juiciosa que, al hacer sumas en el producto interno bruto del momento, dejaba ver un aporte minero importante por las explotaciones de oro como era el caso de Marmato. Con esa disponibilidad de trabajo duro y espíritu colono, los caldenses labraron sobre valores sus futuros, destacando la lealtad que llevaron como estandarte.

Nada subyacente resulta este capítulo de colonización, de nuevas conquistas y siembras de café, fue en Caldas en donde la vigorosa Colombia cafetera siguió con rigurosidad la construcción de una marca y de una identidad que partió de fincas alejadas, polvorientas y embarradas, ubicadas en los picos de montañas bravuconas y adornadas con celaje que fueron con el tiempo conviviendo con la nada fácil caficultura.

Allá en el muy hermoso departamento de Caldas, en los 7.888 kilómetros cuadrados que lo conforman hay todo tipo de narraciones que precisamente vienen del café, pero hay una reciente y glamorosa la cual amerita espacio porque bien vale la pena describir. Se trata de Café de Altura Santateresita, si, pegado, Santateresita, una marca consecuencia de la insistencia y de la fe de cafetero que porta en su ADN el encanto paisa y en su aroma y sabor todo el hechizo, la génesis de una caficultura que lleva matices épicas y de leyenda.

 

 

En diálogo con Diariolaeconomia.com, el fundador y gerente de Café Santateresita, José Joaquín Arias Ospina, aseguró que este emprendimiento germinó hace un quinquenio por un amor intenso, firme y leal por el café porque fue nacido así como criado en el campo, entre matas de café, el mugido de vacas y ganados varios. Afirmó que en su vida de cafetero y ahora de empresario dueño de su marca, las cosas no han sido fáciles, pero manifestó complacencia por haberse sostenido a fuerza de insistencia aun en momentos tan extremadamente difíciles como los actuales.

Café de Altura Santateresita es sembrado a elevaciones promedio de 1.805 metros sobre el nivel del mar, factor que le dio algo así como el 50 por ciento de su nombre. El nivel de taza es bastante bueno ya que está sobre 82.5 puntos que fue el registro que le dieron en el laboratorio del Centro Nacional de Investigaciones del Café, Cenicafé, en Chinchiná, una entidad que hace parte de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, un gremio que le ha prestado una ayuda muy grande a José Joaquín Arias Ospina, toda vez que le ha facilitado fertilizantes, asistencia técnica, agronomía, servicio de extensión, recomendaciones y muchos apoyos a través de un eficiente Comité de Cafeteros de Caldas.

En el momento en que este juicioso caficultor vio un castigo en los precios por un trabajo que demanda el mayor esfuerzo lo cual mermó su ingreso, buscó una alternativa para hacerle el quite a una operación comercial injusta y mucho más que tacaña. Optó por crear una marca luego de escuchar sobre el negocio de beneficiar y tostar café de calidad, un ejercicio de lejos rentable y mejor que mandarlo al exterior por libras a valores irrisorios. Un buen consejo, el de un buen amigo más unas adecuadas indicaciones y orientaciones fue suficiente para que viera la luz de la vida Café de Altura Santateresita.

 

Nacimos de la nada en estas bellas y amañadoras montañas caldenses, el comienzo fue con una arroba de café y de allí con 16 libras de café de las cuales tocó obsequiar quince, tan solo vendí una libra, pero poco a poco, haciendo la tarea y presentando mi producto en sociedad he logrado dar pasos importantes porque la marca ya es conocida, no solo en Colombia, ya salió del territorio y hace parte de las opciones internacionales del café especial”, declaró el señor Arias Ospina.

 

En su bella finca Santa Teresa, inspirada en la beatificada religiosa Santa Teresa de Jesús, creadora de la orden de las carmelitas descalzas, don José Joaquín encontró en la vereda Santa Rita, en la ruta que une Neira con Manizales, la manera de abrirse paso en el mercado cafetero de valor agregado. Aseveró que ve su marca con toda la responsabilidad y por ello se ha preocupado por mantenerle prestigio, información y datos de interés para el consumidor. Un punto adicional en el sello es que no ha bajado la calidad del café pues es un ítem que está por encima de cualquier precio. En ese tema dejó claro que su competencia no es con el coste sino por la calidad que es lo que ha hecho que el producto se mantenga en el mercado.

Antes de la pandemia la empresa vendía entre 400 y 500 libras de café al mes, pero la situación se hizo más aguda y las ventas cayeron a niveles del 50 por ciento, una merma importante que igual genera retos, entre ellos mantener una marca y una calidad de café ya reconocida que seguramente seguirá creciendo en momentos de normalidad.

La finca mostró buenos rendimientos en materia de producción de grano, pero la comercialización de café procesado de altísima calidad decayó considerablemente porque este es un producto que va a tiendas especializadas en café, cafeterías, restaurantes, bares con café y a otros negocios afines a los que la Covid-19 más duro les ha pegado porque muchos no han abierto y otros seguramente no volverán a abrir, porque el estimado es que cierren en total 40.000 restaurantes, una noticia nada alentadora para la caficultura.

 

 

Sobre optimizar las ventas, Arias apuntó que una falencia fue no haber atacado con mayor fuerza los almacenes y tiendas de cadena porque si bien la gente no está consumiendo café en sitios, si está comprando producto de calidad para preparar en la casa y hacer así más llevable el confinamiento. Este productor sigue aprendiendo a sostener marca y por ello trabaja y trabaja en el mejoramiento de las buenas prácticas empresariales y de comercialización teniendo muy en cuenta que para acreditar marca hay que sumar muchas certificaciones y precisamente una de las últimas que obtuvo fue la del Instituto Colombiano Agropecuario, ICA, que lo refrendó en buenas prácticas agrícolas en Café. Ahora, dice, va por el código de barras que considera necesario porque es uno de los requisitos de las grandes superficies.

 

“En el tema de café, los mercados son una fuente de ingreso de nosotros los caficultores, puntualmente para las marcas, muy importante porque éste es un producto que hace parte de la canasta familiar y desde luego es cierto que si bien muchos no van a una tienda a comprar café o dejan de lado el domicilio, lo real es que hay una preferencia por comprar los mercados de la casa dentro de los cuales va obligado el café para alegrar los ratos”, sostuvo el empresario.

El café de Altura Santateresita es un café puro, excelso, arábica y con las mejores tonalidades, este es un grano especial de exportación que no le hace goles al consumidor porque jamás mezcla con pasillas o cafés importados, se trata de un café producido bajo estrictas medidas y protocolos en la finca Santateresita. Este es un procesado que perfectamente puede ser puesto en el mercado o en puntos especiales a razón de 25.000 o 30.000 pesos la libra, pero como la idea es no abusar de las ganancias ni del consumidor, cada libra de café de esta marca se consigue por 20.000 pesos y la presentación de media libra en 12.000 pesos, un valor más que justo por tratarse de café colombiano puro excelente, muy superior que viene de variedad Castillo naranjal muy adecuado para el piso del predio y para su altura, además muy sugerido por el Comité en Manizales.

Los oficios de este caficultor y emprendedor no son cualquier cosa, aparte de afianzar producto en Manizales, optó por viajar a Bogotá y poner la marca a disposición de los bogotanos y residentes porque bien sabía que hay personas que buscan siempre café de calidad y allí detectó otra buena oportunidad. Llegó en principio a San Andresito de San José, a Puerta Grande, un centro comercial de mucho tráfico ubicado en la carrera 22 con calle décima en el local B-126. También tuvo exhibición y venta en los parqueaderos del centro comercial Gran Estación en el concurrido sector de Salitre, pero por la pandemia se vio forzado a entregar porque los costos eran muy elevados y las ventas súbitamente fueron desplomándose, pero la idea es seguir con un plan de expansión con ojo avizor ojalá a través de los almacenes de cadena que serán fundamentales para catapultar la marca.

 

 

Este café ha ido a Rusia, Alemania, Francia, España, Estados Unidos, México y en el hemisferio ya lo han consumido en Chile y Argentina. Muchos de los compradores ingresaron a la página web y lo adquirieron en los puntos de venta, quedando más que satisfechos porque llevaron grano colombiano de inmensa calidad y a un precio increíble.

Muchos de los compradores de Café de Altura Santateresita se van con el producto tras enterarse del tema cafetero, pero más allá de eso, saben que en sus manos llevan un compendio de trabajo, de selección de grano y de buenas prácticas. En síntesis, sonríen porque van a tomar café 100 por ciento colombiano sabiendo que aparte de adquirir un producto destinado casi que, de manera exclusiva a los extranjeros, lo adquieren para ponerle en el bolsillo a los cafeteros una remuneración justa que paga gama y honestidad porque esta marca vende lo que anuncia y no rebajas con grano de liquidación o engaños que al parecer terminaron como una fea costumbre para comercializar el bebestible.

Los extranjeros que visitan el país o los colombianos que conocen de buen café están pidiendo la marca porque saben que hay experiencia, probidad y todo un resumen de valores que se ofrecen en cada libra de un producto vertical para gente estricta y cuadriculada.

Otro valor agregado de la marca es la finca Santateresita que brinda turismo cafetero en la parte alta de Caldas a veinte minutos de Manizales con otro reconocimiento porque la hacienda igual hace parte del paisaje cultural cafetero. Esta propiedad en la bella ruralidad del café está adaptada para extranjeros y para todos aquellos que quieran en tierras caldenses conocer en detalle el proceso de siembra, cosecha y beneficio, pero también de buenas prácticas y la puesta a punto del grano tostado.

La finca goza igualmente de reconocimientos y certificaciones de la Corporación Autónoma de Caldas, Corpocaldas, por las buenas prácticas ambientales y retomando la del ICA, ésta llegó por inocuidad, lo cual no fue fácil pues pasó un año para poder recibir el certificado. Por cumplir con protocolos y por defender la calidad en taza, este productor igual se hizo acreedor a unos sellos especiales otorgados por la Federación, a un origen Caldas entregado por la Secretaría de Agricultura y una concesión de aguas que le dio Corpocaldas por las tres microcuencas que tiene debidamente cuidadas en su finca.

Todo esto dice que José Joaquín Arias Ospina, está haciendo muy bien su trabajo y que pese a lo riguroso de los mandatos y las exigencias aprendió otros pasos esenciales en el éxito cafetero, tener paciencia, cumplir las metas y hacer caso.

La altura por lo general desarrolla cualidades en el café que le dan mayor calidad en taza, ampliando la opción de tomar una bebida con mejor experiencia en acidez, con un sabor regular, mucho más suave y de particularidad cremosa. Este producto, por salir de zonas altas tiene muy buenas notas de café y unos atributos al paladar que enamoran y generan fidelización dejando ver abismales diferencias con otras marcas o cafés ajenos a la región.

 

Caficultura en precio, subiendo y bajando de a poquito

 

Cafetales de Caldas

 

Todo parece indicar que los pronósticos de un café por el orden de los 900.000 pesos como base por carga de 125 kilos se están dando por lo que hay momentos de café a millón de pesos, o algo más, pero también caídas cercanas al límite de esos 900.000 pesos. Una lectura podría ser que el mercado está leyendo el inventario de cerca de 100 millones de sacos de café robusta en el mundo, pero una caída alarmante en el café suave para mezclas puesto que Centroamérica reporta unas cifras en su caficultura que preocupan, un asunto que se vino a menos por los precios en bolsa y por la tasa de cambio que para esa región no ayuda.

 

“Esta sería una jugada maestra en la bolsa de Nueva York que no puede permitir, máxime en esta coyuntura, que el café baje de precio porque grano hay mucho y de diversas calidades, pero la oferta de suave colombiano o centroamericano para mezcla ha mostrado serias reducciones. Nosotros en Colombia seguimos cultivando el mejor café del mundo, tenemos calidad y hacemos una caficultura muy profesional. Lo que está pasando en bolsa con los precios está ayudando mucho a que los cafeteros, de todos los tamaños, mejoren sus ingresos. Yo vendo una parte de café a la Cooperativa de Caficultores en Manizales de la cual soy socio y considero que ese precio es justo y si es una maniobra de los señores de la bolsa, ha resultado bien para el café de calidad”, puntualizó Arias.

 

El café pergamino seco, dijo, seguirá con buenos precios, subiendo y bajando en su cotización, pero sin mayores sorpresas. Pensando en retos y caminos pétreos, apeló en sus letargos al milagro de la piadosa Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, la santa escritora que en sueños le llevó ese mensaje de querella natural con la vida, pero de reconciliación con el trabajo con su imaginación y con su misma familia.

Café de Altura Santateresita, tiene además el sello Juan Valdez que lo acredita como un café colombiano, denominación de origen expedido por la oficina de propiedad intelectual de la Federación Nacional de Cafeteros. Como si no fuera poco el relicario de vistos buenos, Café de Altura Santateresita tiene el sello Fairtrade Labelling Organization, FLO, una certificación por trabajo y elaboración en las zonas productoras del hemisferio sur, obviando según algunos la distribución y comercialización en naciones del norte.

Este sello es importante porque empuja el precio interno muy a pesar de que algunos cuestionan que este timbre les pone utilidades a las multinacionales que son las que tienen de rodillas el mercado cafetero no permitiendo que haya una verdadera organización cafetera. El pago adicional es muy oportuno para el caficultor, pero igual para quien hace empresa desde el emprendimiento.

La certificación FLO fue expedida por la Cooperativa de Caficultores de Manizales, entidad encargada de otorgarla después de adelantar una exhaustiva revisión en las fincas y verificar que se está cumpliendo con unas normas muy exigentes en calidad, conservación y manejos de los cafés para proceder con el aval. Las recomendaciones básicamente las dan los técnicos de la cooperativa que después de hacer sus encargos en mejoras y adecuación firman el sí. En eso tiene mucho que ver el manejo de abonos, bodegas, beneficiaderos, tratamiento de las pulpas, de aguas y todo un resumen de buenas prácticas que tiene semejanza con las exigencias de la autoridad sanitaria.

En el café los que se fueron, volvieron, y ello porque en ganadería, banano, plátano o aguacate, las cosas no salieron como querían y retornaron a la actividad cafetera. Los otros sectores no son fáciles porque es mucho más difícil comercializar y todo porque el producto se siembra con una expectativa y termina con otra, se lleva a las centrales de abastos con un valor determinado y la gente termina casi que, pagando por llevar, maltratando la renta del agro y sacando a sombrerazos al productor primario.

 

 

A criterio de Arias Ospina, el café siempre tiene comprador, hay reglas de juego y es un sector que en términos de agro sabe marcar diferencias. El alma cafetera, apuntó, es eterna, se va y sigue en el café porque brota con calidad y derroche de tierras volcánicas como las de Caldas, aptas hasta más no poder para la bendecida siembra.

Reconoció que en el café hay muchas ventajas, empezando por una gremialidad sólida que ayuda y empuja, pero además por hacer parte de un sector que le ha entregado beneficios a Colombia muy perceptibles en desarrollo.

El café es el producto estrella y la imagen de Colombia ante el mundo con Juan Valdez, el café es una pasión, un sentimiento constante y un sello en el alma. Quienes producen café lo hacen con mucho agrado porque es una siembra que se valora y saca suspiros. El café es para todos y es una bebida sin estratos porque llega a todo un país y al mundo entero que no podría vivir sin la bebida.

José Joaquín Arias Ospina es un caficultor de 52 años que vive por el café. La gratitud es toda con esta actividad ya que ha podido sacar un hogar adelante en compañía de su señora esposa Luz Estela Hernández con quien tuvo sus dos hijos que van a la universidad por lo que deja el cultivo de buen grano. Hoy Laura Johana y Carlos Alberto tienen un futuro asegurado y ven a sus padres con orgullo porque hacen parte de una caficultura decorosa que engrandeció el nombre de Colombia.

A los caficultores todos, a los de Santander, de Norte de Santander, del Cesar, a los de la Sierra Nevada de Santa Marta, a los del Huila, Tolima, Quindío, Risaralda, Nariño, Cauca, a los cafeteros del Pie de Monte Llanero, a esos que siembran en Antioquia, Valle, Boyacá, Serranía del Perijá, Cundinamarca y a todos como gremio, este productor les envió un mensaje de optimismo y los invitó a seguir adelante con la caficultura porque por duros que vengan los tiempos, no hay que perder los ánimos pues como un tesoro, el café colombiano es prenda de garantía. Igual les recomendó hacer todo al derecho, no pensar que ya todo está concluido, a mejorar los procesos y a lanzarse como buenos caficultores al comercio de café con marcas propias, haciendo una transformación de calidad que cueste más en venta por el valor añadido y que lleve otro ingreso porque el grave error de la caficultura durante siglos fue pensar que no se podía.

Uno de los grandes anhelos de este caficultor es ver al mundo cafetero unido, consolidando fuerza gremial a nivel mundial y fomentando unas políticas de ingreso justas, pero también compartiendo experiencias en caficultura y aprendiendo de una colectividad que sufre igual los rigores del mercado. Expresó que, solamente hablando el mismo idioma, el del café, será posible ganar el terreno perdido y crecer como caficultores sin los vaivenes de un sector que necesita doliente ante los monstruosos intereses que se mueven en torno al trabajo cafetero.

Así es Caldas, sinónimo de empuje, caficultura y patrimonio, es ese departamento cuna de próceres cafeteros, de intelectuales, escritores y de empresarios prósperos. Allí desde mucho antes de su fundación en 1905 cuando al Presidente de ese entonces Rafael Reyes Prieto, se le ocurrió el nuevo territorio, la vena colona y cafetera ya firmaba historia y dejaba precedentes. Todo ha pasado en esos valles y en esas montañas que le rinden tributo al temido, pero admirado Nevado del Ruíz entre tantas alturas comunes de los lazos que tejieron con los siglos las muy duras cordilleras.

Esta región fue el resultado de sumar tierras inexploradas de los departamentos de Cauca, que tenía en su jurisdicción al Quindío, y Antioquia. Ya en la colonización antioqueña había pasado de todo y la nueva cuna paisa narraba con pena el exterminio de tribus en 1559, tiempo en el que no quedaba sino el 55 por ciento de los cacicazgos. En las casas oscuras y alumbradas con vela o quizás en estancos y fondas dueñas de la misma iluminación, los viajeros, arrieros y nuevos lugareños contaban historias entre heroicas y líricas, siempre llevando al Sagrado Corazón de Jesús por delante y a la eterna Virgen, la misma de “eh ave María”.

Mientras el dueño del negocio medio dormitaba con la agonizante luz del pabilo que alborotaba su alumbrar con el cerrar y el abrir de la puerta, el último cuento llegaba a su final con ese olor a cebo que dejaban los ya derretidos trozos de la lisa velilla. Era usual escuchar historias de fantasmas, de grandes travesías y hazañas babélicas. Igual recordaban el momento de los indígenas y algunos lamentaban el punto final de Quimbayas, Pozos, Paucuras, Pícaras, Carrapas, Marquetones, Pantágoras, Cartamas, Ansermas y Pícuras entre tantos linajes precolombinos de la región.

Manizales es fundada en 1849 y hoy es la flamante capital de Caldas, departamento que pudo llamarse Córdoba, Los Andes o simplemente como fue en un principio, “Departamento del Sur”. En tiempos lejanos los caminos fueron todos de montaña, un reto para colonizadores y nuevos fabricantes de poblados que tenían en frente el reto de la patológica selva tropical. La única vía levemente habilitada era entre Manizales y Honda, ruta del río grande de la Magdalena a donde llegaba el café que luego partía en barcos de vapor. Otra vía otrora para el café y la gente fue el río Cauca.

 

 

Caldas fue creciendo y con los años su agricultura y su caficultura razón por la cual en 1915 fue puesta en marcha la construcción del ferrocarril de Caldas, obra terminada en 1929. Con el nuevo modo de transporte fue posible hacer más fácil la vida en una región que se ubica entre las cordilleras central y occidental, pero que en medio de elevaciones y estribaciones igual ofrece valles interandinos fértiles, con variedad climática, paisaje y vías de mejor acceso.

Esta región, muy generosa en ríos y espejos de agua, encontró en el recurso hídrico una ayuda apreciable para las actividades agrícolas y fue esta condición la que la enarboló como dueña de agricultura boyante, pero igual de una biodiversidad admirable pues sus montañas son vigiladas por el cóndor de los Andes, están bellamente decoradas con colibríes, venados y dantas, igual guarnecidas por osos de anteojos y jaguares así como entretenidas con zorros, micos aulladores, y aves de todos los colores.

En los viejos caminos de Caldas, esos que llevaban a helados páramos atiborrados de frailejones como también a bosques de pino y senderos de herradura en donde crecían para regalar sombra los ornamentales sietecueros, arrayanes y altos yarumos, corrían nerviosas las mulas y las bestias en busca de potreros o carga, por lo general de café.

Siempre fueron característicos los bosques de guadua, los suelos volcánicos fértiles y el paisajismo que le entregó a la región reconocimientos como Patrimonio Mundial por el Paisaje Cultural Cafetero y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO el honor de ser Patrimonio de la Humanidad.

Han pasado siglos, pero fueron muchas las familias, los nombres y los apellidos que allí fundaron castas y le dieron forma a una sociedad trabajadora y brillante, la misma que vio adornadas sus casas y sus fincas con josefinas y anturios negros, igual con orquídeas y plantas de olores aromáticos y medicinales. Allá fueron firmando el libro ancestral los Londoño, Patiño, Ospina, Giraldo, Marín, Villegas, Bedoya, Aristizabal, Arango, Botero, Cardona, Castaño, Zuluaga, Arias, Echeverri, Alzate, Jaramillo, Ceballos, Restrepo, Henao, Montoya, Vallejo, Gaviria, Rendón, Uribe, Castañeda, Villa, Agudelo, y Robledo, igual los Mejía, Marulanda, Patiño, Gómez, Trujillo y muchos otros que fueron llegando a la bautizada “tierra prometida”.

Es de amable recuerdo el nombre de intelectuales que no pasaron desapercibidos en esta existencia, igual resulta gratificante saber de mujeres templadas y sin temor distinto al que tuvieron por Dios, que ayudaron con todo compromiso y con total generosidad a elevar las banderas que hoy siguen flameando en las vetustas, pero hermosas ciudades y poblaciones caldenses. La raza paisa del Viejo Caldas sigue en buena hora vigente y muy valorada por afortunados seres humanos que pudieron documentarse de un proceso social y económico, para luego admirarse y darle valor al valor.

 

 

Hombres y mujeres cargados de ímpetu y tesón fueron en su momento y siguen siendo, claro está, una entrañable realidad para Caldas porque con esa imparable raza cafetera pura, de esa que descuajó montaña y enfrentó los embates de la naturaleza, fue viable con retos, todos, poner en la tierra los colinos de café que fueron prosperando con lluvias, soles, abonos y anhelos hasta atravesar el Atlántico y fundar una nueva economía.

Ese es el grandilocuente café de Caldas, una historia adicional en torno a un cultivo amoroso y cálido. Estas son historias reales que nacieron en indomables montañas por personas igual indómitas y paradójicamente nobles. Del café salió el progreso y toda una herencia en tierra, fruto de atisbar pasado, presente y futuro sobre la actividad agrícola que impulsó otros desarrollos industriales, de manufactura y de avance empresarial.

Esas almas siguen allí entre cafetales, los patriarcas cafeteros no se fueron, hacen parte de una cultura respetuosa tanto como respetable, hoy caminan por faldas de cerros verdes cargados de cafetos con mirada plácida por ver que nada fue en vano. Las beatas matronas por su parte caminan con rosarios y camándulas en la mano hacia las iglesias, algo empujadas por la prisa, para darle gracias al Altísimo por toda la bondad que dicen, vino de su gracia. A esos que se quedaron apostando por la caficultura, su labor es una gloria y para los que dejaron el legado, marchando a la paz eterna, el café muy seguramente es hoy su más deseado y merecido cielo, una grata, aromática y deliciosa bienaventuranza que se siente por los angostos y nostálgicos caminos de Caldas.

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